03/01/2026
Hoy Estados Unidos “interviene” Venezuela, nuevamente bajo el discurso de la ayuda, de la democracia y de la libertad. Un pueblo ya drenado por un régimen desastroso que empujó a su gente a posiciones extremas y a condiciones que erosionan la vida humana.
Pero en Latinoamérica y en el sur global ya conocemos bien ese guion. Cada vez que un país es señalado como “problema”, detrás aparecen sanciones, bloqueos, golpes, ataques, extractivismo y, siempre, intereses económicos muy claros.
Ya sabemos lo que Venezuela represenra: es petróleo, es control geopolítico, es poder. Lo que se anuncia como salvación suele terminar profundizando el sufrimiento de los pueblos, debilitando su soberanía y legitimando la violencia como herramienta política. Eso es lo que hacen, siempre lo han hecho así.
Por eso es urgente estudiar y entender sobre colonialismo. No como algo del pasado, sino como un sistema activo, mutante y profundamente normalizado. Porque el colonialismo no solo se expresa en guerras o bombardeos, también opera a través de inversiones, compra de tierras, turismo de élite, desplazamientos silenciosos y la imposición de valores, jerarquías y formas de vida ajenas a los territorios.
Esto también ocurre aquí, en Costa Rica. Poco a poco hemos normalizado la colonización de nuestras costas por capitales y colonos extranjeros, incluidos grupos vinculados a proyectos coloniales y genocidas que reproducen lógicas de despojo, supremacía y dominación cultural.
No es un fenómeno aislado. Es el mismo sistema que hoy “interviene” países en nombre de la ayuda y la democracia. Abrir los ojos es urgente. Nombrar estas dinámicas también es una forma de resistencia. Porque las luchas grandes empiezan en lo pequeño: en lo local, en lo cotidiano, en no callar, en pasar de lo micro a lo macro.
No hay intervención inocente cuando el mapa se lee en barriles de petróleo.