David González. Psiquiatra

David González. Psiquiatra tratamientos psiquiátricos, psicoterapia y psicoanálisis

*ENVIDIA**-el sentimiento que más nos avergüenza-*Para mis apreciados lectores. Reflexión Psiquiátrica No. 99No es que o...
14/02/2026

*ENVIDIA*
*-el sentimiento que más nos avergüenza-*

Para mis apreciados lectores. Reflexión Psiquiátrica No. 99

No es que odies al otro.
Es que te duele lo que te falta.

Un paciente me dijo:
“Doctor, cuando veo parejas felices me siento mal, incluso ganas de desaparecer”.

No los odiaba.
No los juzgaba.
Solo sufría.

La envidia no grita.
Arde en silencio.

El bebé necesita leche.
Necesita caricias.
Necesita palabras, miradas, sonrisas.

Pero no las produce.
Depende absolutamente de otro que sí lo tiene todo.

Ese otro alimenta… y por eso mismo es envidiado.
No porque sea malo, sino porque posee lo que yo necesito para vivir.

Si esa provisión falta, o es irregular, aparece la frustración.
Y si la frustración se prolonga, surge la rabia.

Cuando el niño no puede descargar esa rabia afuera, la vuelve contra sí mismo.
Más tarde eso puede aparecer como dolores corporales, defensas bajas, gastritis, cansancio crónico.
El cuerpo habla cuando la rabia no encuentra salida.

Esto ocurre incluso en psicoterapia.
Al inicio, el paciente admira al terapeuta.
Con el tiempo, esa admiración despierta viejas heridas: la envidia hacia padres, hermanos, figuras tempranas.

Lo que era gratitud se convierte en reproche:
“Usted no me ayuda suficiente”,
“no me da el tiempo que necesito”,
“no es tan bueno como creí”.

La envidia dificulta agradecer.

La envidia es propia de una etapa narcisista:
“todo es para mí o contra mí”.

La gratitud aparece cuando maduramos:
cuando entendemos que cada quien tiene un don
y que la vida se construye compartiendo, no compitiendo.

Entre más envidia, más narcisismo.
Entre más narcisismo, menos gratitud.
Y donde no hay gratitud, no hay diálogo:
hay guerra de poder.

La hermandad entre los humanos surge cuando dejamos de ver al otro como una madre omnipotente que nos debe todo.
Cuando dejamos de odiar al mundo por no darnos lo que creemos merecer.
Cuando reconocemos lo que sí recibimos… y lo usamos para crecer.

Ahí la envidia se transforma.
Ya no destruye.
Se convierte en impulso, elogio, cooperación.

La infancia exige.
La madurez agradece.

Y entonces, por primera vez,
no necesitamos quitarle nada a nadie para sentirnos completos.

Dr. Lucio David González.
Psiquiatra – Psicoterapeuta
Tels. (+57) 3155706594 - 3183244386

11/02/2026

Emocion ternura. Psicología. Soledad

*EL PODER DEL SILENCIO*( *o por qué huimos de él* )Para mis apreciados lectores. Reflexión Psiquiátrica No. 98Cristo no ...
07/02/2026

*EL PODER DEL SILENCIO*
( *o por qué huimos de él* )
Para mis apreciados lectores. Reflexión Psiquiátrica No. 98

Cristo no fue al desierto a hablar con Dios.
Fue a callarse.
Cuarenta días sin palabras, sin público, sin aplausos.
Hoy eso nos parecería una tortura.

Decimos que amamos la libertad, pero no soportamos quedarnos solos con nosotros mismos.
El silencio nos desnuda.
Y lo desnudo da miedo.

Los sabios lo sabían.
Por eso Lao Tse advertía que el vacío no es ausencia, sino potencia.
Y por eso los monjes tibetanos pueden permanecer horas inmóviles, sosteniendo un solo sonido —OM— hasta que el ruido interior se rinde.
La ciencia, tarde pero humilde, ha tenido que admitirlo: el cerebro que habita el silencio se transforma.

Caminar junto a alguien sin hablar hoy es casi un acto subversivo.
Mirar el mar sin tomar una foto parece sospechoso.
Si no se publica, ¿existió?

Las palabras ya no comunican: tapan.
El ruido constante es un anestésico social.
Un huracán invisible que entra por los ojos, por los oídos, por las manos, y nos impide escuchar la única voz que importa: la propia.

Por eso miramos el celular cada diez segundos.
No por curiosidad.
Por pánico al vacío.

En psicoterapia el silencio incomoda.
El paciente siente que le están robando tiempo, que el terapeuta “no hace nada”.
Pero lo insoportable no es la quietud del otro: es lo que empieza a emerger cuando nadie habla.

El silencio saca basura primero.
Ideas torpes, repetidas, vergonzosas, absurdas.
Si no se huye, algo cambia.
Aparecen intuiciones.
Verdades que no pedimos.
Soluciones que no estaban en Google.

El verdadero riesgo no es el silencio.
El riesgo es llenarlo de cualquier cosa: comida sin hambre, series sin historia, pasos sin destino, pensamientos prestados.
Así se asesina a la musa antes de que diga su nombre.

De noche, cuando el mundo por fin se calla, los sueños intentan hablar.
Traen mapas, advertencias, símbolos.
Pero estamos demasiado cansados, demasiado distraídos, demasiado ruidosos para escucharlos.

Pascal fue brutalmente honesto:
“La desgracia del hombre proviene de no saber permanecer solo, en silencio, en una habitación.”

Las grandes obras nacieron ahí.
El poeta escribe cuando nadie lo interrumpe.
El niño crea mundos cuando el ruido adulto se retira.

En el campo, el silencio todavía permite que existan los duendes, los fantasmas, los miedos sagrados.
En la ciudad, el ruido los exterminó.
No porque fueran falsos, sino porque no los dejamos hablar.

Quizá el silencio no sea paz.
Quizá sea juicio.
Un espejo sin filtros.

Y por eso lo evitamos.

Dr. Lucio David González
Psiquiatra – Psicoterapeuta
tels.: (+57) 3155706594 - 3183244386

03/02/2026

Personalidad. psicologia

FALLECIMIENTO DE LA TERNURAPara mis apreciados lectores. Reflexión psiquiátrica No. 99.Existe hoy un intento global por ...
31/01/2026

FALLECIMIENTO DE LA TERNURA
Para mis apreciados lectores. Reflexión psiquiátrica No. 99.

Existe hoy un intento global por recuperar la ternura. Se multiplican los discursos que afirman que los animales son seres sintientes, que quizá los árboles también sienten. Hay una preocupación creciente por ofrecer a los niños una vida mejor: más naturaleza, más estímulos, más cuidado, más amor.

Sin embargo, algo esencial parece haberse extraviado.

Hace poco vi una película llamada Sandokán, inspirada en las aventuras de un pirata indonesio y sus enfrentamientos con el ejército de la realeza británica. Entre batallas, conquistas y traiciones, aparece la figura de la hija del cónsul inglés, una joven que habita una isla de Indonesia.

Esta mujer —bella, silenciosa, contenida— es cortejada por tres hombres. Un rey le ofrece joyas preciosas. Un capitán inglés le regala una pulsera de esmeraldas. Finalmente, el pirata no le entrega objetos: la invita a bailar y la sorprende con su presencia.

Lo revelador del relato es que las guerras, las peleas y las conquistas no giran solo en torno al poder, sino al deseo de conquistar su amor. Ella introduce en la historia algo que desarma: dulzura. No necesita largos discursos, ni fuerza bruta, ni demostrar productividad. Su sola presencia aquieta, ordena, humaniza. Es un jardín en medio de la violencia.

Esta mujer simboliza algo profundamente humano: la ternura, la paz, la tranquilidad, la voz que calma. No construye barcos ni forja espadas ni conquista reinos. Su función es otra: sostener la ansiedad de los hombres, suavizar la guerra, proteger incluso a los caídos, aun cuando ello signifique oponerse a su propio padre.

Al terminar la película, la pregunta surge inevitable:
¿Dónde está hoy esa mujer?
¿Dónde están esos ojos que impulsaban al hombre a luchar sin volverse brutal?
¿Dónde las manos que calmaban el desespero del arrogante?
¿Dónde la voz que convertía la casa en primavera?

Lo que hoy vemos son representaciones de mujeres endurecidas, musculadas, convertidas en competidoras permanentes. Mujeres obligadas a rendir, producir, disputar, negar el deseo de maternar o delegarlo por completo. Al mismo tiempo, vemos la desaparición de la gran familia: núcleos fragmentados, alienados en la urgencia del dinero, intercambiando tiempo —lo único irrecuperable— por una igualdad medida solo en ingresos.

Durante siglos existió una división simbólica de funciones: el hombre transformaba la tierra; la mujer contenía la angustia de quienes la habitaban. Ella nutría, sostenía, amortiguaba. Esa función fue abusada, violentada, despreciada. A ese abuso se le llamó, con razón, machismo. Pero al denunciar el abuso, también se arrojó por la borda la función misma.

Hoy ya no hay dos funciones, sino una sola: competir.
Hombres, mujeres y “elles” empuñan la misma espada. Ya no hay mar que contenga a los barcos; todos intentan ser barcos de guerra.
El capitalismo lo ha logrado.
Estamos presenciando el fallecimiento del continente materno.
Asistimos al sepelio de la ternura.
Así como el clima agoniza, también agoniza la capacidad de cuidar.

Quizá los pueblos ancestrales, las aldeas no urbanas, aún conserven ese saber. Quizá rescatar costumbres tradicionales no sea retroceder, sino recordar. Quizá vuelvan a nacer niños con madres que tengan tiempo. Quizá podamos volver al hogar cálido, al café compartido, no en un restaurante ruidoso sino en una mesa habitada, lejos del estruendo de las bombas y de las discusiones interminables, bajo la dulce calma de una presencia que no compite, sino que cuida.

Dr. Lucio David González
Psiquiatra y Psicoterapeuta
Tels. (+57) 3155706594 - 3183244386

*EL PROBLEMA NO ES LA SOCIEDAD* : ES TU PERSONALIDADPara mis apreciados lectores. Reflexión Psiquiátrica No. 98La gente ...
24/01/2026

*EL PROBLEMA NO ES LA SOCIEDAD* : ES TU PERSONALIDAD
Para mis apreciados lectores. Reflexión Psiquiátrica No. 98

La gente no es “difícil”.
La gente es *distinta* .
Y a muchos eso les resulta insoportable.

La psiquiatría no habla de “buenos” y “malos”, habla de *personalidades* . Todos somos una mezcla de rasgos: algo desconfiados, algo controladores, algo emocionales, algo egoístas.
Eso es lo normal.

Lo anormal empieza cuando un rasgo se sale de control y se vuelve dueño de toda la persona.

Ahí aparece el que cree que todos lo atacan.
El que no soporta estar en grupo.
El que vive del drama.
El obsesivo del orden y la moral.
El que no quiere nada con nada.
El narcisista que solo se mira el ombligo.
El que no siente culpa ni empatía.

Y antes de señalar a otros, una mala noticia:
*usted también está en esa lista* .

Mire cualquier familia, empresa, iglesia o salón de clase:
siempre está el agresivo,
el ofendido profesional,
el arrogante,
el manipulador,
el perezoso encantador,
y el que parece “normal” solo porque aprendió a disimular mejor.

Eso no es decadencia social.
Eso es *biodiversidad psicológica*.

Por eso la convivencia fracasa. No porque falten valores, sino porque *sobran* personalidades chocando. Cada quien cree que su forma de ser es la correcta, y que el problema siempre es el otro.

No elegimos al azar dónde encajamos.
Los rebeldes buscan rebeldes.
Los moralistas se juntan con moralistas.
Los ambiciosos con ambiciosos.
Los violentos con violentos.
Los “buenos” también se agrupan… y suelen ser igual de intolerantes.

Tampoco es casual la profesión que cada quien elige.
No todos sirven para la guerra.
No todos sirven para cuidar.
No todos sirven para obedecer normas.
No todos soportan el poder sin corromperse.

Incluso las guerras las pelean los mismos de siempre: los más agresivos y transgresores en tiempos de paz.
Los de cuello blanco las promocionan, y los descarados comandan a los ingenuos.

La personalidad *no se cambia con frases motivacionales* . No se arregla con moral ni con likes. Puede tomar años limar los extremos… y casi nadie cree que los tiene.

Por eso la verdadera civilización no consiste en “ser buena persona”, sino en algo más incómodo:
*aprender a que mi forma de ser no destruya al otro.*

Como dirían los existencialistas -y esto sí duele-:
*haga lo que quiera con su vida,*
*pero no joda al vecino.*

Dr. Lucio David González
Psiquiatra – Psicoterapeuta
tels.: (+57) 3155706594 - 3183244386

17/01/2026

Censura incorrecta. Heridas psicologicas

17/01/2026

Censura, critica irresponsable. Traumas psicológicos infante y adulto

ABRIR MÁS LA HERIDA.-la violencia silenciosa de la censura- Para mis apreciados lectores. Reflexión No. 97 La infancia n...
17/01/2026

ABRIR MÁS LA HERIDA.
-la violencia silenciosa de la censura-

Para mis apreciados lectores. Reflexión No. 97

La infancia no recuerda lo que hicimos, sino cómo nos miraron.

Hay bebés muy ávidos de alimento y otros menos. La madre lacta según esas necesidades. Pero ¿qué ocurre si la madre vive la lactancia con disgusto o náuseas? El bebé puede vivenciar que alimentarse es peligroso. Crecerá sintiéndose no merecedor de nutrirse y, en un nivel profundo, de vivir.

Algo similar ocurre cuando un bebé se ensucia con sus propias heces. Una madre, alarmada y ansiosa, reacciona con desaprobación extrema y lo baña compulsivamente. El máximo goce se transforma en el máximo miedo. Otra madre, con calma, lo limpia sin dramatizar. El hecho es el mismo; la herida la produce la mirada.

A estas primeras angustias se suman otras: los celos cuando los padres atienden más a un hermano, o cuando salen sin mí. ¿Qué ocurre si estas vivencias infantiles son recibidas con severidad, censura o moralismo extremo?
Sigmund Freud describió estas experiencias como vivencias eróticas infantiles: el goce de la lactancia, de la evacuación y de los celos triangulares. Cuando son miradas con acusación, generan trauma. Son heridas que quedan grabadas en la amígdala, sede de las emociones.

En un artículo previo relaté el caso de una paciente de 16 años que volvió a consulta porque, al narrar un ab**to vivido con culpa, encontró en mí una escucha serena. Otro profesional, en cambio, “abrió sutilmente los ojos de censura”, aumentando su miedo. A veces no es el hecho lo que traumatiza, sino la reacción del otro.

Podemos agravar las heridas o convertirnos en emplastos de protección. Ante el error, no se trata de negarlo, sino de no amplificarlo. Padres con buena autoestima corrigen sin humillar; su mirada calma redirige hacia lo bello de la vida. Así nace la autoestima.

La mirada severa y extrema magnifica el error y conduce a su repetición, por esa extraña tendencia al retorno de lo mismo. Jung lo describió cuando, en el mismo instante en que su paciente le expresaba su fobia a los escarabajos, algo sonó en la puerta. Jung abrió, y allí estaba un escarabajo.

La historia está llena de censuras que abrieron heridas: en el siglo XVI, pensar científicamente era delito. Giordano Bruno fue quemado vivo; Vanini mutilado y asesinado; Galileo, condenado al encierro. Descartes se vio obligado a disfrazar su ciencia de teología para sobrevivir.

Ser científico fue grave. Ser homosexual fue grave. Ignorar los mandamientos fue grave. ¿Qué es hoy lo imperdonable? ¿Qué seguimos persiguiendo como delito moral?

Y todos abrimos los ojos de censura, abriendo más las heridas e impidiendo el vuelo de las aves.

Albert Camus lo denunció en El extranjero: el protagonista es condenado no solo por un crimen, sino por no llorar la muerte de su madre.

La censura no educa. Abre heridas. Y una mirada más humana puede, a veces, cambiar la historia.

Dr. Lucio González Ortega
Psiquiatra. Psicoterapeuta
Tels. (+57) 3155706594 – 3183244386

27/11/2025
27/11/2025

evolución psicológica desde el Nacimiento hasta la muerte

NACEMOS SOLOS – SOMOS MUCHOS – MORIMOS SOLOS-el viaje humano que se repite en el universo-Para mis apreciados lectores. ...
22/11/2025

NACEMOS SOLOS – SOMOS MUCHOS – MORIMOS SOLOS
-el viaje humano que se repite en el universo-

Para mis apreciados lectores. Reflexión No. 96

Hay un patrón que atraviesa al universo, a la psique humana y a las viejas intuiciones filosóficas. Tal vez no sea coincidencia.

Uno nace solo. Trae un proto-yo: una semilla interior formada por rasgos genéticos y epigenéticos. Desde el primer día ya hay una singularidad en cada bebé. Hay una esencia temprana. San Agustín llamaba a esa esencia el Uno, el punto indiviso del cual nacen las formas. La cosmología moderna describe algo parecido en el Big Bang: un estado original extremadamente simple.

El recién nacido llega al mundo como una conciencia sin divisiones, sin voces prestadas. Esa soledad inicial, al igual que la masa inicial que explotó en el universo, no es carencia, sino potencia.

Con el tiempo empezamos a absorber. Primero, absorbemos a nuestros padres: su voz, su estilo, sus deseos. Pero lo hacemos para, inevitablemente, renunciar a ellos. La identidad no florece sin separación. Dice el relato que Dios prefirió a Abel por su obediencia. Pero tal vez Abel no había labrado aún su propia identidad, quizá aún no se había desprendido de la sombra que le dio origen.

Khalil Gibran lo expresó de manera inolvidable en El Profeta:
“Tus hijos no son tus hijos. Son flechas vivientes lanzadas desde tu arco.”
No puedes decidir el horizonte al que apuntan.

Luego en la adolescencia vendrán una mezcla de nuevas identificaciones: los influencers, los animes, los amigos. De esta confusión emergen rutas inesperadas y una primera arquitectura del yo.
El universo mismo funciona así: desde el caos que crea floreciendo la complejidad.

Lo viví en carne propia con un hermano que me ayudó profundamente. Sus manos me levantaron cuando yo estaba débil. Sin embargo, llegué a rechazar su ayuda, no por ingratitud, sino por necesidad. No quería depender de él, ni psicológica ni materialmente. Quería escribir mi propia historia. Mi madre soñaba con que construyéramos juntos una clínica; yo necesité decir no, para poder decir sí a mí.

La lucha por la identidad -por no ser como el hermano, ni el reflejo de nadie- es tan intensa que a veces nos lleva a renunciar incluso a quienes más queremos. Algunos lo hacen temprano, otros más tarde. Todos llevamos algo de Caín.

La multiplicidad también existe en las ideas. La escuelas psicoanalíticas se dividieron, por cismas; las religiones se multiplican; las secuelas psicológicas son desbordadas por tendencias nuevas: terapia emdr de Shapiro, constelaciones familiares, descodificación biológica. La unipolaridad va dando paso a la multipolaridad de los pueblos. El mundo intelectual y as profesiones se multiplican igual que el yo.

Sin embargo en el crepúsculo de nuestras vidas, cada año que pasa nos vamos haciendo más distintos a los demás, más únicos. Nuestras creencias se afinan, nuestro cuento interior se vuelve irrepetible. Y el precio de esta vivencia nos lleva a sentir que cada vez tenemos menos seguidores, porque es más difícil que reconozcan la profundidad de nuestra nueva singularidad.

En esta última unidad aparece silenciosa pero inevitable, una soledad distinta a la del nacimiento. Es la soledad de quien ya tiene una historia propia, demasiado propia, demasiado elaborada para que otros la compartan plenamente.
Es el cumplimiento de una ley antigua: “nacemos solos y morimos solos”. Aunque en el medio seamos multitud.

La entropía -esa fuerza silenciosa que desgasta los sistemas complejos- empieza a actuar también en el yo. Los roles se aflojan, las máscaras caen, las exigencias se vuelven ruido lejano. Pero no es destrucción: es depuración.
Es el momento en que emerge una segunda simplicidad, no la inocente de la infancia, sino la conquistada. Una unidad interior que nace de comprender, no de ignorar.

Y mientras el universo se dirige hacia una uniformidad final; el ser humano, en la vejez, regresa a una sencillez íntima: una unidad conquistada, no heredada.

Y quizás allí radica el sentido de esta danza universal: salimos del Uno para multiplicarnos y volvemos al Uno para comprendernos.

Dr. Lucio David González
Psiquiatra. Psicoterapeuta
Tels. 3155706594 - 3183244386

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