El aquí y el ahora

El aquí y el ahora Consulta psicológica, terapia sexual y de parejas, terapia familiar, desarrollo personal, consultoría empresarial y difusión de contenido académico.

Atención virtual o presencial en Sabaneta, Antioquia, Colombia.

02/04/2026

Hay algo que me viene incomodando hace tiempo en la psicología y es esa idea instalada de que las corrientes están en guerra. Se repite tanto que parece verdad. Pero cuando nos detenemos a mirar con más rigor, no son las teorías las que se enfrentan, somos nosotros los "profesionales" con nuestras inseguridades, nuestras identificaciones rígidas y esa necesidad medio silenciosa de pertenecer a algo que nos da estructura.

Cuando estudiamos las distintas corrientes con honestidad vemos que no hay incompatibilidad. Cada enfoque intenta dar cuenta de una dimensión de lo humano. Unos ponen el acento en lo inconsciente, otros en la conducta, otros en los procesos cognitivos, otros en la experiencia vivida o en los vínculos. Ninguno alcanza por sí solo y sin embargo todos tocan algo verdadero. Cuando bajamos la defensa de escuela empiezan a aparecer puentes por todas partes. No porque haya que forzarlos sino porque ya estaban ahí.

El problema empieza cuando la teoría deja de ser una herramienta, un piso y se vuelve identidad. Ahí todo se rigidiza. Ya no se trata de comprender sino de tener razón. La corriente se convierte en trinchera. La adhesión deja de ser crítica y se vuelve dogma. Y es en ese punto donde aparecen dinámicas que se sienten casi sectarias. No porque las teorías lo exijan sino porque hay algo en nosotros que necesita certeza, pertenencia y una forma de autoridad que calme la duda. Y los pacientes ni lo notan, pero se van contaminado de ideas erróneas sobre lo que es y no es verdadero.

Cuesta no ver en eso una dificultad para sostener la complejidad. La práctica clínica está llena de ambigüedad y no siempre hay respuestas claras. Sostener esa tensión exige formación pero también una ética de la duda. Y no siempre estamos dispuestos a eso. A veces se siente más seguro aferrarnos a un marco que prometa coherencia total y defenderlo como si fuera propio. Como si necesitáramos un "padre" epistemológico que diga qué está bien y qué está mal. En nombre de la fidelidad teórica terminamos ocultando una fragilidad más profunda, la existencia.

Cuando logramos corrernos de esa necesidad aparece algo distinto. Las corrientes empiezan a dialogar de una manera mucho más viva. Conceptos que parecían opuestos se reconocen en el fondo. El vínculo terapéutico aparece una y otra vez como eje. La regulación emocional, la historia del sujeto, la forma en que construimos sentido. Cambian los lenguajes pero no tanto lo que intentan nombrar y esclarecer. La psicología deja de verse fragmentada y empieza a sentirse como un campo polifónico.

Por eso no convence la lógica de elegir un enfoque como si fuera un equipo deportivo o un oartido político al que hay que defender. Resulta más honesto y también más exigente construir una posición clínica capaz de integrar, discriminar y contextualizar. Eso implica renunciar a cierta comodidad. Implica aceptar que ninguna teoría agota la complejidad de lo humano y que el criterio se construye en el encuentro con lo particular de cada caso clínico.

Las corrientes no crean sectas. Las sectas las crean esos "profesionales" cuando dejan de pensar y empiezan ciegamente a obedecer. Cuando la teoría deja de ser un lente y se transforma en refugio. Y ahí la psicología pierde lo más valioso que tiene. Su capacidad de abrir preguntas, de sostener lo incierto y de seguir pensando incluso cuando no hay respuestas fáciles.

Harold Bohórquez Meneses
Psicólogo, docente y escritor del libro: Navegando el Caos: La transformación personal a través de la adversidad

¿Qué ocurre en terapia Gestalt cuando una persona llega diciendo “soy depresivo”, “soy ansioso” o “soy bipolar”?. El dia...
01/04/2026

¿Qué ocurre en terapia Gestalt cuando una persona llega diciendo “soy depresivo”, “soy ansioso” o “soy bipolar”?. El diagnóstico deja de ser una referencia clínica y se convierte en identidad.

La terapia Gestalt no niega el diagnóstico psiquiátrico, pero sí cuestiona su absolutización. Propone un desplazamiento del “soy esto” al “estoy experimentando esto ahora”. Este giro abre el campo de la experiencia presente y devuelve movimiento a lo que estaba fijado.

Cuando el paciente se fusiona con su diagnóstico, su vivencia se empobrece. La figura se rigidiza y pierde contacto con el fondo. La persona deja de percibirse en proceso y se vive como una estructura cerrada, predecible, sin posibilidad de novedad.

La intervención no busca eliminar el diagnóstico, sino flexibilizar la relación con él. Se explora qué función cumplen los síntomas, ¿protegen de algo?, ¿regulan una emoción desbordante?, ¿expresan lo que no ha podido decirse? El síntoma deja de ser un enemigo y se comprende como una organización con sentido dentro del campo.

Al mismo tiempo, se indaga qué necesidades quedaron interrumpidas, afectos no tramitados, vínculos inconclusos, impulsos inhibidos. El síntoma aparece entonces como un intento limitado pero significativo de sostener aquello que no pudo completarse.

El trabajo se orienta al darse cuenta. Así, el paciente deja de verse como diagnóstico y empieza a experimentarse como proceso.

También se amplía la conciencia del campo, la persona se reconoce en relación con su historia y sus vínculos. El diagnóstico puede ser un mapa, pero no el territorio.

El objetivo no es que el paciente deje de tener un diagnóstico, sino que deje de ser definido por él. Que pueda decir “esto me pasa”, comprendiendo para qué le pasa, qué necesita y cómo necesita relacionarse con su experiencia.

La crítica al modelo médico-psiquiátrico no niega el valor del alivio sintomático, pero cuestiona profundamente su reduc...
31/03/2026

La crítica al modelo médico-psiquiátrico no niega el valor del alivio sintomático, pero cuestiona profundamente su reducción del sufrimiento humano a categorías diagnósticas fijas. El síntoma no es un “fallo” que deba eliminarse, sino una expresión significativa del campo organismo-entorno, una forma creativa, aunque a veces incómoda, de autorregulación.

El modelo médico tiende a objetivar al paciente. Lo convierte en portador de un trastorno, desplazando su experiencia vivida a un segundo plano. La TG, devuelve la centralidad a la vivencia presente, al “darse cuenta” (awareness) como vía de transformación. No se trata solo de “qué tienes”, sino de “cómo estás siendo en esto que te ocurre”.

La patologización excesiva puede interrumpir procesos naturales de ajuste creativo. Etiquetas diagnósticas corren el riesgo de cristalizar identidades, rigidizando lo que en esencia es dinámico. La TG propone despatologizar sin banalizar. Comprender el síntoma en su contexto, como una respuesta con sentido dentro de una historia, un cuerpo y un entorno específicos.

Además, el énfasis farmacológico puede favorecer una externalización de la responsabilidad del proceso terapéutico. La TG no excluye la medicación cuando es necesaria, pero advierte que ningún fármaco puede sustituir el contacto auténtico, la responsabilidad personal y el trabajo experiencial.

El modelo psiquiátrico suele fragmentar en mente/cuerpo, sujeto/síntoma, individuo/contexto. La TG trabaja desde una visión holística, donde cada emoción, tensión corporal o bloqueo relacional es parte de una totalidad en interacción constante.

Esta crítica gestáltica no busca reemplazar un modelo por otro, sino ampliar la mirada. Pasar de “corregir lo que está mal” a acompañar el despliegue de lo que busca completarse. Allí donde el modelo médico pregunta “¿qué trastorno es este?”, la Gestalt pregunta es “¿qué necesita ser visto, sentido o expresado aquí y ahora?”.

Hay un vacío que paraliza y otro que da vida. En terapia Gestalt hablamos del paso del vacío estéril al vacío fértil com...
28/03/2026

Hay un vacío que paraliza y otro que da vida. En terapia Gestalt hablamos del paso del vacío estéril al vacío fértil como un momento crucial del desarrollo personal.

El vacío estéril aparece cuando se caen las máscaras, los deberías y las formas conocidas de ser, pero aún no emerge algo nuevo. Es confusioń, un silencio incómodo, una sensación de no saber quién soy sin mis viejas estructuras. Muchas personas intentan salir rápidamente de allí, llenándolo con ruido, relaciones, trabajo o explicaciones. Pero al hacerlo, se pierde la posibilidad de transformación.

Sostener el vacío estéril requiere coraje. Es permanecer sin anestesia frente a lo que no está resuelto. Es tolerar la incertidumbre sin correr a buscar respuestas inmediatas. No se trata de evitarlo sino habitarlo.

Cuando el vacío se sostiene, poco a poco, ese espacio deja de ser un abismo y se convierte en un campo de posibilidades. Aparece el vacío fértil. Ya no es ausencia, sino disponibilidad. No es carencia, sino apertura. Aquí emergen nuevas formas de sentir, de pensar y de actuar, más auténticas, menos condicionadas.

El vacío fértil es el lugar donde el organismo puede autorregularse, donde lo genuino tiene espacio para aparecer. No se fuerza, no se fabrica. Se permite.

Pasar de uno a otro es un proceso. Implica atravesar la incomodidad, renunciar al control y confiar en que algo nuevo puede nacer si dejamos de aferrarnos a lo viejo.

Quizá la pregunta no sea cómo salir del vacío, sino: ¿puedo quedarme lo suficiente como para que algo verdadero emerja?

Los “deberismos” son una de las formas más sutiles de autointerrupción. En terapia Gestalt, estos mandatos internos, exp...
26/03/2026

Los “deberismos” son una de las formas más sutiles de autointerrupción. En terapia Gestalt, estos mandatos internos, expresados como “debo”, “tengo que”, “hay que”, se comprenden como introyecciones. Normas, valores o exigencias que la persona ha incorporado sin asimilarlas. No son elecciones conscientes, sino cargas heredadas que operan como una voz interna que limita la espontaneidad y el contacto auténtico.

Cuando alguien vive dominado por los deberismos, su experiencia se organiza más alrededor de lo que “debería ser” que de lo que efectivamente es. Esto genera una escisión. Por un lado, el organismo con sus necesidades, emociones y deseos; por otro, una estructura normativa que juzga, corrige o reprime esa vivencia y aparece el control, la culpa y la autoexigencia.

El problema no es la existencia de normas en sí, sino la falta de conciencia sobre ellas. El “debería” se vuelve problemático cuando sustituye el darse cuenta. Por ejemplo, una persona puede decir “debería estar bien”, mientras su cuerpo expresa cansancio o tristeza.

El trabajo terapéutico consiste en traer esos deberismos al campo de la conciencia. ¿De dónde viene ese mandato? ¿A quién pertenece esa voz? ¿Qué emoción aparece cuando no se cumple? Estas preguntas permiten diferenciar entre lo propio y lo introyectado. A medida que la persona reconoce sus “debería”, puede transformarlos en elecciones auténticas. Pasar del “tengo que” al “elijo” o incluso al “no quiero”.

Además, en el proceso gestáltico se invita a experimentar corporalmente estos mandatos. Muchas veces, los deberismos se alojan como tensiones crónicas en el cuerpo. Al hacer consciente esta dimensión somática, el mandato deja de ser una abstracción mental y se revela como una experiencia concreta que puede ser explorada, expresada y eventualmente liberada.

Liberarse de los deberismos no implica volverse caótico o irresponsable, sino recuperar la capacidad de responder desde la conciencia y no desde la imposición. Es un movimiento hacia la autenticidad, donde la persona deja de vivir según expectativas externas y comienza a habitar su propia experiencia con mayor presencia y responsabilidad.

25/03/2026

Terapeuta: ¿Qué tipos de casos clínicos te persiguen aún cuando no son de tu especialidad?

La terapia Gestalt, más que un enfoque psicoterapéutico, puede vivirse como una auténtica filosofía de vida. No se limit...
25/03/2026

La terapia Gestalt, más que un enfoque psicoterapéutico, puede vivirse como una auténtica filosofía de vida. No se limita al espacio clínico, sino que propone una manera de estar en el mundo basada en la presencia, la responsabilidad y la conciencia. Desde esta perspectiva, vivir gestálticamente implica habitar el aquí y el ahora, reconociendo que la experiencia solo ocurre en el presente, aunque esté teñida por el pasado o proyectada hacia el futuro.

Uno de sus pilares es el darse cuenta. Una actitud de observación abierta hacia lo que sentimos, pensamos y hacemos. Este acto de conciencia no busca juzgar ni corregir de inmediato, sino comprender. Cuando una persona se permite darse cuenta de sus emociones, de sus tensiones corporales o de sus patrones relacionales, comienza a recuperar partes de sí misma que habían quedado fragmentadas o evitadas.

Asimismo, la Gestalt propone asumir la responsabilidad personal. Esto no significa culparse, sino reconocer el propio poder de elección frente a la vida. En lugar de ubicarse en el lugar de la queja o la victimización, la persona empieza a preguntarse: ¿qué estoy haciendo yo con esto que me ocurre? Esta pregunta abre posibilidades de transformación genuina.

Otro aspecto esencial es la integración. La vida gestáltica invita a dejar de dividir la experiencia en opuestos, mente/cuerpo, razón/emoción, yo/otros, y, en cambio, aprender a sostener la polaridad. En esa integración emerge una sensación de mayor coherencia interna.

También es una filosofía del contacto, con uno mismo, con los otros y con el entorno. Implica aprender a acercarse y retirarse de manera saludable, respetando los propios límites y los del otro. El contacto auténtico transforma, nutre y da sentido.

Vivir la Gestalt es, en última instancia, un camino de autenticidad. Es atreverse a ser quien se es, sin máscaras innecesarias, con la valentía de mostrarse incompleto, cambiante y humano. Es comprender que el crecimiento no es un destino final, sino un proceso continuo de ajuste creativo con la vida.

24/03/2026

Muchas gracias por seguir, compartir y apoyar este proyecto.

40.000 seguidores, en términos de la gran industria de la creación de contenido, puede parecer poco. No es una cifra que deslumbre a los algoritmos ni que garantice viralidad automática. Pero en un plano más silencioso, es un avance enorme. Porque no se trata de números, sino de resonancias.

Que 40.000 personas se detengan a mirar la vida oculta, a nombrar lo que se siente y no se dice, a reconocer aquello que nos habita sin haber sido pensado antes, habla de algo importante y es que lo académico y lo existencial empiezan a ocupar un lugar real en las redes sociales y, más aún, en la vida cotidiana de quienes se dejan tocar por este contenido. No como teoría, sino como experiencia, como pregunta incómoda, como posibilidad de conciencia.

Este espacio se ha ido construyendo desde la sensibilidad, desde el cuerpo, desde lo humano que suele quedar fuera del discurso rápido y superficial. Y que eso encuentre eco, que incomode, movilice y acompañe procesos internos, es quizá el verdadero alcance de lo que aquí ocurre.

Gracias. Porque así crecemos juntos. Ustedes me ayudan a crecer, y yo aporto, desde mi lugar, a la construcción del conocimiento académico, pero también al conocimiento de sí mismos. A poner palabras donde antes había confusión, a legitimar preguntas que no siempre encuentran lugar, a recordar que comprendernos también es una forma profunda de transformar la vida.

En la Terapia Gestalt, el pasado vive y se expresa continuamente en el presente, a través de nuestras sensaciones, emoci...
24/03/2026

En la Terapia Gestalt, el pasado vive y se expresa continuamente en el presente, a través de nuestras sensaciones, emociones, pensamientos y formas de relacionarnos. No recordamos el pasado como un archivo; lo recreamos activamente en cada experiencia actual.

Aquello que no fue plenamente vivido, sentido o integrado, tiende a quedar como una “gestalt inconclusa”. Estas experiencias no resueltas buscan cerrarse, y lo hacen emergiendo en el aquí y ahora, en reacciones intensas, en patrones repetitivos, en vínculos que parecen “tener la misma historia”, aunque cambien las personas. Así, el pasado se actualiza como experiencia viva.

Por ejemplo, una persona que en su historia temprana experimentó abandono, puede no estar pensando conscientemente en ello. Sin embargo, en el presente, puede sentir ansiedad ante la distancia emocional de otro, interpretar señales ambiguas como rechazo, o reaccionar con miedo o control. No es el pasado en sí lo que duele, sino cómo ese pasado se manifiesta ahora.

La TG busca traer al presente la forma en que esa historia se está expresando. ¿Qué sientes ahora? ¿Qué haces con eso que sientes? ¿Cómo interrumpes o evitas esa experiencia? Estas preguntas permiten que la persona tome conciencia de su modo de funcionamiento actual.

Cuando una persona logra reconocer cómo su pasado se actualiza en su experiencia presente, aparece la posibilidad de elegir algo diferente. Ya no se trata de reaccionar automáticamente desde viejos patrones, sino de responder con mayor presencia y libertad.

El pasado no desaparece. Al ser contactado plenamente en el presente, deja de repetirse de manera inconsciente y se convierte en una experiencia integrada. En lugar de determinar la vida, pasa a ser parte de la historia, sin dominar el aquí y ahora.

Sanar no es cambiar el pasado, sino permitir que deje de interferir en la experiencia actual, devolviéndole a la persona su capacidad de vivir con mayor autenticidad, contacto y responsabilidad en el presente.

21/03/2026

En la terapia Gestalt, el cuerpo no es un simple acompañante de la experiencia psicológica; es su escenario vivo, su len...
21/03/2026

En la terapia Gestalt, el cuerpo no es un simple acompañante de la experiencia psicológica; es su escenario vivo, su lenguaje más honesto y su vía más directa hacia la conciencia. Mientras la mente puede elaborar, justificar o evitar, el cuerpo manifiesta. Late, se tensa, se contrae, respira, se agita o se apaga. Y en esas expresiones se revela aquello que muchas veces no logra decirse con palabras.

El enfoque gestáltico comprende al ser humano como una unidad indivisible donde pensamiento, emoción y corporalidad están profundamente interrelacionados. Por eso, atender al cuerpo no es un recurso complementario, sino una puerta de entrada fundamental al darse cuenta. ¿Qué ocurre en tu respiración cuando hablas de ese tema? ¿Dónde sientes esa emoción? ¿Qué postura adopta tu cuerpo en determinados momentos? Estas preguntas no buscan interpretar, sino ampliar la conciencia de la experiencia presente.

El cuerpo guarda memoria. No solo de eventos, sino de formas de relacionarse, de adaptaciones aprendidas, de defensas construidas para sobrevivir. Muchas de estas respuestas se vuelven automáticas y quedan fuera del campo de la conciencia. La terapia Gestalt invita a traerlas al aquí y ahora, a experimentarlas, exagerarlas, sostenerlas o transformarlas, permitiendo que lo implícito se vuelva explícito.

Trabajar con el cuerpo implica reconocer que toda emoción tiene un correlato físico y que, al habitarlo conscientemente, se abre la posibilidad de integración. No se trata de “controlar” el cuerpo, sino de escucharlo, de permitirle expresarse y de restablecer el flujo natural de la autorregulación organísmica.

En este sentido, el cuerpo no miente. Es brújula, es territorio, es historia y es presente. Es el lugar donde la experiencia ocurre y donde también puede transformarse. Volver al cuerpo es volver a uno mismo.

En un campo dominado durante décadas por la clasificación, la etiqueta y la categorización del sufrimiento, la psicologí...
19/03/2026

En un campo dominado durante décadas por la clasificación, la etiqueta y la categorización del sufrimiento, la psicología humanista toma una postura distinta. No parte del diagnóstico como eje central del encuentro terapéutico. Esto no implica negar la existencia del dolor psíquico ni desestimar los aportes de la psicopatología, sino cuestionar el lugar que estos ocupan en la comprensión de la experiencia humana.

Para la psicología humanista, el ser humano no es reducible a un conjunto de síntomas organizados en categorías. El riesgo del diagnóstico rígido es que puede fijar a la persona en una identidad patologizada, empobreciendo su complejidad y limitando la posibilidad de cambio. En lugar de preguntar “¿qué trastorno tiene esta persona?”, el enfoque humanista se orienta hacia “¿qué está viviendo esta persona?” y “¿cómo se relaciona con su experiencia?”.

Los manuales de psicopatología buscan estandarizar criterios, lo cual puede ser útil en contextos clínicos, investigativos o institucionales. Sin embargo, desde una mirada humanista, esta estandarización tiende a descontextualizar la experiencia, separándola de su historia, su cuerpo, sus vínculos y su sentido existencial. El sufrimiento no aparece como un mal interno que debe corregirse, sino como una expresión significativa de algo que necesita ser escuchado, simbolizado, elaborado o completado.

Además, la relación terapéutica en la psicología humanista no se construye desde una posición de experto que diagnostica, sino desde un encuentro horizontal donde la autenticidad, la empatía y la aceptación incondicional son centrales. El terapeuta no “define” al otro, sino que lo acompaña en el proceso de reconocerse y desplegar sus propias posibilidades.

Esto no significa que el diagnóstico esté prohibido o sea inútil, sino que no es el punto de partida ni el núcleo del proceso. La prioridad no es clasificar, sino comprender; no es etiquetar, sino contactar; no es corregir, sino facilitar el desarrollo.

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