09/09/2014
Si tomamos una cosa cualquiera, por ejemplo: una rosa, es posible preguntar: ¿Qué es esto? Esta es una pregunta simple y se ha dicho mucho sobre eso. Todas las respuestas y todas las preguntas que surgen cuando se piensa en algo son también cosas.
Aparentemente se puede reemplazar la rosa por cualquier otra cosa: un trozo de jade, una estatuilla milenaria, o un bosque. Pero siempre se puede volver a preguntar ¿Qué es esto? Supongamos que la frase: “esto es una rosa”, aparezca como respuesta. Entonces el asunto se puede dejar ahí, junto con la rosa, para seguir caminando por el jardín con la mirada satisfecha, silbando y dando vueltas al bastón.
Sin embargo ya sabemos que hay muchas más respuestas: esto es una flor, esto es parte de una planta, esto es un regalo bonito, esto es un símbolo alquímico…etc. La pregunta que surge ahora: ¿Hay una única respuesta? Por lo tanto hay que sospechar (en el sentido de mirar con los ojos entrecerrados) de la pregunta misma, y preguntar algo sobre la pregunta.
Si se piensa con cuidado se podrá ver que preguntar sobre la pregunta ya sería otra pregunta. Se puede preguntar entonces por aquél que formula la pregunta: en qué historia (o tipo de escritura de la historia) se encuentra situada la pregunta, etc. Pero, de una u otra forma, esto no deja de dar vueltas sobre sí, como el perro que persigue la propia cola.
Sin embargo, un examen detenido sobre cualquier perro que se muerde la cola dejará ver algo: hay un punto donde se detiene, al menos por un rato; en otras palabras, la ruleta para de girar; el péndulo queda en equilibrio, etc. Mostrando que no se trataba de un movimiento perpetuo ni repetitivo y abstraído con tiza en algún tablero académico (cada vuelta era siempre diferente: una espontaneidad juiciosa).
Al pensar, digamos: la rueda se pone en marcha. En este punto se puede pensar audazmente ¡No hay que pensar¡ Y prometerse una vida de sensaciones y sentimientos apasionados e impulsivos. Pero la pregunta asechará, esto porque ya está el recuerdo que defiende la forma de vida elegida, se sabe que fue una elección: vivir sin pensar. El punto no es la evasión del pensamiento: no hay mar más allá del mar. Hay que decir además que no se trata de una clase de pensamiento calculador o intelectual, introspectivo, como usualmente se pretender reducir al pensamiento que en realidad es sangre, corazón, tripa, sesos, más mil órganos invisibles y dioses mitológicos que exceden al pensador (este tipo de reducciones evasoras del pensamiento recibirán mil nombres: psicología emocional, afectiva, clínica, organizacional, gestalt, psicomagia, neurociencia etc...
Cabe entonces dar un salto y preguntarse ¿Por qué pienso que esto es una rosa? ¿Qué en mi, piensa que esto es una rosa? La pregunta sobre sí mismo, como aquel que, inmerso en un entrecruzamiento de fuerzas, pregunta y responde, es un principio de la terapia. Como se verá, más que un individuo libre y heroico, hay unas voces que resuenan ahí, una voz que pregunta y otra que contesta o formula otras preguntas. Lo cierto es que habrá, cuando menos: dos voces. Claro que esto es solo una división esquemática poco aceptable; en últimas podría considerarse todo como una sola voz que se pregunta a sí misma. Pero ¿de dónde viene la curiosidad? Aquella voz que pregunta ¿Qué?
Ya se habrá notado que hay un punto dónde lo que era claro se ha vuelto confuso. Ya no sabemos qué es la rosa, tampoco sabemos quiénes somos, ni por qué hacemos lo que hacemos al hacer preguntas. Seguir pensando en esto es vida, ir iluminando el universo de posibilidades infinitas contenido en la rosa (en este ejemplo). Es momento entonces de dar un nuevo salto y ver el movimiento que hay en el pensamiento: pensar es movimiento en la medida que siempre alterna de un punto a otro, es una musicalidad o también un ruido. Un tipo de movimiento propio del ser-en-el-mundo.
La terapia es pues, residencia en la quietud y en el movimiento. A veces, puede parecer que el movimiento es continuo y que hay en él una lógica, una dialéctica o una causalidad (o un modelo matemático misteriosamente inexplicable) Todo esto es posible, por supuesto, sin embargo hay también discontinuidad, perplejidad, emergencia…etc.
¿Y, si no hay respuestas definitivas, todo vale? Sí y No. Que no haya una respuesta definitiva no significa que no haya respuestas suficientes para gobernar el mundo a partir de ellas. Por eso, la terapia puede ser un acto de ordenamiento o un acto de insubordinación frente a aquellas respuestas que imponen una verdad, evadiendo el misterio que las envuelve.