23/01/2026
Hoy no voy a hablar de medicina funcional ni de medicina del dolor. Hoy siento la necesidad, como médica y como ciudadana, de pronunciarme ante la crisis que atraviesa el sistema de salud en Antioquia y en Colombia. Aunque no se trata de un fenómeno reciente, la magnitud que ha alcanzado es innegable y exige una reflexión honesta.
Esta crisis tiene raíces de más de dos décadas: decisiones estructurales erradas, modelos de financiación frágiles y fallas persistentes en la administración y el control. Durante años, el sistema se sostuvo gracias al compromiso de su talento humano y a un equilibrio que hoy, evidentemente, ya se reventó.
Cuando un sistema de salud colapsa no hablamos de política ni de ideologías, hablamos de personas. Todos podemos llegar a urgencias por una apendicitis, una fractura, un infarto o una complicación inesperada. Todos queremos ser atendidos con oportunidad, calidad y dignidad. Durante mucho tiempo, ese fue un motivo legítimo de orgullo: el sistema de salud colombiano ofrecía mejores tiempos de respuesta y calidad de atención que incluso el de algunos países desarrollados.
Hoy el contexto es otro. A errores acumulados durante años se sumó un deterioro acelerado, agravado en el último periodo de gobierno. Decisiones tomadas —y también omitidas— profundizaron una estructura ya vulnerable.
Esto nos perjudica a todos: a los pacientes, que enfrentarán servicios hacinados, demoras, escasez de insumos y una disminución real en la calidad de la atención; y a los profesionales de la salud, que trabajan fatigados, presionados, mal remunerados y atrapados entre lo que saben que debe hacerse y lo que el sistema les permite hacer.
El sistema de salud es un bien colectivo y no puede quebrar. Exige acciones urgentes del gobierno, pero también conciencia ciudadana: a todos nos interesa y a todos nos afecta. El dolor de quienes hoy sostienen el sistema debe indignarnos.
La crisis ya está aquí. Reconocerla y actuar es el primer paso para evitar un daño mayor.