17/04/2026
Un canto a la hipocresía
Cuento de Johnny Erasmo
«Algún día moriré, como toda criatura en este mundo. Quizás se diga de mí: "Johnny Erasmo, el hombre que siempre fracasó". A lo que yo añadiría: "Pero fue el hombre que jamás se rindió". Porque rendirse no fue una opción en la vida de Johnny Erasmo».
Sin embargo, llegó el día en que las dificultades se volvieron más pesadas que mi propia voluntad. Mis habilidades, aquellas que siempre me permitían encontrar una salida favorable, se quedaron mudas. Fue en ese momento determinante cuando decidí poner a prueba a mis amigos, a mis familiares y al sistema de gobierno que tanto publicita que el Estado acude en auxilio de los necesitados. Yo, que siempre me creí un gestor cultural, jamás le había pasado factura a ningún gobierno.
Un amigo cercano logró entrar al despacho presidencial. Iba con una misión: conseguir una de esa pensión económica que el Estado otorga, casi siempre, a quienes no las necesitan.
—Presidente —dijo el amigo, extendiendo un dossier—, quiero pedirle que considere una ayuda para Johnny Erasmo.
El mandatario, sin levantar la vista de unos documentos, frunció el ceño.
—¿Erasmo? No me suena. ¿Quién es él? ¿Qué aportes hizo a la campaña en las últimas elecciones?
—Presidente, no creo que haya hecho nada para la campaña —respondió el amigo con firmeza—, pero ha hecho mucho por la cultura y el arte de este país. Ha escrito más de veinte obras literarias y tiene más de doscientas obras de arte. Es un patrimonio vivo.
El presidente cerró la carpeta, soltó un suspiro de aburrimiento y sentenció:
—Entonces, que viva de ese trabajo que usted dice que ha hecho. Siguiente turno, por favor.
Mi amigo salió del Palacio con el alma escoltada por la frustración; la misma que me acompañó durante el ochenta por ciento de mi vida.
El umbral de la despedida
Como no se consiguieron los recursos para mi recuperación, llegó el momento que yo ya conocía de antemano. Nacido en una familia de escasos recursos, pero de una dignidad inquebrantable, sabía que tenía por qué morir como viví con dignidad: sin dinero y sin un Estado que responda por las necesidades de sus ciudadanos, sin importar si tienen o no la afiliación del partido de turno.
Entonces mis ojos se cerraron. Pero, curiosamente, seguí viendo todo lo que pasaba a mi alrededor. No sé cómo, pero mi visión era más clara que antes y mis oídos se volvieron agudos. De repente, mi casa, muy modesta, se llenó de personas: las que me amaban y las que no.
Me limité a observar los rostros y a escuchar los lamentos. Incluso oí a algunos críticos que, frente a mi cuerpo postrado, aprovecharon para soltar sus "verdades".
—Era un romántico fuera de tiempo —susurró uno de ellos en un rincón—. Se quedó atrapado en el pasado. Eso de embarrar pedazos de tela y llamarlos arte ya no es lo que la gente busca.
—Es cierto —respondió otro, mientras revisaba su celular—. Hoy no hace falta talento, solo habilidades para mentir y ver a los demás como tontos útiles. En esta sociedad de seres animados por inteligencia artificial, el dinero es el único valor.
Mis hijos estaban destrozados. Fue lo que más me dolió, a pesar de que fueron los últimos en enterarse de mi partida. Quizás fue mejor así; nada es peor para mí que una despedida.
El acto final
Mi último día fue fascinante. Vi gente llorar por mí, personas de las que yo no era precisamente "santo de su devoción". Escuché a extraños lamentar la muerte de aquel "ilustre ciudadano dominicano". Me sorprendió ver tantas flores; no entiendo para qué las cortan, si al día siguiente se marchitan, mientras que en su mata duran mucho tiempo vivas y radiantes.
Pero la mayor sorpresa estaba por llegar. Un edecán apareció entre la multitud con una corona de flores inmensa. El mensaje, en letras doradas, decía: "En honor a un baluarte de nuestra cultura. Con profundo pesar, el Señor Presidente".
El mismo hombre que no me conoció cuando necesité una pensión, enviaba un mensaje emotivo ahora que ya no podía pedir nada. La política, al parecer, solo tiene recursos para fortalecer la economía de los que gobiernan y para comprar coronas de flores en tiempos de reelección.
No culpo a nadie. Sé que todos están muy ocupados buscando su "life" en las redes sociales. Yo me marcho con la tranquilidad de quien no se rindió, dejando atrás un mundo donde la hipocresía es el canto más afinado.