16/01/2026
“¿Entendiste?”
Pero el espejo no se corrige.
El espejo revela.
El otro no es el problema: es el mensajero.
Es la superficie donde tu inconsciente proyecta lo que no has querido mirar en ti: heridas, miedos, carencias, patrones no resueltos.
Cada vez que discutes, reclamas, exiges o juzgas, estás haciendo lo mismo:
tratando de modificar el reflejo para no tocar la raíz.
La escena lo dice con brutal claridad:
él arroja el agua al espejo… y nada cambia.
Solo cuando baja la mirada y se lava a sí mismo, algo se ordena.
El golpe emocional es este:
👉 el conflicto no está afuera, está activado dentro.
👉 el otro solo aprieta el botón que tú dejaste expuesto.
Mientras sigas luchando con el espejo, seguirás repitiendo la escena con personas distintas, en cuerpos distintos, con nombres distintos.
Misma herida. Mismo aprendizaje no integrado.
Pasas la vida echándole agua al espejo.
Intentas corregir al otro, cambiar su actitud, su forma de amarte, su manera de reaccionar, su silencio, su carácter.
Golpeas el reflejo esperando que la imagen mejore.
El verdadero trabajo comienza cuando te atreves a sostener la mirada sin corregirla.
Cuando dejas de preguntar:
“¿por qué me hacen esto?”
y te preguntas:
“¿qué parte de mí sigue pidiendo sanación a través del otro?”
Ahí duele.
Ahí incomoda.
Ahí empieza la transformación real.
Porque cuando te trabajas tú, el espejo no necesita cambiar.
Cambia solo.