12/04/2026
Entre el pueblo Ticuna se dice que hubo un tiempo en que el ser humano no sabía sostenerse: el cuerpo estaba, pero el espíritu era disperso, fácil de tocar, fácil de alterar.
Entonces el monte ofreció un camino a través del huito. No como pintura, sino como puente.
Cubrir el cuerpo completo, no era un acto estético.
Era una decisión profunda: cerrar el cuerpo al ruido y abrirlo al susurro.
Cuando la piel desaparece bajo el negro, algo cambia.
La mirada baja, la respiración se vuelve más lenta, y el mundo de afuera pierde fuerza. Es ahí donde comienzan a sentirse los susurros del monte.
No llegan como voces claras.
Son más bien presencias suaves:
una sensación que guía,
una incomodidad que señala,
una calma que se instala sin explicación.
Dicen que el huito permite escucharlos porque oscurece lo superficial.
Lo que sobra se apaga, y lo esencial empieza a hablar.
Los susurros no dicen qué hacer como órdenes.
Más bien muestran:
qué soltar,
qué sostener,
cuándo moverse y cuándo quedarse.
Y quien está cubierto completamente los percibe distinto,
porque ya no escucha solo con la mente,
sino con la piel entera convertida en territorio.
Al quitar el huito, el color se irá con los días.
Pero algo queda afinado por dentro.
Porque no se trataba de pintar el cuerpo…
sino de aprender a escuchar cuando el monte habla bajo,
casi en silencio,
justo donde antes no se sabía oír.