30/12/2025
Perdí la comisión más grande de mi vida (unos 5.000 dólares) en menos de 10 segundos, y todo por culpa de mi arrogancia.
Trabajaba como vendedor estrella en una agencia de camionetas de lujo. Yo era el típico vendedor tiburón: traje italiano, zapatos brillantes, perfume caro y una habilidad increíble para escanear a la gente y saber cuánto dinero traían en la cartera. O eso creía yo.
Un martes por la mañana, entró a la agencia un señor mayor. Llevaba una camisa de cuadros deslavada, un sombrero manchado de sudor y, lo peor de todo, unas botas de trabajo llenas de barro seco que iban dejando rastro en mi piso de mármol recién pulido. Olía a campo, a fertilizante y a ganado.
Yo estaba en mi escritorio revisando Facebook. Lo vi entrar y pensé: "Ugh, seguro es el jardinero o viene a pedir trabajo de limpieza". El señor se acercó a la camioneta más cara de la exhibición, una 4x4 Edición Especial que costaba 90.000 dólares. Tocó la puerta con sus manos callosas.
Me levanté molesto. Fui hacia él no para atenderlo, sino para echarlo. —"Oiga, amigo, cuidado con la pintura. Esa camioneta vale más que su casa. Por favor, no la toque si no va a comprar", le dije con mi tono más déspota, haciendo gestos para que se alejara.
El señor me miró tranquilo, se ajustó el sombrero y dijo: —"Buenas tardes, joven. Solo quería ver el interior". —"El interior es para clientes serios. Si busca trabajo, la entrada de servicio es por atrás".
El señor asintió, humillado, y se dio la vuelta. En ese momento, vi entrar a una pareja joven. Vestían ropa de marca, ella traía una bolsa Gucci y él un reloj enorme. "Estos sí son clientes", pensé. Corrí a atenderlos. Les ofrecí café, agua, les abrí las puertas, les expliqué cada detalle del motor. Estuve una hora con ellos. Al final, me dijeron: "Está linda, pero solo veníamos a ver. Aún no nos aprueban el crédito". Y se fueron.
Frustrado, volví a mi escritorio. Entonces vi algo que me dejó helado. En el escritorio de Luis, el chico nuevo, el becario que apenas llevaba una semana, estaba sentado el señor de las botas de barro. Estaban firmando papeles. Muchos papeles.
Me acerqué disimuladamente, pensando que Luis estaba perdiendo el tiempo. —"¿Todo bien por aquí?", pregunté con sarcasmo.
Luis me miró con los ojos como platos, temblando de emoción. —"Sí... Don Rogelio acaba de comprar la Edición Especial". Me reí. —"¿Ah sí? ¿Y cómo la va a pagar? ¿A 800 meses?"
Don Rogelio levantó la vista, sacó una chequera vieja de su bolsillo y me dijo suavemente: —"No, joven. De contado. Y no solo me llevo esa. Me llevo otras cuatro camionetas de trabajo para mis capataces en el rancho. Son cinco en total".
Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Don Rogelio era el dueño de la ganadera más grande del estado. Un hombre que facturaba millones, pero que seguía trabajando la tierra con sus propias manos. Había entrado buscando 5 camionetas. Una venta de casi medio millón de dólares. La comisión de esa venta habría pagado mis deudas de todo el año.
Y se la llevó Luis. El chico nuevo que, cuando vio al señor humillado por mí, se acercó y le dijo: "Señor, no se preocupe por el barro, para eso son estas camionetas, para ensuciarlas. Venga, súbase".
Don Rogelio me entregó el cheque para que yo se lo pasara a la cajera, porque Luis estaba tan nervioso que no podía levantarse. Al darme el papel, me miró a los ojos y me dio la bofetada sin mano más grande de mi historia: —"Joven, le voy a dar un consejo gratis, ya que la comisión se la perdió: El dinero no hace ruido. La riqueza susurra, solo la pobreza presume. La próxima vez, fíjese en los ojos de la gente, no en sus zapatos".
Ese día aprendí que los verdaderos dueños del mundo no necesitan aparentar nada, porque ya saben quiénes son. Y yo, con mi traje caro, solo era un payaso pobre juzgando a un rey disfrazado de mendigo.
🧠 Reflexión para llevar:
Nunca, jamás, juzgues la capacidad económica (o humana) de alguien por su apariencia.
En el mundo de los negocios reales, la gente más rica suele ser la más discreta. El que tiene dinero de verdad no necesita demostrarlo con logotipos gigantes ni actitudes prepotentes. Está demasiado ocupado haciendo más dinero. En cambio, el que no tiene nada, suele gastar todo lo que tiene en parecer que tiene mucho.
Si trabajas en ventas o tienes un negocio, trata al que llega en bicicleta con el mismo respeto que al que llega en Ferrari. Primero, porque es lo correcto humanamente. Y segundo, porque el de la bicicleta podría ser el que compre tu empresa mañana.
El hábito no hace al monje, y las botas sucias a veces caminan sobre terrenos que tú solo sueñas con pisar.