12/04/2026
Tratando de comprender ese mandato sobre los hombres de mantener distancia emocional - mostrar la fuerza bruta y la violencia -
Tomen el rato para leerlo con calma
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La antropóloga Rita Segato advierte que existe un patriarcado de baja intensidad y otro de alta letalidad impuesto por la colonización y el capitalismo. La diferencia marca el destino de las mujeres.
Por Redacción Nota Antropológica
A Rita Segato le preguntaron una vez en una cárcel de Brasil. Un hombre condenado por violación, sentado frente a ella, confesó algo que ningún informe policial recoge: “Yo tenía esposa, novias, iba al bu**el con mis amigos. Si no necesitaba una mujer, ¿por qué violé?” Esa pregunta, incómoda y sincera, se convirtió en el punto de partida de una investigación que duraría décadas. La antropóloga argentina no encontró respuestas en los manuales de psicología ni en las estadísticas oficiales. Las encontró, en cambio, observando el funcionamiento del poder en una de sus formas más antiguas.
Segato distingue dos formas de patriarcado. La primera es de baja intensidad. Esta ocurre en sociedades organizadas bajo una lógica comunitaria, donde la jerarquía entre hombres y mujeres existe, pero el espacio doméstico conserva su peso político. La otra, la que ella llama de alto impacto, es producto de la colonización y se profundiza con el capitalismo actual. Esta segunda forma no solo subordina sino que también destruye. La primera somete; la segunda literalmente aniquila. La primera hasta cierto punto todavía convive con la reciprocidad, perola segunda instala la crueldad como método de enseñanza.
Para entender esta diferencia, hay que irnos un poco más atrás. Su análisis parte de su propio trabajo de campo durante los años setenta en comunidades de religión afrobrasilera en Recife, y luego de una década de colaboración con la Fundación Nacional del Indio en Brasil, donde realizó talleres con mujeres indígenas de todas las regiones del país. Lo que observó allí fue una estructura dual del género: los espacios masculino y femenino eran jerárquicos (los hombres tenían más prestigio público), pero ambos mantenían su propia politicidad.
El espacio doméstico no era privado ni íntimo como hoy lo entendemos, sino un territorio atravesado por la mirada colectiva de la comunidad, donde las mujeres deliberaban y sus opiniones incidían en las decisiones generales. Además, Segato documentó lo que llamó "transitividad de género", es decir, la posibilidad de circular entre posiciones femeninas y masculinas, algo que la colonial-modernidad clausuró al imponer un binarismo rígido. En esas sociedades existía un patriarcado, sí, pero de baja intensidad: jerárquico pero no letal, con mecanismos comunitarios de protección que se perdieron con la conquista y la instauración del Estado republicano criollo.
Esa mutación se llama patriarcado de alta intensidad y sus efectos se ven hoy en las cifras de feminicidios en América Latina, en la trata de personas, en la violencia paraestatal que controla barrios enteros. Segato lo explica con una imagen que repite en sus conferencias: el cuerpo de la mujer dejó de ser un territorio que se anexa en la guerra, como ocurría en los conflictos convencionales. Ahora es el campo de batalla. La violación no es un acto sexual. Es un mensaje. Se dirige a los pares del agresor, a la hermandad masculina, para demostrar lealtad y potencia. La víctima es un medio, no un fin.
Este fenómeno ocurre hoy en México, en Guatemala, en Honduras, en Brasil, en Argentina. Ocurre en las periferias de las grandes ciudades y en las rutas de la migración. Ocurre cada vez que un cuerpo femenino aparece en un basurero, con marcas de tortura. No son crímenes pasionales, desde luego, a veces son crímenes del poder y la impunidad que los rodea no es un descuido del Estado. Es su otra cara. Segato habla de una “segunda realidad”, una esfera paraestatal que opera en paralelo a la ley, con sus propias economías ilegales y sus propias fuerzas de seguridad. Esa esfera necesita de la crueldad para sostenerse. La crueldad se convierte así en una pedagogía que enseña a la sociedad a mirar sin sentir.
¿Qué implica esto para la vida cotidiana? Que la violencia contra las mujeres no es un problema de pareja, ni un desborde emocional, ni un hecho aislado. Es el síntoma de una estructura que sostiene todas las demás dominaciones: la racial, la colonial, la económica. Por eso, cuando un gobierno avanza en derechos para las mujeres pero al mismo tiempo genera extractivismo o militarización, algo falla. No se puede desmontar el patriarcado de alto impacto solo con leyes. Se necesita, dice Segato, desmontar el mandato de masculinidad. Esa exigencia que pesa sobre los hombres desde la infancia: la obligación de probar su hombría mediante la fuerza, la distancia emocional y la capacidad de causar daño.
La antropóloga propone luchar dentro del Estado, pero también fuera. Reconstruir tejidos comunitarios donde la mirada colectiva vuelva a proteger. Recuperar la politicidad del espacio doméstico. Aprender de las mujeres que en los pueblos originarios aún conservan formas de organización que el capitalismo no ha logrado disolver. No se trata de idealizar el pasado. Se trata de entender que existen otros proyectos históricos, otras formas de buscar la felicidad que no pasan por la acumulación de cosas, sino por la solidez de los vínculos.
Rita Segato, condensa esta forma de entender la realidad en libros como “La guerra contra las mujeres” y “Contra-pedagogías de la crueldad” y Advierte que la fe en el Estado puede ser una trampa. Muestra que los avances legales no siempre se traducen en vidas salvadas y señala una que mientras más leyes se escriben para proteger a las mujeres, más cuerpos aparecen en fosas. Eso no significa que haya que abandonar la lucha institucional más bien hay que ampliarla.
El hombre en la cárcel de Brasilia no encontró una respuesta para su propia pregunta. Segato, en cambio, sí la encontró, pero no la guardó en un cajón de su cubículo, la llevó a tribunales internacionales, a peritajes sobre genocidio en Guatemala, a talleres con mujeres indígenas en el Amazonas. La convirtió en una herramienta para nombrar lo que antes no tenía nombre.
¿Y tu, alguna vez sentiste que la violencia que ves en las noticias no es un hecho aislado, sino el reflejo de algo más grande que todavía no sabemos cómo nombrar?
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