27/12/2019
La Filosofía de la Cantimplora
Por mi trabajo debía viajar, por lo menos una vez al mes al interior del país. Ya había descubierto que si viajaba en micro, debía llevar mi propia agua. La primera vez que intente tomar el agua del "expendedor de bebidas" tenia gusto a lavandina. ¿Para que le habrán puesto tanta lavandina?. La segunda vez que tome agua en un micro, tenía un sabor como si viniera de un pantano, con camalotes y sapos. Eso explicaba el gusto a lavandina. Así que empecé a llevar mi propia agua.
Antes de subir al micro, compraba en el kiosco de la terminal una botellita de aguas. Un amigo, me explico que si la etiqueta de la botella no dice expresamente "agua mineral de manantial" lo que estoy comprando es agua de la canilla embotellada. La diferencia es notable, el agua de manantial tiene gusto a agua, la otra, bueno a cloro o a metal. Además, solamente por comprar la botella en la terminal, el precio aumenta alrededor de un 50%. Para ahorrar algo de dinero empecé comprar mis botellitas de agua en un supermercado, previa lectura de la etiqueta. Cuando llegaba a destino, usualmente tiraba la botella en el cesto de basura más cercano (lo que a veces significaba llevar la botellita hasta mi trabajo)
Ya que había llevado la botellita vacía a mi trabajo, empecé a rellenarlas en el dispensador de agua de la oficina, con lo que evitaba comprar más botellitas y también ahorraba los vasitos descartables del dispensador. Con esto, además de evitar gastar dinero, tranquilizaba un poco mi conciencia ambiental. Si alguien cree que es una tacañería ahorrarse 4 o 5 pesos de una botellita de agua, lo invito a preguntarse por que cuesta más caro el agua, que la nafta Premium (y por que las naftas están subsidiadas por el estado y el agua potable no)
Siguiendo con el objetivo ambiental empecé a reutilizar siempre las botellitas, el problema fue que son relativamente frágiles y después de usarlas un tiempo, empezaban a perder agua o incluso a romperse. Por ejemplo, después de un viaje de micro de vuelta de Capital a Mar del Plata, encontré la notebook que me daba la empresa, nadando dentro de mi mochila. Dejé que la computadora se secara y siguió funcionando normalmente, pero me convencí de que tenía que buscar un envase más práctico y que no perdiera. Además, reutilizando las botellitas, había disminuido el número de envases que descartaba, pero como tenía que reemplazarlas periódicamente, seguía desechando plástico y desperdiciando recursos.
Encontré en un negocio para bicicletas, una cantimplora de plástico, llamada "caramañola" con una tapa que se habría al tirar con los dientes y al precio de dos botellitas de "agua mineral de manantial" compradas en la terminal. Podía recargar la cantimplora cada vez y sacar a las botellitas de la ecuación. El único problema es que la caramañola le daba al agua un gusto extraño. Con el tiempo el gusto se hizo apenas perceptible, pero siempre estaba presente. Un año después empecé a notar que mi caramañola se estaba poniendo rígida. Sospechando lo que pasaba, investigué un poco por Internet y descubrí que probablemente estuviera hecha de Policloruro de Vinilo (PVC por su denominación en inglés) y que no solo se pondría rígida hasta tornarse frágil, sino que estaba destilando dioxinas, unos compuestos clorados muy cancerigenos, al agua que yo le cargaba. La cambie por una cantimplora de nylon, que por lo menos no exuda dioxinas, pero también se pone frágil con el tiempo y no resistirá un uso prolongado. Probé usar botellitas de vidrio, con el peligro de que se rompan, otras botellitas de gaseosa, que parecían más durables...
De casualidad y sin saber de mi búsqueda de la cantimplora perfecta, un amigo me regaló la solución: una cantimplora de acero inoxidable, anodizado color azul, muy bonito. Esta cantimplora, es casi irrompible, no emite dioxinas y durará probablemente más yo mismo. (después averigüé que también hay unas de aluminio) Se podría decir que la única contra es un precio más elevado, pero si sumo todas las botellitas que ahorro de comprar y el plástico que evito desechar, es por lo menos, un buen negocio. Además mi nueva cantimplora tiene un plus que otras no tienen, es un regalo que me recuerda a alguien que aprecio, cada vez que la uso.