01/16/2026
Por años me dijeron: “mantén tu cabeza sobre el agua”.
Que no me arriesgara. Que no me metiera tan profundo. Que no soñara tan grande, que no llegaría a mis sueños así quisiera.
Y yo obedeci hasta cierto punto...
Ya que me gustaba arriesgarme no quería sobrevivir, pero siempre buscando “estar bien”, buscando no incomodar, no fallar, no hablar de nada.
Me querían adiestrar, adistrarme para que me quedara donde era seguro, aunque me minimizaran por dentro.
Hasta que un día entendí algo que me cambió:
sobrevivir no es vivir.
Y si quería crecer, tenía que hacer lo que nunca me enseñaron: arriesgarme.
Esta foto no es solo una enseñanza, es el atreverme aunque el miedo me llevara el vomito, trata de llegar al mar después de entrenarme y decir no al pánico que existe en mi mi cabeza al alcanzar el agua.
Es una metáfora de mi vida.
Es el momento donde decido que ya no iba a vivir con miedo prestado. Mi coach me dijo "yo te llevo de la mano y no te soltaré hasta que me indiques que estás bien".
Ese miedo que muchas veces viene disfrazado de “te lo digo por tu bien”, pero en realidad te entrena para quedarte quieta.
Lo más importante no fue meterme al agua.
Fue aceptar esta verdad:
yo no necesitaba más fuerza… necesitaba guía.
Necesitaba a alguien que me dijera: “respira, confía, estás lista, yo te acompaño.”, y fue lo más hermoso que pude ver, encontré una fauna marina debajo de un mar lleno de vida y que creen dure 40 minutos persiguiendo tortugas.
Porque cuando tienes apoyo, el miedo no desaparece…
pero deja de mandar en ti.
Hoy lo digo claro:
para crecer hay que atreverse.
Y a veces el primer acto de valentía no es saltar…
es admitir que sola/o no puedes, y pedir ayuda.
Si tú también has vivido con “miedo heredado”, con ese mandato de solo sobrevivir y no profundizar…
comenta “YO”.