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🧠 TU CEREBRO NO ENTIENDE DE MÚSCULOS, SINO DE MOVIMIENTOS (cuantas veces hemos escuchado esta frase...)Esta categorizaci...
08/02/2026

🧠 TU CEREBRO NO ENTIENDE DE MÚSCULOS, SINO DE MOVIMIENTOS (cuantas veces hemos escuchado esta frase...)

Esta categorización nos permite dosificar el entrenamiento de forma inteligente y, lo más importante, no sobrecargar zonas del cuerpo innecesariamente.

Aunque no existe un consenso absoluto sobre sus definiciones (algunos autores miran el rango articular, otros la actividad muscular o la carga relativa), esta guía BÁSICA me ha servido para categorizar gran parte de los ejercicios que conocemos.

Aquí te presento los 7 PATRONES DE MOVIMIENTO fundamentales descritos en en mi "Libro de las progresiones":

1️⃣ Empuje (Tren Superior): Alejar la carga. Puede ser vertical (Press) u horizontal (Lagartijas/Banco plano).
2️⃣ Jalón / Tracción (Tren Superior): Acercar la carga. Desde dominadas hasta remos.
3️⃣ Dominancia de Rodilla: También conocido como empuje de miembros inferiores. El ejemplo clásico: la Sentadilla.
4️⃣ Dominancia de Cadera: El jalón de miembros inferiores. Aquí reinan el Peso Mu**to y el Swing.
5️⃣ Rotación: Movimientos en el plano transverso (caderas, hombros), claves para acciones deportivas.
6️⃣ Core: Entendido no solo como abdominales, sino como la resistencia al movimiento y la capacidad de transferir fuerzas sin compensaciones "parásitas". 7️⃣ Transporte: Mantener la integridad estructural mientras cargamos un peso y caminamos (ej. Caminata de granjero).

💡 Dato: Muchos ejercicios son "híbridos". Un peso mu**to, por ejemplo, puede empezar con dominancia de rodilla y terminar con cadera. Lo importante es que la categoría te sirva para entender y ordenar tu entrenamiento.

DEL LIBRO DE LAS PROGRESIONES

Servicio de nutrición y diabetologia.Dra. Ambar Castro
31/01/2026

Servicio de nutrición y diabetologia.

Dra. Ambar Castro

“El ciclismo es la muerte lenta del planeta”.Así provocó un banquero a una sala llena de economistas. No para atacar a l...
18/01/2026

“El ciclismo es la muerte lenta del planeta”.

Así provocó un banquero a una sala llena de economistas. No para atacar a la bicicleta, sino para desnudar una lógica incómoda.

Un ciclista no compra coche ni pide préstamos. No paga gasolina, seguros ni grandes reparaciones. No usa aparcamientos de pago ni genera obras viales. No engorda con facilidad. No llena salas de espera ni consume medicamentos de forma constante.

Desde esa mirada estrecha, una persona sana “no aporta” al sistema porque no gasta.

En cambio, cada nuevo local de comida rápida sí mueve la rueda: empleo, consultas médicas, tratamientos, dietas, soluciones para problemas que antes no existían. Todo suma al PIB. Todo cuenta como crecimiento.

La pregunta no es si la bicicleta es mala para la economía.
La pregunta es qué tipo de economía necesita que la gente enferme para funcionar.

Elegir entre una bicicleta o un McDonald’s no es una broma.
Es un espejo.

La Carreta Vacía y la HumildadCaminaba de la mano con mi padre, un hombre sabio y de pocas palabras, por las adoquinadas...
10/01/2026

La Carreta Vacía y la Humildad

Caminaba de la mano con mi padre, un hombre sabio y de pocas palabras, por las adoquinadas calles de nuestro pequeño pueblo. El sol de la tarde filtraba sus rayos dorados entre los árboles, y el aire fresco traía consigo el aroma a tierra húmeda y flores silvestres. Yo era solo un niño, con la mente llena de curiosidad y los oídos siempre atentos a los sonidos del mundo.

De pronto, mi padre, con su voz calmada y pensativa, me preguntó: -Andrés, hijo mío, además del dulce canto de los pájaros que nos acompaña en esta tarde, ¿escuchas algo más en esta calle?

Me detuve, fruncí el ceño y agudicé el oído, concentrándome más allá de los trinos alegres. Un sonido peculiar, rítmico y estridente, comenzó a hacerse evidente por encima del murmullo de la vida cotidiana. -Sí, padre -contesté con un brillo en los ojos-, escucho un ruido fuerte, como si algo pesado se moviera... ¡Es el ruido de una carreta!

Mi padre sonrió, esa sonrisa que siempre me hacía sentir que había descubierto un gran secreto. -Muy bien, Andrés. Es una carreta, en efecto. Y te diré algo más: esa carreta está vacía.

Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Vacía? ¿Cómo podía saberlo sin haberla visto? La curiosidad me picó con fuerza. -¿Vacía? -dije, casi con incredulidad-. ¿Cómo es posible que lo sepas, padre?

Mi padre, con esa sabiduría innata que parecía poseer, respondió sin un momento de vacilación: -Muy fácil, hijo mío... Cuanto más vacía está la carreta, mayor es el ruido que hace al traquetear por el camino. Sus maderas rechinan, sus ruedas golpean con estruendo cada piedra, porque no hay peso que las asiente, no hay contenido que amortigüe el impacto.

Esa simple frase se grabó en mi memoria infantil como un grabado en piedra. Años después, convertida en un pilar de entendimiento, resonaría en mi interior cada vez que observaba el comportamiento de las personas a mi alrededor.

Desde aquel día, cuando veo a alguien que habla sin cesar, interrumpiendo a los demás con su propia voz, siendo inoportuno en sus comentarios, presumiendo ostentosamente de lo que posee, sintiéndose prepotente y, lo que es peor, menospreciando a la gente con gestos y palabras, me parece oír la voz de mi padre, clara y contundente, susurrando en mi oído: «Cuanto más vacía está la carreta, mayor es el ruido que hace». Es como si el estruendo de su vanidad y su falta de contenido resonara en el silencio que deberían ocupar la modestia y el respeto.

He aprendido que la verdadera humildad no es debilidad, sino una fortaleza silenciosa. Consiste en guardar nuestras virtudes en el corazón, permitiendo que sean nuestras acciones y no nuestras palabras las que las revelen. Es dejar que los demás descubran nuestro valor sin necesidad de trompetas ni alardes.

Recuerdo entonces que existen personas tan profundamente pobres que lo único que tienen para exhibir es su dinero, su poder o su posición. Pero en realidad, nadie está más vacío que aquel que está completamente lleno de «YO MISMO» por dentro, sin espacio para la empatía, la escucha o el verdadero conocimiento.

Practica la humildad con regularidad, Andrés. Es un camino que, aunque a veces silencioso y discreto, te llevará muy alto, a la cima del respeto verdadero y la sabiduría interior.

Autor desconocido.

Celebramos contigo.
05/01/2026

Celebramos contigo.

Perdí la comisión más grande de mi vida (unos 5.000 dólares) en menos de 10 segundos, y todo por culpa de mi arrogancia....
30/12/2025

Perdí la comisión más grande de mi vida (unos 5.000 dólares) en menos de 10 segundos, y todo por culpa de mi arrogancia.

Trabajaba como vendedor estrella en una agencia de camionetas de lujo. Yo era el típico vendedor tiburón: traje italiano, zapatos brillantes, perfume caro y una habilidad increíble para escanear a la gente y saber cuánto dinero traían en la cartera. O eso creía yo.

Un martes por la mañana, entró a la agencia un señor mayor. Llevaba una camisa de cuadros deslavada, un sombrero manchado de sudor y, lo peor de todo, unas botas de trabajo llenas de barro seco que iban dejando rastro en mi piso de mármol recién pulido. Olía a campo, a fertilizante y a ganado.

Yo estaba en mi escritorio revisando Facebook. Lo vi entrar y pensé: "Ugh, seguro es el jardinero o viene a pedir trabajo de limpieza". El señor se acercó a la camioneta más cara de la exhibición, una 4x4 Edición Especial que costaba 90.000 dólares. Tocó la puerta con sus manos callosas.

Me levanté molesto. Fui hacia él no para atenderlo, sino para echarlo. —"Oiga, amigo, cuidado con la pintura. Esa camioneta vale más que su casa. Por favor, no la toque si no va a comprar", le dije con mi tono más déspota, haciendo gestos para que se alejara.

El señor me miró tranquilo, se ajustó el sombrero y dijo: —"Buenas tardes, joven. Solo quería ver el interior". —"El interior es para clientes serios. Si busca trabajo, la entrada de servicio es por atrás".

El señor asintió, humillado, y se dio la vuelta. En ese momento, vi entrar a una pareja joven. Vestían ropa de marca, ella traía una bolsa Gucci y él un reloj enorme. "Estos sí son clientes", pensé. Corrí a atenderlos. Les ofrecí café, agua, les abrí las puertas, les expliqué cada detalle del motor. Estuve una hora con ellos. Al final, me dijeron: "Está linda, pero solo veníamos a ver. Aún no nos aprueban el crédito". Y se fueron.

Frustrado, volví a mi escritorio. Entonces vi algo que me dejó helado. En el escritorio de Luis, el chico nuevo, el becario que apenas llevaba una semana, estaba sentado el señor de las botas de barro. Estaban firmando papeles. Muchos papeles.

Me acerqué disimuladamente, pensando que Luis estaba perdiendo el tiempo. —"¿Todo bien por aquí?", pregunté con sarcasmo.

Luis me miró con los ojos como platos, temblando de emoción. —"Sí... Don Rogelio acaba de comprar la Edición Especial". Me reí. —"¿Ah sí? ¿Y cómo la va a pagar? ¿A 800 meses?"

Don Rogelio levantó la vista, sacó una chequera vieja de su bolsillo y me dijo suavemente: —"No, joven. De contado. Y no solo me llevo esa. Me llevo otras cuatro camionetas de trabajo para mis capataces en el rancho. Son cinco en total".

Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Don Rogelio era el dueño de la ganadera más grande del estado. Un hombre que facturaba millones, pero que seguía trabajando la tierra con sus propias manos. Había entrado buscando 5 camionetas. Una venta de casi medio millón de dólares. La comisión de esa venta habría pagado mis deudas de todo el año.

Y se la llevó Luis. El chico nuevo que, cuando vio al señor humillado por mí, se acercó y le dijo: "Señor, no se preocupe por el barro, para eso son estas camionetas, para ensuciarlas. Venga, súbase".

Don Rogelio me entregó el cheque para que yo se lo pasara a la cajera, porque Luis estaba tan nervioso que no podía levantarse. Al darme el papel, me miró a los ojos y me dio la bofetada sin mano más grande de mi historia: —"Joven, le voy a dar un consejo gratis, ya que la comisión se la perdió: El dinero no hace ruido. La riqueza susurra, solo la pobreza presume. La próxima vez, fíjese en los ojos de la gente, no en sus zapatos".

Ese día aprendí que los verdaderos dueños del mundo no necesitan aparentar nada, porque ya saben quiénes son. Y yo, con mi traje caro, solo era un payaso pobre juzgando a un rey disfrazado de mendigo.

🧠 Reflexión para llevar:
Nunca, jamás, juzgues la capacidad económica (o humana) de alguien por su apariencia.

En el mundo de los negocios reales, la gente más rica suele ser la más discreta. El que tiene dinero de verdad no necesita demostrarlo con logotipos gigantes ni actitudes prepotentes. Está demasiado ocupado haciendo más dinero. En cambio, el que no tiene nada, suele gastar todo lo que tiene en parecer que tiene mucho.

Si trabajas en ventas o tienes un negocio, trata al que llega en bicicleta con el mismo respeto que al que llega en Ferrari. Primero, porque es lo correcto humanamente. Y segundo, porque el de la bicicleta podría ser el que compre tu empresa mañana.

El hábito no hace al monje, y las botas sucias a veces caminan sobre terrenos que tú solo sueñas con pisar.

Hace diez años, conseguí mi trabajo actual no por mi currículum, ni por mi corbata, sino por mis zapatos rotos.Llevaba s...
29/12/2025

Hace diez años, conseguí mi trabajo actual no por mi currículum, ni por mi corbata, sino por mis zapatos rotos.

Llevaba seis meses desempleado. Mi cuenta bancaria estaba en números rojos y mi autoestima por los suelos. Por fin, conseguí una entrevista para un puesto junior en una multinacional importante. Era mi gran oportunidad. El problema es que mi único traje me quedaba grande (había bajado de peso por comer mal) y mis únicos zapatos de vestir tenían la suela partida a la mitad. Literalmente, si pisaba un charco, se me mojaba el calcetín.

La noche anterior, intenté pegarlos con pegamento extra fuerte. Parecía que aguantaban. Los lustré hasta que brillaron para disimular lo viejos que eran. Salí de casa sintiéndome un impostor.

Caminé hacia la oficina porque no tenía para el taxi y quería ahorrarme el autobús. A dos cuadras de llegar, sucedió el desastre. Tropecé con un desnivel en la acera. Crac. Sentí cómo la suela del zapato derecho se desprendía casi por completo. Quedó colgando, haciendo un sonido de "clac-clac" cada vez que daba un paso.

Me quise morir. Me escondí en la entrada de un edificio. Tenía ganas de llorar. ¿Cómo iba a entrar a una sala de juntas con un zapato que hablaba? Busqué en mi maletín. No tenía pegamento. Lo único que encontré fue una liga elástica (una banda de goma) que usaba para sujetar unos papeles. Con toda la vergüenza del mundo, me puse la liga alrededor del zapato para sostener la suela. Se veía horrible. Se notaba a kilómetros que mi zapato estaba amarrado.

Pensé en irme. "No vayas, Carlos. Se van a reír de ti. Eres un perdedor", me decía mi mente. Pero pensé en mi refrigerador vacío. Respiré hondo, me acomodé el traje grande y entré cojeando levemente para disimular.

En la entrevista, me senté rápido y escondí los pies debajo de la silla. El entrevistador era el Director Regional, un tipo imponente, de traje impecable y reloj de oro. La entrevista iba bien. Yo respondía con seguridad, aunque por dentro rezaba para que no me pidiera levantarme.

Al final, me dijo: —"Carlos, me gusta tu perfil. Vamos a la oficina de al lado para que conozcas al equipo".

El terror me invadió. Tenía que caminar. Me levanté. Di el primer paso. La liga aguantó. Di el segundo paso. La liga se rompió. Clac. Clac. Clac. El sonido de mi suela golpeando el piso resonó en el pasillo silencioso de mármol. Todos voltearon a ver. Me puse rojo como un tomate. Quería que la tierra me tragara. Me detuve en seco.

El Director se detuvo, miró mis pies, vio el zapato destrozado y la liga rota en el suelo. Hubo un silencio eterno. Yo esperaba la risa, o la mirada de asco. —"Perdón...", susurré, con los ojos llenos de lágrimas. "He tenido una mala racha. No volverá a pasar".

El Director no se rió. Se agachó. Sí, ese hombre millonario se agachó hasta el suelo frente a mí. Miró mi zapato de cerca. Luego se levantó y me miró a los ojos con una seriedad absoluta.

—"¿Caminaste hasta aquí?", me preguntó. —"Sí, señor". —"¿Y entraste a la entrevista sabiendo que traías el zapato así? ¿No te dio vergüenza y te fuiste a tu casa?". —"Me dio mucha vergüenza, señor. Pero necesito el trabajo. El hambre es más fuerte que la pena".

El Director sonrió. Fue una sonrisa genuina. —"Hace 20 años, yo fui a mi primera entrevista con una chaqueta prestada que olía a naftalina porque no tenía otra. Sé reconocer el hambre de triunfo cuando la veo. Un hombre que se atreve a caminar con la suela rota para buscar una oportunidad, es un hombre que no se va a rendir cuando las cosas se pongan difíciles en la empresa".

Me puso la mano en el hombro. —"Estás contratado. Y tu primer bono será un adelanto para que te compres dos pares de zapatos. Uno para trabajar, y otro para salir a caminar con la cabeza en alto".

Ese día no solo conseguí empleo. Conseguí un mentor. Hoy, tengo muchos pares de zapatos. Pero guardo aquel zapato roto en una caja en mi armario. Lo miro cuando siento que tengo "problemas" en el trabajo. Lo miro y recuerdo que la verdadera elegancia no está en lo que llevas puesto, sino en el coraje de no dar media vuelta y huir.

🧠 Reflexión para llevar:
La resiliencia vale más que la apariencia.

A veces dejamos que nuestras inseguridades materiales nos frenen. "No voy a esa reunión porque mi coche es viejo". "No voy a ese evento porque no tengo ropa de marca". "No aplico a ese puesto porque no tengo los contactos".

Te estás derrotando tú mismo antes de empezar. El mundo está lleno de gente con trajes perfectos y espíritus débiles. Pero la gente que realmente tiene éxito, sabe valorar las agallas.

No te avergüences de tu proceso, ni de tus carencias actuales. Si tienes que ir con la suela rota, ve. Si tienes que ir en autobús, ve. Si tienes que pedir prestado, pide. Pero preséntate. La oportunidad no puede encontrarte si te escondes en tu casa por vergüenza. Tu "zapato roto" de hoy es la historia de éxito que contarás mañana.

En Medellín, Colombia, hay una esquina del barrio Manrique donde durante años ocurrió algo extraño.Todos los días.A las ...
21/12/2025

En Medellín, Colombia, hay una esquina del barrio Manrique donde durante años ocurrió algo extraño.

Todos los días.
A las 3:00 a.m. exactas.

Aparecían sándwiches.

Envueltos en papel aluminio.
Dentro de una bolsa plástica.
Colgados de un poste.

Nadie veía quién los dejaba.

Las personas que vivían en la calle ya lo sabían:
si llegabas a las 3:15 a.m., no quedaba ni uno.

Esto pasó sin fallar, durante seis años.
De 2016 a 2022.

Ni lluvia.
Ni Navidad.
Ni Año Nuevo.

Siempre a las 3:00 a.m.

Hasta que un día… dejaron de aparecer.

—¿Dónde está el man de los sándwiches?— preguntaban.

Nadie sabía.

Carolina, una trabajadora social del sector, decidió investigar.
Habló con vecinos, tenderos, vigilantes.

Un vigilante nocturno le dijo:

—Yo lo vi varias veces. Era un señor mayor, como de 65 años. Llegaba en moto, colgaba la bolsa y se iba. Nunca hablaba con nadie.

—¿Y por qué dejó de venir?

—No sé… hace cuatro meses que no lo veo.

Carolina publicó en grupos de Facebook de Medellín:

“Busco al hombre que dejó sándwiches en Manrique a las 3 a.m. durante seis años. Dejó de hacerlo hace cuatro meses. ¿Alguien sabe quién es?”

En dos días, la publicación se compartió 8.000 veces.

Hasta que apareció un comentario:

“Creo que era mi papá. Murió hace cinco meses.”

Carolina la contactó.
Se llamaba Lucía.

—Mi papá se llamaba Hernán. Tenía 68 años. Murió de un infarto en marzo.

—¿Por qué hacía los sándwiches?

Lucía contó la historia.

En 2015, Sebastián, el hijo menor de Hernán, murió.
Tenía 19 años.

Era adicto. Vivía en la calle, en el centro de Medellín.

Durante tres años, Hernán lo buscó todos los días después del trabajo.
Nunca lo encontró.

Hasta que una llamada llegó.

La policía había encontrado a Sebastián mu**to en una esquina de Manrique.
Desnutrición.
Hipotermia.
Llevaba tres días sin vida.

Hernán quedó destruido.

“Si hubiera comido algo…
si alguien le hubiera dado comida…
tal vez no habría mu**to.”

Dos semanas después del funeral, empezó.

Cada noche preparaba ocho sándwiches.
Salía de su casa a las 2:45 a.m.
Llegaba a la esquina a las 3:00 a.m.
Colgaba la bolsa.
Se iba.

—Le pregunté por qué lo hacía —contó Lucía—. Me dijo:
“Porque tal vez uno de ellos es el hijo de alguien que todavía lo está buscando”.

Hernán trabajaba en construcción.
No tenía mucho dinero.

A veces era pan, jamón y queso.
A veces solo pan con mantequilla.

—Hice las cuentas una vez —dijo Lucía—.
En seis años son 2.190 días.
Ocho sándwiches por día.
17.520 sándwiches.

—¿Conocía a quienes los comían?

—Nunca quiso. Decía que si los conocía, empezaría a elegir a quién darle y a quién no. Así eran para quien los necesitara.

Carolina compartió la historia.

Se volvió viral en Medellín.
Luego en toda Colombia.

Los comentarios empezaron a aparecer:

“Comí esos sándwiches durante cuatro años. Me salvaron muchas noches.”

“Fueron lo único que comí algunos días. Gracias a quien fuera.”

Uno decía:

“Yo viví en la calle siete años. Comí esos sándwiches en 2018. Hoy tengo casa y trabajo. Tal vez no estaría aquí sin ellos.”

Lucía los leyó todos.

—Mi papá murió pensando que tal vez nadie los comía. Que tal vez no había servido de nada.

Un mes después, Carolina organizó algo.

En la esquina de Manrique, a las 3:00 a.m., se reunieron 43 personas.
Todas habían comido los sándwiches de Hernán.

Llevaron flores.
Velas.
Una foto de Hernán.

Guardaron un minuto de silencio a la hora exacta.

Lucía lloraba.

—Mi papá lo hacía por mi hermano. Porque no pudo salvarlo.
Pero sin saberlo, salvó a 43 personas que hoy están aquí.

Rodrigo, uno de ellos, dijo:

—Estuve siete años en la calle. Esos sándwiches me mantuvieron vivo. Saber que a las 3 a.m. había comida me daba una razón para llegar vivo a esa hora. Hoy llevo dos años limpio. Trabajo. Tengo un cuarto. Existo porque ese señor no dejó de hacer sándwiches.

La comunidad decidió continuar.

Crearon un grupo de WhatsApp:
“Los Sándwiches de Hernán”.

Hoy, 47 personas se turnan.
Cada una hace sándwiches una noche al mes.

Los dejan en la misma esquina.
A las 3:00 a.m.

Han pasado dos años desde que Hernán murió.
Los sándwiches nunca han dejado de aparecer.

Y en el poste hay una pequeña placa que dice:

“Aquí, durante seis años, un padre dejó 17.520 sándwiches para hijos que no eran suyos. Porque no pudo salvar al suyo.
Hernán, tu hijo está orgulloso.”

Lucía visita la esquina cada mes.
Siempre a las 3:00 a.m.

—Para ver si los sándwiches siguen apareciendo.
Porque si aparecen, significa que lo que mi papá empezó… no murió con él.

¿Qué harías tú, todas las noches durante seis años, para honrar a alguien que no pudiste salvar? 🥺❤️

Guillermo estaba comprando café en Starbucks de Beverly Hills. Pidió su orden en inglés. El hombre detrás de él en la fi...
20/12/2025

Guillermo estaba comprando café en Starbucks de Beverly Hills. Pidió su orden en inglés. El hombre detrás de él en la fila se rió fuerte. Oye, amigo, si me hablas en mexicano, te doy $40. Apuesto que ni sabes inglés de verdad. Guillermo se volvió. El hombre era ejecutivo de estudio, traje caro, actitud de quien nunca ha sido confrontado.

“El mexicano no es idioma, respondió Guillermo calmadamente. El hombre se rió más fuerte. Como sea, español, mexicano, ese idioma de jardineros. Apuesto que es lo único que hablas realmente. Guillermo sonrió, sacó su teléfono. Dame tu número, tengo algo que mostrarte. Y lo que pasó en los siguientes 30 minutos cuando Guillermo no solo le habló en seis idiomas, sino que también documentó todo y lo compartió con sus 12 millones de seguidores, convirtió a ese ejecutivo en la persona más odiada de Hollywood durante un mes.

Beverly Hills, California. Agosto de 2024. Starbucks en Wshire Boulevard. 10 de la mañana, un martes. El lugar estaba moderadamente lleno. Profesionales tomando café antes de reuniones, algunas personas trabajando en laptops. Guillermo del Toro había estado en reunión temprano con productores. Terminó antes de lo esperado.

Decidió tomar café antes de su próximo compromiso. Entró al Starbucks, fila de seis personas, se puso al final. Revisaba emails en su teléfono mientras esperaba. Cuando llegó su turno, ordenó, grande americano con espacio para leche, por favor. Inglés perfecto, sin acento perceptible. Guillermo había vivido en Estados Unidos casi 30 años.

Hablaba inglés tan fluidamente como español. Pagó. Se hizo a un lado para esperar su orden. El hombre que estaba detrás de él en la fila se rió fuerte, exagerado. Guillermo lo miró. Era hombre de unos 45 años. Traje caro, reloj que probablemente costaba más que autopromedio. Actitud que gritaba ejecutivo de entretenimiento.

Algo gracioso. Preguntó Guillermo. Sí, man. tu acento super gracioso. Oye, si me hablas en mexicano te doy $40. De verdad, apuesto que ni sabes inglés de verdad. Solo memorizaste esa frase para pedir café. Varias personas en el Starbucks voltearon, algunas incómodas, otras esperando ver qué pasaba. Guillermo se volvió completamente hacia el hombre. El mexicano no es idioma.

Español es el idioma. El hombre se rió más fuerte. Como sea, español, mexicano, ese idioma de jardineros. Apuesto que es lo único que hablas realmente. ¿A qué te dedicas? Landscaping, construcción. Soy director de cine. Claro que sí. El hombre claramente no lo creía o no lo reconocía.

¿Has dirigido algo que haya visto? Probablemente no. Requeriría que vieras películas con subtítulos. Algunas personas en el café se rieron. El hombre se puso rojo. Okay, señor director de cine, si eres tan educado, pruébalo. $0 si me hablas en tu idioma de jardinero. Guillermo sacó su teléfono. Dame tu número. ¿Qué? ¿Por qué? Porque voy a mostrarte algo y quiero asegurarme de que lo recibas.

El hombre confundido pero arrogante dio su número. Guillermo lo guardó. ¿Cómo te llamas? Brad. Brad Williamson. ¿Por qué? Porque Brad Williamson, en próximos minutos vas a convertirte en lección sobre por qué no debes asumir cosas sobre gente basándote en cómo se ven. Guillermo empezó a grabar video en su teléfono.

Brad, pediste que te hable en español. Con gusto. Y entonces Guillermo habló en español, pero no español casual, español académico, elocuente, con vocabulario que claramente Bradía, pero que sonaba impresionante, incluso para quienes no hablaban el idioma. Te estoy diciendo en español que acabas de cometer error de asumir que porque soy latino, solo puedo hablar español y solo trabajo en labor manual.

Esa asunción revela más sobre ti que sobre mí. Brad lo miraba confundido. No entiendo lo que estás diciendo. Exacto. Pero dijiste que te hablara en mexicano. Lo estoy haciendo. ¿Dónde están mis 40? Ese trato era broma, man. No sonaba como broma, sonaba como insulto. Pero sigamos. Guillermo cambió a francés. fluido, perfecto.

Había estudiado en Francia brevemente en su juventud. Hablaba el idioma bellamente. Ahora te estoy diciendo en francés que tu ignorancia es típica de cierto tipo de americano que nunca ha salido de su burbuja y asume que su experiencia es universal. Cambió a italiano. En italiano te estoy explicando que el multilingüismo es norma en la mayoría del mundo.

Solo en Estados Unidos se considera extraordinario hablar más de un idioma. Cambió a inglés. ¿Entendiste algo de eso, Brad? No sé qué idiomas eran. español, francés, italiano, tres idiomas latinos, pero puedo continuar. Cambió a alemán. Guillermo había aprendido alemán para poder leer textos originales de filosofía y literatura alemana. Su pronunciación era excelente.

En Alemán te estoy diciendo que el cine europeo requiere que directores seamos multilinguales porque trabajamos con equipos internacionales constantemente.Cambió a portugués. Y en portugués te explico que he trabajado en Brasil, en Portugal, que he colaborado con artistas de docenas de países. Volvió a inglés.

¿Cuántos idiomas hablas tú, Brad? Inglés. Uno, hablas un idioma y asumiste que yo porque soy mexicano, solo hablo español. Cuando en realidad hablo seis idiomas con fluidez. Español, inglés, francés, italiano, alemán, portugués. ¿Quieres que continúe? Porque también hablo algo de japonés y catalán. Brad estaba claramente incómodo ahora..... https://news1.metacorepc.com/si-me-hablas-en-mexicano-te-doy-40-la-burla-que-convirtio-a-guillermo-del-toro-en-leyenda-2-admin13/

Prisión de Santa Lucía, Italia, 2014.Nadie esperaba nada de Mauro Ferri. Y eso incluía al propio Mauro.Tenía 57 años, un...
13/12/2025

Prisión de Santa Lucía, Italia, 2014.
Nadie esperaba nada de Mauro Ferri. Y eso incluía al propio Mauro.

Tenía 57 años, una condena larga por fraude y una fama silenciosa de “hombre invisible”. No era violento. No lideraba motines. No traficaba. No daba problemas. Simplemente… existía entre muros.

Pero había algo que hacía todas las tardes, a la misma hora.

Cuando el resto salía al patio, Mauro se sentaba en un banco de piedra, sacaba un cuaderno gastado y comenzaba a escribir cartas.

Durante años, lo hizo sin que nadie le preguntara nada.

Un día, el joven preso de la celda contigua, Lorenzo, no aguantó la curiosidad.

—¿A quién le escribes tanto, viejo?

Mauro no levantó la vista.

—A quien lo necesite.

Lorenzo se rió.

—Aquí nadie recibe cartas.

—Por eso mismo —respondió.

El cuaderno estaba lleno. Cientos de cartas. Todas distintas. Todas dirigidas a personas que no conocía:
“A quien esté perdiendo la fe…”
“A quien se sienta solo esta noche…”
“A quien crea que ya no merece nada…”

Las doblaba con cuidado, las metía en sobres sin nombre y las entregaba a la capellanía de la prisión sin decir una palabra.

—Para quien las pida —decía.

Durante años, nadie supo qué pasaba con ellas.

Hasta que un día ocurrió algo inesperado.

Un interno apodado “El Ruso”, temido por todos, pidió hablar con Mauro.

—¿Fuiste tú?

Mauro alzó la vista por primera vez.

—¿El qué?

El hombre sacó una carta arrugada del bolsillo.

—Esta. La encontré en la capilla. Iba a romperla… pero la leí.

La carta decía:
“Puede que nadie te espere afuera. Pero eso no te convierte en alguien que no valga la pena ser esperado por ti mismo.”

El Ruso tragó saliva.

—Llevo treinta años sin llorar —dijo—. Ayer lloré.

Desde ese día, algo se rompió en el aire de la prisión.

Presos empezaron a ir a la capilla solo para ver si había cartas nuevas.
Algunos las leían en silencio.
Otros las guardaban bajo el colchón.
Otros las quemaban después de leerlas… como si así se les quedaran dentro.

Un psicólogo penitenciario empezó a notar cambios.

Menos peleas.
Menos intentos de autolesión.
Más silencio… pero un silencio distinto.

Hasta que un nuevo alcaide llegó y quiso saber quién estaba detrás de aquello.

—¿Quién las escribe?

—Un interno llamado Mauro Ferri.

—¿Tiene permiso?

—No exactamente.

Mandaron llamar a Mauro.

—Esto se acaba —le dijeron—. No somos una editorial de consuelo.

Mauro asintió.

—Entiendo.

Aquella noche, por primera vez en años, no escribió.

A la mañana siguiente, algo inesperado ocurrió.

Más de trescientos presos se negaron a salir al recuento.

Permanecieron sentados en sus celdas, en silencio.

Los guardias entraron nerviosos.

—¿Qué pasa aquí?

Lorenzo habló por todos:

—Hasta que vuelva el que escribe.

Dos días después, el alcaide cedió.

Mauro volvió a su banco de piedra.
A su cuaderno.
A sus sobres.

Pero algo más ocurrió.

Una fundación que colaboraba con la prisión empezó a enviar las cartas al exterior, a hospitales, a hogares de acogida, a centros de desintoxicación.

Sin decir quién las escribía.
Sin contar su historia.
Sin limpiar su pasado.

Un año después, Mauro recibió su primera carta en toda su vida.

Venía sin remitente.

Solo decía:

“Hoy alguien que no conoces decidió no rendirse gracias a ti.”

Mauro sostuvo la carta largo rato entre las manos.

Y por primera vez desde su ingreso, sonrió de verdad.

Cuando salió de prisión, nadie fue a esperarlo.

Pero él tampoco se sintió solo.

Llevaba un cuaderno nuevo bajo el brazo.

Porque hay personas que no nacieron para ser acompañadas.

Nacieron para recordar a otros que todavía vale la pena seguir.

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