Centro Bert Hellinger: Psicoanálisis y Constelaciones Familiares

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Psicoanálisis anclado en la teoría del apego, la terapia del psicotrauma temprano y las Constelaciones Familiares +56974529378

Ayuda para superar dificultades de la Vida, individual y en un grupo, online y presencial.

En un rincón del puerto, entre redes viejas, gaviotas ruidosas y olor a sal, vivía un lobo marino enorme al que todos ll...
03/02/2026

En un rincón del puerto, entre redes viejas, gaviotas ruidosas y olor a sal, vivía un lobo marino enorme al que todos llamaban Don Gaspar.

No era parte de ningún acuario. No pertenecía a nadie.
Era libre. Salvaje. Gigante.

Y sin embargo, todos los días, a la misma hora, se acercaba a un mismo lugar del muelle. No para pedir, sino como quien acude a una cita.

Allí lo esperaba Santino, un niño de doce años que vendía bolsas de mariscos con su abuela. Pequeño, flaco, con voz firme y ojos que parecían haber vivido más de lo que correspondía.

—Gaspar, hoy hay jibia —le decía, dejando caer una porción sobre las rocas.

Y el animal, con una lentitud casi sagrada, se arrastraba hasta su lado, abría el hocico y comía.

Así fue durante meses.

Los pescadores decían que Don Gaspar no se acercaba a nadie más. Que gruñía si alguien intentaba tocarlo. Que una vez casi muerde a un turista que quiso darle un selfie.

Pero con Santino era distinto.

Se quedaban juntos largo rato. A veces, el niño le leía en voz baja. Otras, simplemente se sentaban en silencio, con la brisa del mar cruzándoles el alma.

Lo que pocos sabían era que Santino no hablaba desde los siete años, cuando perdió a sus padres en un accidente.

Pero desde que conoció a Don Gaspar, su voz volvió poco a poco.
Primero para llamarlo.
Luego para contarle cosas.
Después para reír.

Una tarde de otoño, el puerto se llenó de grúas.
Querían hacer un nuevo espigón.
El lugar donde Don Gaspar solía descansar sería demolido.

Santino lloró. Rogó. Gritó.
Pero nadie lo escuchó.

La mañana en que llegaron las máquinas, el niño se presentó más temprano que nunca. Traía un cartel hecho con cartón húmedo:

“Este es su hogar. No lo destruyan.”

Un camarógrafo local grabó la escena.
El video dio la vuelta al mundo.

Don Gaspar apareció en las rocas, como cada día.
Pero en lugar de comer, se quedó junto al niño, como si entendiera.

Por primera vez, Santino habló frente a las cámaras:

—Si no puedo salvar el mar, al menos quiero salvar a mi amigo.

La presión fue tanta que el proyecto tuvo que modificarse.
El lugar de Don Gaspar fue preservado.

Hoy, años después, Santino estudia biología marina.
Y Don Gaspar, aunque más viejo y más lento, aún se arrastra cada día a ese rincón del puerto.

Dicen que los lobos marinos pueden vivir hasta treinta años.
Pero también dicen que la amistad, cuando es verdadera, no envejece.

03/02/2026
El anillo de compromiso estuvo en mi cajón siete meses antes de proponerle.No por dudas. No por inseguridad. Sino porque...
03/02/2026

El anillo de compromiso estuvo en mi cajón siete meses antes de proponerle.

No por dudas. No por inseguridad. Sino porque cada vez que pensaba en planear la propuesta—sentarme a decidir el cuándo, el dónde y el cómo—mi mente se quedaba en blanco total. La tarea parecía enorme. Imposible. Como pararse al pie de una montaña sin equipo de escalar.

Así que lo posponía. Mañana. Este fin de semana. La próxima semana. El próximo mes.

Clara sabía que la amaba. O al menos, creo que lo sabía. Se lo decía constantemente. Pero el amor y la capacidad de concretar son dos cosas distintas, al parecer, y yo estaba descubriendo que la segunda importaba tanto como la primera.

Ella mencionaba la boda de una amiga, y yo veía un destello en sus ojos—esperanza, tal vez, o expectativa—y sentía un peso aplastante de culpa porque el anillo estaba allí, en mi cajón, llevaba meses allí, y yo aún no había hecho nada al respecto.

"¿Eres feliz?", me preguntó una mañana de domingo tomando café.
"Por supuesto", dije. "¿Y tú?"
Ella dudó. Solo un instante. "Creo que estás en otro lugar la mayor parte del tiempo."

No se equivocaba. Incluso cuando estábamos juntos—físicamente en la misma habitación, sentados uno frente al otro—yo estaba malabareando mentalmente con quince pensamientos distintos. El proyecto del trabajo que debía haber empezado. El libro que tenía intención de leer. El dato aleatorio que aprendí esa mañana sobre criaturas abisales. Mi cerebro nunca callaba, nunca se aquietaba, nunca simplemente existía en el momento.

Las citas con Clara se habían convertido en ejercicios de fingir estar presente. Asentía en los momentos correctos. Ponía expresiones faciales apropiadas. Pero solo captaba un 40% de lo que decía, y el otro 60% se perdía en lo que mi cerebro decidía que era más interesante.

Lo peor era cuando hacíamos planes—planes muy simples, como "vamos a ese restaurante nuevo el sábado"—y llegaba el sábado y yo lo había olvidado por completo. No solo la reserva, sino que había olvidado que lo habíamos hablado. Era como si la conversación nunca hubiera ocurrido.

"¿En serio lo olvidaste otra vez?", preguntó después de que aparecí para cenar en la noche equivocada.
"Lo siento", dije, porque ¿qué más podía decir? No olvidaba a propósito. No intentaba herirla. Pero el impacto era el mismo de todas formas.

Toda mi vida había sido así. El colegio fue un desastre de tareas atrasadas y proyectos incompletos. Los trabajos eran un estrés constante de plazos incumplidos y trabajo a medias. Las amistades se desvanecían porque olvidaba responder un mensaje por tres semanas. Pensaba que era simplemente quien yo era—el tipo desorganizado, el disperso, el que tenía buenas intenciones pero no lograba ponerse en orden.

Pero con Clara, las apuestas se sentían distintas. Más altas. Ya no se trataba solo de mí. Se trataba de la felicidad de otra persona, de la vida de otra persona, y la estaba arruinando a cámara lenta.

Empecé a intentar arreglarlo. Puse recordatorios en el teléfono para todo—citas, planes, conversaciones que necesitábamos tener. Pero los desestimaba sin leer lo que decían. Compré una agenda y la llené de buenas intenciones que nunca volvería a mirar. Intenté ser más "consciente", lo que mayormente significaba sentarme ahí sintiendo culpa por lo poco consciente que estaba siendo.

Nada funcionaba. O mejor dicho, las cosas funcionaban dos días, quizás tres, y luego volvía a mi modo predeterminado de caos.

La planificación de la propuesta era el ejemplo perfecto. Era importante—literalmente una de las cosas más importantes que haría—y aún así no podía hacer que me sentara a resolverlo. Cada vez que lo intentaba, mi cerebro me ofrecía diecisiete otras cosas para hacer en su lugar. Reorganizar el garaje. Investigar laptops nuevos. Ver ensayos en video sobre películas de terror de los 70. Cualquier cosa menos la tarea importante real.

Una noche, después de que Clara se fue a dormir, me senté en el sofá con mi laptop y busqué "por qué no puedo hacer cosas importantes". No fue mi momento más orgulloso, pero estaba desesperado.

Los resultados fueron reveladores. Artículos sobre disfunción ejecutiva. TDAH en adultos. La forma en que la procrastinación no se trata realmente de pereza—se trata de que tu cerebro literalmente no puede generar la señal de motivación necesaria para iniciar tareas difíciles. La forma en que las personas con problemas de atención a men**o hacen su mejor trabajo bajo presión extrema porque es el único momento en que su química cerebral coopera.

Preguntas que nunca había examinado realmente: "¿Con qué frecuencia postergas tareas importantes?" Siempre. "¿Te cuesta mantener el enfoque en las conversaciones?" Constantemente. "¿Dejas las cosas para el último minuto incluso cuando no quieres?" Es literalmente la única forma en que sé operar.

Me quedé leyendo hasta las 4 AM, y algo hizo clic. No una solución—no supe de repente cómo arreglar todo—sino una comprensión. Esto no era una falla moral. Esto era neurológico.

Pensé en el anillo en el cajón. En Clara esperando a que yo apareciera, no solo físicamente, sino mentalmente. En todas las formas en que la había defraudado sin querer.

Al día siguiente hice algo que había estado postergando por siete meses. Me senté y planeé la propuesta. Realmente la planeé. Me tomó tres horas y se sintió como sacarme muelas, pero lo hice. Playa al atardecer, todo el asunto.

Me comprometí tres semanas después. No fue perfecto—olvidé al fotógrafo que había contratado y tuve que pedirle a un extraño—pero estuvo hecho. Y Clara dijo que sí.

"Estaba empezando a pensar que no querías esto", dijo entre lágrimas.
"He querido esto desde el día que compré el anillo", le dije. "Es solo que mi cerebro... funciona de manera diferente. Estoy entendiéndolo."

Ahora estamos comprometidos. Planeando una boda. Lo cual es un in****no especial para alguien con disfunción ejecutiva, pero lo estamos haciendo juntos. Ella sabe ahora que cuando lucho con algo, no es cuestión de cuánto me importa.

Los Tres Focos en mi Experiencia:

Mirando atrás, veo claramente cómo los tres focos del método TriFocal habrían sido un mapa para mi caos. Mi Foco Corporal estaba en cero: un sistema nervioso atascado en alerta simpática, sin acceso a la calma del nervio vago ventral para iniciar tareas. Mi Foco Emocional estaba fragmentado: una parte quería profundamente a Clara, otra parte estaba aterrada por la magnitud del compromiso y la tercera, la estrategia de supervivencia, me distraía con tareas irrelevantes. Y mi Foco Simbólico estaba bloqueado: la montaña imposible de escalar era el holograma interno que me paralizaba.

Si alguna vez has sentido que hay una brecha entre lo que quieres hacer y lo que realmente haces—si alguna vez has defraudado a alguien no porque no te importara, sino porque no podías concretar—quizás valga la pena entender por qué.

A veces, la diferencia entre estar roto y simplemente ser diferente lo es todo. Y esa diferencia puede aprenderse, reconectándose con la fuente interna de calma y acción deliberada.

Tu sistema nervioso no está roto. Está atascado en un guión de supervivencia que ya no aplica.

¿Te reconoces en esta historia de postergación, olvidos y desconexión, incluso en lo que más amas?
No es falta de carácter. Es neurobiología. Y la neurobiología puede reeducarse.

Deja de escalar la misma montaña imaginaria. Agenda una consulta de diagnóstico y aprendizaje para explorar, en una sesión de menos de una hora, cómo el Protocolo de Resonancia TRIFOCAL puede ayudarte a:

· Foco Corporal: Bajar la alarma biológica atascada y recuperar la calma base.
· Foco Emocional: Apadrinar con compasión la parte que se paraliza y la que se distrae.
· Foco Simbólico: Reconfigurar la "montaña" interna por un camino transitable.

Consulta presencial (Viña del Mar) o por Zoom con Humberto del Pozo López, creador del Protocolo de Resonancia TRIFOCAL.

WhatsApp: +56999884313
9 7452 9378

Porque a veces, la solución no es subir más rápido, sino descubrir que la montaña que ves es en realidad una colina que tu mente pintó de granito.

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Historia que nos envía un cliente que desea anónimato – Narrada por Humberto del Pozo López
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Vivimos más tiempo que nunca, rodeados de avances que prometen juventud y salud perpetuas. Sin embargo, esta longevidad ...
03/02/2026

Vivimos más tiempo que nunca, rodeados de avances que prometen juventud y salud perpetuas. Sin embargo, esta longevidad sin precedentes nos confronta con un vacío existencial que la medicina y la cosmética no pueden llenar. El desafío no es solo añadir años a la vida, sino vida a los años, integrando las dimensiones física, mental y espiritual en un todo coherente. Aquí, la sabiduría de múltiples disciplinas converge en un camino hacia la plenitud.

La crisis de la mediana edad emerge cuando la mortalidad se hace tangible y los logros externos pierden su brillo. No es una comedia, sino una profunda llamada del inconsciente. Según el psicoanálisis relacional y la teoría del apego, estos momentos de malestar suelen reflejar patrones de relación internalizados y heridas tempranas no resueltas. Para Franz Ruppert y Bessel van der Kolk, el trauma no procesado—atrapado en el cuerpo y en memorias implícitas—puede resurgir con fuerza en esta etapa, exigiendo una integración que la mera distracción digital o la negación narcisista no pueden aplazar.

La Teoría Polivagal de Stephen Porges ilumina este proceso: nuestro sistema nervioso, constantemente evaluando seguridad o amenaza (neurocepción), determina si vemos el mundo como un lugar de posibilidades o de peligro. Cuando estamos atascados en estados simpáticos de lucha/huida o dorsales de desconexión, nuestra percepción se estrecha, y el Sistema de Activación Reticular (SAR) filtra solo amenazas, ocultando las oportunidades. En cambio, al activar el circuito vagal ventral—el sustrato biológico de la seguridad, la conexión y la co-regulación—nuestro filtro perceptual se reprograma. Comenzamos a ver lo que antes era invisible: senderos hacia la plenitud.

Es aquí donde el método de resonancia TRIFOCAL ofrece un protocolo encarnado para esta transformación. No se trata de “crear” desde la fuerza de voluntad, sino de “acceder” a posibilidades ya existentes en el campo de potencialidades, reeducando nuestra neurocepción:

· Foco 1 (Seguridad Somática): Se establece mediante prácticas que anclan la seguridad en el cuerpo: respiración 4-6-8, vocalizaciones graves, o escaneo corporal. Esto calma la alarma biológica, permitiendo al sistema nervioso salir de la defensa.

· Foco 2 (Integración Emocional): En diálogo compasivo, se “apadrinan” las partes internas heridas o resistentes, en lugar de combatirlas. Esto refleja la visión de Bert Hellinger sobre el “asentimiento” a lo que es, y la práctica de la mentalización de Peter Fonagy, que implica comprender los estados mentales propios y ajenos sin juicio. También resuena con la idea de Philip Bromberg del “sí mismo múltiple”, donde la salud es la capacidad de dialogar entre nuestras partes sin disociación.

· Foco 3 (Resimbolización Consciente): Se construye un símbolo multisensorial detallado del resultado deseado—una vida integrada, una nueva vocación, una relación sanada. Como enseñaba Ernst Cassirer, el ser humano es un animal simbolicum; damos forma a nuestra realidad a través de símbolos que, cuando están cargados de seguridad somática y cohesión emocional, pueden reconfigurar hologramas de memoria traumática y modular la expresión génica.

Este proceso trifocal es, en esencia, un camino de autopoiesis—el proceso mediante el cual un sistema vivo se organiza y regenera a sí mismo, manteniendo su clausura operacional pero en acople estructural con su medio. La biología del amor de Maturana y Varela encuentra aquí su expresión práctica: el amor como el dominio de acciones donde el otro (o nuestra propia parte) surge como legítimo otro en convivencia, lo cual solo es posible desde un estado de seguridad neuroceptiva (vagal ventral). Allan Schore subrayaría que esta integración se da en la sincronía mente-cerebro-cuerpo, donde la regulación afectiva right-hemisphere-mediated es crucial.

La tarea de la segunda mitad de la vida es, pues, esta integración profunda. Requiere escuchar las “visitas” del inconsciente—sueños, lapsus, emociones esquivas—no como fallos, sino como comunicaciones cargadas de sentido. En un mundo hiperconectado y distraído, hemos perdido los espacios de ensueño diurno que permiten el procesamiento interno. El riesgo es grave: sin procesar las emociones de día, el sistema nervioso las procesará de noche, alimentando el insomnio, la ansiedad y la desconexión.

La tentación de subcontratar este trabajo a la inteligencia artificial es un callejón sin salida existencial. La IA procesa información, pero no tiene un cuerpo que sienta, un inconsciente que simbolice, ni un sistema nervioso que busque conexión amorosa. Confundir su ultrarracionalismo con nuestra sabiduría encarnada es renunciar a la propia individuación.

Por tanto, el camino exige coraje para aflojar patrones rígidos, presencia para habitar el momento, y la creación de rituales personales de reflexión. Las discusiones íntimas pueden volverse reveladoras cuando escuchamos lo que emerge no como un ataque, sino como una comunicación de partes internas que claman por ser integradas.

Finalmente, se trata de respetar los ritmos biológicos, cultivar una espiritualidad personal—sea a través del asombro ante la naturaleza, el arte o la bondad humana—y, sobre todo, de conectar: con nosotros mismos, desde la seguridad somática; con nuestros demás, desde la co-regulación; y con el mundo, desde un símbolo reconfigurado de pertenencia. Al hacerlo, no solo envejecemos bien, sino que accedemos a una plenitud que es, en sí misma, la sabiduría de una vida conscientemente vivida.

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Agenda tu Sesión de Resonancia TRIFOCAL.
No es terapia tradicional. Es un diálogo diagnóstico que mapea tus patrones internos para que puedas reconectar con tu propio sistema de seguridad y creatividad.

Con Humberto del Pozo López, creador del Protocolo.
(Presencial en Viña del Mar o por Zoom).

Un espacio para interrumpir el ciclo del estrés en su origen y recuperar el timón de tu atención y tu energía.

WhatsApp: +56999884313 o +56974529378

Porque a veces, el camino más directo hacia la vida que quieres no es empujar más fuerte, sino recalibrar la brújula interna que decide hacia dónde caminas.

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No me di cuenta de que estaba viviendo la vida de otro hasta que dejó de funcionar. Mi sistema nervioso autónomo, atasca...
03/02/2026

No me di cuenta de que estaba viviendo la vida de otro hasta que dejó de funcionar. Mi sistema nervioso autónomo, atascado en el ciclo de "huir o luchar", seguía actuando según una neurocepción desactualizada, una alarma biológica que no correspondía a mi presente.

En el papel, todo parecía correcto. El trabajo. La relación. Las metas. La versión de mí que la gente esperaba.
¿Por dentro? Roce constante de una señal de peligro crónica. Como si me estuviera forzando a entrar en una forma que no era la mía, ignorando por completo mi tono vagal ventral natural, mi camino fisiológico hacia la calma y la conexión auténtica.

Intenté arreglarlo como suelen hacer los hombres.
Trabajar más duro. Pensar menos. Empujar.
Eso funcionó un tiempo. Hasta que dejó de hacerlo. Era pura fricción biológica, mi cuerpo luchando contra un patrón que no era el suyo.

Lo que nadie te dice es esto: la mayoría de los hombres no fracasan por ser débiles.
Se queman porque llevan demasiado tiempo interpretando un holograma implícito del trauma, un papel equivocado tallado por experiencias pasadas que su neurocepción aún identifica como emergencia.

Durante años, creí que un hombre tenía que serlo todo.
Fuerte pero tierno. Lógico pero emocional. Confiable pero emocionante.
Cambiaba de máscara según con quién estuviera, activando diferentes "partes" internas—la Parte Cuidadora, la Parte Protectora—sin integrarlas. Al final del día, ya no sabía cuál era en realidad yo. Mi identidad era un collage de símbolos ajenos.

El punto de quiebre no fue dramático. No hubo un colapso.
Solo un pensamiento en silencio, una madrugada, mientras mi cuerpo mantenía una tensión que la respiración 4-6-8 aún no lograba disolver:
"¿Por qué se siente tan pesado esto… si se supone que esto es lo que debo ser?"

Esa pregunta lo cambió todo. Fue el inicio de la reeducación de mi neurocepción.

Empecé a notar patrones.
No hábitos, sino patrones somáticos y emocionales. La forma en que reacciono bajo presión—¿es una congelación, un ataque?. La forma en que lidero. La forma en que amo. La forma en que evito.
No era aleatorio. Era consistente. Predecible. Casi escrito en mi biología y en mis símbolos internos.

Ahí fue cuando hizo clic:
Cada hombre funciona con un patrón central o motor interno, que es la expresión de su estado neuroceptivo predominante.
No es un tipo de personalidad. Ni un estado de ánimo.
Es el rol al que tu sistema nervioso recurre por defecto cuando la vida se pone real—ya sea desde la seguridad ventral, la movilización simpática o el colapso dorsal.
Y cuando intentas vivir como otra cosa, pagas el precio en forma de agotamiento epigenético, cortisol elevado y una sensación de profunda desalineación.

Esto es lo que me hubiera gustado que alguien me dijera antes:

No te falta disciplina — estás desalineado de tu ritmo biológico natural.
No estás bloqueado emocionalmente — estás cableado con un mapa de supervivencia que necesita una resimbolización.
No eres "demasiado" ni "insuficiente" — estás construido para una forma específica de resonar con el mundo, accesible a través de tus tres focos: corporal, emocional y simbólico.
El agotamiento no es pereza — es fricción neuroceptiva.
La confusión no es fracaso — es una señal de que una parte de ti pide ser apadrinada y reconducida.

Cuando dejé de intentar "actualizarme" a martillazos y comencé el proceso de integrar mis tres focos—cultivando seguridad somática, apadrinando mis emociones con compasión y reconfigurando los símbolos de mi historia—las cosas se suavizaron.
Las decisiones se aclararon. Las relaciones dejaron de sentirse como una actuación. No estaba más calmado por fuerza de voluntad—estaba acertado porque mi neurocepción aprendió que la emergencia había terminado. Había reeducado mi biología hacia la seguridad.

Desde entonces, ya no me pregunto "¿Qué clase de hombre debería ser?".
Me pregunto: "¿Qué clase de hombre soy cuando mi nervio vago ventral está activado, cuando mis partes están en diálogo y cuando mis símbolos internos reflejan mi verdad actual?".

Si has estado sintiéndote estancado, inquieto, insensible o calladamente exhausto...
tal vez no estés perdido.
Tal vez solo estés interpretando un guión escrito por una neurocepción desactualizada, y tu cuerpo clame por un ritual de transformación profunda que una los tres focos.

Fue como vivir en un río congelado.
Creía que la quietud era mi naturaleza, mi fuerza.
Hasta que un día, el silencio se hizo tan profundo que pude escuchar, bajo el hielo, el débil murmullo de la corriente que quería fluir. Me di cuenta de que no era el río. Era el invierno en el que me había convertido, un símbolo de congelación dorsal.
Y el hielo, por muy duro que parezca, siempre cede ante el calor constante de la activación vagal ventral y la compasión del apadrinamiento, no ante el golpe violento.

El cambio comenzó con una simple decisión: calentar el agua desde el manantial—desde la seguridad somática del Foco 1—, no romper la superficie a martillazos.

¿Crees que tu vida es una repetición de un guión que no escribiste? ¿Son hologramas implícitos de trauma los que dirigen tu escena?
¿Sientes el peso de un papel que te queda grande… o pequeño… o simplemente ajeno? ¿Qué parte de ti carga con ese peso y qué intenta protegerte?

No es necesario seguir actuando desde la alarma biológica atascada. El telón puede bajarse. Puedes salir del escenario y encontrarte a ti mismo entre bastidores, en el espacio seguro donde se reconfigura el símbolo de tu identidad.

Humberto del Pozo López, creador del Protocolo de Resonancia TRIFOCAL, te guía en una sesión de menos de una hora (presencial en Viña del Mar o por Zoom) para explorar, a través de preguntas precisas y un diálogo profundo que activa los tres focos, cuál es ese patrón central que te mueve y cómo alinearte con él enriqueciendo tu creatividad con sus tres dimensiones.
No es un test; es un encuentro revelador de neurocepción y resimbolización. Un espacio para identificar tus partes, construir una frase-símbolo sanadora personalizada para tu tipo de experiencia (ya sea de desarrollo, shock o transgeneracional) y sentar las bases para una integración somática post-sesión.

https://bit.ly/Metodo-TRIFOCAL

Deja de repetir el mismo acto desde la memoria traumática no reconsolidada. Es hora de escribir una nueva obra desde la seguridad encarnada. La tuya.

Agenda tu consulta para iniciar la reeducación de tu sistema nervioso y tallar un nuevo holograma en tu ADN.
WhatsApp: 9 7452 9378

Historia que nos envía un seguidor anónimo – Narrada e interpretada a la luz del marco TriFOCAL por Humberto del Pozo López

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EL ACTO RADICAL DE ELEGIRSE: CUANDO CERRAR PUERTAS ES ABRIR CAMINOS HACIA LA IDENTIDAD AUTÉNTICAUn viaje neurocientífico...
03/02/2026

EL ACTO RADICAL DE ELEGIRSE: CUANDO CERRAR PUERTAS ES ABRIR CAMINOS HACIA LA IDENTIDAD AUTÉNTICA

Un viaje neurocientífico, psicoanalítico y sistémico hacia la coherencia interna y la paz relacional

Existe un umbral invisible en la vida de cada persona, un momento donde algo cambia en la relación con uno mismo. No es dramático ni aparatoso. Es silencioso, casi imperceptible al principio. Comienzas a ponerte en primer lugar, no desde el egoísmo, sino desde una claridad nueva que emerge de lo profundo. Y cuando esto ocurre, algo extraordinario sucede: ciertas puertas comienzan a cerrarse solas.

No las cierras tú con rabia, reproches o discursos finales. Simplemente dejas de sostenerlas. Dejas de insistir donde nadie responde con plenitud, de justificar ausencias ajenas, de llamar donde siempre contestan a medias. Ese gesto silencioso—ese no-hacer que es en realidad un hacer profundo—lo cambia todo. Y aunque a men**o es malinterpretado como frialdad o distancia por quienes estaban acostumbrados a una versión tuya siempre disponible, siempre cediendo, representa en realidad un regreso: el retorno a tu hogar interior.

Este artículo explora la profunda transformación que ocurre cuando una persona decide, consciente o inconscientemente, iniciar el camino de elegirse. No se trata de un acto de rebeldía superficial ni de un “empoderamiento” vacío de las redes sociales.

Se trata de un proceso neurobiológico, psicológico y sistémico de reintegración del self fragmentado, de reconexión con la identidad auténtica y de restauración de los órdenes del amor en el sistema familiar y relacional. Integraremos hallazgos de la teoría del apego, la psicotraumatología, la teoría polivagal, el psicoanálisis relacional, la biología del conocimiento de Maturana y Varela, las constelaciones familiares de Bert Hellinger, y la antropología del símbolo de Ernst Cassirer para comprender qué significa, desde el punto de vista del funcionamiento humano integral, el acto radical de elegirse.

I. LA FRACTURA ORIGINAL: CUANDO NO FUISTE ELEGIDO PRIMERO

La Tríada Fatal y el Origen del Abandono de Sí Mismo

Para comprender por qué elegirse resulta tan difícil para tantas personas—por qué sostener puertas que deberían cerrarse se convierte en un automatismo doloroso—debemos regresar al principio. Franz Ruppert, psicólogo y psicotraumateólogo alemán, identifica lo que denomina la “tríada fatal” del trauma temprano: no ser deseado, no ser amado y no ser protegido. Para un bebé cuya existencia depende absolutamente de sus cuidadores, esta experiencia constituye una amenaza existencial que su sistema nervioso, aún inmaduro, no puede procesar ni integrar.

Cuando un niño llega al mundo, su sistema nervioso es un universo en formación de alta excitabilidad y baja inhibición. Cada experiencia emocional tiene una resonancia amplificada. En ese período crítico, la función del cuidador va mucho más allá de la supervivencia física: es un regulador externo esencial. La Teoría Polivagal de Stephen Porges ilumina este proceso: la voz suave, la mirada amorosa y el contacto seguro son señales neuroceptivas—procesos de evaluación inconsciente de seguridad o peligro—que activan el sistema vagal ventral, la vía neural de la calma, la conexión social y la curiosidad exploratoria.

Esta danza de sintonía afectiva, estudiada extensamente por la teoría del apego de John Bowlby y Mary Ainsworth, libera un cóctel neuroquímico—oxitocina, dopamina, opioides endógenos—que asocia la proximidad con una profunda sensación de bienestar y seguridad. El niño internaliza un modelo operativo interno: “el mundo es confiable, yo soy valioso, mis necesidades merecen respuesta”.

Este es el fundamento neurobiológico de lo que más tarde será la capacidad de elegirse: sentir, a nivel visceral, que uno merece cuidado, que las propias necesidades son legítimas.

Sin embargo, cuando este abrazo falla—cuando la respuesta del cuidador es inconsistente, fría, invasiva o directamente abusiva—se produce una catástrofe en el desarrollo. La vivencia de no ser deseado, no ser amado, no ser protegido es una experiencia abrumadora que excede toda capacidad de procesamiento del organismo infantil. El dolor emocional de un corazón “roto” activa las mismas redes cerebrales que el dolor físico, según han demostrado estudios de neuroimagen. Ante esta inundación insoportable, el sistema nervioso abandona el programa de desarrollo y adopta uno de emergencia.

La Fragmentación del Self: Supervivencia Psíquica ante lo Insoportable

Para sobrevivir psíquicamente a lo que no puede ser digerido, la mente ejecuta una maniobra drástica: la fragmentación o disociación. Como describe Bessel van der Kolk en “El cuerpo lleva la cuenta”, el trauma temprano, especialmente el preverbal, no se almacena como una historia coherente accesible al lenguaje. Se graba como memoria implícita: sensaciones corporales caóticas, imágenes fragmentadas y emociones crudas alojadas en el hemisferio derecho del cerebro y en el sistema límbico, fuera del alcance del hemisferio izquierdo racional y narrativo.

Franz Ruppert conceptualiza esta fragmentación en tres partes diferenciadas del self que emergen como estrategia de supervivencia:

1. La Parte Sana (Verdadero Self/Núcleo Esencial): La capacidad innata de autorregulación, conexión auténtica, deseo genuino y amor incondicional. Esta parte queda relegada, desconectada, en un rincón inaccesible del sistema psíquico. Es la sede de la sabiduría interior, la creatividad, el humor genuino y la capacidad de tejer significado simbólico (lo que Ernst Cassirer llama la función del animal symbolicum). Es desde aquí desde donde, en condiciones de salud psíquica, surge la capacidad de elegirse.

2. La Parte Traumatizada: El encapsulamiento de las emociones indigeribles del evento original—terror abismal, dolor de abandono, rabia impotente, vergüenza tóxica. Esta parte clama, desde su exilio, por ser reconocida, vista y amada incondicionalmente. Porta la herida primaria que necesita sanación.

3. Las Partes o Estrategias de Supervivencia: Mecanismos psíquicos y conductuales creados para evadir a toda costa el dolor de la parte traumatizada y obtener, de manera distorsionada, aquello que no se recibió (amor, protección, pertenencia). Estas estrategias son rígidas, repetitivas y, a men**o, absurdas desde una perspectiva adulta, pero fueron —y en cierto modo siguen siendo— intentos heroicos de un niño por sobrevivir emocionalmente.

Pueden manifestarse como: complacencia extrema (el “falso self” de Winnicott), hipervigilancia crónica, perfeccionismo paralizante, evitación emocional y desconexión afectiva, adicciones a sustancias o procesos (trabajo, relaciones, tecnología), o identificación con el agresor.

Esta fragmentación es el origen del fenómeno central que dificulta elegirse: en lugar de vivir desde el núcleo sano, la persona vive atrapada en un diálogo inconsciente entre las estrategias de supervivencia (que intentan controlar el mundo externo para no sentir) y la parte traumatizada (que grita en silencio desde el fondo).

La Parte Sana, que es la única que puede genuinamente elegir, queda secuestrada.

La Neurofisiología del No Elegirse: Teoría Polivagal y Desregulación Crónica

Stephen Porges describe el sistema nervioso autónomo no como un simple interruptor binario (activado/desactivado), sino como una jerarquía evolutiva de tres circuitos de respuesta:

• Sistema Vagal Ventral (Conexión Social): El más reciente evolutivamente. Se activa ante señales de seguridad (rostro amable, tono de voz cálido, contacto seguro). Permite la calma, la apertura relacional, la empatía, la curiosidad y la capacidad de tomar decisiones reflexivas. Es el estado desde el cual se puede elegir auténticamente.

• Sistema Simpático (Movilización: Lucha/Huida): Se activa ante amenaza percibida. Genera hipervigilancia, ansiedad, ira, urgencia y la incapacidad de descansar. Desde aquí, no se elige; se reacciona impulsivamente.

• Sistema Vagal Dorsal (Inmovilización: Colapso/Congelación): El más antiguo. Se activa ante amenaza abrumadora e inescapable. Induce desconexión, entumecimiento, disociación, desesperanza y paralización. Desde aquí, no hay elección posible; solo supervivencia pasiva.

Una persona que creció sin experiencias suficientes de apego seguro no desarrolló plenamente su capacidad de activar y mantener el sistema vagal ventral. Su neurocepción—el escaneo inconsciente del entorno en busca de peligro o seguridad—quedó “mal calibrada”.

Percibe amenaza donde no la hay, o no la percibe donde sí existe. Vive en estados crónicos de hiperactivación simpática (ansiedad, demanda emocional excesiva, control compulsivo) o de colapso dorsal (apatía, desconexión, inercia emocional).

Este es el sustrato neurobiológico de “no poder elegirse”: cuando tu sistema nervioso está crónicamente en modo de supervivencia, la idea de “ponerte en primer lugar” se percibe como un lujo peligroso, como una traición a la lealtad que crees deber a los demás (lealtad que en realidad es una estrategia de supervivencia para obtener amor). Elegirse requiere, fisiológicamente, acceder al estado vagal ventral de seguridad y conexión consciente.

II. LA DANZA DISFUNCIONAL: CUANDO LAS RELACIONES REPITEN EL TRAUMA

El Baile de las Máscaras:
Estrategias de Supervivencia en el Escenario Relacional

En la dinámica relacional—sea de pareja, amistad o familiar—con frecuencia no interactúan dos personas plenas operando desde sus núcleos sanos. Interactúan, en cambio, las partes fragmentadas: las estrategias de supervivencia de cada uno, en un baile inconsciente coreografiado por el miedo y no por el deseo genuino de conexión.

Este fenómeno, ampliamente explorado en el psicoanálisis relacional contemporáneo (Stephen Mitchell, Philip Bromberg, Jessica Benjamin), explica por qué tantas relaciones se sienten como campos de batalla más que como espacios de nutrición mutua.

Una persona cuya estrategia de supervivencia es la complacencia extrema y la búsqueda desesperada de cercanía (patrón de apego ansioso-ambivalente) chocará inevitablemente con aquella cuya estrategia es la retirada emocional y el temor al atrapamiento (patrón de apego evitativo-distante). La demanda afectiva de uno activa el pánico a la fusión del otro; la huida emocional de este reactiva el terror al abandono del primero.

Es una coreografía trágica donde cada movimiento del otro confirma la herida original de ambos.

Desde esta dinámica, “elegirse” se vuelve imposible porque cada persona está, en realidad, intentando que el otro sane su herida primaria—tarea que ninguna relación puede cumplir. La persona con apego ansioso necesita que el otro le demuestre constantemente que es amable, que no será abandonada.

Pero ninguna cantidad de demostraciones será suficiente, porque la herida original no está en el presente sino en el pasado encapsulado en la parte traumatizada. La persona con apego evitativo necesita espacio y autonomía para sentirse segura, pero ninguna distancia física será suficiente mientras su sistema nervioso siga interpretando la cercanía emocional como invasión peligrosa.

Como señala Allan Schore, pionero en la neurociencia del apego, el desarrollo del hemisferio derecho—responsable de la regulación emocional, la memoria implícita y la sintonía afectiva—ocurre casi completamente en los primeros años de vida a través de las interacciones cara a cara con el cuidador primario.

Cuando estas interacciones son deficientes, el resultado es una alteración estructural en la capacidad de regular afectos y de leer correctamente las señales sociales. Las personas operan desde lo que Bromberg llama “estados disociativos múltiples del self”, cambiando entre versiones de sí mismas según el contexto relacional, sin una integración coherente.

Confundir Intensidad con Cercanía, Costumbre con Amor

Uno de los signos más reveladores de que alguien está operando desde las estrategias de supervivencia y no desde su parte sana es la confusión entre intensidad y cercanía, entre costumbre y amor. La intensidad emocional—la montaña rusa de euforia y desesperación, la dramatización constante—se siente, paradójicamente, como “pasión verdadera” o “conexión profunda”. En realidad, es la reactivación mutua de las heridas traumáticas: el sistema nervioso en hipervigilancia constante, confundiendo la activación fisiológica del miedo con la vitalidad del amor.

La costumbre, por su parte, se disfraza de seguridad y compromiso. Pero permanecer en una relación por inercia, por miedo al cambio, por la fantasía de que “esto es lo mejor que puedo conseguir”, no es amor: es una estrategia de supervivencia que busca evitar la angustia de la soledad y el duelo.

La verdadera cercanía, la que nutre y expande, se caracteriza por la seguridad neuroceptiva, la presencia calmada, la capacidad de estar con el otro en su vulnerabilidad sin necesidad de rescatarlo o de ser rescatado. Y el verdadero amor implica elección continua, no resignación.

Peter Fonagy y su equipo desarrollaron el concepto de mentalización: la capacidad de comprender y reflexionar sobre los propios estados mentales y los del otro (pensamientos, sentimientos, deseos, intenciones).

Esta capacidad, fundamental para las relaciones sanas, se desarrolla en la infancia cuando el cuidador “piensa al niño”—es decir, intenta comprender qué siente y necesita, más allá de su conducta superficial. El trauma daña severamente la mentalización: la persona pierde la capacidad de distinguir entre lo que siente ella (proyección de su herida) y lo que realmente está ocurriendo con el otro. Desde ahí, “elegirse” se vuelve casi imposible porque no hay claridad sobre qué es propio y qué es ajeno, qué vínculo nutre y cuál drena.

III. LA SOMBRA TRANSGENERACIONAL: CUANDO EL PESO NO ES SOLO TUYO

Los Órdenes del Amor y las Lealtades Invisibles: Bert Hellinger y los Sistemas Familiares

La dificultad para elegirse a men**o tiene raíces que trascienden la biografía individual y se hunden en el sistema familiar transgeneracional. Bert Hellinger, terapeuta alemán fundador de las Constelaciones Familiares, observó durante décadas de práctica clínica que los sistemas familiares están regidos por lo que él denomina “Órdenes del Amor”: principios inconscientes que buscan el equilibrio y la pertenencia de todos los miembros del clan.

Estos órdenes incluyen: el derecho de pertenencia (todos los miembros de un sistema familiar tienen el mismo derecho a pertenecer, incluso aquellos excluidos o “olvidados”), el orden de precedencia (quien llegó primero tiene prioridad; los padres dan, los hijos reciben), y el equilibrio entre dar y tomar (en toda relación debe haber un intercambio equitativo para que el vínculo sea sostenible).

Cuando estos órdenes se violan—por exclusiones (un hermano mu**to tempranamente que nunca se menciona, un abuelo rechazado por la familia), secretos (un hijo producto de una violación, un ab**to no elaborado, una adopción oculta), o identificaciones inconscientes con ancestros que sufrieron destinos trágicos—el sistema enferma.

Y aquí surge un fenómeno sorprendente: por una lealtad invisible y un amor ciego, un miembro de una generación posterior puede quedar “implicado” o “enredado” en la resolución de ese desequilibrio, repitiendo inconscientemente un destino doloroso, cargando con una culpa que no le corresponde, o fracasando en sus relaciones como forma de lealtad a un ancestro que tampoco pudo tener una vida plena.

Esto explica por qué muchas personas, pese a tener un profundo deseo de elegirse y vivir con plenitud, experimentan un sabotaje inconsciente: “Si yo soy feliz y logro lo que mi madre/padre/abuela no pudo, ¿la estaré traicionando?”. Esta lealtad invisible opera a nivel somático y emocional, no racional. El cuerpo, que “lleva la cuenta” como diría van der Kolk, porta las memorias no solo de la propia vida sino del linaje. Elegirse, desde esta perspectiva, puede sentirse como un acto de deslealtad hacia aquellos que no pudieron hacerlo.

Epigenética del Trauma: La Transmisión Biológica de la Herida

La ciencia de la epigenética ha venido a confirmar, desde la biología molecular, lo que las constelaciones familiares y la clínica psicotraumatológica observaban desde hace décadas: el trauma se transmite entre generaciones. Las experiencias traumáticas de los ancestros—guerras, hambrunas, violencia, desplazamientos forzados, abusos—pueden dejar marcas químicas (metilaciones) en el ADN que modifican la expresión de genes relacionados con la respuesta al estrés, sin alterar la secuencia genética en sí.

Esto significa que un nieto puede nacer con un sistema nervioso más reactivo al estrés, no por “mala genética” predeterminada, sino por la historia vivida (y no elaborada) por sus abuelos. El sistema nervioso viene “precargado” con una predisposición a percibir el mundo como peligroso, a activarse con mayor facilidad ante amenazas y a tener dificultades para acceder a estados de calma y seguridad. Esta es la transmisión biológica de la herida transgeneracional.

Así, la dificultad para elegirse no es solo una cuestión de psicología individual o de decisiones conscientes. Es también el resultado de un legado biológico y sistémico de dolor no metabolizado que viaja por las líneas familiares. Un padre que maltrata o abandona a su hijo no es simplemente un “mal padre”; con frecuencia, es el vehículo de un trauma que le precede y que él mismo recibió, operando desde su propia parte traumatizada y sus estrategias de supervivencia rígidas. Romper este ciclo requiere, necesariamente, un trabajo consciente de integración personal y, cuando es posible, una reconciliación simbólica con el sistema familiar.

IV. LA RUPTURA AUTOPOIÉTICA: CUANDO EL SISTEMA VIVO PIERDE SU COHERENCIA

La Biología del Amor: Maturana, Varela y la Clausura Operacional

Los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela propusieron una comprensión radicalmente nueva de lo que significa ser un organismo vivo. Un ser vivo, según su teoría, es un sistema autopoiético: una red de componentes (células, órganos, procesos) que se autoproducen y mantienen una clausura operacional.

Esto significa que, aunque interactúan con el entorno, su organización interna es cerrada y autorreferencial: el sistema se genera a sí mismo continuamente.

Aplicado al desarrollo humano, un niño que crece en un entorno de sintonía afectiva, seguridad y amor experimenta el despliegue armónico de su autopoiesis psíquica: su self se va organizando de manera coherente, integrando experiencias, regulando emociones, tejiendo una narrativa de identidad estable.

Maturana define el amor, desde esta perspectiva biológica, como “la emoción que constituye el dominio de acciones donde se da la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia”.

El amor no es un sentimiento abstracto; es el sustrato emocional que posibilita la co-regulación, la cooperación, la inteligencia relacional y el florecimiento del self.

El trauma temprano interrumpe brutalmente este proceso autopoiético. Cuando un niño no recibe las señales de aceptación, protección y sintonía que necesita, su sistema psíquico no puede organizarse en torno al crecimiento y la exploración; se organiza en torno a la supervivencia y la defensa.

Se produce una “disonancia autopoiética”: el sistema, en lugar de autoproducirse armónicamente, genera bucles disfuncionales—hipervigilancia, disociación, somatizaciones, adicciones—en un intento desesperado de mantener algún tipo de coherencia interna ante un entorno que experimentó como amenazante.

Desde este marco, “elegirse” implica restaurar la autopoiesis saludable: permitir que el sistema vuelva a organizarse desde el amor (la aceptación de uno mismo como un legítimo otro en la propia convivencia interna) y no desde el miedo. Es un proceso de recomunicación interna entre las partes fragmentadas, facilitando que la Parte Sana pueda retomar su función de “director de orquesta” del sistema psíquico.

El Animal Simbólico Fracturado: Ernst Cassirer y la Pérdida de Significado

El filósofo Ernst Cassirer definió al ser humano como un animal symbolicum, un animal simbólico: nuestra esencia no radica únicamente en la razón (animal rationale), sino en nuestra capacidad innata para crear y habitar un universo de símbolos—lenguaje, mito, arte, ritual—que media nuestra relación con la realidad y nos permite dar sentido a la experiencia.

El trauma, especialmente el temprano y preverbal, representa una catástrofe existencial para el animal simbólico. La experiencia abrumadora no puede transitar hacia el significado; queda atrapada como sensación caótica, como fragmentos sensoriales y emocionales que no encuentran un símbolo que los contenga, un lenguaje que los nombre, una narrativa que los integre.

Como señala el psicoanálisis lacaniano, el trauma es aquello que no puede ser simbolizado, que permanece en lo Real—esa dimensión de la experiencia que resiste toda representación.

La persona traumatizada experimenta una fractura en su universo simbólico: el mundo deja de tener sentido coherente. Las relaciones se vuelven impredecibles y amenazantes. La propia identidad se fragmenta en múltiples “yoes” disociados que no dialogan entre sí. Y lo más doloroso: pierde la capacidad de tejer una historia sobre sí misma que sea integradora, que dé sentido al sufrimiento. La pregunta existencial “¿quién soy?” se vuelve incontestable porque las piezas del rompecabezas están dispersas en regiones inaccesibles de la psique.

Elegirse, desde la perspectiva de Cassirer, es también un acto de re-simbolización: es recuperar la capacidad de crear significado sobre la propia vida, de tejer una narrativa que integre incluso el dolor en una historia más amplia de resiliencia y crecimiento. Es volver a ser el poeta de la propia existencia, el artífice de los símbolos que ordenan la experiencia y la vuelven habitable. Sin esta función simbólica restaurada, el self permanece fragmentado y la elección auténtica resulta imposible.

V. EL CAMINO DE REGRESO: DE LA SUPERVIVENCIA A LA ELECCIÓN CONSCIENTE

Crear Seguridad Neuroceptiva: La Base Fisiológica para Elegirse

Si la dificultad para elegirse tiene su raíz en un sistema nervioso crónicamente desregulado, atrapado en estados de hiperactivación o colapso, el primer paso de cualquier proceso de sanación debe ser restablecer la seguridad somática.

Esto no es una cuestión de “pensamiento positivo” o de fuerza de voluntad. Es una tarea neurofisiológica: enseñar al sistema nervioso a acceder de nuevo al estado vagal ventral de conexión social y seguridad.

Esto se logra a través de múltiples vías complementarias: prácticas somáticas que trabajan directamente con el cuerpo (respiración consciente, movimiento rítmico, contacto seguro, yoga informado en trauma); la co-regulación en relaciones terapéuticas seguras donde el terapeuta, a través de la sintonía afectiva y la resonancia límbica, actúa como un “sistema vagal ventral externo” que ayuda a regular los estados internos del cliente; y la exposición gradual a experiencias de seguridad relacional que permitan al sistema nervioso actualizar sus modelos operativos internos.

Allan Schore enfatiza que “la regulación afectiva es, en esencia, una regulación de la intensidad de los estados del hemisferio derecho”. Dado que el trauma reside principalmente en este hemisferio no verbal, las terapias basadas únicamente en la palabra y el insight cognitivo resultan insuficientes. Se requieren enfoques que trabajen con el cuerpo, las emociones y las memorias implícitas—exactamente lo que proponen terapias como el EMDR, la Experiencia Somática de Peter Levine, el Sensorimotor Psychotherapy, y el Método TriFOCAL que integra neurociencia, psicoanálisis y trabajo simbólico.

Mentalización y Apadrinamiento: Reconstruir la Capacidad de Pensar sobre Uno Mismo

Peter Fonagy define la mentalización como la capacidad de comprender y reflexionar sobre los propios estados mentales y los del otro. Esta función psicológica, que se desarrolla en la infancia a través de la relación con un cuidador que “piensa al niño”, es fundamental para la autorregulación emocional, la empatía y las relaciones interpersonales saludables.

El trauma daña severamente esta capacidad: la persona pierde contacto con su mundo interno, no sabe qué siente ni por qué actúa como actúa.

Un componente esencial del proceso de sanación es restaurar la mentalización. Esto ocurre, paradójicamente, en el contexto de una relación terapéutica donde el terapeuta mentaliza al cliente: se pregunta genuinamente “¿qué puede estar sintiendo esta persona detrás de su conducta?”, “¿qué función cumple este síntoma?”, “¿qué parte de su self se está expresando aquí?”. Esta actitud de curiosidad compasiva, cuando es sostenida de manera consistente, se internaliza: el cliente aprende a preguntarse a sí mismo las mismas cosas.

Stephen Gilligan, desde su Psicoterapia de la Relación con el Yo, introduce el concepto de “Apadrinamiento”: la actitud de acogida incondicional hacia todas las partes del self, especialmente hacia aquellas que han sido rechazadas, avergonzadas o exiliadas. Apadrinar es lo opuesto a guerrear contra uno mismo. Es decir a la Parte Traumatizada: “Te veo, te escucho, tienes derecho a existir y a expresar tu dolor. No estás sola”. Es decir a las Estrategias de Supervivencia: “Entiendo que intentaste salvarme. Gracias por tu esfuerzo. Ahora puedes descansar; yo, desde mi parte adulta, puedo cuidar de mí”.

Esta actitud de apadrinamiento es la base psicológica para poder elegirse. No se trata de negar las partes heridas o avergonzadas, sino de acogerlas con compasión mientras, simultáneamente, se reconoce que ya no gobiernan la totalidad del sistema. La Parte Sana puede, desde un Estado Generativo (término de Gilligan para un estado de presencia plena, conexión con recursos internos y apertura creativa), dialogar con las otras partes, integrarlas y tomar decisiones conscientes.

La Conjunción Alquímica: Amor, Humor y Poesía como Fuerzas Sanadoras

El Método TriFOCAL, desarrollado como una integración de psicoanálisis, neurociencia del apego y trabajo simbólico, propone que la sanación profunda del trauma y la reintegración del self requieren no solo técnicas, sino la convocatoria de tres fuerzas alquímicas esenciales que, combinadas, facilitan la transmutación de la herida en sabiduría:

1. El Amor como Campo Relacional Reparador:

Es la encarnación práctica del apadrinamiento. Es la actitud incondicional de acogida—primero del terapeuta hacia el cliente, luego del cliente hacia sí mismo—hacia todas las partes del self. Este Amor se manifiesta en la sintonía de la resonancia límbica, creando el campo neuroceptivo seguro donde lo insoportable puede ser sostenido, visto y escuchado sin desbordamiento. Es el amor en su dimensión maturaniana: la aceptación del otro (incluido el otro interno) como legítimo otro en la convivencia.

2. El Humor como Desbloqueador de Perspectivas:

No se trata de ironía ni de minimización del dolor, sino de un humor compasivo que permite desarmar la seriedad férrea de las Estrategias de Supervivencia. El Humor introduce un punto de vista nuevo sobre lo aparentemente inmutable, crea un espacio de libertad donde la Parte Sana puede encontrar soluciones creativas e inesperadas. Es el antídoto contra la rigidez traumática, la capacidad de reírse—con ternura—de los propios automatismos, introduciendo ligereza donde había pesadez.

3. La Poesía como Lenguaje del Alma:

Si el trauma fractura el universo simbólico, la sanación requiere restablecer un lenguaje propio y significativo. La Poesía—entendida como la capacidad de hablar con metáforas, imágenes, ritmo y belleza—es el vehículo por excelencia para nombrar lo innombrable del trauma y tejer narrativas de sentido, coherencia y belleza sobre la experiencia de dolor. Es el arte de la re-simbolización, la restauración de la función del animal simbólico que Cassirer describió.

Esta Conjunción—Amor, Humor, Poesía—actúa como catalizador dentro del proceso terapéutico, potenciando cada paso del diálogo restaurativo entre las partes fragmentadas del self. Cuando una persona puede acceder a estas tres fuerzas en su relación consigo misma, el proceso de elegirse se vuelve no solo posible, sino natural: una expresión espontánea de la coherencia interna recuperada.

Honrar los Órdenes y Soltar las Cargas: El Trabajo Sistémico

Elegirse también implica, con frecuencia, un trabajo de reconciliación simbólica con el sistema familiar. Esto no significa “perdonar” desde una posición moral superior—acto que Hellinger considera a men**o separador y arrogante—, sino llegar a una aceptación profunda de “lo que fue”: reconocer que los padres dieron lo que pudieron desde su propia herida, honrar el lugar que cada uno ocupa en el sistema, y soltar las cargas que no nos corresponden.

Las Constelaciones Familiares y los Auto-Encuentros del método de Ruppert permiten hacer visible lo invisible: los miembros excluidos del sistema son honrados, las responsabilidades mal asumidas son devueltas a quien les corresponde, y los Órdenes del Amor son restaurados.

Este trabajo tiene un efecto liberador profundo: cuando una persona puede decir internamente “Honro tu destino, madre/padre/abuela, y respeto lo que viviste. Y ahora me permito tener un destino distinto. Te dejo tu carga y tomo solo lo que me corresponde: la vida que me diste”, algo se desbloquea a nivel sistémico.

Esta reconciliación no requiere, necesariamente, un contacto real con las figuras parentales o familiares. Puede ocurrir de manera completamente simbólica, en el espacio terapéutico o en el trabajo interior personal. Lo que importa es el movimiento interno: el hijo que recupera su lugar de hijo (sin estar parentificado), que devuelve a los padres la dignidad de su propio camino, y que, desde esa nueva posición, puede finalmente caminar hacia adelante sin el peso transgeneracional que lo retenía.

VI. LA PAZ DE LA COHERENCIA: CUANDO ELEGIRSE ES SIMPLEMENTE ESTAR EN CASA

Hay una paz singular que emerge cuando, después de un largo viaje de fragmentación y exilio interno, una persona logra regresar a sí misma. No es la paz de la ausencia de conflicto externo—las relaciones y la vida seguirán presentando desafíos—, sino la paz de la coherencia interna: cuando las partes del self dialogan entre sí en lugar de guerrear, cuando el sistema nervioso puede descansar en estados de seguridad, cuando la narrativa personal integra incluso el dolor en una historia más amplia de sentido y resiliencia.

Elegirse, desde esta perspectiva integral, no es un acto egoísta ni una negación del vínculo con los demás. Es, por el contrario, el fundamento necesario para poder ofrecer vínculos auténticos y nutridores. Solo desde la coherencia interna—desde un self que ha integrado sus partes, que opera desde la Parte Sana y no desde las estrategias de supervivencia, que ha restaurado su autopoiesis saludable—es posible amar sin dependencia, dar sin agotamiento, recibir sin culpa y estar en relación sin perderse en el otro.

Las puertas que se cierran cuando comienzas a elegirte no son una pérdida; son una liberación. Son las puertas que sostenías desde la obligación y la culpa, desde el miedo al abandono o al rechazo, desde la lealtad invisible a patrones familiares disfuncionales. Su cierre abre espacio para que otras puertas—las que resuenan con tu identidad auténtica, las que te expanden en lugar de encogerte—puedan finalmente abrirse.

El proceso no es lineal ni está exento de duelo. Elegirse implica aceptar pérdidas: no todas las relaciones sobreviven cuando dejas de hacer malabares emocionales, cuando ya no estás disponible para cumplir roles que te traicionan, cuando estableces límites sanos. Habrá personas que interpreten tu cambio como frialdad, distancia o incluso traición.

Pero como señala Byung-Chul Han al hablar del Eros verdadero, el amor que no permite la alteridad—la diferencia, la individuación del otro—no es amor: es narcisismo proyectado. Las relaciones que se sostienen en que tú permanezcas pequeño, disponible y cediendo, no son relaciones de amor mutuo; son vínculos de codependencia.

Lo que queda, después de ese proceso de depuración relacional, es más honesto, más liviano, más real. Ganas coherencia: esa alineación profunda entre lo que sientes, lo que piensas, lo que dices y lo que haces. Y esa coherencia, aunque silenciosa y a men**o incomprendida por quienes te rodean, termina siendo la forma más profunda de paz. Es la paz de estar en casa dentro de ti mismo, de no necesitar la validación externa para saber que existes y que importas, de poder sostener tu propia mirada en el espejo y reconocer ahí a alguien digno de amor.

El Deseo del Otro y el Encuentro con Eros: Más Allá del In****no de lo Igual

Byung-Chul Han, en su exploración del Eros contemporáneo, habla de la “dicha de ser expulsado de sí mismo” que ocurre en el encuentro verdadero con lo Otro. El Eros, dice Han siguiendo a Lacan, hace posible una experiencia del otro en su alteridad—en su diferencia radical—que saca al sujeto de su “in****no narcisista”, de su ensimismamiento en lo siempre igual. El Eros pone en marcha un voluntario desreconocimiento de sí mismo, un voluntario vaciamiento que, paradójicamente, es la vía hacia la plenitud.

Esta idea resuena profundamente con el proceso de elegirse desde la perspectiva aquí desarrollada. Elegirse no es atrincherarse en un yo defensivo y aislado, sino recuperar un self lo suficientemente sólido y coherente como para poder, genuinamente, salir de sí hacia el otro. Solo quien ha encontrado su hogar interior puede permitirse el “asilo en el otro” del que habla la canción de Drexler y Mon Laferte: “Dame una noche de asilo, en tu regazo... dejemos al mundo fuera. Abre tus brazos, ciérralos conmigo dentro”.

Este asilo en el otro—esta capacidad de demora, de fidelidad, de entrega—solo es posible cuando no se busca en el otro que llene el vacío de la propia identidad no integrada. El amor contemporáneo, dice Han, carece de esta entrega mesiánica; se ha convertido en un “baño alterno de pasiones” donde se cambia de pareja constantemente, hambriento de nuevas experiencias pero incapaz de profundidad. Esta voracidad, desde la perspectiva del trauma, es otra estrategia de supervivencia: evitar la intimidad real que podría activar la herida de apego, mantenerse en la superficie estimulante de lo nuevo para no enfrentar el dolor de lo profundo.

Elegirse, entonces, es también recuperar la capacidad de Eros: la posibilidad del encuentro verdadero con lo Otro, de la intimidad que transforma, del amor que no es fusión narcisista ni cosificación sexual, sino reconocimiento mutuo de dos seres distintos que eligen, libremente, crearse mutuamente en la relación. Como afirma Han: “El amor hace posible volver a crear el mundo desde la perspectiva del otro y abandonar lo habituado. Es un acontecimiento que hace que comience algo totalmente distinto”.

El Coraje de Abrazar la Complejidad

Este artículo ha tejido un mapa complejo—quizás abrumador en su multiplicidad de perspectivas—sobre qué significa elegirse. Hemos transitado desde la neurobiología del apego y la teoría polivagal hasta el psicoanálisis relacional, la psicotraumatología, la biología del conocimiento, las constelaciones familiares y la antropología del símbolo.

Esta complejidad no es gratuita: refleja la realidad de que el ser humano es, simultáneamente, un cuerpo biológico con un sistema nervioso que porta memoria, una psique con partes fragmentadas que buscan reintegrarse, un n**o en una red transgeneracional de historias no resueltas, y un animal simbólico que crea significado para habitar el mundo.

Elegirse no es un evento único sino un proceso continuo. No es alcanzar un estado final de “ya estoy sanado” sino aprender a navegar la vida desde un lugar distinto: desde la Parte Sana, desde la coherencia interna, desde la aceptación compasiva de uno mismo en toda su complejidad. Hay días en que las viejas estrategias de supervivencia se reactivan; hay momentos en que la herida traumática se reabre ante un estímulo inesperado. Pero con cada vez que logras regresar al centro—respirar, apadrinar, mentalizar, elegir conscientemente—fortaleces las nuevas vías neuronales y psíquicas.

La verdadera profesión del ser humano, como señala Hermann Hesse, es “encontrar su camino hacia sí mismo”. Este viaje de retorno no es una regresión a un pasado idealizado ni un escape de la realidad. Es un movimiento hacia adelante que integra todo lo vivido—incluso el dolor, incluso el trauma—en una identidad más amplia, más compasiva, más sabia. Es el coraje de mirar el propio desorden, como diría Lacan, y aceptar que “no hay nada más desordenado que la realidad humana”, pero que ese desorden puede ser habitado, puede ser atravesado, puede ser transformado en algo que, si bien no elimina el sufrimiento, sí lo vuelve más tolerable y significativo.

Entonces, cuando te eliges—cuando comienzas a ponerte en primer lugar desde la claridad y no desde el egoísmo, cuando dejas de sostener puertas que te agotan, cuando ya no confundes intensidad con cercanía ni costumbre con amor—no estás perdiendo nada esencial. Estás ganando coherencia. Estás recuperando tu vida. Estás regresando a casa.

Y esa coherencia, aunque silenciosa, aunque a men**o malinterpretada por quienes esperaban otra versión de ti, termina siendo la forma más profunda de paz. La paz que emerge no de la ausencia de conflicto sino de la presencia plena en tu propia vida. La paz de saber, visceralmente, que mereces el amor que buscas. La paz de poder decir, con todo tu ser: “Aquí estoy. Esto soy. Y es suficiente”.

Humberto Del Pozo López
Centro Bert Hellinger: Psicoanálisis y Constelaciones Familiares

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Mi experiencia con las Constelaciones Familiares

En las Constelaciones Familiares nos reunimos un grupo de personas con un Constelador o Facilitador.

L@s que quieren tratar algún asunto, bien sea una dolencia, una enfermedad, una disfunción, un problema de personalidad, un problema con la pareja o con el trabajo, etc… se sientan junto al Constelador, a su derecha.

El Constelador se pone al servicio de la persona que va a constelar.

Esta persona, (cliente), dice lo que quiere trabajar.