27/04/2026
La gata aparecía cada tarde detrás del mercado, flaquita, silenciosa, con el pelo sucio y los ojos atentos. Los vendedores ya la habían visto muchas veces. Pensaban que solo venía por comida, como tantos otros animales de la calle.
Pero había algo raro en ella.
Cuando encontraba un pedazo de pollo, un poco de arroz o aunque fuera una migaja, no se lo comía ahí mismo. Lo agarraba con cuidado y salía corriendo entre cajas viejas, bolsas rotas y paredes húmedas, como si alguien la estuviera esperando.
Un vendedor empezó a fijarse.
Al principio fue curiosidad. Luego... no sé, algo en su apuro le apretó el pecho.
Esa noche decidió seguirla.
La gata cruzó el callejón, se metió por un huequito entre maderas y llegó hasta una caja de cartón casi deshecha. Dentro estaban sus dos crías, pegadas una a la otra, temblando de hambre. Y ella, apenas llegó, dejó la comida frente a ellos. No probó nada. Ni un bocado.
Solo se quedó mirándolos comer.
El hombre se quedó inmóvil. Porque de pronto entendió todo. Aquella gatita no regresaba cada día por ella. Regresaba por sus bebés.
A la mañana siguiente llevó comida, agua y una manta vieja. Después volvió con una transportadora.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, la gata comió sin miedo.
Y sus pequeños durmieron calentitos, con la barriga llena.
A veces, una madre no necesita palabras para decir lo que siente. Se nota en lo que deja de lado... para que a sus hijos no les falte nada.