25/04/2026
Durante mucho tiempo me dediqué a otra cosa.
Venía del mundo audiovisual: crear detrás de cámara, pensar ideas, dirigir, diseñar, imaginar mundos… sin tener que poner mi corazón completo al frente.
Cuando empecé a compartir lo que realmente estaba viviendo, sintiendo y descubriendo, apareció el miedo.
Me dio vergüenza que me vieran, que supieran lo que estaba haciendo, que pensaran que estaba loco, raro, cambiado o demasiado sensible.
Hoy entiendo algo: muchas veces esa miedo y vergüenza viene de mucho más lejos.
Hay memorias muy antiguas guardadas en el cuerpo.
Memorias de tiempos donde pensar distinto era peligroso.
Tiempos donde muchas mujeres sabias fueron asesinadas por ser llamadas brujas.
Tiempos donde ver más, sanar, intuir o hablar desde otro lugar traía juicio, castigo, exclusión y muertes terroríficas.
Entonces el cuerpo aprende a esconderse.
Aprende que el lugar seguro es bajar la voz.
Guardar sus dones.
Disimular su luz.
Y esas memorias también viajan hacia quienes vienen después.
Pero este tiempo nos está pidiendo otra cosa.
Nos está pidiendo abrir el corazón.
Mostrar nuestras medicinas.
Reconocer nuestros talentos.
Compartir lo que hemos aprendido.
Dejar de esperar permiso para ser quienes vinimos a ser.
Quizás eso que te da vergüenza mostrar es justamente lo que alguien necesita encontrar.
Y quizás, al atrevernos a mostrarnos, también empezamos a construir un lugar más seguro para las nuevas generaciones sensibles.
Cada vez que alguien se muestra con verdad, algo importante se libera en muchas personas más.
Compártelo con esa persona que necesita recordar que su voz también tiene un lugar en este tiempo.
Quizás este mensaje sea el impulso que necesita para mostrarse.