22/01/2026
Les comparto esta lectura crítica desde una mirada de salud mental colectiva que realice en colaboración con Raptagenizate.
Léanlo desde el agotamiento cotidiano, desde el cuerpo que le toca aguantar porque no queda otra.
Subió el pasaje de Transcaribe.
Y sí, hay molestia. Pero el problema no es solo el precio.
El problema es que, una vez más, se nos pide aguantar.
Aguantar el calor.
Aguantar la espera.
Aguantar el empujón, el mal genio, la carrera por una silla. Aguantar llegar tarde, cansados, irritables.
En Cartagena, el transporte público no es solo un medio para llegar a un lugar. Es una experiencia diaria de desgaste.
Y el desgaste no es neutro para la salud mental.
Cuando el cuerpo vive en alerta constante, cuando moverse por la ciudad implica tensión, prisa, incomodidad, no estamos hablando solo de logística:
estamos hablando de cómo se organiza la vida emocional de una ciudad.
Aquí no solo se aprende a desplazarse.
Se aprende a soportar.
Y cuando soportar se vuelve rutina, el malestar deja de nombrarse y empieza a vivirse como algo “normal”.
Luego nos preguntamos por qué estamos irritables,
por qué hay tanta violencia mínima, por qué la gente reacciona con rabia ante cualquier cosa.
Como si todo eso naciera “de adentro”, y no de estructuras que nos exigen adaptación permanente al maltrato cotidiano.
Erich Fromm advertía que las sociedades pueden enfermar y luego llamar “adaptación” a lo que en realidad es alienación. Personas ajustándose como pueden a estructuras que no cuidan.
Tal vez el problema no es que la gente “no tenga paciencia”. Tal vez el problema es que llevamos años entrenándonos para tolerar lo intolerable.
Aumentar el precio sin transformar las condiciones
no es solo una decisión económica. Es una decisión política que impacta directamente la salud mental colectiva.
Y eso también merece ser dicho.
-Lectura desde la salud mental colectiva
Marcela Payares, psicóloga.