31/01/2026
FALLECIMIENTO DE LA TERNURA
Para mis apreciados lectores. Reflexión psiquiátrica No. 99.
Existe hoy un intento global por recuperar la ternura. Se multiplican los discursos que afirman que los animales son seres sintientes, que quizá los árboles también sienten. Hay una preocupación creciente por ofrecer a los niños una vida mejor: más naturaleza, más estímulos, más cuidado, más amor.
Sin embargo, algo esencial parece haberse extraviado.
Hace poco vi una película llamada Sandokán, inspirada en las aventuras de un pirata indonesio y sus enfrentamientos con el ejército de la realeza británica. Entre batallas, conquistas y traiciones, aparece la figura de la hija del cónsul inglés, una joven que habita una isla de Indonesia.
Esta mujer —bella, silenciosa, contenida— es cortejada por tres hombres. Un rey le ofrece joyas preciosas. Un capitán inglés le regala una pulsera de esmeraldas. Finalmente, el pirata no le entrega objetos: la invita a bailar y la sorprende con su presencia.
Lo revelador del relato es que las guerras, las peleas y las conquistas no giran solo en torno al poder, sino al deseo de conquistar su amor. Ella introduce en la historia algo que desarma: dulzura. No necesita largos discursos, ni fuerza bruta, ni demostrar productividad. Su sola presencia aquieta, ordena, humaniza. Es un jardín en medio de la violencia.
Esta mujer simboliza algo profundamente humano: la ternura, la paz, la tranquilidad, la voz que calma. No construye barcos ni forja espadas ni conquista reinos. Su función es otra: sostener la ansiedad de los hombres, suavizar la guerra, proteger incluso a los caídos, aun cuando ello signifique oponerse a su propio padre.
Al terminar la película, la pregunta surge inevitable:
¿Dónde está hoy esa mujer?
¿Dónde están esos ojos que impulsaban al hombre a luchar sin volverse brutal?
¿Dónde las manos que calmaban el desespero del arrogante?
¿Dónde la voz que convertía la casa en primavera?
Lo que hoy vemos son representaciones de mujeres endurecidas, musculadas, convertidas en competidoras permanentes. Mujeres obligadas a rendir, producir, disputar, negar el deseo de maternar o delegarlo por completo. Al mismo tiempo, vemos la desaparición de la gran familia: núcleos fragmentados, alienados en la urgencia del dinero, intercambiando tiempo —lo único irrecuperable— por una igualdad medida solo en ingresos.
Durante siglos existió una división simbólica de funciones: el hombre transformaba la tierra; la mujer contenía la angustia de quienes la habitaban. Ella nutría, sostenía, amortiguaba. Esa función fue abusada, violentada, despreciada. A ese abuso se le llamó, con razón, machismo. Pero al denunciar el abuso, también se arrojó por la borda la función misma.
Hoy ya no hay dos funciones, sino una sola: competir.
Hombres, mujeres y “elles” empuñan la misma espada. Ya no hay mar que contenga a los barcos; todos intentan ser barcos de guerra.
El capitalismo lo ha logrado.
Estamos presenciando el fallecimiento del continente materno.
Asistimos al sepelio de la ternura.
Así como el clima agoniza, también agoniza la capacidad de cuidar.
Quizá los pueblos ancestrales, las aldeas no urbanas, aún conserven ese saber. Quizá rescatar costumbres tradicionales no sea retroceder, sino recordar. Quizá vuelvan a nacer niños con madres que tengan tiempo. Quizá podamos volver al hogar cálido, al café compartido, no en un restaurante ruidoso sino en una mesa habitada, lejos del estruendo de las bombas y de las discusiones interminables, bajo la dulce calma de una presencia que no compite, sino que cuida.
Dr. Lucio David González
Psiquiatra y Psicoterapeuta
Tels. (+57) 3155706594 - 3183244386