05/01/2026
Es un concepto central en la Terapia Gestalt que dice que no somos entidades coherentes y homogéneas, sino campos dinámicos donde conviven fuerzas opuestas. Razón y emoción, control y espontaneidad, rigidez y flexibilidad, fortaleza y vulnerabilidad, dependencia y autonomía no son errores a corregir, sino polaridades necesarias para la autorregulación organísmica.
El conflicto interno no surge porque existan polos opuestos, sino porque uno de ellos es rechazado, negado o vivido como inaceptable. Cuando una polaridad se impone y la otra es excluida, la experiencia se rigidiza. La persona queda atrapada en identificaciones parciales: “yo soy fuerte”, “yo soy racional”, “yo no necesito a nadie”, mientras la polaridad opuesta queda relegada a la sombra, manifestándose de forma sintomática y molesta.
El trabajo no consiste en eliminar uno de los polos ni en buscar un punto medio artificial, sino en ampliar la conciencia para que ambos puedan ser reconocidos, experimentados y puestos en diálogo. A través del darse cuenta, el paciente explora cómo vive cada polaridad en su cuerpo, emociones, pensamientos y acciones. Técnicas como el diálogo de partes, la silla vacía o el trabajo corporal permiten que las polaridades se expresen y se reconozcan mutuamente, favoreciendo una integración viva y no intelectualizada.
Integrar polaridades implica asumir que puedo ser fuerte y frágil, seguro y dudoso, amoroso y enojado, sin perder mi coherencia interna. Esta integración no borra el conflicto, pero lo vuelve creativo, la tensión entre polos se transforma en una fuente de energía disponible para elegir con mayor libertad y responsabilidad.
La persona deja de exigirse encajar en un ideal rígido y comienza a responder de manera más ajustada a las situaciones. Puede poner límites sin endurecerse, cuidar sin sacrificarse, descansar sin culpa y esforzarse sin autoexplotarse. Así, la integración de las polaridades favorece una forma más auténtica y consciente de estar en el mundo.