16/01/2026
DESARMANDO ARGUMENTOS ANTI-TUG
15° parte
Por Abraham Sánchez
Los 144 mil redimidos
"Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama" (Lucas 7:47).
Según los anti-TUG (Teología de la Última Generación), la redención de entre los de la tierra de los 144 mil, es la misma redención de todos los tiempos. De entre los de la tierra no significaría una distinción respecto a otras generaciones de redimidos. Realmente la sangre de Cristo compró a todos al mismo costo de su sangre, pero veremos que no todos costaban lo mismo en cuanto a lo que a redención se refiere.
En la Biblia la redención era una práctica legal y familiar en Israel, donde un pariente cercano (goel) podía rescatar a un familiar o sus posesiones pagando un precio que variaba según la situación. Este acto reflejaba justicia, misericordia y restauración dentro del pueblo.
- Redimir (hebreo: gaal) significa rescatar, liberar o recuperar algo o alguien mediante el pago de un precio.
- El goel era el "pariente redentor", responsable de intervenir en favor de un familiar en necesidad.
Las funciones del goel eran:
- Redimir propiedades: Si un israelita empobrecía y vendía su tierra, el pariente más cercano podía comprarla para que no saliera de la familia (Levítico 25:25).
- Redimir personas: Si alguien se vendía como esclavo por deudas, el goel podía pagar su rescate (Levítico 25:47–49).
- Vengar la sangre: El goel también podía actuar como vengador en casos de as*****to (Números 35:19), aunque esto tenía restricciones legales.
- Casarse con la viuda: en el caso del levirato, el goel podía casarse con la viuda de un hermano sin hijos para preservar su linaje (Deuteronomio 25:5–10; Rut 4).
El precio de la redención variaba y no era fijo, sino que dependía de varios factores y circunstancias legales y otros criterios de precio:
- Redención de tierra vendida (Levítico 25:25–28).
- Según los años restantes hasta el jubileo.
- Redención de persona esclavizada (Levítico 25:47–53). - Según el tiempo restante hasta el jubileo.
- Redención de primogénitos (Números 18:15–16). Fijo: 5 siclos de plata.
- Redención de votos o personas (neder) (Levítico 27).
- Según edad y s**o, con tarifas específicas.
- El año del jubileo (cada 50 años) era clave: todas las tierras regresaban a sus dueños originales, y los esclavos hebreos eran liberados. Por eso, el precio de redención disminuía a medida que se acercaba ese año.
La redención en el Nuevo Testamento presenta a Jesús como el Redentor definitivo, cumpliendo el papel del goel al pagar con su sangre el precio por la humanidad (1 Pedro 1:18–19; Efesios 1:7).
Esta redención no es solo legal, sino espiritual y eterna, liberando del pecado y la muerte.
El hecho de que el precio de redención variara según el tiempo restante hasta el jubileo (Levítico 25:50–52) no solo tenía implicaciones económicas, sino que revela principios espirituales y sociales aplicables hoy.
Había un precio proporcional al tiempo restante hasta el jubileo. La redención no es arbitraria: está ligada al tiempo, a la esperanza futura y al valor de la libertad.
Mientras más lejos está el jubileo –que se cumple tanto en la cruz como en la segunda venida– más alto el precio. Cuanto más tiempo queda en esclavitud, más costosa es la restauración.
Esto refleja la necesidad de liberación y de sufrimiento prolongado y la urgencia de la intervención del libertador.
El jubileo podemos verlo como un horizonte de libertad garantizada. Hay un tiempo para la liberación total. Toda redención humana es parcial y temporal, pero apunta a una redención plena y definitiva.
El goel debía calcular con justicia, no explotar. El redentor no debía aprovecharse, sino actuar con misericordia y equidad.
El redimido no podía redimirse solo. Se subraya la necesidad de un mediador. En términos espirituales, nadie puede redimirse a sí mismo del pecado o la muerte.
El sistema hebreo reconocía que cada año de vida libre tenía valor. Hoy, esto nos desafía a valorar el tiempo de experiencia de los demás, especialmente de quienes están en situaciones de persecución o de privacidad.
La redención no era castigo, sino restauración. En contextos cristiano, esto inspira modelos que buscan reintegrar y sanar a las almas, no solo amenazar de castigo divino.
El goel actuaba por amor y deber familiar. Esto nos recuerda que la redención de otros puede depender de nuestra disposición a pagar un precio: tiempo, recursos, compromiso.
En el Nuevo Testamento, Jesús es el Goel que paga el precio completo, no según el tiempo restante, sino con su propia vida (Hebreos 9:12). Esto trasciende el sistema legal y lo cumple en plenitud.
La redención en la cruz no solo fue un acto puntual y definitivo en la historia, sino también el inicio de una obra progresiva de restauración que se despliega en el tiempo en la vida del creyente. Esta visión honra tanto la plenitud del sacrificio de Cristo como la dinámica del proceso de transformación que sigue.
La redención no es solo un hecho consumado sino un proceso en curso.
Cristo pagó el precio completo por el pecado, asegurando el perdón y la reconciliación con Dios. Dijo “consumado es” (Juan 19:30); Hebreos 9:12. Pero es un proceso continuo. La redención se aplica y despliega en la vida del creyente a lo largo del tiempo, restaurando su ser, relaciones y propósito (Romanos 8:23; 2 Corintios 3:18; Filipenses 1:6).
La ley del Antiguo Testamento ya anticipaba esta dimensión temporal:
- El precio de redención variaba según el tiempo restante hasta el jubileo (Levítico 25:50–52). Esto sugiere que la redención no era solo un evento, sino una obra proporcional al tiempo, al daño, y a la esperanza futura.
- En la vida del creyente, aunque la redención legal ya fue pagada, la restauración del alma, del carácter, de las relaciones y del propósito ocurre en el tiempo, como una obra del Espíritu.
La redención podemos verla como restauración progresiva. Así como el goel debía pagar según los años comprometidos, Cristo no solo nos redime del pasado, sino que invierte en nuestro futuro, restaurando lo que fue dañado por el pecado.
De esa manera, no podemos ver la redención estacionada en la cruz sino llevada a la intercesión a lo interno del santuario.
Cada etapa tiene su costo:
- La sanidad de heridas profundas, la renovación de la mente, la liberación de patrones destructivos… todo eso implica un “costo” en términos de gracia, disciplina, y tiempo. No porque falte algo en la cruz, sino porque la redención se encarna en nuestra historia.
El Espíritu Santo se muestra como agente de redención continua. Efesios 1:13–14 habla del Espíritu como “las arras de nuestra herencia”, es decir, el anticipo de la redención plena. Él aplica en nosotros, día a día, lo que Cristo ya logró. Lo mismo sucede en la historia de la iglesia y en sus generaciones.
Podemos imaginar la redención como una semilla plantada en la cruz, que germina en el corazón del creyente y va creciendo a lo largo del tiempo, hasta que toda la creación sea redimida (Romanos 8:21–23). El precio fue pagado de una vez, pero la restauración se despliega como una obra de arte en proceso. Eso cuesta distinto a cada uno.
En Lucas 7:36–50, en el contexto de una comida en casa de un fariseo llamado Simón, una mujer conocida como pecadora unge los pies de Jesús con perfume y lágrimas, y los seca con su cabello. Simón se escandaliza, pero Jesús responde con una parábola breve y poderosa.
“Un acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos. ¿Cuál de ellos le amará más?”
Simón respondió: “Pienso que aquel a quien perdonó más.”
Jesús le dijo: “Has juzgado correctamente.
Jesús usa esta parábola para revelar la relación entre el perdón recibido y el amor expresado.
- Ambos deudores eran insolventes: ninguno podía pagar su deuda, grande o pequeña. Esto representa la condición humana ante Dios: todos necesitamos gracia.
- El perdón es gratuito, pero no barato: el acreedor “perdonó a ambos”, lo que implica que asumió la pérdida. Esto anticipa el costo que Jesús mismo pagaría en la cruz.
- La respuesta del corazón es proporcional al reconocimiento del perdón recibido: “Aquel a quien más se le perdona, más ama.”
1. No se trata de cuánto pecaste, sino de cuánto reconoces que has sido perdonado.
El fariseo se creía justo y, por tanto, no sentía necesidad de amar. La mujer, en cambio, sabía cuánto necesitaba gracia, y su amor fue desbordante.
2. El amor no es la causa del perdón, sino su fruto.
Jesús no dice: “Porque me amó, la perdoné”, sino: “Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho” (Lucas 7:47), es decir, su amor demuestra que ha sido perdonada.
3. La redención se vuelve personal cuando reconocemos la profundidad de nuestra necesidad.
Solo quien se sabe redimido puede amar con libertad, sin orgullo ni temor.
La redención no solo debemos verla como un hecho consumado en la cruz, sino como una obra cuyo “costo” se despliega en el tiempo, en proporción a la restauración que implica en cada vida.
En el Nuevo Testamento, Cristo es el Redentor que paga el precio completo con su sangre (1 Pedro 1:18–19). Pero ese precio no solo cubre el perdón legal del pecado: también cubre la restauración progresiva del ser humano.
Así como en la ley de Moisés el precio se ajustaba al tiempo de esclavitud, en la vida del creyente el “costo” de la redención se refleja en el tiempo que toma restaurar lo perdido:
- Aquel que ha estado más tiempo en esclavitud, más profundamente herido o más alejado, requiere una obra más extensa de gracia.
- No porque Cristo deba pagar más, sino porque la aplicación de esa redención implica más sanidad, más paciencia, más intervención del Espíritu.
Volviendo a la parábola de los dos deudores (Lucas 7), Jesús muestra que el que más ha sido perdonado, más ama. Esto sugiere que:
- El costo de la redención se refleja en el amor que despierta.
- El amor del redimido es proporcional a la profundidad de su restauración.
La redención no es solo un acto jurídico, sino una obra de restauración proporcional al daño, al tiempo perdido y a la profundidad de la herida. Cristo pagó el precio total, pero el Espíritu aplica esa redención en el tiempo, como un goel que no solo paga, sino que acompaña, restaura y reconstruye.
La última generación es la que más ha profundizado en el pecado. Después de seis mil años de degeneración habrá una clase que será restaurada a un grado máximo de santidad y perfección. Ellos serán el testimonio eterno ante el universo de que la ley de Dios es justa y que puede ser guardada por todos los que se conectan con su poder, no importa qué tan bajo estén. Es la generación más necesitada. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.
Bendiciones.
Abraham Sánchez 👈
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