15/11/2020
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LEÉ AQUÍ EL PRIMER CAPÍTULO DE LA NOVELA
Jueves 10, noche
1
―Se comían a los perros ―dijo uno.
―Sí, se comían asados a los perros ―confirmó el otro.
Al oficial Saldaña lo entretenían, pero también lo cansaban los chicos. Llevaba apostado allí con su compañero desde la última hora de la tarde. Era una finca aislada, en Lastenia. En medio de la entrada —una huella de tierra firme—, el otro, agente, un muchacho aindiado y bajito de apellido Mamaní, dormitaba dentro del patrullero con la radio puesta en el Rosario Central – Vélez.
Saldaña se había alejado del patrullero y estaba sentado en el muro bajo de la entrada. Les seguía la corriente a los dos chicos.
―¿A los perros? ¡Cómo se los van a comer! ―dijo el policía.
―¡Sí! ―protestó uno―. Se los comían asados; los asaban en una parrilla que prendían en los surcos, atrás de los limoneros...
Los miraba sin ver, como si estuviera en otra cosa, pero se dejaba embaucar con gusto por el relato, y su imaginación se poblaba con las escenas de un espantoso festín de canes.
―¿Y ustedes cómo saben todo eso? ―preguntó.
―¡Porque de acá han desaparecido un montón de perros! ―se apresuraron a responder, casi coincidiendo en las palabras, casi a dúo.
―A él le han desaparecido dos perros ―aseguró uno. Después siguió una discu-sión sobre cómo eran de grandes los animales. Saldaña escuchaba en silencio. Alrededor, los grillos y los coyuyos insistían con el chicharreo monótono. El rocío comenzaba a levantar un leve aroma al tomillo que crecía junto a la cuneta. Era una noche sin mosquitos, apacible, salvo por la inquietud que provocaba la casa vacía y oscura a sus espaldas. La casa de la masacre.
Los dos chicos hablaban agitados, contentos por sentirse partícipes del caso del que todo el mundo hablaba y que había salido en La Gaceta. No pasaban de los diez o doce años. Estaban descalzos y tenían la piel color marrón, del tono del agua de las ace-quias que riegan la zona. A Saldaña le parecieron muy despiertos y muy seguros.
―Pero… ¿ustedes dónde viven? ―preguntó el policía.
―¡Allá! Yo allá…, y él, allá… ―respondió uno, señalando dos direcciones muy parecidas. Saldaña siguió con la mirada un camino entre la negrura del monte. Imaginaba las casillas diseminadas detrás de los cañaverales. No había luces por ningún lado. Atrás de ellos, la casa de dos plantas no era más que una mancha oscura. La casa que los dos policías debían resguardar.
A Mamaní y a Saldaña los habían asignado de la Unidad Regional Este, comisaría de Lastenia, para preservar el lugar de los hechos. El comisario Díaz, de la Brigada de Investigaciones de San Miguel de Tucumán, estaba al frente, y había tomado medidas para que ningún curioso estropeara las pruebas o se llevara algo del escenario de la masacre. Y estaban allí, los dos, un jueves a la noche, escuchando un partido de fútbol que no les concernía en absoluto. No tenían otra cosa para entretenerse.
Uno de los chicos le mostró unas cicatrices en la pierna al policía y le explicó que lo habían mordido los perros una vez, que tenían rabia y que le habían puesto una vacuna en el dispensario.
—¿Rabia tenían? —preguntó Saldaña.
—Sí, rabia. Los perros del monte tienen rabia, y a veces se meten en las quintas a buscar personas para morder. La familia que vivía acá los mataba y se los comía a los perros, ¿nocierto?
―¡Sí!
―Pero el Familiar los mató a todos ―dijo, y señaló hacia la casa―. ¿Usted sabe lo del perro Familiar?
―Sí… ─dijo Saldaña.
―Los perros de acá eran los hijos del Familiar. El que se mete con el Familiar ya sabe lo que le va a pasar… ¡El Familiar se ha vengao porque ellos le comían a los hijos!
El oficial los hizo callar un momento. Agregó:
―A ver… ¿Qué saben ustedes dos del perro Familiar?
―Ese es el perro del ingenio, un perro negro grandísimo, y anda con unas tremendas cadenas arrastrando y tiene fuego en los ojos y es el perro más grande que hay. Se come a las personas ¿nocierto?
―¡Sí! ―lo apoyó su amigo―. ¡El Familiar los mató a todos!
El perro Familiar era un viejo mito de la zona, que había sido reciclado durante la época de la dictadura para justificar la desaparición de los obreros de los ingenios azucareros de la provincia. Los militantes sindicales o políticos de los ingenios eran devorados por el perro Familiar, que los sorprendía en las noches, entre los surcos, cuando iban camino de sus casas luego de la jornada de trabajo.
A la gente de la casa la había matado el perro Familiar, según los dos chicos. Era el rumor que corría entre los vecinos, que se mantenían alejados y metidos en sus casas, convencidos de que el Familiar había vuelto a actuar después de tanto tiempo y que merodeaba con las fauces sedientas otra vez entre los surcos, anunciándose de lejos en la oscuridad de la noche con la presencia inconfundible de sus ojos de fuego.
En eso oyeron el ruido de un motor.
Enseguida surgieron los dos puntos brillantes, al fondo del túnel oscuro en que se había convertido la ruta; los puntos fueron creciendo: un auto…, no, una camioneta, pensó Saldaña. Venía en dirección a la casa y por detrás la seguía, como si arrastrara cadenas, su propio ruido destartalado. El oficial Saldaña se inquietó y caminó unos metros hasta el coche patrulla; le sacudió un brazo a Mamaní, y le indicó que bajara el volumen. Después le hizo un comentario y regresó junto al muro bajo. Las luces habían frenado unos segundos a unos cien metros de la entrada y luego retomaron la marcha. Los dos chicos se quedaron en silencio, petrificados, mirando cómo un momento después la camioneta doblaba, balanceándose sobre el zanjón, y se detenía en la huella de la entrada, con los focos apuntando al patrullero, cuya sombra se proyectó agigantada sobre el muro gris y solitario del caserón.
Título: Masacre en Lastenia
Autor: Juan Ángel Cabaleiro
Páginas: 311