21/01/2026
Mi primera quimio
Hoy, 21 de enero, se cumplen 6 años desde el día en que recibí mi primera quimioterapia. Entré con el corazón temblando de miedo, pero con una fe inquebrantable, convencida de que cada tratamiento no venía a quitarme vida, sino a devolverme fuerzas, a regalarme un nuevo comienzo. Me aferré a la mano de Dios y decidí mirar solo hacia adelante, con la certeza de que lo mejor aún estaba por venir.
Hoy me detengo para honrar y celebrar a mi guerrera interior, esa que en silencio libró las batallas más duras y jamás se rindió. En ese camino descubrí que era mucho más fuerte de lo que imaginaba, que dentro de mí habitaba un coraje capaz de sostenerme incluso en los días más oscuros. Mi guerrera se levantó una y otra vez, con la frente en alto, demostrando que la esperanza siempre puede más.
Siempre supe que el cáncer no era mi final, sino una etapa de transformación. Y aquí estoy hoy, de pie, con sueños intactos, con risas que sanan, con un corazón lleno de amor y una fe que sigue creciendo. Mi cuerpo cambió, sí, pero mi esencia se hizo más fuerte, más consciente, más agradecida con la vida.
Permití que cada emoción llegara, que el miedo hablara, que la tristeza se expresara, que la frustración saliera… y aun así, nunca dejé de creer. Aprendí que llorar también es sanar, que descansar también es avanzar y que cada pequeño paso cuenta. Mi cuerpo y mi alma se adaptaron, y de lo más profundo surgieron fuerzas que no sabía que existían.
Cada tratamiento, cada recuperación, cada amanecer fue una victoria. Comprendí que no caminé sola: Dios, el equipo médico y mi amada familia fueron pilares que me sostuvieron cuando las fuerzas flaqueaban, recordándome que siempre vale la pena seguir luchando.
Hoy celebro cada día difícil y cada día lleno de felicidad, porque todos construyeron a la mujer que soy ahora. Celebro mi vida, mi proceso y mi historia, porque en cada latido hay esperanza, en cada respiro hay una nueva oportunidad y en cada mañana un motivo para volver a creer.
Hoy sé, con el alma llena, que somos mucho más fuertes de lo que pensamos. El cáncer no me definió, me enseñó. Me enseñó a escucharme, a cuidarme, a amarme, a pedir ayuda, a confiar, a soltar y a vivir un día a la vez. Aprender de nuevo no es rendirse, es renacer.
No necesito ser quien era antes. Hoy soy quien tuve que convertirme para seguir viviendo, para seguir soñando y para seguir brillando. Y eso, sin duda, es mi mayor victoria.