12/12/2025
Muchas oportunidades no se pierden por falta de capacidad, sino por heridas no sanadas. No tomamos decisiones desde el presente, sino desde el recuerdo del dolor. Preferimos lo conocido aunque duela antes que lo nuevo porque no sabemos si dolerá más. Así, la herida se vuelve una jaula silenciosa.
Pero hay algo importante:
la herida no es el problema.
El problema es vivir como si esa herida fuera toda nuestra verdad.
Las heridas hablan de lo que nos faltó, de lo que nos hirió, de lo que no supimos defender… pero no definen lo que somos ni lo que podemos llegar a ser. Son parte de nuestra historia, sí, pero no el final del relato.
Sanar no es olvidar.
Sanar es dejar de tomar decisiones desde el miedo.
Sanar es permitirnos avanzar aun con temblor.
Porque detrás de cada herida hay dolor, pero también hay una versión de nosotros que sobrevivió, que resistió, y que merece vivir sin estar siempre a la defensiva.
Y quizás hoy la pregunta no es:
“¿Por qué me pasó esto?”
sino:
¿Cuántas decisiones estoy tomando todavía desde una herida que ya no debería gobernar mi vida?