03/02/2026
EL ACTO RADICAL DE ELEGIRSE: CUANDO CERRAR PUERTAS ES ABRIR CAMINOS HACIA LA IDENTIDAD AUTÉNTICA
Un viaje neurocientífico, psicoanalítico y sistémico hacia la coherencia interna y la paz relacional
Existe un umbral invisible en la vida de cada persona, un momento donde algo cambia en la relación con uno mismo. No es dramático ni aparatoso. Es silencioso, casi imperceptible al principio. Comienzas a ponerte en primer lugar, no desde el egoísmo, sino desde una claridad nueva que emerge de lo profundo. Y cuando esto ocurre, algo extraordinario sucede: ciertas puertas comienzan a cerrarse solas.
No las cierras tú con rabia, reproches o discursos finales. Simplemente dejas de sostenerlas. Dejas de insistir donde nadie responde con plenitud, de justificar ausencias ajenas, de llamar donde siempre contestan a medias. Ese gesto silencioso—ese no-hacer que es en realidad un hacer profundo—lo cambia todo. Y aunque a men**o es malinterpretado como frialdad o distancia por quienes estaban acostumbrados a una versión tuya siempre disponible, siempre cediendo, representa en realidad un regreso: el retorno a tu hogar interior.
Este artículo explora la profunda transformación que ocurre cuando una persona decide, consciente o inconscientemente, iniciar el camino de elegirse. No se trata de un acto de rebeldía superficial ni de un “empoderamiento” vacío de las redes sociales.
Se trata de un proceso neurobiológico, psicológico y sistémico de reintegración del self fragmentado, de reconexión con la identidad auténtica y de restauración de los órdenes del amor en el sistema familiar y relacional. Integraremos hallazgos de la teoría del apego, la psicotraumatología, la teoría polivagal, el psicoanálisis relacional, la biología del conocimiento de Maturana y Varela, las constelaciones familiares de Bert Hellinger, y la antropología del símbolo de Ernst Cassirer para comprender qué significa, desde el punto de vista del funcionamiento humano integral, el acto radical de elegirse.
I. LA FRACTURA ORIGINAL: CUANDO NO FUISTE ELEGIDO PRIMERO
La Tríada Fatal y el Origen del Abandono de Sí Mismo
Para comprender por qué elegirse resulta tan difícil para tantas personas—por qué sostener puertas que deberían cerrarse se convierte en un automatismo doloroso—debemos regresar al principio. Franz Ruppert, psicólogo y psicotraumateólogo alemán, identifica lo que denomina la “tríada fatal” del trauma temprano: no ser deseado, no ser amado y no ser protegido. Para un bebé cuya existencia depende absolutamente de sus cuidadores, esta experiencia constituye una amenaza existencial que su sistema nervioso, aún inmaduro, no puede procesar ni integrar.
Cuando un niño llega al mundo, su sistema nervioso es un universo en formación de alta excitabilidad y baja inhibición. Cada experiencia emocional tiene una resonancia amplificada. En ese período crítico, la función del cuidador va mucho más allá de la supervivencia física: es un regulador externo esencial. La Teoría Polivagal de Stephen Porges ilumina este proceso: la voz suave, la mirada amorosa y el contacto seguro son señales neuroceptivas—procesos de evaluación inconsciente de seguridad o peligro—que activan el sistema vagal ventral, la vía neural de la calma, la conexión social y la curiosidad exploratoria.
Esta danza de sintonía afectiva, estudiada extensamente por la teoría del apego de John Bowlby y Mary Ainsworth, libera un cóctel neuroquímico—oxitocina, dopamina, opioides endógenos—que asocia la proximidad con una profunda sensación de bienestar y seguridad. El niño internaliza un modelo operativo interno: “el mundo es confiable, yo soy valioso, mis necesidades merecen respuesta”.
Este es el fundamento neurobiológico de lo que más tarde será la capacidad de elegirse: sentir, a nivel visceral, que uno merece cuidado, que las propias necesidades son legítimas.
Sin embargo, cuando este abrazo falla—cuando la respuesta del cuidador es inconsistente, fría, invasiva o directamente abusiva—se produce una catástrofe en el desarrollo. La vivencia de no ser deseado, no ser amado, no ser protegido es una experiencia abrumadora que excede toda capacidad de procesamiento del organismo infantil. El dolor emocional de un corazón “roto” activa las mismas redes cerebrales que el dolor físico, según han demostrado estudios de neuroimagen. Ante esta inundación insoportable, el sistema nervioso abandona el programa de desarrollo y adopta uno de emergencia.
La Fragmentación del Self: Supervivencia Psíquica ante lo Insoportable
Para sobrevivir psíquicamente a lo que no puede ser digerido, la mente ejecuta una maniobra drástica: la fragmentación o disociación. Como describe Bessel van der Kolk en “El cuerpo lleva la cuenta”, el trauma temprano, especialmente el preverbal, no se almacena como una historia coherente accesible al lenguaje. Se graba como memoria implícita: sensaciones corporales caóticas, imágenes fragmentadas y emociones crudas alojadas en el hemisferio derecho del cerebro y en el sistema límbico, fuera del alcance del hemisferio izquierdo racional y narrativo.
Franz Ruppert conceptualiza esta fragmentación en tres partes diferenciadas del self que emergen como estrategia de supervivencia:
1. La Parte Sana (Verdadero Self/Núcleo Esencial): La capacidad innata de autorregulación, conexión auténtica, deseo genuino y amor incondicional. Esta parte queda relegada, desconectada, en un rincón inaccesible del sistema psíquico. Es la sede de la sabiduría interior, la creatividad, el humor genuino y la capacidad de tejer significado simbólico (lo que Ernst Cassirer llama la función del animal symbolicum). Es desde aquí desde donde, en condiciones de salud psíquica, surge la capacidad de elegirse.
2. La Parte Traumatizada: El encapsulamiento de las emociones indigeribles del evento original—terror abismal, dolor de abandono, rabia impotente, vergüenza tóxica. Esta parte clama, desde su exilio, por ser reconocida, vista y amada incondicionalmente. Porta la herida primaria que necesita sanación.
3. Las Partes o Estrategias de Supervivencia: Mecanismos psíquicos y conductuales creados para evadir a toda costa el dolor de la parte traumatizada y obtener, de manera distorsionada, aquello que no se recibió (amor, protección, pertenencia). Estas estrategias son rígidas, repetitivas y, a men**o, absurdas desde una perspectiva adulta, pero fueron —y en cierto modo siguen siendo— intentos heroicos de un niño por sobrevivir emocionalmente.
Pueden manifestarse como: complacencia extrema (el “falso self” de Winnicott), hipervigilancia crónica, perfeccionismo paralizante, evitación emocional y desconexión afectiva, adicciones a sustancias o procesos (trabajo, relaciones, tecnología), o identificación con el agresor.
Esta fragmentación es el origen del fenómeno central que dificulta elegirse: en lugar de vivir desde el núcleo sano, la persona vive atrapada en un diálogo inconsciente entre las estrategias de supervivencia (que intentan controlar el mundo externo para no sentir) y la parte traumatizada (que grita en silencio desde el fondo).
La Parte Sana, que es la única que puede genuinamente elegir, queda secuestrada.
La Neurofisiología del No Elegirse: Teoría Polivagal y Desregulación Crónica
Stephen Porges describe el sistema nervioso autónomo no como un simple interruptor binario (activado/desactivado), sino como una jerarquía evolutiva de tres circuitos de respuesta:
• Sistema Vagal Ventral (Conexión Social): El más reciente evolutivamente. Se activa ante señales de seguridad (rostro amable, tono de voz cálido, contacto seguro). Permite la calma, la apertura relacional, la empatía, la curiosidad y la capacidad de tomar decisiones reflexivas. Es el estado desde el cual se puede elegir auténticamente.
• Sistema Simpático (Movilización: Lucha/Huida): Se activa ante amenaza percibida. Genera hipervigilancia, ansiedad, ira, urgencia y la incapacidad de descansar. Desde aquí, no se elige; se reacciona impulsivamente.
• Sistema Vagal Dorsal (Inmovilización: Colapso/Congelación): El más antiguo. Se activa ante amenaza abrumadora e inescapable. Induce desconexión, entumecimiento, disociación, desesperanza y paralización. Desde aquí, no hay elección posible; solo supervivencia pasiva.
Una persona que creció sin experiencias suficientes de apego seguro no desarrolló plenamente su capacidad de activar y mantener el sistema vagal ventral. Su neurocepción—el escaneo inconsciente del entorno en busca de peligro o seguridad—quedó “mal calibrada”.
Percibe amenaza donde no la hay, o no la percibe donde sí existe. Vive en estados crónicos de hiperactivación simpática (ansiedad, demanda emocional excesiva, control compulsivo) o de colapso dorsal (apatía, desconexión, inercia emocional).
Este es el sustrato neurobiológico de “no poder elegirse”: cuando tu sistema nervioso está crónicamente en modo de supervivencia, la idea de “ponerte en primer lugar” se percibe como un lujo peligroso, como una traición a la lealtad que crees deber a los demás (lealtad que en realidad es una estrategia de supervivencia para obtener amor). Elegirse requiere, fisiológicamente, acceder al estado vagal ventral de seguridad y conexión consciente.
II. LA DANZA DISFUNCIONAL: CUANDO LAS RELACIONES REPITEN EL TRAUMA
El Baile de las Máscaras:
Estrategias de Supervivencia en el Escenario Relacional
En la dinámica relacional—sea de pareja, amistad o familiar—con frecuencia no interactúan dos personas plenas operando desde sus núcleos sanos. Interactúan, en cambio, las partes fragmentadas: las estrategias de supervivencia de cada uno, en un baile inconsciente coreografiado por el miedo y no por el deseo genuino de conexión.
Este fenómeno, ampliamente explorado en el psicoanálisis relacional contemporáneo (Stephen Mitchell, Philip Bromberg, Jessica Benjamin), explica por qué tantas relaciones se sienten como campos de batalla más que como espacios de nutrición mutua.
Una persona cuya estrategia de supervivencia es la complacencia extrema y la búsqueda desesperada de cercanía (patrón de apego ansioso-ambivalente) chocará inevitablemente con aquella cuya estrategia es la retirada emocional y el temor al atrapamiento (patrón de apego evitativo-distante). La demanda afectiva de uno activa el pánico a la fusión del otro; la huida emocional de este reactiva el terror al abandono del primero.
Es una coreografía trágica donde cada movimiento del otro confirma la herida original de ambos.
Desde esta dinámica, “elegirse” se vuelve imposible porque cada persona está, en realidad, intentando que el otro sane su herida primaria—tarea que ninguna relación puede cumplir. La persona con apego ansioso necesita que el otro le demuestre constantemente que es amable, que no será abandonada.
Pero ninguna cantidad de demostraciones será suficiente, porque la herida original no está en el presente sino en el pasado encapsulado en la parte traumatizada. La persona con apego evitativo necesita espacio y autonomía para sentirse segura, pero ninguna distancia física será suficiente mientras su sistema nervioso siga interpretando la cercanía emocional como invasión peligrosa.
Como señala Allan Schore, pionero en la neurociencia del apego, el desarrollo del hemisferio derecho—responsable de la regulación emocional, la memoria implícita y la sintonía afectiva—ocurre casi completamente en los primeros años de vida a través de las interacciones cara a cara con el cuidador primario.
Cuando estas interacciones son deficientes, el resultado es una alteración estructural en la capacidad de regular afectos y de leer correctamente las señales sociales. Las personas operan desde lo que Bromberg llama “estados disociativos múltiples del self”, cambiando entre versiones de sí mismas según el contexto relacional, sin una integración coherente.
Confundir Intensidad con Cercanía, Costumbre con Amor
Uno de los signos más reveladores de que alguien está operando desde las estrategias de supervivencia y no desde su parte sana es la confusión entre intensidad y cercanía, entre costumbre y amor. La intensidad emocional—la montaña rusa de euforia y desesperación, la dramatización constante—se siente, paradójicamente, como “pasión verdadera” o “conexión profunda”. En realidad, es la reactivación mutua de las heridas traumáticas: el sistema nervioso en hipervigilancia constante, confundiendo la activación fisiológica del miedo con la vitalidad del amor.
La costumbre, por su parte, se disfraza de seguridad y compromiso. Pero permanecer en una relación por inercia, por miedo al cambio, por la fantasía de que “esto es lo mejor que puedo conseguir”, no es amor: es una estrategia de supervivencia que busca evitar la angustia de la soledad y el duelo.
La verdadera cercanía, la que nutre y expande, se caracteriza por la seguridad neuroceptiva, la presencia calmada, la capacidad de estar con el otro en su vulnerabilidad sin necesidad de rescatarlo o de ser rescatado. Y el verdadero amor implica elección continua, no resignación.
Peter Fonagy y su equipo desarrollaron el concepto de mentalización: la capacidad de comprender y reflexionar sobre los propios estados mentales y los del otro (pensamientos, sentimientos, deseos, intenciones).
Esta capacidad, fundamental para las relaciones sanas, se desarrolla en la infancia cuando el cuidador “piensa al niño”—es decir, intenta comprender qué siente y necesita, más allá de su conducta superficial. El trauma daña severamente la mentalización: la persona pierde la capacidad de distinguir entre lo que siente ella (proyección de su herida) y lo que realmente está ocurriendo con el otro. Desde ahí, “elegirse” se vuelve casi imposible porque no hay claridad sobre qué es propio y qué es ajeno, qué vínculo nutre y cuál drena.
III. LA SOMBRA TRANSGENERACIONAL: CUANDO EL PESO NO ES SOLO TUYO
Los Órdenes del Amor y las Lealtades Invisibles: Bert Hellinger y los Sistemas Familiares
La dificultad para elegirse a men**o tiene raíces que trascienden la biografía individual y se hunden en el sistema familiar transgeneracional. Bert Hellinger, terapeuta alemán fundador de las Constelaciones Familiares, observó durante décadas de práctica clínica que los sistemas familiares están regidos por lo que él denomina “Órdenes del Amor”: principios inconscientes que buscan el equilibrio y la pertenencia de todos los miembros del clan.
Estos órdenes incluyen: el derecho de pertenencia (todos los miembros de un sistema familiar tienen el mismo derecho a pertenecer, incluso aquellos excluidos o “olvidados”), el orden de precedencia (quien llegó primero tiene prioridad; los padres dan, los hijos reciben), y el equilibrio entre dar y tomar (en toda relación debe haber un intercambio equitativo para que el vínculo sea sostenible).
Cuando estos órdenes se violan—por exclusiones (un hermano mu**to tempranamente que nunca se menciona, un abuelo rechazado por la familia), secretos (un hijo producto de una violación, un ab**to no elaborado, una adopción oculta), o identificaciones inconscientes con ancestros que sufrieron destinos trágicos—el sistema enferma.
Y aquí surge un fenómeno sorprendente: por una lealtad invisible y un amor ciego, un miembro de una generación posterior puede quedar “implicado” o “enredado” en la resolución de ese desequilibrio, repitiendo inconscientemente un destino doloroso, cargando con una culpa que no le corresponde, o fracasando en sus relaciones como forma de lealtad a un ancestro que tampoco pudo tener una vida plena.
Esto explica por qué muchas personas, pese a tener un profundo deseo de elegirse y vivir con plenitud, experimentan un sabotaje inconsciente: “Si yo soy feliz y logro lo que mi madre/padre/abuela no pudo, ¿la estaré traicionando?”. Esta lealtad invisible opera a nivel somático y emocional, no racional. El cuerpo, que “lleva la cuenta” como diría van der Kolk, porta las memorias no solo de la propia vida sino del linaje. Elegirse, desde esta perspectiva, puede sentirse como un acto de deslealtad hacia aquellos que no pudieron hacerlo.
Epigenética del Trauma: La Transmisión Biológica de la Herida
La ciencia de la epigenética ha venido a confirmar, desde la biología molecular, lo que las constelaciones familiares y la clínica psicotraumatológica observaban desde hace décadas: el trauma se transmite entre generaciones. Las experiencias traumáticas de los ancestros—guerras, hambrunas, violencia, desplazamientos forzados, abusos—pueden dejar marcas químicas (metilaciones) en el ADN que modifican la expresión de genes relacionados con la respuesta al estrés, sin alterar la secuencia genética en sí.
Esto significa que un nieto puede nacer con un sistema nervioso más reactivo al estrés, no por “mala genética” predeterminada, sino por la historia vivida (y no elaborada) por sus abuelos. El sistema nervioso viene “precargado” con una predisposición a percibir el mundo como peligroso, a activarse con mayor facilidad ante amenazas y a tener dificultades para acceder a estados de calma y seguridad. Esta es la transmisión biológica de la herida transgeneracional.
Así, la dificultad para elegirse no es solo una cuestión de psicología individual o de decisiones conscientes. Es también el resultado de un legado biológico y sistémico de dolor no metabolizado que viaja por las líneas familiares. Un padre que maltrata o abandona a su hijo no es simplemente un “mal padre”; con frecuencia, es el vehículo de un trauma que le precede y que él mismo recibió, operando desde su propia parte traumatizada y sus estrategias de supervivencia rígidas. Romper este ciclo requiere, necesariamente, un trabajo consciente de integración personal y, cuando es posible, una reconciliación simbólica con el sistema familiar.
IV. LA RUPTURA AUTOPOIÉTICA: CUANDO EL SISTEMA VIVO PIERDE SU COHERENCIA
La Biología del Amor: Maturana, Varela y la Clausura Operacional
Los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela propusieron una comprensión radicalmente nueva de lo que significa ser un organismo vivo. Un ser vivo, según su teoría, es un sistema autopoiético: una red de componentes (células, órganos, procesos) que se autoproducen y mantienen una clausura operacional.
Esto significa que, aunque interactúan con el entorno, su organización interna es cerrada y autorreferencial: el sistema se genera a sí mismo continuamente.
Aplicado al desarrollo humano, un niño que crece en un entorno de sintonía afectiva, seguridad y amor experimenta el despliegue armónico de su autopoiesis psíquica: su self se va organizando de manera coherente, integrando experiencias, regulando emociones, tejiendo una narrativa de identidad estable.
Maturana define el amor, desde esta perspectiva biológica, como “la emoción que constituye el dominio de acciones donde se da la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia”.
El amor no es un sentimiento abstracto; es el sustrato emocional que posibilita la co-regulación, la cooperación, la inteligencia relacional y el florecimiento del self.
El trauma temprano interrumpe brutalmente este proceso autopoiético. Cuando un niño no recibe las señales de aceptación, protección y sintonía que necesita, su sistema psíquico no puede organizarse en torno al crecimiento y la exploración; se organiza en torno a la supervivencia y la defensa.
Se produce una “disonancia autopoiética”: el sistema, en lugar de autoproducirse armónicamente, genera bucles disfuncionales—hipervigilancia, disociación, somatizaciones, adicciones—en un intento desesperado de mantener algún tipo de coherencia interna ante un entorno que experimentó como amenazante.
Desde este marco, “elegirse” implica restaurar la autopoiesis saludable: permitir que el sistema vuelva a organizarse desde el amor (la aceptación de uno mismo como un legítimo otro en la propia convivencia interna) y no desde el miedo. Es un proceso de recomunicación interna entre las partes fragmentadas, facilitando que la Parte Sana pueda retomar su función de “director de orquesta” del sistema psíquico.
El Animal Simbólico Fracturado: Ernst Cassirer y la Pérdida de Significado
El filósofo Ernst Cassirer definió al ser humano como un animal symbolicum, un animal simbólico: nuestra esencia no radica únicamente en la razón (animal rationale), sino en nuestra capacidad innata para crear y habitar un universo de símbolos—lenguaje, mito, arte, ritual—que media nuestra relación con la realidad y nos permite dar sentido a la experiencia.
El trauma, especialmente el temprano y preverbal, representa una catástrofe existencial para el animal simbólico. La experiencia abrumadora no puede transitar hacia el significado; queda atrapada como sensación caótica, como fragmentos sensoriales y emocionales que no encuentran un símbolo que los contenga, un lenguaje que los nombre, una narrativa que los integre.
Como señala el psicoanálisis lacaniano, el trauma es aquello que no puede ser simbolizado, que permanece en lo Real—esa dimensión de la experiencia que resiste toda representación.
La persona traumatizada experimenta una fractura en su universo simbólico: el mundo deja de tener sentido coherente. Las relaciones se vuelven impredecibles y amenazantes. La propia identidad se fragmenta en múltiples “yoes” disociados que no dialogan entre sí. Y lo más doloroso: pierde la capacidad de tejer una historia sobre sí misma que sea integradora, que dé sentido al sufrimiento. La pregunta existencial “¿quién soy?” se vuelve incontestable porque las piezas del rompecabezas están dispersas en regiones inaccesibles de la psique.
Elegirse, desde la perspectiva de Cassirer, es también un acto de re-simbolización: es recuperar la capacidad de crear significado sobre la propia vida, de tejer una narrativa que integre incluso el dolor en una historia más amplia de resiliencia y crecimiento. Es volver a ser el poeta de la propia existencia, el artífice de los símbolos que ordenan la experiencia y la vuelven habitable. Sin esta función simbólica restaurada, el self permanece fragmentado y la elección auténtica resulta imposible.
V. EL CAMINO DE REGRESO: DE LA SUPERVIVENCIA A LA ELECCIÓN CONSCIENTE
Crear Seguridad Neuroceptiva: La Base Fisiológica para Elegirse
Si la dificultad para elegirse tiene su raíz en un sistema nervioso crónicamente desregulado, atrapado en estados de hiperactivación o colapso, el primer paso de cualquier proceso de sanación debe ser restablecer la seguridad somática.
Esto no es una cuestión de “pensamiento positivo” o de fuerza de voluntad. Es una tarea neurofisiológica: enseñar al sistema nervioso a acceder de nuevo al estado vagal ventral de conexión social y seguridad.
Esto se logra a través de múltiples vías complementarias: prácticas somáticas que trabajan directamente con el cuerpo (respiración consciente, movimiento rítmico, contacto seguro, yoga informado en trauma); la co-regulación en relaciones terapéuticas seguras donde el terapeuta, a través de la sintonía afectiva y la resonancia límbica, actúa como un “sistema vagal ventral externo” que ayuda a regular los estados internos del cliente; y la exposición gradual a experiencias de seguridad relacional que permitan al sistema nervioso actualizar sus modelos operativos internos.
Allan Schore enfatiza que “la regulación afectiva es, en esencia, una regulación de la intensidad de los estados del hemisferio derecho”. Dado que el trauma reside principalmente en este hemisferio no verbal, las terapias basadas únicamente en la palabra y el insight cognitivo resultan insuficientes. Se requieren enfoques que trabajen con el cuerpo, las emociones y las memorias implícitas—exactamente lo que proponen terapias como el EMDR, la Experiencia Somática de Peter Levine, el Sensorimotor Psychotherapy, y el Método TriFOCAL que integra neurociencia, psicoanálisis y trabajo simbólico.
Mentalización y Apadrinamiento: Reconstruir la Capacidad de Pensar sobre Uno Mismo
Peter Fonagy define la mentalización como la capacidad de comprender y reflexionar sobre los propios estados mentales y los del otro. Esta función psicológica, que se desarrolla en la infancia a través de la relación con un cuidador que “piensa al niño”, es fundamental para la autorregulación emocional, la empatía y las relaciones interpersonales saludables.
El trauma daña severamente esta capacidad: la persona pierde contacto con su mundo interno, no sabe qué siente ni por qué actúa como actúa.
Un componente esencial del proceso de sanación es restaurar la mentalización. Esto ocurre, paradójicamente, en el contexto de una relación terapéutica donde el terapeuta mentaliza al cliente: se pregunta genuinamente “¿qué puede estar sintiendo esta persona detrás de su conducta?”, “¿qué función cumple este síntoma?”, “¿qué parte de su self se está expresando aquí?”. Esta actitud de curiosidad compasiva, cuando es sostenida de manera consistente, se internaliza: el cliente aprende a preguntarse a sí mismo las mismas cosas.
Stephen Gilligan, desde su Psicoterapia de la Relación con el Yo, introduce el concepto de “Apadrinamiento”: la actitud de acogida incondicional hacia todas las partes del self, especialmente hacia aquellas que han sido rechazadas, avergonzadas o exiliadas. Apadrinar es lo opuesto a guerrear contra uno mismo. Es decir a la Parte Traumatizada: “Te veo, te escucho, tienes derecho a existir y a expresar tu dolor. No estás sola”. Es decir a las Estrategias de Supervivencia: “Entiendo que intentaste salvarme. Gracias por tu esfuerzo. Ahora puedes descansar; yo, desde mi parte adulta, puedo cuidar de mí”.
Esta actitud de apadrinamiento es la base psicológica para poder elegirse. No se trata de negar las partes heridas o avergonzadas, sino de acogerlas con compasión mientras, simultáneamente, se reconoce que ya no gobiernan la totalidad del sistema. La Parte Sana puede, desde un Estado Generativo (término de Gilligan para un estado de presencia plena, conexión con recursos internos y apertura creativa), dialogar con las otras partes, integrarlas y tomar decisiones conscientes.
La Conjunción Alquímica: Amor, Humor y Poesía como Fuerzas Sanadoras
El Método TriFOCAL, desarrollado como una integración de psicoanálisis, neurociencia del apego y trabajo simbólico, propone que la sanación profunda del trauma y la reintegración del self requieren no solo técnicas, sino la convocatoria de tres fuerzas alquímicas esenciales que, combinadas, facilitan la transmutación de la herida en sabiduría:
1. El Amor como Campo Relacional Reparador:
Es la encarnación práctica del apadrinamiento. Es la actitud incondicional de acogida—primero del terapeuta hacia el cliente, luego del cliente hacia sí mismo—hacia todas las partes del self. Este Amor se manifiesta en la sintonía de la resonancia límbica, creando el campo neuroceptivo seguro donde lo insoportable puede ser sostenido, visto y escuchado sin desbordamiento. Es el amor en su dimensión maturaniana: la aceptación del otro (incluido el otro interno) como legítimo otro en la convivencia.
2. El Humor como Desbloqueador de Perspectivas:
No se trata de ironía ni de minimización del dolor, sino de un humor compasivo que permite desarmar la seriedad férrea de las Estrategias de Supervivencia. El Humor introduce un punto de vista nuevo sobre lo aparentemente inmutable, crea un espacio de libertad donde la Parte Sana puede encontrar soluciones creativas e inesperadas. Es el antídoto contra la rigidez traumática, la capacidad de reírse—con ternura—de los propios automatismos, introduciendo ligereza donde había pesadez.
3. La Poesía como Lenguaje del Alma:
Si el trauma fractura el universo simbólico, la sanación requiere restablecer un lenguaje propio y significativo. La Poesía—entendida como la capacidad de hablar con metáforas, imágenes, ritmo y belleza—es el vehículo por excelencia para nombrar lo innombrable del trauma y tejer narrativas de sentido, coherencia y belleza sobre la experiencia de dolor. Es el arte de la re-simbolización, la restauración de la función del animal simbólico que Cassirer describió.
Esta Conjunción—Amor, Humor, Poesía—actúa como catalizador dentro del proceso terapéutico, potenciando cada paso del diálogo restaurativo entre las partes fragmentadas del self. Cuando una persona puede acceder a estas tres fuerzas en su relación consigo misma, el proceso de elegirse se vuelve no solo posible, sino natural: una expresión espontánea de la coherencia interna recuperada.
Honrar los Órdenes y Soltar las Cargas: El Trabajo Sistémico
Elegirse también implica, con frecuencia, un trabajo de reconciliación simbólica con el sistema familiar. Esto no significa “perdonar” desde una posición moral superior—acto que Hellinger considera a men**o separador y arrogante—, sino llegar a una aceptación profunda de “lo que fue”: reconocer que los padres dieron lo que pudieron desde su propia herida, honrar el lugar que cada uno ocupa en el sistema, y soltar las cargas que no nos corresponden.
Las Constelaciones Familiares y los Auto-Encuentros del método de Ruppert permiten hacer visible lo invisible: los miembros excluidos del sistema son honrados, las responsabilidades mal asumidas son devueltas a quien les corresponde, y los Órdenes del Amor son restaurados.
Este trabajo tiene un efecto liberador profundo: cuando una persona puede decir internamente “Honro tu destino, madre/padre/abuela, y respeto lo que viviste. Y ahora me permito tener un destino distinto. Te dejo tu carga y tomo solo lo que me corresponde: la vida que me diste”, algo se desbloquea a nivel sistémico.
Esta reconciliación no requiere, necesariamente, un contacto real con las figuras parentales o familiares. Puede ocurrir de manera completamente simbólica, en el espacio terapéutico o en el trabajo interior personal. Lo que importa es el movimiento interno: el hijo que recupera su lugar de hijo (sin estar parentificado), que devuelve a los padres la dignidad de su propio camino, y que, desde esa nueva posición, puede finalmente caminar hacia adelante sin el peso transgeneracional que lo retenía.
VI. LA PAZ DE LA COHERENCIA: CUANDO ELEGIRSE ES SIMPLEMENTE ESTAR EN CASA
Hay una paz singular que emerge cuando, después de un largo viaje de fragmentación y exilio interno, una persona logra regresar a sí misma. No es la paz de la ausencia de conflicto externo—las relaciones y la vida seguirán presentando desafíos—, sino la paz de la coherencia interna: cuando las partes del self dialogan entre sí en lugar de guerrear, cuando el sistema nervioso puede descansar en estados de seguridad, cuando la narrativa personal integra incluso el dolor en una historia más amplia de sentido y resiliencia.
Elegirse, desde esta perspectiva integral, no es un acto egoísta ni una negación del vínculo con los demás. Es, por el contrario, el fundamento necesario para poder ofrecer vínculos auténticos y nutridores. Solo desde la coherencia interna—desde un self que ha integrado sus partes, que opera desde la Parte Sana y no desde las estrategias de supervivencia, que ha restaurado su autopoiesis saludable—es posible amar sin dependencia, dar sin agotamiento, recibir sin culpa y estar en relación sin perderse en el otro.
Las puertas que se cierran cuando comienzas a elegirte no son una pérdida; son una liberación. Son las puertas que sostenías desde la obligación y la culpa, desde el miedo al abandono o al rechazo, desde la lealtad invisible a patrones familiares disfuncionales. Su cierre abre espacio para que otras puertas—las que resuenan con tu identidad auténtica, las que te expanden en lugar de encogerte—puedan finalmente abrirse.
El proceso no es lineal ni está exento de duelo. Elegirse implica aceptar pérdidas: no todas las relaciones sobreviven cuando dejas de hacer malabares emocionales, cuando ya no estás disponible para cumplir roles que te traicionan, cuando estableces límites sanos. Habrá personas que interpreten tu cambio como frialdad, distancia o incluso traición.
Pero como señala Byung-Chul Han al hablar del Eros verdadero, el amor que no permite la alteridad—la diferencia, la individuación del otro—no es amor: es narcisismo proyectado. Las relaciones que se sostienen en que tú permanezcas pequeño, disponible y cediendo, no son relaciones de amor mutuo; son vínculos de codependencia.
Lo que queda, después de ese proceso de depuración relacional, es más honesto, más liviano, más real. Ganas coherencia: esa alineación profunda entre lo que sientes, lo que piensas, lo que dices y lo que haces. Y esa coherencia, aunque silenciosa y a men**o incomprendida por quienes te rodean, termina siendo la forma más profunda de paz. Es la paz de estar en casa dentro de ti mismo, de no necesitar la validación externa para saber que existes y que importas, de poder sostener tu propia mirada en el espejo y reconocer ahí a alguien digno de amor.
El Deseo del Otro y el Encuentro con Eros: Más Allá del In****no de lo Igual
Byung-Chul Han, en su exploración del Eros contemporáneo, habla de la “dicha de ser expulsado de sí mismo” que ocurre en el encuentro verdadero con lo Otro. El Eros, dice Han siguiendo a Lacan, hace posible una experiencia del otro en su alteridad—en su diferencia radical—que saca al sujeto de su “in****no narcisista”, de su ensimismamiento en lo siempre igual. El Eros pone en marcha un voluntario desreconocimiento de sí mismo, un voluntario vaciamiento que, paradójicamente, es la vía hacia la plenitud.
Esta idea resuena profundamente con el proceso de elegirse desde la perspectiva aquí desarrollada. Elegirse no es atrincherarse en un yo defensivo y aislado, sino recuperar un self lo suficientemente sólido y coherente como para poder, genuinamente, salir de sí hacia el otro. Solo quien ha encontrado su hogar interior puede permitirse el “asilo en el otro” del que habla la canción de Drexler y Mon Laferte: “Dame una noche de asilo, en tu regazo... dejemos al mundo fuera. Abre tus brazos, ciérralos conmigo dentro”.
Este asilo en el otro—esta capacidad de demora, de fidelidad, de entrega—solo es posible cuando no se busca en el otro que llene el vacío de la propia identidad no integrada. El amor contemporáneo, dice Han, carece de esta entrega mesiánica; se ha convertido en un “baño alterno de pasiones” donde se cambia de pareja constantemente, hambriento de nuevas experiencias pero incapaz de profundidad. Esta voracidad, desde la perspectiva del trauma, es otra estrategia de supervivencia: evitar la intimidad real que podría activar la herida de apego, mantenerse en la superficie estimulante de lo nuevo para no enfrentar el dolor de lo profundo.
Elegirse, entonces, es también recuperar la capacidad de Eros: la posibilidad del encuentro verdadero con lo Otro, de la intimidad que transforma, del amor que no es fusión narcisista ni cosificación sexual, sino reconocimiento mutuo de dos seres distintos que eligen, libremente, crearse mutuamente en la relación. Como afirma Han: “El amor hace posible volver a crear el mundo desde la perspectiva del otro y abandonar lo habituado. Es un acontecimiento que hace que comience algo totalmente distinto”.
El Coraje de Abrazar la Complejidad
Este artículo ha tejido un mapa complejo—quizás abrumador en su multiplicidad de perspectivas—sobre qué significa elegirse. Hemos transitado desde la neurobiología del apego y la teoría polivagal hasta el psicoanálisis relacional, la psicotraumatología, la biología del conocimiento, las constelaciones familiares y la antropología del símbolo.
Esta complejidad no es gratuita: refleja la realidad de que el ser humano es, simultáneamente, un cuerpo biológico con un sistema nervioso que porta memoria, una psique con partes fragmentadas que buscan reintegrarse, un n**o en una red transgeneracional de historias no resueltas, y un animal simbólico que crea significado para habitar el mundo.
Elegirse no es un evento único sino un proceso continuo. No es alcanzar un estado final de “ya estoy sanado” sino aprender a navegar la vida desde un lugar distinto: desde la Parte Sana, desde la coherencia interna, desde la aceptación compasiva de uno mismo en toda su complejidad. Hay días en que las viejas estrategias de supervivencia se reactivan; hay momentos en que la herida traumática se reabre ante un estímulo inesperado. Pero con cada vez que logras regresar al centro—respirar, apadrinar, mentalizar, elegir conscientemente—fortaleces las nuevas vías neuronales y psíquicas.
La verdadera profesión del ser humano, como señala Hermann Hesse, es “encontrar su camino hacia sí mismo”. Este viaje de retorno no es una regresión a un pasado idealizado ni un escape de la realidad. Es un movimiento hacia adelante que integra todo lo vivido—incluso el dolor, incluso el trauma—en una identidad más amplia, más compasiva, más sabia. Es el coraje de mirar el propio desorden, como diría Lacan, y aceptar que “no hay nada más desordenado que la realidad humana”, pero que ese desorden puede ser habitado, puede ser atravesado, puede ser transformado en algo que, si bien no elimina el sufrimiento, sí lo vuelve más tolerable y significativo.
Entonces, cuando te eliges—cuando comienzas a ponerte en primer lugar desde la claridad y no desde el egoísmo, cuando dejas de sostener puertas que te agotan, cuando ya no confundes intensidad con cercanía ni costumbre con amor—no estás perdiendo nada esencial. Estás ganando coherencia. Estás recuperando tu vida. Estás regresando a casa.
Y esa coherencia, aunque silenciosa, aunque a men**o malinterpretada por quienes esperaban otra versión de ti, termina siendo la forma más profunda de paz. La paz que emerge no de la ausencia de conflicto sino de la presencia plena en tu propia vida. La paz de saber, visceralmente, que mereces el amor que buscas. La paz de poder decir, con todo tu ser: “Aquí estoy. Esto soy. Y es suficiente”.
Humberto Del Pozo López
Centro Bert Hellinger: Psicoanálisis y Constelaciones Familiares