20/04/2026
Cambiar rabietas por recetas: la psiquiatrización de la infancia y por qué debe frenarse la medicalización del sufrimiento infantil
Dr. Miguel A. Torres Batista
Especialistas alertan sobre el aumento de diagnósticos psiquiátricos en edades tempranas y reclaman un cambio de enfoque que priorice el contexto vital del menor frente al uso de psicofármacos.
En las consultas de salud mental infantil se libra una batalla silenciosa y desigual. De un lado, el ritmo acelerado que imponen familias agotadas y sistemas escolares cada vez más exigentes. Del otro, niños y niñas que llegan con etiquetas diagnósticas a edades cada vez más tempranas. En el centro del debate emerge una pregunta incómoda: ¿qué se está haciendo con la infancia?
Desde una perspectiva que integra medicina, psicología, espiritualidad y análisis social, distintos profesionales advierten de una tendencia preocupante: la sustitución de rabietas por recetas y la conversión del sufrimiento cotidiano en diagnósticos psiquiátricos de cuestionable validez. La tesis es clara: se está medicalizando el malestar infantil en lugar de comprenderlo como una señal de alarma.
La ansiedad, se insiste, no es únicamente un trastorno, sino una respuesta del organismo ante situaciones adversas, comparable a la fiebre o la tos. Diagnosticar un "trastorno por tos" resultaría absurdo, pero etiquetar la tristeza o la inquietud infantil como una enfermedad cerebral se ha convertido en práctica habitual. En 2017, Naciones Unidas ya instó a transitar del modelo del "desequilibrio químico" al enfoque del desequilibrio vital, subrayando que psiquiatrizar significa confundir el dolor de vivir con una avería cerebral.
El sufrimiento infantil es real, pero no equivale automáticamente a un trastorno mental. La vida duele, cuesta y plantea problemas. Una cosa es acompañar en ese proceso y otra muy distinta reducirlo a un prospecto farmacológico.
Un hecho incómodo para el sistema actual es que muchos de los diagnósticos que hoy llenan los informes escolares —TDAH, fobia social, trastorno bipolar infantil o trastorno disruptivo del estado de ánimo— no figuraban en los manuales clínicos hace apenas cuatro décadas. Fueron acuñados a partir de los años ochenta. El sufrimiento no es inventado, pero los nombres que se le asignan para vender una solución química sí lo son, denuncian expertos en medicina psicosomática.
Se distingue así entre dos formas de ejercer la psiquiatría:
• La psiquiatría del déficit, dominante en la actualidad, que sostiene que al niño le falta serotonina o le sobra dopamina.
• La psiquiatría de la defensa, que interpreta la inquietud, la rebeldía o la tristeza como señales de alarma con las que el menor intenta adaptarse y sobrevivir a su entorno familiar, escolar o social.
Para psiquiatrizar el malestar infantil hacen falta cómplices. La industria farmacéutica realiza su negocio dentro de la legalidad, pero el problema surge cuando los profesionales médicos apartan la mirada y aceptan que el sufrimiento de un niño se convierta automáticamente en una receta.
El uso de psicofármacos en crisis agudas puede entenderse como un puente temporal. El drama aparece cuando ese puente se transforma en una autopista de por vida, especialmente en cerebros aún en desarrollo. Los psicofármacos no curan; nunca han curado a nadie. Son herramientas útiles en momentos de desborde, pero convertirlos en tratamiento crónico durante la infancia implica crear enfermos crónicos de por vida, una situación calificada como profundamente injusta para los más pequeños e incluso para los adultos.
Frente a la sensación de impotencia que generan las grandes industrias y el ritmo social, la propuesta de resistencia es sencilla y profundamente humana. Si no se puede cambiar el mundo entero, al menos se puede evitar contribuir al sufrimiento de los más pequeños. Estas son algunas claves:
1. Silenciar las etiquetas: Dejar de usar nombres clínicos que estigmatizan y no explican nada. Sustituir el "es que tiene TDAH" por la pregunta: "¿Qué le ha pasado a este niño?".
2. Ampliar la mirada: Considerar la historia completa. Analizar qué sucede en su familia, su barrio, su alimentación, sus horas de sueño y su exposición a pantallas.
3. Honrar la alarma: Reconocer el sufrimiento sin miedo y sin medicalizarlo de inmediato. La ansiedad no es el enemigo; es el mensajero.
4. Trabajar con el contexto: No solo con el niño. A veces quienes necesitan herramientas son el colegio o la propia familia.
La conclusión es clara: la salud mental no existe como algo aislado. Existe la salud, y esta se construye con presencia, movimiento, alimentación decente, sueño reparador y vínculos auténticos, no con más recetas. El llamamiento final no busca técnicas más complejas, sino más verdad. Una revolución amable, sin violencia, pero revolución, al fin y al cabo. Y una advertencia: dejar de mirar para otro lado.