02/04/2026
Hay algo que me viene incomodando hace tiempo en la psicología y es esa idea instalada de que las corrientes están en guerra. Se repite tanto que parece verdad. Pero cuando nos detenemos a mirar con más rigor, no son las teorías las que se enfrentan, somos nosotros los "profesionales" con nuestras inseguridades, nuestras identificaciones rígidas y esa necesidad medio silenciosa de pertenecer a algo que nos da estructura.
Cuando estudiamos las distintas corrientes con honestidad vemos que no hay incompatibilidad. Cada enfoque intenta dar cuenta de una dimensión de lo humano. Unos ponen el acento en lo inconsciente, otros en la conducta, otros en los procesos cognitivos, otros en la experiencia vivida o en los vínculos. Ninguno alcanza por sí solo y sin embargo todos tocan algo verdadero. Cuando bajamos la defensa de escuela empiezan a aparecer puentes por todas partes. No porque haya que forzarlos sino porque ya estaban ahí.
El problema empieza cuando la teoría deja de ser una herramienta, un piso y se vuelve identidad. Ahí todo se rigidiza. Ya no se trata de comprender sino de tener razón. La corriente se convierte en trinchera. La adhesión deja de ser crítica y se vuelve dogma. Y es en ese punto donde aparecen dinámicas que se sienten casi sectarias. No porque las teorías lo exijan sino porque hay algo en nosotros que necesita certeza, pertenencia y una forma de autoridad que calme la duda. Y los pacientes ni lo notan, pero se van contaminado de ideas erróneas sobre lo que es y no es verdadero.
Cuesta no ver en eso una dificultad para sostener la complejidad. La práctica clínica está llena de ambigüedad y no siempre hay respuestas claras. Sostener esa tensión exige formación pero también una ética de la duda. Y no siempre estamos dispuestos a eso. A veces se siente más seguro aferrarnos a un marco que prometa coherencia total y defenderlo como si fuera propio. Como si necesitáramos un "padre" epistemológico que diga qué está bien y qué está mal. En nombre de la fidelidad teórica terminamos ocultando una fragilidad más profunda, la existencia.
Cuando logramos corrernos de esa necesidad aparece algo distinto. Las corrientes empiezan a dialogar de una manera mucho más viva. Conceptos que parecían opuestos se reconocen en el fondo. El vínculo terapéutico aparece una y otra vez como eje. La regulación emocional, la historia del sujeto, la forma en que construimos sentido. Cambian los lenguajes pero no tanto lo que intentan nombrar y esclarecer. La psicología deja de verse fragmentada y empieza a sentirse como un campo polifónico.
Por eso no convence la lógica de elegir un enfoque como si fuera un equipo deportivo o un oartido político al que hay que defender. Resulta más honesto y también más exigente construir una posición clínica capaz de integrar, discriminar y contextualizar. Eso implica renunciar a cierta comodidad. Implica aceptar que ninguna teoría agota la complejidad de lo humano y que el criterio se construye en el encuentro con lo particular de cada caso clínico.
Las corrientes no crean sectas. Las sectas las crean esos "profesionales" cuando dejan de pensar y empiezan ciegamente a obedecer. Cuando la teoría deja de ser un lente y se transforma en refugio. Y ahí la psicología pierde lo más valioso que tiene. Su capacidad de abrir preguntas, de sostener lo incierto y de seguir pensando incluso cuando no hay respuestas fáciles.
Harold Bohórquez Meneses
Psicólogo, docente y escritor del libro: Navegando el Caos: La transformación personal a través de la adversidad