Psicología Filosófica

Psicología Filosófica Atiendo consultas psicológicas en Choachí. Miércoles y jueves, de 9 a.m a 4 p.m. Las citas duran

12/01/2018

Dos cabezas piensan más que una.

El problema psicoterapéutico contemporáneo consiste en el ensamblaje justo de la una con la otra. Por eso un buen terapeuta sabe, escencialmente, ensamblarse.

Pero esto no se consigue con sonrisas y gestos de comprensión. No se trata de empatizar sino de alinearse lógicamente frente a lo que aparece en el horizonte de la conversación como una cima. No es un objetivo militar ni empresarial, una cima no es una meta, es un -topos-, desde donde se puede ver con claridad una situación que antes aparecía como problema o dolor.

31/10/2017

La culpa no es mala en sí misma. Es mala porque es un callejón sin salida para el pensamiento. Cuando hay culpa, la razón se detiene y echa reversa como un perro asustado por el zurriago del hombre. Pero el pensamiento salvaje no da marcha atrás por temor. Ante la duda se hace fuerte, se ensaña. El pensamiento salvaje puede parar, pero también puede seguir, derribar al amo, devorarlo si es preciso. El pensamiento salvaje tiene la persistencia y mutabilidad del fuego. Por eso, una conversación psicológica, filosófica, ha de ser una conversación libre de culpas y condiciones. Ha de ser frente al fuego, la contemplación callada de una destrucción.

05/04/2017

No se tiene una idea, las ideas no son cromos de un álbum. Más bien, se vive en una idea, o en una red de ideas que se cruzan entre sí. Y una idea no es sólo un enunciado, es una forma de vida alrededor de un caudal de pensamientos. Es una red de caminos que la idea va abriendo con el trasegar de la idea misma, y en su choque con otras. La idea se abre paso por sí sola, nadie la dirige con su voluntad. Alguien puede dirigir la opinión de los pueblos, de las masas, pero no puede dirigir la idea.

La “causalidad”, por ejemplo, digamos, la idea de que todo efecto tiene una causa, que nada surge de la nada, que todo pasa por algo, la idea de que todo ocurre debido a un estímulo anterior, es, por ejemplo, una idea que abre un caudal enorme, mucho más enorme que el Magdalena y el Orinoco juntos, es más bien un océano donde habitamos. La causalidad es una idea tan grande que ni siquiera sabemos que la pensamos.

Cuando se habla de los “traumas de infancia”, por ejemplo, en las psicologías y sectas que se ponen de moda después de Freud, se está hablando desde dentro de ese mismo océano de la causalidad. Decir que algo que te pasó cuando eras pequeña define tu vida adulta, supone que hay una causalidad entre los acontecimientos pasados y presentes. Pero la causalidad es una idea, una realidad que se vive como inmediata, pero no una realidad última. No está escrito en ninguna parte que una cosa le siga a la otra. Incluso la Física, tan apegada tradicionalmente a la idea de causalidad, ha encontrado maneras de pensar diferentes, ha intentado salir de ese océano que la limita. Pero si la física, la principal hija de la causalidad, puede abandonar la realidad como una serie de causas y efectos, ¿Por qué las psicologías no?

Una y otra vez se ve a los nuevos chamanes, a los nuevos gurús, remitiéndose a esculcar en el pasado de la gente para liberarla de sus “traumas”. Un taita en el putumayo tiene la costumbre de pedirle a la gente que va, que hable, que se “confiese”, que diga a ver qué le pasó o qué hizo, luego les da a beber yagé y a botar lágrima. Pero ¿No es este el mismo arte de la confesión medieval, combinado con psicoanálisis? ¿No es esto, en últimas, la vieja idea occidental de causalidad, aplicada a una psique individual?, ¿No se repiten aquí y allá, las parejas del cura y el pecador, el médico y el enfermo?

Quizá el trauma del que la psicología misma ha de liberarse, es más bien el de la causalidad, el del individuo libre traumatizado. Quizá ya

28/03/2017

¿Por qué hablar de una Psicología Filosófica? Quienes conocen la “historia” de la psicología, o el cuento de la psicología, tal y como lo cuentan en los pregrados y en varios libros de texto, habrán escuchado que la psicología es “hija de la filosofía”, que es una rama de ella. Entonces ¿Por qué invertir el orden de las cosas ahora y llamar filosófica a una disciplina que se deriva de otra o que es contenida por ella? Lo diré de otra forma: poner el adjetivo de “Filosófico” a algo que nace justamente de la Filosofía, sería como hablar de una estadística matemática, de una mecánica física o de una ortopedia médica.

Entonces ¿Por qué hacer algo así? La respuesta, o mejor, lo que me llevó a forzar la sintaxis al absurdo, es que la psicología que vemos hoy, la que ha venido “desarrollándose” triunfalmente desde la modernidad, la que llena nuestros espacios cotidianos y que domina el terreno académico, se ha permitido el “desliz” de abandonar la filosofía, e incluso de pensar que la ha superado, que ya no la necesita.

La psicología parece haber migrado a las condiciones de la ciencia, de las demostraciones, las técnicas y las pruebas. Y la que no lo hizo se refugió en las iglesias, en las sectas, en las charlas de los gurús y en los talleres y cursos de los reencauchadores de tradiciones lejanas (casi siempre orientales). Ambas clases de psicología cayeron en el mismo fango inmovilizante del pensamiento. La psicología, en general, perdió la bella capacidad filosófica de pensar sin reglas, fue domesticada por la desesperación que produce la incertidumbre de las teorías y las religiones. El frío de “no saber”, la llevó a creer que sabía más de la cuenta.

Hoy tenemos una enorme variedad de expertos y sacerdotes psicológicos, de gurús e iluminados. Las personas los buscan, los siguen, van a “conectarse” consigo mismos, con la madre naturaleza, se abrazan a la cáscara de los saberes tradicionales. Y quienes se sienten más duros, más ganadores, acuden al coach, al entrenador, al adiestrador de líderes. En resumen, la psicología de Heráclito, la que se deja ver luego en las prácticas griegas del cuidado de sí y de los otros (que se preguntan cómo vivir bien), ha quedado desmembrada, despedazada. En lugar de ser una búsqueda disciplinada se ha convertido en una estafa. Lo peor es que cuando se confronta a los nuevos “sabios”, ellos salen del problema diciendo “yo no hago terapia”, “esto no es psicología” y van y se encriptan en un supuesto saber innombrable, ancestral y cósmico que sólo los iniciados comprenden.

Por eso me veo animado a recordar lo que hay de filosófico en la psicología. A recordar el valor del simple pero osado ejercicio de pensar, de hacerse preguntas y perseguirlas a toda costa.

No faltará el meditador, el sanador espiritual, que asegura sin parpadear, que “pensar” es un camino necio, que, en cambio, él sí sabe cómo acariciar el alma sin tanto esfuerzo, algo que se logra los fines de semana en una finca alejada de la ciudad. Y también, no faltará el triunfador, el vendedor-vencedor, que dirá que pensar no sirve de nada y que él sí puede someter a otros para ganar. Y por último, no faltará el blando razonamiento de “mientras sirva, mientras -ayude-, es válido”. Que en realidad puede ser reemplazado por un “mientras se venda, mientras lo contraten, es válido”.

En últimas, lo que quiero al hablar de una Psicología Filosófica, es hacer una invitación al olvidado hábito de pensar, no de un modo arbitrario o autoritario (que sería el pensamiento controlado del machismo sacerdotal o académico), sino a pensar de corazón, poniendo la vida en juego.

27/03/2017

Atiendo consultas psicológicas en Choachí. Miércoles y jueves, desde las 9 a.m hasta las 4 p.m. Las citas duran 1 hora y valen $70 mil pesos.

Advertencia: Lo que ofrezco es, sencillamente, una conversación. Eso quiere decir que, en lugar de dar respuestas o aplicar técnicas y curas milagrosas, nos dedicaremos a pensar y a hablar sobre lo que sea necesario hablar. Intento encontrar las preguntas indicadas que permiten la exploración de un tema que aparece como inquietante en un momento dado de la vida. No ofrezco creencias ni teorías, no tengo trucos, ni motivaciones, no doy remedios ni siquiera soluciones. Es una invitación a pensar acerca de aquello que nos importa.

Soy psicólogo, con maestría en Filosofía, de la Universidad de los Andes.

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