15/04/2020
¿QUÉ TIENE EL CORONAVIRUS QUE NOS GOLPEÓ TAN PROFUNDO?
El Coronavirus parece ser la peor pesadilla de cualquier estratega militar. Es un enemigo invisible, rápido y silencioso, que se infiltra inadvertidamente entre tus líneas, te coloniza, te convierte en su reservorio y, para cuando te has percatado, ya estás inundado por él, esparciéndolo a diestra y siniestra. Suena terrorífico. Su eficacia simbólica se afirma en elementos de la cultura que están ahí, en el imaginario colectivo y que rápidamente empiezan a ser evocados por la imagen de este virus. Los enlaces mentales que hacemos pueden pasar desapercibidos, pero las emociones que nos provocan estas asociaciones, no.
Resident Evil y los apocalipsis biohazard afines nos prepararon para temerle a las pandemias. Los mares de innumerables enemigos, como los ejércitos de Mordor o las hordas infinitas del Rey de la Noche nos sensibilizaron ante las cifras exponencialmente difíciles de imaginar del coronavirus, que se cuenta hasta en billones o trillones de pequeños monstruos mortales. Su genio estratégico hace inevitable pensar en Ulises y el Caballo de Troya; su forma de atacar, a las plagas selectivas del Antiguo Testamento y así un largo etcétera. Las condiciones ya estaban ahí, sólo debían confluir en un punto común.
En “El Malestar de la Cultura”, Freud propone una perspectiva trágica de la existencia humana, planteando que la vida es un constante encuentro con el sufrimiento, lo que, como especie, nos hace desarrollar diversas formas de enfrentarlo. Aquellas estrategias que utilizamos para evitar el sufrimiento requieren de organización y coordinación entre los sujetos, lo que da origen a la cultura. Plantea también que las fuentes del sufrimiento humano son tres grandes categorías: el mundo exterior, entendido como las fuerzas de la naturaleza, que son de gran intensidad, implacables y destructoras; el propio cuerpo, que está condenado a envejecer, enfermarse y morir, produciendo dolor en ese proceso, y por ultimo, las relaciones sociales, a las que considera la mayor y más intensa fuente de sufrimiento, es decir, los conflictos, el desamor, las agresiones, la dependencia, el abandono, etc. De esto se desprende que la cultura, a pesar de existir para evitar ciertos sufrimientos, su propia estructura implica la presencia de otros, como los sacrificios que se deben hacer y las satisfacciones que se deben postergar para poder convivir, por lo que la mantención del lazo social obedece a una lógica de preferir un mal menor por sobre un mal mayor. Sin embargo este lazo se encuentra en constante amenaza debido a los aspectos egoístas o individualistas en cada uno de nosotros, que impulsan a alcanzar las satisfacciones deseadas a costa de la convivencia social.
Es curioso como, al mirarlo desde esta perspectiva, el coronavirus participa simultáneamente de las tres grandes fuentes del sufrimiento: Es una fuerza de la naturaleza que nos azota con dureza, nos afecta desde el interior de nuestro cuerpo produciendo dolor físico, daño permanente e incluso muerte y trastoca las relaciones sociales, suscitando una desconfianza de la cercanía que produce un efecto paradójico: nos obliga a distanciarnos del otro, por su bien y por el nuestro y, a la vez, nos confronta con el sufrimiento de la lejanía del otro. Basta con un acto egoísta por añoranza de la cercanía del otro, para inflingirle un daño que podría ser mortal: el contagio. Es decir, si amas al otro, aléjate de él.
Sin duda el coronavirus nos interpela directamente ya que, según lo descripción que propone Freud, ataca simultáneamente por los tres flancos posibles a lo que entendemos por cultura, y a la manera en que distribuimos los esfuerzos individuales que hacemos para preservar el lazo social. Quizás esta contingencia de lugar a una reordenamiento de la matriz que organiza las relaciones sociales, pero eso es un tema que excede al interés de este artículo. A pesar de esto, se vuelve evidente cómo el coronavirus nos sacude tan fuerte subjetivamente al amenazarnos, al mismo tiempo, desde las fuerzas naturales exteriores, desde el interior de nuestro cuerpo y desde las relaciones sociales. Siendo prácticamente un triple ataque coordinado a aquello que llamamos cultura. Una conjunción de factores formidable, o como diría un presidente, un enemigo implacable.
Para hablar del fenómeno coronavirus entonces, parecer ser necesario subrayar esta palabra clave: “Conjunción.” ¿Por qué? El coronavirus sólo es un pequeño cúmulo de materia, que los científicos no aceptarían llamar “viva” y que por sí mismo no logra mantenerse estable por más de un par de horas o días. Individualmente no son nada, toda su efectividad radica en su conjunción. Un contagiado podría sentirlo como un simple resfriado y mejorarse luego, pero una multitud de contagiados pueden hacer colapsar el sistema de salud y provocar miles de muertes por falta de cobertura. Así mismo, en el ámbito psicológico el concepto de “coronavirus” como hecho aislado no es nada, su efectividad radica en su capacidad de asociarse de mil maneras con todos esos otros miedos que habitan en las capas más profundas de nuestra mente. Es un punto en el que confluyen diversas emociones anteriores, que encuentran en esta contingencia, una excusa para reaparecer. De no ser así, ¿Cómo se entendería que el término psicológico más googleado en estos últimas semanas sea la palabra “ansiedad”, si en términos porcentuales, muy pocos de nosotros hemos tenido un contacto directo con la materialidad del Coronavirus, un infectado o un fallecido? Tal vez sea porque esa ansiedad no refiere al virus en si. Creo que ya se entiende la idea.
No me malentiendan, el Coronavirus es un riesgo real y hay que cuidarse de él, pero la ansiedad, los problemas para dormir, las ganas de comer, el estrés, la tristeza, la confusión o el enojo que has sentido estos días sin entender muy bien porqué, no surgieron espontáneamente por el coronavirus, sino que más bien se trata de una forma de enfrentarnos a lo que nos atemoriza, que tiene sus propias particularidades en cada uno de nosotros. Hay una suerte de modelo de “como responde nuestra mente ante las amenazas” y esta contingencia lo está poniendo al descubierto, haciéndolo emerger en toda su magnitud. Una molestia, por supuesto, pero también una tremenda oportunidad para conocerse mejor y, porque no, crecer.
Pero, ¿Por qué tiene estas maneras de manifestarse? ¿porque pensamiento incontrolable? ¿porqué ganas de comer?¿Porque culpa, abandono, miedo, confusión? No lo sabemos con exactitud y tampoco hay una respuesta universal para cada una de ellas. Desde la psicología podemos ofrecer algunas hipótesis, pero sin duda la respuesta está más del lado de la experiencia personal de cada uno, a la cual los conceptos psicológicos sólo le prestan algunas herramientas para ordenarlas o darles algún sentido que nos permita comprender.
Una propuesta, desde el psicoanálisis, es que todas estas manifestaciones corresponden a mecanismos que hemos desarrollado en distintas momentos de nuestras vidas, cuando nos vimos enfrentados a distintos tipos de problemas y que se fueron estableciendo y predominando algunos por sobre otros.
Por ejemplo, habrían mecanismos que responden a situaciones muy infantiles, relacionadas a los primeros meses de vida en los cuales el pequeño sujeto se enfrentó a ciertos miedos o angustias, y la manera en que logró lidiar con ellos dejó entonces una impronta en sus maneras de enfrentar en el futuro problemas que se refieran a temas semejantes. Para dar un ejemplo, muy simplificado, consideremos los primeros seis meses de vida. Son una época de dependencia absoluta, en la cual la presencia de un otro cuidador es fundamental para mantenerse vivo porque el bebé no puede sobrevivir por sí mismo, entonces un pequeño que sufra de abandono en esta etapa, se enfrentará a una enorme angustia que amenazará hasta su propia existencia y la forma en que logre lidiar con ella, dejará una profunda marca en la manera de sentir y enfrentar futuras experiencias de pérdida, como la muerte de un ser querido o el término de una relación, mientras que un pequeño no haya tenido experiencias tan intensas de abandono en esta misma época, probablemente tenga en el futuro mejores recursos, o mecanismos menos drásticos para enfrentar alguna de estas situaciones. Lo que no significa que no sufrirá, pero su forma de enfrentar ese sufrimiento será muy distinta. Y así como este ejemplo, distintas etapas de la vida nos presentan distintos desafíos y las vivencias que hayamos tenido y como hayamos podido enfrentarlas irán dejando huellas en nuestra forma de ser y de enfrentarnos a las situaciones que nos amenazan. Algunos sentirán que se derrumban, otros buscarán el enfrentamiento, algunos intentarán controlar todo para evitar los riesgos, a otros los paralizará el miedo. Algunos lograrán sobreponerse, a otros les será más difícil hacerlo, todo eso dependerá de muchos factores, tantos que parece imposible poder predecir con precisión como reaccionará cada uno. Sin embargo, tal como la Geología observa un terreno, sus relieves, sus accidentes y sus cauces para proponer una hipótesis sobre su historia, como se formó y qué cosas le han pasado, la psicología intenta hacer algo parecido: observar a la persona actual, sus miedos, su forma de relacionarse, sus reacciones, etc., para intentar comprender cómo se originó esa forma, de ser, en qué momentos de la vida se vivieron traumas u otras dificultades y también en qué momentos se estuvo bien, contenido, comprendido, protegido. Esos momentos que dejaron las huellas que ahora en conjunto construyen quienes somos.
Mucho de esto nos determina, somos el producto de lo que nos tocó vivir, la familia de la que vinimos, la buena o mala suerte incluso, que nos puso hechos en nuestro camino como un accidente o una oportunidad. En conclusión, hay mucho en nosotros que no elegimos, que solo nos tocó, y eso nos hace difícil comprendernos o poder aceptarnos. Alguien puede estar convencido de que es absurdo tener miedo de una paloma, o pensar que si no toca la pared tres veces antes de salir a la calle, va a tener un accidente, sin embargo, no puede decidir no sentir el miedo que siente cuando esto se le presenta. Las personas que hayan tenido un ataque de pánico alguna vez entenderán a lo que me refiero, esa sensación de que se va a morir, que no tiene ninguna justificación, pero que sin embargo es muy real, se siente, y no se puede simplemente elegir no sentirla. Sin embargo, el lado bueno de esto es que podemos hacer algo al respecto, podemos aprender a conocer eso que se hizo de nosotros, cómo se hizo, cuando se hizo o porqué, aprender a vivir con eso, a llevarlo, conocer lo que nos atemoriza, conocer porqué nos atemoriza, prepararnos para enfrentarlo cuando llegue. Una analogía con la música nos puede mostrar esto con más simpleza. Quizás no podemos cambiar la guitarra que nos tocó, pero podríamos aprender a afinarla, a tocar nuevas melodías, conocer bien cada una de sus cuerdas, identificar cuál está más débil, para tocarla con suavidad, o saber cuál es la que desafina, para que cuando la melodía empiece a sonar extraña, saber qué cuerda revisar. No elegimos nuestra ansiedad, pero si conocemos de donde proviene y porqué es así, podemos saber mejor que hacer con ella e incluso aprender a evitarla.