21/08/2025
La importancia de romper los patrones generacionales…
Durante años, en la práctica de psicoterapia hemos escuchado frases como: “no sé por qué siento este miedo si nunca me pasó nada”, “cargamos dolores que no son míos, sino de mi abuela”, “parece que el sufrimiento se hereda”.
Hoy la ciencia empieza a dar un lenguaje para lo que tantas familias percibían: el trauma puede transmitirse, no solo como relato, sino como huella en el cuerpo.
La epigenética revela que los traumas dejan marcas en los genes, no cambiando su esencia, sino su manera de expresarse. Como un interruptor, ciertas experiencias extremas pueden encender o apagar predisposiciones biológicas. Lo sorprendente es que esas marcas pueden viajar a través de generaciones, llegando a hijos y nietos que jamás vivieron la violencia original.
1. De la culpa al entendimiento
Muchas mujeres que viven violencia sienten culpa: “algo hice para merecer esto”, “no supe escoger mejor”.
La epigenética nos muestra que, en ocasiones, cargan no solo con su propia historia, sino con ecos biológicos de generaciones pasadas. Saber esto no resta responsabilidad a la acción presente, pero sí libera de culpas injustas: no todo lo que sientes nació contigo, parte de ello es una herencia invisible.
2. El embarazo: el punto más vulnerable
El estudio con refugiados sirios reveló que la violencia durante la gestación acelera la edad biológica de los hijos. Dicho de otro modo: el miedo, el hambre y la tensión vividos por la madre se inscriben en el cuerpo del bebé como un calendario adelantado.
Esto confirma lo que muchas culturas ancestrales ya intuían: el vientre materno es un puente donde el mundo social se convierte en biología.
3. Más allá de la guerra: el trauma doméstico
No hace falta vivir una guerra para que estas huellas aparezcan. La violencia doméstica, el abuso sexual, los gritos que se repiten en un hogar, tienen efectos similares.
El cuerpo recuerda, incluso cuando la mente quiere olvidar. Y ese recuerdo puede transmitirse como un susurro biológico a quienes vienen después.
4. Resiliencia como antídoto
Pero aquí está la esperanza: si el dolor se hereda, también la resiliencia. Estudios muestran que cuando una familia accede a terapia, encuentra redes de apoyo y condiciones de vida más seguras, es posible revertir o atenuar las marcas epigenéticas.
No estamos condenados a repetir la historia: el cuerpo cambia cuando el entorno cambia.
🌱 De la biología a la psicoterapia
La epigenética confirma algo central para la terapia sistémica: el sufrimiento nunca pertenece solo a una persona, sino al entramado de su historia y su sistema familiar.
Esto abre un camino sanador:
Nombrar la herencia: reconocer que “este dolor no empezó conmigo”.
Resignificar el legado: transformar la memoria biológica en conciencia, en lugar de cargarla como destino.
Crear nuevas huellas: el cuidado, el amor y la seguridad también dejan marcas en el cuerpo.
✨ En palabras simples: el trauma puede heredarse, pero también la posibilidad de interrumpir esa cadena y escribir un futuro distinto. Cada acto de cuidado, cada espacio de terapia, cada decisión consciente, es una forma de decirle a la próxima generación: “aquí el dolor se detuvo, contigo comienza otra historia”.