20/01/2026
El Grito que se Guardó en el Cuerpo
Ese día no solo nació un hijo; también nació una herida que no se ve, pero que quema.
Te dijeron que "lo único que importa es que el bebé esté sano", y con esa frase sellaron tus labios.
Te enseñaron que tu dolor era el precio de la vida, que tu cuerpo era solo un recipiente y que tus miedos eran estorbos en una sala de urgencias.
Pero la verdad, la que llevas guardada en el pecho cuando se apagan las luces, es otra: tú importabas.
Importaba tu voz cuando dijiste que tenías miedo. Importaba tu dignidad cuando manos extrañas te tocaron sin pedir permiso. Importaba tu derecho a elegir, a ser escuchada, a ser abrazada por la medicina y no invadida por ella.
A veces, al mirar a tu hijo, sientes una mezcla extraña de amor infinito y un eco de terror. No es ingratitud; es el trauma reclamando su lugar.
Es el recuerdo de esa soledad absoluta en una habitación llena de gente, donde te sentiste pequeña, vulnerable y despojada de tu propio poder en el momento más sagrado de tu existencia.
A ti, que sentiste que te robaron el parto: Quiero decirte que no fue tu culpa. No fuiste "difícil", no fuiste "débil", ni "exagerada".
Fuiste una guerrera que sobrevivió a un sistema que olvidó que detrás de una paciente hay un alma.
Llora si lo necesitas. Llora por la mujer que entró a ese hospital con una ilusión y salió con el alma fragmentada. Tu cuerpo no te falló; el sistema te falló a ti. Pero hoy, ese mismo cuerpo que dio vida tiene la fuerza para sanar.
Perdónate por no haber podido defenderte; en ese momento, tu única misión era traer luz al mundo.
Ahora, tu misión es permitirte sanar, nombrar lo que pasó y recordar que tú también naciste ese día, y mereces ser tratada con la misma ternura y respeto con la que sostienes a tu bebé.
"Sanar no es olvidar que dolió;
es recordar que, a pesar de la sombra, sigues siendo la dueña de tu propia luz."