09/11/2025
una probadita del nuevo libro de Johnny Erasmo
La vida en el rancho
Cuento de Johnny Erasmo
Yo nací en el rancho. Cuando tenía unos doce años, mis padres decidieron mudarse a la ciudad. Yo estaba loco por irme, porque en el rancho tenía que compartir con los cerdos, los caballos y las gallinas. Para mí era algo degradante tener que lidiar con animales en vez de tener amigos, novias y los lujos que imaginaba de la ciudad.
Por fin, mis padres se mudaron y yo era el más feliz del mundo. En la ciudad había carros, motores, juguetes y los alimentos estaban tan bien presentados que hasta el hambre se veía elegante. Ya no tenía que ordeñar vacas; solo bastaba con comprar la leche. Para todo le pedía dinero a mi padre, y la vida parecía fácil. Me pasaba los días mirando televisión, jugando y disfrutando de lo que creía que era el progreso.
Cuando terminé el bachillerato, aún no sabía qué estudiar. No entendía bien cómo dedicarme a una sola cosa cuando estaba acostumbrado a hacer muchas al mismo tiempo. Al final me decidí y logré terminar una carrera. Pero entonces surgió otro problema: no encontraba trabajo. Había alcanzado mi sueño de ser profesional, pero no sabía dónde poner en práctica mis conocimientos.
Poco después, murió mi padre, y la familia empezó a gastar los recursos que él había dejado. Un día, mi madre me llamó a la cocina —como solía hacerlo con mi padre cuando quería hablar de algo importante—, y me llené de miedo; sabía que se trataba de algo serio.
—Hijo —me dijo con voz cansada—, sé que no es tu culpa no haber conseguido trabajo, pero el dinero que dejó tu padre se está acabando. Dime, ¿qué vamos a hacer para no quedarnos en la calle?
Sus palabras me sacudieron. No sabía que estábamos tan mal. Entonces me puse de pie y le dije con firmeza:
—Madre, trabajaré en lo que sea, aunque no sea en mi carrera. Ya entendí que no siempre se puede vivir de lo que uno estudia.
Y así lo hice. Conseguí empleo en una fábrica de alimentos para animales. Irónicamente, aquel trabajo me recordó todo lo que hacía en el rancho: limpiar, cargar sacos, tratar con los mismos olores y sonidos. Solo que, esta vez, me pagaban un salario. Pero el sueldo era tan bajo que no alcanzaba ni para cubrir la mitad de los gastos del mes.
Un día, frustrado, le dije a mi madre:
—Madre, mi carrera fue un fracaso. Creo que la vida en el rancho era mejor. Aquí tenemos que pagar por lo que allá era gratis. Hasta el agua hay que comprarla, y allá el río pasa por el frente con agua cristalina. Además, prometí volver cuando terminara la carrera para buscar a Olga Lidia. Nunca he dejado de pensar en ella.
Entonces mi madre me miró con ternura y me dijo:
—Nosotros vinimos a la ciudad por ti. No queríamos que fueras un simple campesino, sino un profesional. Nunca te lo dijimos, pero esa fue la razón. Ahora, la decisión es tuya.
Esa noche no pude dormir. Mi madre había puesto la pelota en mi cancha, y yo no era buen jugador, pero sabía que debía hacer la última jugada.
Las semanas pasaron, y el dinero seguía sin alcanzar. Cambié varias veces de trabajo, pero el resultado era siempre el mismo: trabajar solo para estar cansado. Una noche, agotado, soñé que estaba de nuevo en el campo y que Olga Lidia, la mujer que amé desde niño, me pedía que me casara con ella. Ese sueño me dio una nueva razón para seguir.
A la mañana siguiente, fui yo quien llamó a mi madre a la cocina. El café recién colado llenaba el aire con su aroma familiar.
—Madre —le dije—, he decidido que nos vamos de nuevo al rancho.
Ella no me creyó al principio, pero sus ojos se llenaron de alegría.
—¡Vámonos ya! —me dijo emocionada—. Aquí nunca fuimos felices. En el rancho lo tenemos todo; allá está nuestra vida.
Y tenía razón. Le respondí:
—Sí, aquí solo encontramos tristeza, muerte y desaliento.
Al llegar al rancho, me llevé una gran sorpresa. La persona que salió a recibirnos fue Olga Lidia. La niña de mis sueños se había convertido en una bellísima mujer.
—No has cambiado nada —le dije con asombro.
Ella sonrió y me respondió:
—No cambié porque te estaba esperando.
En ese momento supe que todo había valido la pena.
Mi madre se adaptó enseguida a su antiguo entorno. Yo comencé a ver el mundo con otros ojos: las frutas sabían mejor, los animales me entendían, y la vida recobró sentido. Pronto me casé con Olga Lidia y descubrí la verdadera felicidad. Su sonrisa era mi riqueza, y comprendí el valor de las cosas simples.
Jamás volví a la ciudad. Solo me quedó un pergamino colgado en la sala, recuerdo de un tiempo perdido, símbolo de un ego que ya no me pertenecía.
Cuando la vida parecía perfecta, apareció un necio. Era Miguelo, un viejo amigo de infancia.
—Tú me quitaste la mujer —me dijo con rabia—. Olga Lidia es el amor de mi vida.
Lo miré a los ojos, incrédulo, y le respondí con ironía:
—Ah, qué bien. Ella también es el amor de mi vida. Pero como no puede estar con los dos, se quedó conmigo, y la estoy haciendo feliz.
Miguelo, sin entender la broma, salió corriendo. Perdí un amigo, pero no me importó. Él eligió su propio camino movedizo y se hundió solo, lejos de nuestra paz.
Desde entonces, cada amanecer tiene el sonido de los gallos, el olor a tierra mojada y la sonrisa de la mujer que esperó por mí. Y cada día, al mirar el horizonte, le doy gracias a la vida… por haberme devuelto al rancho.