Edgardo Juan Mendicino

Edgardo Juan Mendicino Peregrino cosmico. Historiador. Estudioso de las tradiciones espirituales. Entrenador de Vidas.

En las afueras de Córdoba, al final de una carretera que casi nadie tomaba ya, había una casa antigua de piedra con un p...
28/12/2025

En las afueras de Córdoba, al final de una carretera que casi nadie tomaba ya, había una casa antigua de piedra con un portón verde gastado. No era una pensión. No era un hotel rural. Tampoco un refugio.

Era una casa donde la gente iba… para irse.

La dueña se llamaba Ángela. Tenía 71 años y una forma de escuchar que hacía que las personas hablaran sin darse cuenta. No hacía preguntas. No ofrecía consejos. No prometía alivio.

Su única norma era sencilla:
—Aquí nadie se despide.
Quien venga, se queda… hasta que ya no necesite quedarse.

La casa tenía tres habitaciones, un patio lleno de geranios y una cocina que olía siempre a algo recién preparado, aunque nadie recordara haber visto a Ángela cocinar.
No había horarios.
No había llaves.
No había prisas.

Solo puertas que podían cerrarse por dentro y una mesa grande donde a veces coincidían personas que no querían encontrarse con nadie.

Un día llegó Elisa.
Llevaba una mochila pequeña, los hombros tensos y los ojos de alguien que ha tenido que ser fuerte demasiado tiempo.

—¿Cuánto cuesta quedarse? —preguntó.
Ángela la miró con calma.
—Aquí no se paga por noche —respondió—. Se paga con tiempo propio.
Elisa frunció el ceño.
—¿Y cuánto… tiempo es eso?
—Lo sabrás cuando toque irte.

Elisa asintió sin discutir, como si estuviera demasiado cansada para cuestionar nada.
Le dieron la habitación del fondo, la que daba al olivo solitario del patio.
Durante los primeros días, no habló con nadie. No exploró. No preguntó. Se limitó a salir por la mañana, sentarse en la silla del patio y mirar el árbol en silencio.
Ángela la observaba pasar… sin quedarse mirándola nunca demasiado.
Sabía reconocer los silencios que aún no están listos para ser tocados.

La segunda semana, Elisa empezó a levantarse antes del amanecer. Se sentaba en la cocina, con una taza entre las manos, sin beberla del todo.
Una mañana, Ángela dejó caer una frase suave, como quien deja una manta sobre alguien que tiembla.
—Aquí no hace falta ser fuerte.
Elisa tardó unos segundos en responder.
—No sé hacer otra cosa.
Ángela no insistió.
—Entonces empieza por no hacer —dijo—. Ya habrá tiempo para lo demás.
Elisa bajó la mirada.
Y por primera vez, no apretó los labios.

Con los días, fueron llegando más huéspedes.
Un hombre mayor que había perdido la costumbre de hablar de sí mismo.
Una chica que venía de una ciudad lejos y no sabía dónde empezar de nuevo.
Una mujer que solo dormía… y dormir ya era un triunfo.
La casa no preguntaba por qué estaban allí.

Solo los dejaba estar.
A veces coincidían en la mesa.
A veces se cruzaban en el pasillo.
A veces compartían el mismo patio sin decir una palabra.
La casa sostenía todo… sin absorberlo.

Una tarde de lluvia, Elisa entró en la cocina con los ojos rojos.
—No me fui cuando debía —dijo de repente—. Y ahora siento que todo llegó tarde… incluso yo.
Ángela dejó un plato sobre la mesa.
—Aquí no usamos el verbo “tarde” —respondió—. Aquí solo usamos “ahora”.
Elisa apoyó la frente en sus manos.
—Me cansé de despedirme de cosas que no quería dejar ir.
Ángela se sentó frente a ella.
—Por eso aquí no se despide nadie —dijo—. Las despedidas forzadas se quedan atascadas. Aquí solo se suelta cuando el cuerpo lo permite.

Elisa respiró hondo.
Y no lloró.
Ni habló más.
Pero se quedó.
Y quedarse… también fue nuevo.

Pasaron los meses.
Elisa empezó a caminar por los caminos cercanos. A sentarse en el muro del olivo. A escribir en un cuaderno que había traído vacío.
No de forma milagrosa.
No con revelaciones grandes.
Con pequeños gestos.

Una tarde, mientras recogía su taza de la mesa, se dio cuenta de que ya no temblaba cuando la sostenía.
No era felicidad.
Era… presencia.
Ángela la miró sin decir nada.
Sabía reconocer esos signos.

Una mañana, Elisa la buscó en el patio.
—Creo que… ya no necesito quedarme —dijo, con voz tranquila.
Ángela asintió.
—Entonces ya te fuiste.
Elisa sonrió con una mezcla de alivio y vértigo.
—Gracias —susurró—. Por no obligarme a marcharme antes… ni a quedarme más de lo necesario.
Ángela miró el olivo.
—Las raíces no se fuerzan —respondió—. Solo se aflojan cuando por dentro ya se han movido.

Elisa se marchó sin maletas pesadas.
Sin cartas.
Sin promesas.
No se despidió.
Porque en esa casa nadie lo hacía.
Solo cruzó el portón verde…
y siguió caminando.

Y mientras avanzaba por la carretera, entendió algo simple y hondo:
no siempre sanamos cuando alguien nos ayuda a irnos…
a veces sanamos cuando alguien nos da un lugar seguro para no hacerlo todavía.

03/12/2025

𝐷𝑢𝑟𝑎𝑛𝑡𝑒 𝑎ñ𝑜𝑠 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎ñé 𝑝𝑟𝑜𝑐𝑒𝑠𝑜𝑠, 𝑠𝑜𝑠𝑡𝑢𝑣𝑒 𝑏ú𝑠𝑞𝑢𝑒𝑑𝑎𝑠 𝑦 𝑐𝑎𝑚𝑖𝑛é 𝑗𝑢𝑛𝑡𝑜 𝑎 𝑚𝑢𝑐𝘩𝑎𝑠 𝑝𝑒𝑟𝑠𝑜𝑛𝑎𝑠.

𝐻𝑜𝑦 𝑒𝑠𝑒 𝑐𝑖𝑐𝑙𝑜 𝑠𝑒 𝑐𝑒𝑟𝑟ó.
𝑌𝑎 𝑛𝑜 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎ñ𝑜 𝑝𝑟𝑜𝑐𝑒𝑠𝑜𝑠 𝑙𝑎𝑟𝑔𝑜𝑠.
𝑁𝑜 𝑒𝑛𝑠𝑒ñ𝑜 𝑐𝑎𝑚𝑖𝑛𝑜𝑠.
𝑁𝑜 𝑔𝑒𝑛𝑒𝑟𝑜 𝑑𝑒𝑝𝑒𝑛𝑑𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎.

𝑂𝑓𝑟𝑒𝑧𝑐𝑜 𝑎𝑐𝑡𝑖𝑣𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠 𝑑𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑐𝑖𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎:
𝑒𝑛𝑐𝑢𝑒𝑛𝑡𝑟𝑜𝑠 𝑏𝑟𝑒𝑣𝑒𝑠, 𝑝𝑟𝑜𝑓𝑢𝑛𝑑𝑜𝑠 𝑦 𝑝𝑟𝑒𝑐𝑖𝑠𝑜𝑠,
𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑑𝑒𝑡𝑒𝑛𝑒𝑟 𝑒𝑙 𝑚𝑜𝑣𝑖𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑎𝑢𝑡𝑜𝑚á𝑡𝑖𝑐𝑜,
𝑟𝑒𝑐𝑢𝑝𝑒𝑟𝑎𝑟 𝑒𝑙 𝑒𝑗𝑒 𝑦 𝑑𝑒𝑣𝑜𝑙𝑣𝑒𝑟 𝑠𝑜𝑏𝑒𝑟𝑎𝑛í𝑎 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑟𝑖𝑜𝑟.

𝐷𝑒𝑠𝑝𝑢é𝑠 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑎𝑐𝑡𝑖𝑣𝑎𝑐𝑖ó𝑛, 𝑐𝑎𝑑𝑎 𝑢𝑛𝑜 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑖𝑛ú𝑎 𝑠𝑢 𝑝𝑟𝑜𝑝𝑖𝑜 𝑐𝑎𝑚𝑖𝑛𝑜.

𝑬𝒔𝒕𝒆 𝒏𝒐 𝒆𝒔 𝒖𝒏 𝒆𝒔𝒑𝒂𝒄𝒊𝒐 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒂𝒑𝒓𝒆𝒏𝒅𝒆𝒓 𝒎á𝒔.
𝑬𝒔 𝒖𝒏 𝒆𝒔𝒑𝒂𝒄𝒊𝒐 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒅𝒆𝒋𝒂𝒓 𝒅𝒆 𝒅𝒆𝒍𝒆𝒈𝒂𝒓𝒔𝒆.

Dirección

Santa Fe
3000

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Edgardo Juan Mendicino publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Contacto El Consultorio

Enviar un mensaje a Edgardo Juan Mendicino:

Compartir

Share on Facebook Share on Twitter Share on LinkedIn
Share on Pinterest Share on Reddit Share via Email
Share on WhatsApp Share on Instagram Share on Telegram