23/12/2025
VIGÉSIMO TERCER DÍA DE ADVIENTO.
SEGUNDO DE LA CUARTA SEMANA... 🌹✨
Un oficio exigente y sacrificado en los crudos inviernos de las montañas de Palestina, es el de leñador. Debe proveer madera no sólo para el noble oficio de carpintero, sino para las familias que no tenían fácil acceso a madera adecuada. Se tenía que tener y mantener bastante previsión y provisión, ya que el fuego en el hogar era el centro de la mayoría de actividades, no sólo para preparar los alimentos sino para sostener y mantener el calor. Cada leñador sabía entonces la importancia y responsabilidad de su oficio. En algunos casos la sobrevivencia de toda una familia podría depender de su diligencia.
Askenaz, orgulloso leñador, hijo también de leñadores, vivía en un pequeño poblado de las montañas de Palestina. No consideraba sacrificante su labor, pues lo disfrutaba bastante, acostumbrado desde siempre a los rudos trabajos del campo, siendo además muy solícito y servicial. Nació con una dificultad visual que le impedía ver con claridad, pero se valía de un agudo y prodigioso olfato y una gran sensibilidad en sus manos, sentidos con los que podía distinguir fácilmente una madera de otra y recorrer caminos y senderos orientado especialmente por sonidos y olores.
Tenía también otra gran destreza: la de hacer fuego fácilmente frotando con sus grandes y hábiles manos, sencillos palos sobre alguna pequeña viruta de madera que sirviera de yesca. Solía llevar entre sus alforjas lumbre y paja fresca para las emergencias cuando casi toda la madera pudiera estar humedecida.
Al llevar Askenaz un encargo pesado y voluminoso a varias millas de distancia, al llegar a su destino, la familia que había pedido la madera ya no estaba en casa… muy seguramente algo se pudo haber presentado y Askenaz debió regresar con su pesada carga. Lo que no esperaba ni imaginaba era la tormenta de nieve que con la oscuridad al atardecer y su poca visión, haría de su camino de regreso una misión, si no imposible, por lo menos difícil y complicada.
Al poco rato de andar a paso lento por el camino, repentinamente deja de nevar y todo se ilumina por una bella estrella y una hermosa presencia se manifiesta:
-"No te preocupes Askenaz. Soy el Ángel del Señor. Desvía tu camino hacia las montañas siguiendo la estrella que ahora nos alumbra. Tu carga será más liviana"
Y diciendo ésto, desapareció el Ángel del Señor.
Askenaz, en su profunda bondad y humildad, agradeció la celestial presencia, emprendiendo el camino señalado. Su asombro fue mayor al darse cuenta que evidentemente su carga ahora estaba más liviana y él caminaba con más vigor y fortaleza.
En una gruta de las montañas en dónde se estacionó la estrella, Askenaz con su agudo oído escuchó un familiar sonido de madera en fricción. Saciando su curiosidad, llegó hasta una cueva en unas rocas, iluminada ahora por el resplandor de una joven mujer acompañada por un Señor y un b***o. El hombre intentaba hacer fuego con débiles y húmedos palos, teniendo ya maltratadas sus manos de tantos intentos en vano. La mujer, cubría y protegía su vientre por el intenso frío que los embargaba.
Askenaz muy amorosamente se acercó ofreciendo ayuda. De su equipaje desempacó su especial madera seca de la que, con una afilada navaja, extrajo abundante yesca, agregando a la que sacó de sus alforjas y en poco tiempo surgieron pequeñas llamas que abrazaron y prendieron la seca y olorosa leña que ahora compartía. El Santo José y su esposa María, con dulces miradas agradecían.
Ésa noche en la cueva, algo sucedía en Askenaz frente al fuego y a la pareja que socorría: el calor le llegaba directo al alma y al corazón y todo distinto se veía.
Al cabo de un tiempo María y José quedaron profundamente dormidos con el calor de la fogata. Askenaz se dispuso a regresar a casa. Grande fue su sorpresa, cuando al pretender buscar la salida, advertir que todo lograba distinguir hasta en los más mínimos detalles... algo que nunca antes había tenido la dicha de disfrutar. Pudo observar el delicado shemagh azul que cubría la cabeza de la mujer que brillaba resplandeciente, la tersura de su piel y sus delicadas facciones. El aspecto apacible del bondadoso hombre que la acompañaba. Las arañas en el fondo de la roca donde se encontraban y los diversos colores del danzante fuego… no podía estar mas emocionado, pues nunca había visto tanto y tan detalladamente, como en ése instante o desde ése momento...
En gratitud de lo que sentía y percibía Askenaz, dejó a la Santa pareja toda la madera que le quedaba, partiendo alegre y emocionado a su casa, sin saber que también el Niño Jesús que nacería en Belén de Palestina, se calentaba en el vientre de la mujer que descansaba plácidamente bajo el fuego proveído en la cueva en la roca, que luego también calentaría a toda la humanidad: Cristo Jesús... 🌹✨
VIGÉSIMO TERCER DÍA DE ADVIENTO.
SEGUNDO DE LA CUARTA SEMANA... 🌹✨
Un oficio exigente y sacrificado en los crudos inviernos de las montañas de Palestina, es el de leñador. Debe proveer madera no sólo para el noble oficio de carpintero, sino para las familias que no tenían fácil acceso a madera adecuada. Se tenía que tener y mantener bastante previsión y provisión, ya que el fuego en el hogar era el centro de la mayoría de actividades, no sólo para preparar los alimentos sino para sostener y mantener el calor. Cada leñador sabía entonces la importancia y responsabilidad de su oficio. En algunos casos la sobrevivencia de toda una familia podría depender de su diligencia.
Askenaz, orgulloso leñador, hijo también de leñadores, vivía en un pequeño poblado de las montañas de Palestina. No consideraba sacrificante su labor, pues lo disfrutaba bastante, acostumbrado desde siempre a los rudos trabajos del campo, siendo además muy solícito y servicial. Nació con una dificultad visual que le impedía ver con claridad, pero se valía de un agudo y prodigioso olfato y una gran sensibilidad en sus manos, sentidos con los que podía distinguir fácilmente una madera de otra y recorrer caminos y senderos orientado especialmente por sonidos y olores.
Tenía también otra gran destreza: la de hacer fuego fácilmente frotando con sus grandes y hábiles manos, sencillos palos sobre alguna pequeña viruta de madera que sirviera de yesca. Solía llevar entre sus alforjas lumbre y paja fresca para las emergencias cuando casi toda la madera pudiera estar humedecida.
Al llevar Askenaz un encargo pesado y voluminoso a varias millas de distancia, al llegar a su destino, la familia que había pedido la madera ya no estaba en casa… muy seguramente algo se pudo haber presentado y Askenaz debió regresar con su pesada carga. Lo que no esperaba ni imaginaba era la tormenta de nieve que con la oscuridad al atardecer y su poca visión, haría de su camino de regreso una misión, si no imposible, por lo menos difícil y complicada.
Al poco rato de andar a paso lento por el camino, repentinamente deja de nevar y todo se ilumina por una bella estrella y una hermosa presencia se manifiesta:
-"No te preocupes Askenaz. Soy el Ángel del Señor. Desvía tu camino hacia las montañas siguiendo la estrella que ahora nos alumbra. Tu carga será más liviana"
Y diciendo ésto, desapareció el Ángel del Señor.
Askenaz, en su profunda bondad y humildad, agradeció la celestial presencia, emprendiendo el camino señalado. Su asombro fue mayor al darse cuenta que evidentemente su carga ahora estaba más liviana y él caminaba con más vigor y fortaleza.
En una gruta de las montañas en dónde se estacionó la estrella, Askenaz con su agudo oído escuchó un familiar sonido de madera en fricción. Saciando su curiosidad, llegó hasta una cueva en unas rocas, iluminada ahora por el resplandor de una joven mujer acompañada por un Señor y un b***o. El hombre intentaba hacer fuego con débiles y húmedos palos, teniendo ya maltratadas sus manos de tantos intentos en vano. La mujer, cubría y protegía su vientre por el intenso frío que los embargaba.
Askenaz muy amorosamente se acercó ofreciendo ayuda. De su equipaje desempacó su especial madera seca de la que, con una afilada navaja, extrajo abundante yesca, agregando a la que sacó de sus alforjas y en poco tiempo surgieron pequeñas llamas que abrazaron y prendieron la seca y olorosa leña que ahora compartía. El Santo José y su esposa María, con dulces miradas agradecían.
Ésa noche en la cueva, algo sucedía en Askenaz frente al fuego y a la pareja que socorría: el calor le llegaba directo al alma y al corazón y todo distinto se veía.
Al cabo de un tiempo María y José quedaron profundamente dormidos con el calor de la fogata. Askenaz se dispuso a regresar a casa. Grande fue su sorpresa, cuando al pretender buscar la salida, advertir que todo lograba distinguir hasta en los más mínimos detalles... algo que nunca antes había tenido la dicha de disfrutar. Pudo observar el delicado shemagh azul que cubría la cabeza de la mujer que brillaba resplandeciente, la tersura de su piel y sus delicadas facciones. El aspecto apacible del bondadoso hombre que la acompañaba. Las arañas en el fondo de la roca donde se encontraban y los diversos colores del danzante fuego… no podía estar mas emocionado, pues nunca había visto tanto y tan detalladamente, como en ése instante o desde ése momento...
En gratitud de lo que sentía y percibía Askenaz, dejó a la Santa pareja toda la madera que le quedaba, partiendo alegre y emocionado a su casa, sin saber que también el Niño Jesús que nacería en Belén de Palestina, se calentaba en el vientre de la mujer que descansaba plácidamente bajo el fuego proveído en la cueva en la roca, que luego también calentaría a toda la humanidad: Cristo Jesús... 🌹✨