06/01/2026
Nadie me dijo que después del parto mi cuerpo podía sentirse así.
Después de mi primer parto, algo cambió. No de golpe, no de forma evidente. Fue sutil.
Primero fue la incomodidad al hacer ejercicio. Luego la sensación de resequedad constante. Después, pequeñas pérdidas de o***a al reír o estornudar.
Nada “grave”.
Nada que pareciera justificar una consulta urgente.
Así que hice lo que hacen muchas mujeres: Me callé.
Con el tiempo aparecieron más cosas.
Picazón frecuente.
Ardor sin infección.
Dolor durante las relaciones.
Miedo a tener relaciones.
Sensación de amplitud vaginal.
Labios menores más gruesos, rugosos, sensibles.
Incomodidad con ropa ajustada.
Evitar ejercicio.
Evitar intimidad. Y cada vez que lo mencionaba, la respuesta era la misma:
“Es normal después del parto.”
“Es la edad.”
“Es la menopausia.”
Así pasan los años.
Te adaptas.
Cambias tu ropa.
Cambias tus hábitos.
Cambias tu vida íntima.
Te convences de que esto es lo que toca.
Pero algo dentro de mí sabía que no debería doler vivir en mi propio cuerpo.
Lo más difícil no fue el dolor físico.
Fue dejar de sentirme cómoda conmigo misma, pensar dos veces antes de tener intimidad, sentir vergüenza de algo que nadie me explicó, sentir que mi cuerpo “ya no respondía”, y nunca lo decía en voz alta.
Hasta que un día, la pregunta apareció:
¿Y si no es normal resignarse?
Decidí consultar.
No buscando cirugía.
No queriendo hormonas.
No queriendo medicamentos.
Solo quería entender qué estaba pasando con mi cuerpo.
Fue ahí cuando escuché algo que nunca me habían explicado.
Que muchos de estos síntomas no son inevitables, que no son solo “la edad” o “el parto”, que tienen que ver con la pérdida de colágeno, elasticidad y tono del tejido vaginal.
Me explicaron que después del parto y con la menopausia, el cuerpo deja de producir el colágeno necesario para mantener hidratación, firmeza y sensibilidad.
Y que si el tejido no se estimula, esos cambios avanzan.
Por primera vez, alguien no me dijo que me aguantara.
Me habló de estimular, no de resignarme.
Me hablaron de un tratamiento no quirúrgico, sin hormonas ni medicamentos.
Un protocolo progresivo con tecnología láser que ayuda a:
• Estimular la producción natural de colágeno
• Tensar las paredes vaginales
• Mejorar la textura del tejido
• Reducir la incontinencia urinaria
• Disminuir resequedad, ardor y picazón
Todo de forma gradual.
Las primeras semanas noté menos resequedad.
Menos irritación.
Después, menos incomodidad al moverme.
Menos escapes al reír.
Luego, una sensación de firmeza que no sentía desde hacía años.
Y algo que no esperaba:
Volví a sentirme tranquila con mi cuerpo.
No fue inmediato, no fue mágico.Fue progresivo, fue real.
No se trata de volver a ser la de antes.
Se trata de sentirte bien hoy.
Cómoda, segura,sin miedo.
Sin dolor.
Mi cuerpo no estaba roto.
Solo necesitaba el estímulo correcto.
Si te reconociste en esta historia, agenda una valoración.
No para resignarte.
Sino para entender qué está pasando y qué opciones reales existen.