28/03/2017
¿Por qué hablar de una Psicología Filosófica? Quienes conocen la “historia” de la psicología, o el cuento de la psicología, tal y como lo cuentan en los pregrados y en varios libros de texto, habrán escuchado que la psicología es “hija de la filosofía”, que es una rama de ella. Entonces ¿Por qué invertir el orden de las cosas ahora y llamar filosófica a una disciplina que se deriva de otra o que es contenida por ella? Lo diré de otra forma: poner el adjetivo de “Filosófico” a algo que nace justamente de la Filosofía, sería como hablar de una estadística matemática, de una mecánica física o de una ortopedia médica.
Entonces ¿Por qué hacer algo así? La respuesta, o mejor, lo que me llevó a forzar la sintaxis al absurdo, es que la psicología que vemos hoy, la que ha venido “desarrollándose” triunfalmente desde la modernidad, la que llena nuestros espacios cotidianos y que domina el terreno académico, se ha permitido el “desliz” de abandonar la filosofía, e incluso de pensar que la ha superado, que ya no la necesita.
La psicología parece haber migrado a las condiciones de la ciencia, de las demostraciones, las técnicas y las pruebas. Y la que no lo hizo se refugió en las iglesias, en las sectas, en las charlas de los gurús y en los talleres y cursos de los reencauchadores de tradiciones lejanas (casi siempre orientales). Ambas clases de psicología cayeron en el mismo fango inmovilizante del pensamiento. La psicología, en general, perdió la bella capacidad filosófica de pensar sin reglas, fue domesticada por la desesperación que produce la incertidumbre de las teorías y las religiones. El frío de “no saber”, la llevó a creer que sabía más de la cuenta.
Hoy tenemos una enorme variedad de expertos y sacerdotes psicológicos, de gurús e iluminados. Las personas los buscan, los siguen, van a “conectarse” consigo mismos, con la madre naturaleza, se abrazan a la cáscara de los saberes tradicionales. Y quienes se sienten más duros, más ganadores, acuden al coach, al entrenador, al adiestrador de líderes. En resumen, la psicología de Heráclito, la que se deja ver luego en las prácticas griegas del cuidado de sí y de los otros (que se preguntan cómo vivir bien), ha quedado desmembrada, despedazada. En lugar de ser una búsqueda disciplinada se ha convertido en una estafa. Lo peor es que cuando se confronta a los nuevos “sabios”, ellos salen del problema diciendo “yo no hago terapia”, “esto no es psicología” y van y se encriptan en un supuesto saber innombrable, ancestral y cósmico que sólo los iniciados comprenden.
Por eso me veo animado a recordar lo que hay de filosófico en la psicología. A recordar el valor del simple pero osado ejercicio de pensar, de hacerse preguntas y perseguirlas a toda costa.
No faltará el meditador, el sanador espiritual, que asegura sin parpadear, que “pensar” es un camino necio, que, en cambio, él sí sabe cómo acariciar el alma sin tanto esfuerzo, algo que se logra los fines de semana en una finca alejada de la ciudad. Y también, no faltará el triunfador, el vendedor-vencedor, que dirá que pensar no sirve de nada y que él sí puede someter a otros para ganar. Y por último, no faltará el blando razonamiento de “mientras sirva, mientras -ayude-, es válido”. Que en realidad puede ser reemplazado por un “mientras se venda, mientras lo contraten, es válido”.
En últimas, lo que quiero al hablar de una Psicología Filosófica, es hacer una invitación al olvidado hábito de pensar, no de un modo arbitrario o autoritario (que sería el pensamiento controlado del machismo sacerdotal o académico), sino a pensar de corazón, poniendo la vida en juego.