David González. Psiquiatra

David González. Psiquiatra tratamientos psiquiátricos, psicoterapia y psicoanálisis

*EL PERDÓN A LOS PADRES**-Cuando la herida deja de sangrar y empieza a iluminar.*Para mis apreciados lectores. Psicoentr...
09/05/2026

*EL PERDÓN A LOS PADRES*
*-Cuando la herida deja de sangrar y empieza a iluminar.*

Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 114

Alguien me pidió que escribiera sobre el perdón hacia nuestros padres.
Cómo reconciliarnos con aquellos recuerdos en los que el amor se mezcló con el dolor? Cómo transformar esas huellas que aún arden en silencio?

Hay una frase que resuena con fuerza en la historia humana:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27:46; Marcos 15:34).

Más allá de su dimensión teológica, esta expresión puede leerse como el eco más profundo del desamparo humano. En ella, Jesús no habla desde la divinidad, sino desde la herida: la soledad, el abandono, la fragilidad extrema. Es, de cierto modo, la voz de cualquiera que alguna vez se sintió abandonado.

Existe un hecho casi universal: para un niño, sus padres lo son todo. Son figuras poderosas, casi sagradas, fuente de vida, de normas, de sentido. El niño no solo los ama: también quiere parecerse a ellos.

Pero ningún “dios” humano está libre de grietas.

Llega un momento —muchas veces en la adolescencia— en que esas grietas se hacen visibles. El joven descubre que sus padres no son perfectos, que también fallan, que a veces hieren. No es solo decepción: es una sacudida en la propia identidad. Si ellos no eran lo que yo creía, ¿entonces qué soy yo?

Paradójicamente, esa caída del ideal es parte del crecimiento. Es el fin del paraíso infantil. A partir de ahí, la vida se revela en su complejidad: con luces y sombras, con amor y error entrelazados.

Hermann Hesse lo retrata con delicadeza en Demian : un niño que, al descubrir la mentira y la culpa, siente nostalgia por un mundo anterior donde todo parecía limpio y luminoso. Esa nostalgia, en el fondo, es el duelo por la inocencia perdida.

Sin embargo, no todas las infancias parten de un paraíso.

Hay historias donde el dolor no fue una excepción, sino el clima habitual: discusiones constantes, adicciones, ausencias, infidelidades, angustias económicas, carencia de afecto. Entonces, la frase de abandono deja de ser metáfora y se vuelve experiencia vivida.

Muchos de esos niños crecen y, con el tiempo, transforman su herida en fortaleza. La resiliencia los vuelve sensibles, profundos, incluso sabios. Otros, en cambio, cargan con cicatrices que se expresan en ansiedad, depresión o dificultades para vincularse.

Sea cual sea el desenlace: esa historia necesita ser comprendida, elaborada, resignificada. Porque lo que no se nombra, se repite; y lo que se comprende, comienza a sanar.

Sabemos hoy que estas vivencias dejan huella en el cerebro: el hipocampo guarda la memoria de lo ocurrido, mientras la amígdala conserva la carga emocional. No es solo recuerdo: es experiencia viva que se reactiva.

Por eso, sanar implica también narrar.

Facundo Cabral lo decía con su sencillez luminosa: “Ve donde tu padre y arregla tu problema”. Cuando es posible, el encuentro y la palabra directa pueden abrir caminos inesperados.

Pero cuando no lo es —porque ya no están, o porque el vínculo no lo permite— queda otra vía igualmente poderosa: reescribir la historia. Contarla una y otra vez, hasta que deje de ser herida muda y se vuelva palabra. Transformarla en relato, en poema, en música. Compartirla.

En ese proceso, algo cambia: la emoción intensa se va aquietando. La rabia se vuelve comprensión, el dolor encuentra cauce, la memoria deja de sangrar.

Y entonces, casi sin darnos cuenta, el perdón empieza a asomarse.

No como un acto forzado, ni como olvido, sino como una forma de descanso interior. A veces llega cuando nos convertimos en padres y comprendemos, desde dentro, lo difícil que es no equivocarse. Otras veces, aparece cuando la vida nos regala nuevas figuras: personas que, sin reemplazar a nadie, encarnan cuidado, guía, presencia. Nuevos “padres” elegidos.

Recuerdo una escena personal. Presentaba uno de mis libros, ya mi lado estaba un colega mayor, alguien que la vida puso en mi camino con generosidad inesperada. En medio del evento, dije al público:

"Hace muchos años murió mi padre. Hoy, a mi lado, está sentado otro padre. Gracias a su apoyo, este libro existe. Y, de alguna manera, escribirlo me ha permitido exorcizar mis viejos fantasmas".

Quizás de eso se trata el perdón: no de borrar el pasado, sino de darle un nuevo lugar. De reconocer la herida, pero también la posibilidad de transformarla en algo que, en lugar de encadenarnos, nos hagamos más humanos.

Dr. Lucio David González. MD. Mr.
Psiquiatra. Psicoterapeuta
Tels. (+57) 315 570 6594 - 3183244386

07/05/2026

La ansiedad, algunas veces es un don. Hay que optimisarla

*LA MEMORIA DE LA ETERNIDAD*Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 113.Tu puedes recordar el pasado y anticipar ...
02/05/2026

*LA MEMORIA DE LA ETERNIDAD*
Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 113.

Tu puedes recordar el pasado y anticipar tu futuro gracias a que tienes unas tablillas en el cerebro donde puedes esculpir palabras.

Fue entonces cuando el cerebro se convirtió en un lugar donde se escribe.

Desde ese momento, nuestros mu***os dejaron de desaparecer del todo.
Comenzaron a reaparecer una y otra vez: en los recuerdos, en las esquinas de la vida, en los instantes de dificultad.

Así, tanto el dolor como la alegría se prolongaron.

Guardamos a nuestros mu***os en la memoria consciente como si estuvieran tallados en piedra, disponibles para ser convocados. ¿Quién no ha soñado que el familiar mu**to reaparece en sueños generándonos angustia o alegría?

La mente, para aliviar el dolor, crea narracionees. No importa del todo si son verificables; importa que otorguen sentido.
Y cada vez que las recordamos, las reescribimos.

Como los cantores prehoméricos que, antes de la escritura, transmitían mitos y hazañas épicas —modificándolos con cada canto—, así también cada recuerdo es una nueva versión del pasado: una narración que se ajusta al presente y resignifica la existencia.

Los animales, desde luego, poseen memoria, especialmente emocional. Aprenden de la experiencia y ajustan su conducta. Sin embargo, no construyen relaciones simbólicas complejas ni proyectan el futuro como lo hace el ser humano.

Imaginemos un tigre que se acerca a un arroyo a beber agua y, de pronto, casi es atacado por un cocodrilo. El susto es intenso, vital.

La experiencia no se pierde: queda inscrita en su sistema nervioso. La amígdala, activada por el miedo, participa en la codificación de esa amenaza, mientras el contexto se asocia en otros circuitos de memoria.

Al día siguiente, el tigre vuelve a sentirse sed. Pero si regresa al mismo lugar, algo se activa en él.
No recuerda la escena como una historia. No hay relación.
Y, sin embargo, su cuerpo sabe: se detiene, se tensa, retrocede.

Algo le advierte.

Es la memoria emocional operando antes que cualquier pensamiento elaborado.
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando en el ser humano se altera la “tablilla” de los recuerdos conscientes?

El paciente HM, estudiado en profundidad por la neurociencia (Scoville, Milner; y más tarde Antonio Damasio y Joseph LeDoux en el marco de la memoria y la emoción), perdió la capacidad de formar nuevos recuerdos conscientes tras la extirpación del hipocampo. Sin embargo, conservó la memoria emocional.

Un médico podía entrar, saludarlo y conversar. Minutos después, al regresar, el paciente no lo reconocía. Esto podía repetirse indefinidamente.

Pero si en algún encuentro el médico le causaba una leve molestia —por ejemplo, con un objeto punzante oculto en la mano—, algo cambiaba.
La siguiente vez, el paciente no recordaría el episodio… pero evitaría darle la mano.

Si se le preguntaba por qué, respondía: “no quiero” o “no me gusta”.
No sabía la razón, pero su cuerpo sí.

De manera simplificada: el hipocampo permite esculpir los recuerdos conscientes; la amígdala imprime la huella emocional.
No son sistemas aislados, pero cumplen funciones distintas.

Y entonces ocurre algo profundamente humano: necesitamos hacer algo con ese dolor inscrito en los pergaminos de la mente.

Surgen los rituales. Los cementerios. Las oraciones.
No son solo actos culturales: son formas de releer el texto de la ausencia para que no se borre.

Al recordar, sufrimos.
Y al sufrir, imaginamos.

Creer no es simplemente una ilusión: es una construcción de sentido arraigada en la memoria.
Nuestros seres queridos continúan en nosotros, inscritos en nuestros propios relatos. Así nos sostenemos frente a la ausencia.

La muerte deja de ser un final absoluto y se transforma, simbólicamente, en un nuevo comienzo.

En contraste, los animales no humanos parecen habitar más estrechamente el presente.

La historia de Hachiko lo ilustra con una fidelidad conmovedora: el perro que, durante años, espera a su dueño en la estación del tren incluso después de su muerte.
No parece elaborar la pérdida como una relación humana. Permanece en una espera sostenida por la memoria emocional y la rutina.

Por eso puede decirse, con cautela, que los animales habitan un presente continuo: no como una práctica consciente, sino como un límite cognitivo.

Curiosamente, cuando el ser humano medita y aquieta el flujo de pensamientos, intenta aliviar el peso de esa memoria narrativa, como si por un instante cerrara los rollos de su propia historia. No regresa a un estado “animal”, pero sí se libera parcialmente del tiempo psicológico.

Finalmente, así como el cerebro conserva la memoria individual, la cultura ha creado sus propios soportes de memoria: piedras, papiros, pergaminos, libros y, hoy, la inteligencia artificial.

La humanidad, como el cerebro, necesita recordar.

La memoria —biológica o cultural— es el hilo que une nuestra experiencia del tiempo, nuestra conciencia de la muerte y nuestra necesidad de imaginar la eternidad.

Es, en última instancia, una forma de resistir al olvido… y de triunfar sobre el dolor.

Dr. Lucio David González.
Psiquiatra. Master Psicoanálisis
Tels. (+57) 315 570 6594 - 3183244386

*UN PAJARITO HA MU**TO: -la herida que aprende a amar-*Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 112.Hay recuerdos ...
25/04/2026

*UN PAJARITO HA MU**TO: -la herida que aprende a amar-*

Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 112.

Hay recuerdos que no se quedan en el pasado.
No envejecen.
No se desgastan.
Siguen ocurriendo, de algún modo, dentro de nosotros.

Un adulto me cuenta que siendo niño la mama le construyo un molinillo de viento que le pedían en el colegio. Él lo llevo al colegio y estando allá la lluvia lo destruyó. Sintió que le había partido el corazón a su madre.

Minutos después relata que caminando con su madre encontraron un pajarito herido en la calle. Lo llevaron a casa y trataron de alimentarlo. Al día siguiente él lo cogió y lo bañó, pero ya estaba mu**to. Pensó que lo había matado. Al relatar esto, a pesar de ser ya un adulto, no pudo contener sus lágrimas.

Años después, su vida afectiva parece seguir un patrón.
Sus parejas tienen algo en común: están heridas. Historias difíciles, dolores abiertos, fragilidades que no siempre se ven a simple vista.

Y él, en cada relación, ocupa el mismo lugar.
El que cuida.
El que sostiene.
El que intenta salvar.
Existe una necesidad silenciosa de reparar. Como si, de algún modo, la historia aún no hubiera terminado.

Aquí surge una pregunta inevitable: ¿Todo comenzó con ese molinillo… con ese pajarito?
Antes de esas escenas, probablemente ya existía un terreno emocional.
No necesariamente un trauma evidente o un hecho dramático. Más bien, un clima, .
un entorno donde el vínculo es importante, pero frágil:

“¿El otro es estable?”
“¿Depende de mí?”
“¿Puedo fallar sin perder el amor?”

Imaginemos un escenario frecuente:

Una madre amorosa, pero emocionalmente vulnerable.
Momentos de cercanía intensa, pero también de tristeza, cansancio o tensión. Nada extremo. Nada que desde afuera parezca problemático.
Pero el niño percibe que cuando el otro está bien, todo está bien.
Y que cuando el otro se quiebra, algo se desordena.

Y entonces aprende, sin palabras:
“Tengo que hacerlo bien.”
“No debo fallar”.
“Lo que hago afecta a quien amo”.

En ese contexto, el molinillo no es solo un objeto.
Es una prueba.
Y cuando se daña, no se rompe solo el cartón.
Se confirma una sensación más profunda:

“Lo que me dan con amor… puedo arruinarlo.”

Luego aparece el pajarito.
Y el niño, que ya siente que debe cuidar, actúa. Intenta ayudar. Pero el desenlace es la muerte.

“Fui yo.”

El niño que sintió que dañaba…
se convierte en el adulto que intenta reparar.

Busca, sin saberlo, lo que necesita ser salvado.
Se queda donde hay dolor.
Confunde amor con responsabilidad.

Pero hay algo que describió Alfred Adler y lo llamó compensación.
La vida, sin que la persona lo advierta, se organiza alrededor de esa herida.
Esa herida también lo hizo sensato.
Le enseñó a percibir el dolor ajeno.
A leer lo que otros no dicen.
A acercarse cuando otros se alejan.

Ahí hay un valor.

El problema aparece cuando esa sensibilidad no tiene límites, y se transforma en autosacrificio, en sobrecarga, en una vida vivida para reparar lo que no le corresponde.

El trabajo terapéutico no consiste en borrar estas escenas.
Consiste en mirarlas de otra manera.
Entender que ese niño no destruyó: intentó cuidar con lo que tenía.

Que el amor no era tan frágil como parecía.
Que no todo depende de él.
Que no todo lo herido puede —ni debe— ser salvado.

Poco a poco, algo cambia.

La culpa se afloja.
La historia se reescribe.
El pasado deja de repetirse como destino.

Quizás todos tenemos, en algún lugar de nuestra historia, un momento así.
Algo pequeño... que se volvió grande.
Algo que no entendimos… y que seguimos intentando resolver.

Un “pajarito mu**to” que aparece, una y otra vez, en nuestras elecciones.

Pero cuando esa historia se comprende, deja de empujar desde la sombra.

Y entonces ocurre algo sencillo, pero profundo:

el amor deja de ser una tarea de reparación…
y empieza, por fin, a ser un encuentro entre dos.

Dr. Lucio David González
Psiquiatra- Master Psicoanálisis.
Tels. 8+57) 3155706594 - 3183244386

20/04/2026

La psicoterapia profunda tiene : contención, interpretación y creatividad

*UNA MIRADA A LA ANSIEDAD SIN TRAUMA**-afinar el instrumento-*Para mis apreciados lectores. Reflexión Psiquiátrica No. 1...
18/04/2026

*UNA MIRADA A LA ANSIEDAD SIN TRAUMA*
*-afinar el instrumento-*
Para mis apreciados lectores. Reflexión Psiquiátrica No. 111

Hay personas cuya vida, vista desde afuera, parece ordenada, suficiente, incluso serena. No hay heridas evidentes, no hay relatos de catástrofes que expliquen lo que ocurre en su interior. Y sin embargo, algo tiembla. Una inquietud persistente, una inseguridad difícil de nombrar, un temor desproporcionado ante situaciones tan humanas como hablar en público o exponerse al juicio de otros.

Durante mucho tiempo, hemos intentado entender este fenómeno buscando un origen oculto, una grieta en el pasado, un trauma silente que justifique el malestar presente. Pero quizá esa búsqueda, aunque a veces necesaria, no siempre es la más honesta. Tal vez, en algunos casos, no estamos frente a una herida… sino frente a una sensibilidad.

Porque la ansiedad, en estos individuos, no necesariamente es el eco de un pasado roto. Puede ser, más bien, la expresión de un sistema de alerta que funciona —paradójicamente— demasiado bien.

Se trata de mentes que anticipan, que escanean el entorno con una precisión casi quirúrgica, que detectan matices donde otros ven normalidad. Hay en ellas una forma de inteligencia particular: una capacidad para prever escenarios, para leer gestos, para prepararse.

Pero esa misma virtud, sin regulación, se vuelve carga. Lo que podría ser intuición se convierte en hipervigilancia; lo que podría ser responsabilidad, en exigencia implacable.

El problema, entonces, no es la existencia de la alarma, sino su falta de calibración.
El cuerpo reacciona como si hubiera peligro real donde solo hay exposición emocional. El corazón se acelera, la mente se anticipa al fracaso, el yo se observa a sí mismo con una lupa implacable. Y así, la experiencia se distorsiona: no se vive el momento, se evalúa; no se actúa, se controla; no se está, se teme.

Pero hay algo profundamente esperanzador en esta comprensión. Si no estamos ante una fractura, sino ante un sistema sobre-activado, entonces el camino no es reconstruir desde las ruinas, sino afinar el instrumento.

Optimizar ese “don inquieto” implica, en primer lugar, cambiar la relación con la ansiedad. Dejar de verla como enemiga y empezar a reconocerla como señal —a veces exagerada, sí—, pero no necesariamente equivocada en su intención. La ansiedad no busca destruir; busca proteger, aunque lo haga de forma torpe o desmedida.

Implica también aprender a discriminar. No todo lo que incomoda es peligroso. No todo lo que activa merece evitación. Hay un arte en enseñarle al sistema nervioso que ciertas experiencias —aunque intensas— no son dañinas. Y ese aprendizaje no ocurre en la teoría, sino en la experiencia repetida, en el enfrentamiento gradual con aquello que se teme.

Finalmente, supone revisar la voz interna. Porque muchas de estas personas no solo sienten ansiedad: se hablan desde ella. Se anticipan al error, se juzgan antes de actuar, se exigen más de lo humano. Y ese diálogo constante alimenta el circuito de alerta, lo perpetúa, lo intensifica.

Cuando ese proceso comienza a transformarse, ocurre algo interesante: la ansiedad no desaparece, pero cambia de forma. Se vuelve más precisa, más funcional, menos invasiva. Y entonces, aquello que antes limitaba empieza, sutilmente, a potenciar.

La persona ya no deja de sentir, pero aprende a no sobre-rreaccionar. Ya no evita, pero elige. Ya no se paraliza, pero se prepara. Y en ese tránsito, descubre algo que no siempre se dice: que dentro de su inquietud había también una forma de lucidez.

Quizá, al final, no se trataba de apagar la alarma.
Sino de enseñarle a sonar… solo cuando realmente hace falta.

Dr. Lucio David González
Psiquiatra. Master Psicoanálisis
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15/04/2026

El poder de la palabra. La palabra cura. Psicoterapia

*CHARLAS CON CARONTE**-Un recorrido por la vida interior-*Para mis apreciados lectores. Refloexion Psiquiátrica No. 110....
11/04/2026

*CHARLAS CON CARONTE*
*-Un recorrido por la vida interior-*

Para mis apreciados lectores. Refloexion Psiquiátrica No. 110.

En el transcurrir de la vida psíquica, el ser humano no solo envejece: se transforma.
Aquello que en la infancia se vivía como límite —incluso como imposibilidad—, con los años se resignifica hasta volverse, a veces, motivo de una sonrisa.

No es el mundo el que cambia en esencia, sino la manera en que lo habitamos.

La experiencia introduce una paradoja silenciosa: nos volvemos más prudentes, pero también más dispuestos al riesgo.

Ya no es el miedo el que guía nuestras decisiones, sino la comprensión. Y es precisamente esa comprensión la que nos permite atrevernos de nuevo.

Aparecen entonces posibilidades que habían permanecido dormidas: aprender, crear, intentar lo que antes parecía inaccesible. El arte, el conocimiento, incluso la sensibilidad, dejan de ser territorios lejanos para convertirse en espacios habitables.

El tiempo no solo desgasta: también ordena.
El paso se vuelve más pausado, pero más firme. Como el elefante, ya no necesitamos la prisa para avanzar; nos basta con la constancia.

Algo similar ocurre con la fuerza.
En la juventud, la acción suele ser impulso; con los años, se vuelve elección. Como el león, aprendemos a no correr innecesariamente: esperamos, observamos, actuamos cuando es preciso… y luego descansamos.

Frente a las dificultades, el aparato psíquico también madura.
Problemas que antes parecían absolutos comienzan a abrirse en caminos posibles. El dolor no desaparece, pero se vuelve transitable. La carga se reorganiza, y donde antes había peso, empiezan a aparecer pequeñas luces.

En ese proceso, descubrimos algo esencial: cada ser humano habita su propio mundo.
Sus creencias, sus símbolos, sus formas de explicar la realidad —por extrañas que parezcan— cumplen una función: sostener su equilibrio interno.

Por eso, lo material, y lo imaginario dejan de ser opuestos irreconciliables. Todo forma parte del mismo intento humano por dar sentido a la existencia.

Escuchar al otro, entonces, es mucho más que oírlo.
Es atreverse a entrar, por un instante, en su lógica. Allí donde vemos incoherencia, puede haber una estructura íntima intentando sostenerse.

Los niños lo muestran con claridad.
Hablan con amigos invisibles, crean mundos, dan vida a lo que no vemos. No es un error del pensamiento: es una mente abierta, aún no limitada por la rigidez de lo “posible”.

El adulto pierde parte de esa apertura, pero gana en integración.
Y si se lo permite, puede recuperar algo de esa sensibilidad sin renunciar a la lucidez.

Por eso, a veces, lo más profundo se encuentra en lo más simple:
abrazar un árbol, acariciar un animal, sentir el aire en la piel.
No es ingenuidad. Es una forma de volver a uno mismo.

Pero todo este recorrido tiene un límite.

La muerte no es solo un hecho biológico; es el horizonte que acompaña silenciosamente toda la vida.
Caronte —figura antigua y persistente— representa ese tránsito inevitable hacia lo desconocido.

Después de años intentando comprender, ordenar y dar sentido, el ser humano se encuentra frente a aquello que no puede terminar de explicar.

Y, sin embargo, la mente no se rinde.
Imagina un viaje, un paso, una continuidad.

Tal vez no para negar la muerte,
sino para poder mirarla… sin dejar de ser humano.

Dr. Lucio David González
Psiquiatra. Master Psicoanálisis
Tels.: 3155706594 - 3183244386

07/04/2026

El Silencio. Una herramienta psicológica superior. Escucha interna

*Cuando RESISTIR es un acto psíquico.*Para mis apreciados lectores. Reflexión Psiquiátrica No. 109La rabia no siempre es...
28/03/2026

*Cuando RESISTIR es un acto psíquico.*

Para mis apreciados lectores. Reflexión Psiquiátrica No. 109

La rabia no siempre es un desorden. A veces es la última forma de lucidez que le queda a la conciencia para no volverse indiferente.

Hoy esa rabia aparece frente a un fenómeno que trasciende lo político y se instala en lo humano: la asfixia deliberada de un pueblo. No es solo un conflicto entre gobiernos, ni una disputa ideológica. Es, en su forma más desnuda, la experiencia prolongada de un cuerpo social sometido a presión, a escasez, a incertidumbre sostenida. Y eso, desde la psiquiatría, tiene nombre: *estrés crónico colectivo.*

Cuando a una sociedad se le restringen los recursos básicos, no solo se compromete su economía; se altera su tejido psíquico. La mente humana, individual y colectiva, necesita previsibilidad para sostener la esperanza. Cuando esa previsibilidad desaparece, emergen la ansiedad, la frustración, el desgaste emocional. Pero no todo deriva en colapso. Hay algo más que también puede surgir: la *resistencia* .

Hay pueblos que, frente a la presión, no se fragmentan: se reorganizan. No porque no sientan el peso de la escasez, sino porque desarrollan mecanismos internos que amortiguan la caída. La identidad colectiva, la memoria histórica, la narrativa compartida de lucha, funcionan como factores protectores. En términos clínicos, podríamos decir que se trata de una forma de *resiliencia cultural estructurada.*

Resistir, en estos casos, es un acto psíquico.

Es una madre que, aun con dificultades, intenta que su hijo no pierda la esperanza. Es un joven que, aunque el horizonte parezca cerrado, busca sentido en lo que hace. Es la gente que, a pesar del desgaste, decide no volverse indiferente ni perder su forma de vivir.

Porque cuando las decisiones la toman, los poderosos, lejos de donde ocurre el sufrimiento, pasa algo peligroso: se pierde el contacto con la realidad humana. El dolor, entonces, deja de tener rostro, nombre, historia. Se vuelve número. Se vuelve informe. Se vuelve discurso.

Y lo que en la vida real es hambre, angustia o incertidumbre, en los escritorios se traduce en “medidas”, “presiones” o “estrategias”. Pero entre esas palabras y la vida cotidiana hay un abismo.

Una madre que no puede alimentar bien a su hijo no es una estadística. Es una persona enfrentando, día tras día, una impotencia que desgasta. Un niño que crece en carencias no es una variable política. Es una vida que se está formando en medio de límites que no eligió. Y un pueblo entero no es una ficha que se mueve en un tablero: es gente concreta, con historias, afectos y dignidad.

Desde la psiquiatría, la capacidad de reconocer al otro como humano —con hambre, con miedo, con dignidad— es un pilar de la salud psíquica colectiva. Cuando esa capacidad se pierde, no solo se daña al oprimido; también se deteriora la estructura moral de quien ejerce la presión.

Y cuando esa capacidad se pierde, ya no estamos solo ante un problema político. Estamos ante un problema ético.

Frente a esto, la rabia inicial necesita transformarse. Si se queda en descarga, se agota. Si se organiza, puede convertirse en conciencia.

Resistir entonces ya no es solo aguantar. Es cuidar algo por dentro que no se deja aplastar: la dignidad y la identidad

Y hay pueblos que, incluso cuando todo escasea, se niegan a perder eso.

Y mientras eso ocurra, mientras exista esa negativa íntima a rendirse en lo esencial, ninguna forma de asfixia será completa. Porque el cuerpo puede ser limitado, pero la estructura profunda de lo humano -cuando se sostiene- sigue siendo, incluso en la escasez, un acto de afirmación.

Dr. Lucio David González .
Psiquiatra. Psicoterapeuta
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25/03/2026

La personalidad es el acúmulo de otros en uno. Debemos Integrarla

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