09/05/2026
*EL PERDÓN A LOS PADRES*
*-Cuando la herida deja de sangrar y empieza a iluminar.*
Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 114
Alguien me pidió que escribiera sobre el perdón hacia nuestros padres.
Cómo reconciliarnos con aquellos recuerdos en los que el amor se mezcló con el dolor? Cómo transformar esas huellas que aún arden en silencio?
Hay una frase que resuena con fuerza en la historia humana:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27:46; Marcos 15:34).
Más allá de su dimensión teológica, esta expresión puede leerse como el eco más profundo del desamparo humano. En ella, Jesús no habla desde la divinidad, sino desde la herida: la soledad, el abandono, la fragilidad extrema. Es, de cierto modo, la voz de cualquiera que alguna vez se sintió abandonado.
Existe un hecho casi universal: para un niño, sus padres lo son todo. Son figuras poderosas, casi sagradas, fuente de vida, de normas, de sentido. El niño no solo los ama: también quiere parecerse a ellos.
Pero ningún “dios” humano está libre de grietas.
Llega un momento —muchas veces en la adolescencia— en que esas grietas se hacen visibles. El joven descubre que sus padres no son perfectos, que también fallan, que a veces hieren. No es solo decepción: es una sacudida en la propia identidad. Si ellos no eran lo que yo creía, ¿entonces qué soy yo?
Paradójicamente, esa caída del ideal es parte del crecimiento. Es el fin del paraíso infantil. A partir de ahí, la vida se revela en su complejidad: con luces y sombras, con amor y error entrelazados.
Hermann Hesse lo retrata con delicadeza en Demian : un niño que, al descubrir la mentira y la culpa, siente nostalgia por un mundo anterior donde todo parecía limpio y luminoso. Esa nostalgia, en el fondo, es el duelo por la inocencia perdida.
Sin embargo, no todas las infancias parten de un paraíso.
Hay historias donde el dolor no fue una excepción, sino el clima habitual: discusiones constantes, adicciones, ausencias, infidelidades, angustias económicas, carencia de afecto. Entonces, la frase de abandono deja de ser metáfora y se vuelve experiencia vivida.
Muchos de esos niños crecen y, con el tiempo, transforman su herida en fortaleza. La resiliencia los vuelve sensibles, profundos, incluso sabios. Otros, en cambio, cargan con cicatrices que se expresan en ansiedad, depresión o dificultades para vincularse.
Sea cual sea el desenlace: esa historia necesita ser comprendida, elaborada, resignificada. Porque lo que no se nombra, se repite; y lo que se comprende, comienza a sanar.
Sabemos hoy que estas vivencias dejan huella en el cerebro: el hipocampo guarda la memoria de lo ocurrido, mientras la amígdala conserva la carga emocional. No es solo recuerdo: es experiencia viva que se reactiva.
Por eso, sanar implica también narrar.
Facundo Cabral lo decía con su sencillez luminosa: “Ve donde tu padre y arregla tu problema”. Cuando es posible, el encuentro y la palabra directa pueden abrir caminos inesperados.
Pero cuando no lo es —porque ya no están, o porque el vínculo no lo permite— queda otra vía igualmente poderosa: reescribir la historia. Contarla una y otra vez, hasta que deje de ser herida muda y se vuelva palabra. Transformarla en relato, en poema, en música. Compartirla.
En ese proceso, algo cambia: la emoción intensa se va aquietando. La rabia se vuelve comprensión, el dolor encuentra cauce, la memoria deja de sangrar.
Y entonces, casi sin darnos cuenta, el perdón empieza a asomarse.
No como un acto forzado, ni como olvido, sino como una forma de descanso interior. A veces llega cuando nos convertimos en padres y comprendemos, desde dentro, lo difícil que es no equivocarse. Otras veces, aparece cuando la vida nos regala nuevas figuras: personas que, sin reemplazar a nadie, encarnan cuidado, guía, presencia. Nuevos “padres” elegidos.
Recuerdo una escena personal. Presentaba uno de mis libros, ya mi lado estaba un colega mayor, alguien que la vida puso en mi camino con generosidad inesperada. En medio del evento, dije al público:
"Hace muchos años murió mi padre. Hoy, a mi lado, está sentado otro padre. Gracias a su apoyo, este libro existe. Y, de alguna manera, escribirlo me ha permitido exorcizar mis viejos fantasmas".
Quizás de eso se trata el perdón: no de borrar el pasado, sino de darle un nuevo lugar. De reconocer la herida, pero también la posibilidad de transformarla en algo que, en lugar de encadenarnos, nos hagamos más humanos.
Dr. Lucio David González. MD. Mr.
Psiquiatra. Psicoterapeuta
Tels. (+57) 315 570 6594 - 3183244386