13/03/2026
”Mi familia lo es todo”, Luz Amady
Luz Amady Laguado Sanabria es una mujer cuya vida parece haber sido trazada por los pasillos y la historia del Hospital de Cúcuta. Nacida en la "Perla del Norte", es la mayor de cuatro hermanos y la única hija mujer del matrimonio de sus padres. Con 57 años de edad, refleja una mezcla de firmeza y ternura que ha cultivado tras décadas de ser el pilar de su hogar.
Su llegada al HUEM no fue una coincidencia, sino un legado familiar. En 1987, con apenas 19 años y la frescura de quien acaba de cruzar el umbral de la mayoría de edad, Luz ingresó a la institución de la mano de su madre. Ella, una experimentada instrumentadora quirúrgica trasladada desde el Hospital San Juan de Dios, fue la encargada de montar la central de esterilización y vio en su hija la disciplina necesaria para apoyar el nacimiento de una nueva era hospitalaria en la ciudad.
Los inicios de Laguado Sanabria estuvieron marcados por el esfuerzo y la tenacidad. Antes de su nombramiento oficial, trabajó dos meses con la sociedad constructora en labores de apoyo, un tiempo que, aunque no fue remunerado, le sirvió como una "escuela de fuego" para demostrar su valía. Finalmente, el 20 de noviembre de 1987, un día después de la apertura oficial, logró posesionarse tras superar los retrasos burocráticos de la época.
Desde entonces, su recorrido ha sido una rotación de aprendizaje constante dentro de la institución. Inició en el área de Patología bajo la guía del doctor Carlos López, donde se desempeñó como auxiliar administrativa. Fue allí donde también conoció a Nora Ángel, una mujer que, como su apellido lo indica, fue un verdadero ángel para ella en el hospital, pues le enseñó, la guió y la acompañó en sus primeros pasos, convirtiéndose en un apoyo fundamental en su proceso laboral. Posteriormente, su paso por áreas como Tesorería, Mantenimiento y Talento Humano fue consolidando en ella una visión integral de la institución, permitiéndole comprender que cada proceso, sin importar el área, es vital para el buen funcionamiento del hospital.
Sin embargo, es en la oficina Jurídica donde Luz Amady encontró su verdadero lugar en el mundo. Con 28 años de servicio en esta dependencia, ha sido testigo y protagonista de la evolución legal del HUEM. Su entrega es tal que, en su momento, solicitó la independencia de los procesos administrativos y laborales para garantizar un flujo de trabajo eficiente, demostrando ese rasgo de perfeccionismo y orden que tanto la caracteriza entre sus colegas.
Pero no todo han sido leyes y archivos, pues la vida también le reservó un espacio para el amor en los pasillos de la institución, donde su historia se entrelaza con la de Jesús Elías, un hombre dedicado al cuidado de los equipos médicos desde antes de la apertura oficial. Juntos consolidaron un hogar sólido y criaron a dos hijos que hoy, como profesionales exitosos en Bogotá, son el vivo reflejo de los valores de trabajo y honestidad heredados de sus padres.
La pandemia de COVID-19 dejó una huella imborrable y dolorosa en su memoria. Luz recuerda con especial tristeza la partida de compañeros queridos, especialmente la del Ingeniero Rafael, ex jefe y amigo cercano cuyo fallecimiento impactó profundamente a su familia. Aquellos días de incertidumbre y pérdida reforzaron en ella la convicción de que la vida es frágil y que la fe, como ferviente católica y devota de la Virgen, es el único refugio seguro en medio de la tormenta.
Luz Amady se define en tres palabras: trabajadora, ordenada y amorosa. Fuera de las paredes institucionales, se describe como una mujer de “puertas para adentro”, alguien que encuentra en su hogar su mayor refugio. Para ella, su casa es un verdadero santuario, un espacio que procura mantener como un “espejito”, siempre limpio, organizado y listo para recibir a quien llegue.
En ese ambiente de tranquilidad y orden doméstico es donde halla plenitud, pues comparte la calma del hogar junto a su esposo y disfruta de la serenidad de su nido, ahora que sus hijos han emprendido sus propios rumbos, encontrando en esa etapa una forma distinta y especial de vivir en compañía. A su hogar también lo llenan de vida sus dos gatas, una compañía que refleja otra de sus características: el amor por los animales, una afinidad que comparte con sus hijos, quienes también tienen mascotas y mantienen viva esa misma sensibilidad en la familia.
Hoy, su motor de vida tiene nombres nuevos: sus dos nietas. Ellas son su "adoración", dos niñas que han despertado en ella un amor incondicional. Luz confiesa que su mayor sueño actual es recuperar con ellas el tiempo que el trabajo le restó con sus hijos, entregándoles toda la dulzura y la presencia que solo una abuela que ha trabajado toda su vida sabe valorar.
A pesar de llevar casi cuatro décadas en la institución, Luz mantiene una ética de trabajo envidiable y aunque reconoce que no es de las que busca amistades externas de café y reuniones sociales, su apoyo a los compañeros en la marcha diaria es incondicional. Para ella, el hospital no es solo un empleo, es el lugar donde creció, donde amó y donde aprendió que la familia lo es todo.
Al mirar atrás, Laguado Sanabria se reconoce en cada rincón del hospital. Desde aquella joven de 19 años que llegó con timidez en 1987, hasta la mujer que hoy prepara sus maletas con ilusión para reencontrarse con sus hijos en Bogotá, cada vez que puede. Su vida es un testimonio de lealtad inquebrantable. Es, en definitiva, una mujer que ha sabido armonizar la rigurosidad de su labor con la inmensa ternura de un corazón volcado hacia los suyos.