23/11/2025
SI MILTON ERICKSON FUERA TAXISTA...
Dicen que si Milton Erickson no hubiera sido terapeuta, habría sido taxista.�No de esos que solo manejan, sino de los que te leen la mente por el retrovisor.�
Su taxi tendría el asiento gastado, olor a mentol y una mirada en el espejo que parece saber lo que aún no has dicho.
No pondría música ni hablaría mucho.�Solo preguntaría: “¿A dónde vamos?”�Y en esa pregunta, con ese tono, algo dentro de ti se abriría — como si no estuviera preguntando por una dirección, sino por un destino más profundo.
Mientras conduce, el silencio pesa distinto.�El ruido de la calle, bocinas y las luces se sienten lejanos, como si el taxi flotara en otro plano.�Él diría algo casual, como: “A veces uno cree que el camino más corto es el que evita los semáforos… y no el que pasa por ellos.”�Y sin saber por qué, sentirías que está hablando de tu vida.
Cada curva se sentiría como una metáfora.�Cada frenada, como una lección.�Y tú, sin darte cuenta, entrarías en un trance suave, mirando por la ventana sin ver nada, solo escuchando su voz, grave, lenta, envolvente.�De pronto, ya no sabes si estás llegando a tu destino… o regresando a ti mismo.
Cuando el taxi se detiene, Erickson te mira por el espejo retrovisor y dice con media sonrisa:�“Ya llegamos. Pero recuerda… uno nunca llega del todo. Solo cambia el pasajero.”�Le das el dinero, pero él no lo acepta. Solo dice:�“Ya pagaste, con atención.”
Bajas del taxi diferente, sin saber por qué te sientes más ligero, como si hubieras dejado algo atrás — una tristeza vieja, una historia sin cerrar, una pregunta que ya no necesita respuesta.�Y mientras te alejas, ves el reflejo del taxi alejándose por la avenida, con las luces parpadeando en el asfalto, y entiendes:�La hipnosis no está en las palabras… sino en la forma en que alguien te enseña a volver a mirar.