18/02/2026
REFLEXIÓN
LA SALUD FISICA, MENTAL Y EMOCIONAL NO SON UN JUEGO 🎳
Y QUÉ HAY DE LA LUZ BLANCA Y SU INCIDENCIA EN LA HIPERACTIVACIÓN NEURONAL?
ESTO YA FUE ESTUDIADO A FINALES DEL SIGLO PASADO Y ACÁ CAEMOS EN EL MISMO HUECO.
LAMENTABLEMENTE NUESTRO SISTEMA DE SALUD ESTÁ BASADO EN EL MODELO YA FRACASADO Y DESCONTINUADO DE LA ÉPOCA DE 1960 A 2000 GR**GO.
OJO: COMO PADRES LA OBLIGACIÓN MORAL ES LEER Y AUTOEDUCARSE YA QUE LA VIDA DE NUESTROS HIJOS LITERALMENTE ESTÁ EN NUESTRAS MANOS.
ES SANO Y BUENO ACUDIR A MÁS DE UN PROFESIONAL Y COMPARAR CRITERIOS CLÍNICOS.
LA MAYORÍA DE PROFESIONALES HAN CAÍDO EN EL SUCIO JUEGO DE VER A UN PACIENTE CON SIGNO DE DÓLAR 💲 💵 Y NO APERSONARSE DEL CASO PARA ANALIZARLO DEBIDAMENTE.
TOMADO DEL MURO DE:
JULIO CÉSAR CHÁVES
La generación sobremedicada: ¿TDAH real o sistema educativo incompatible con cerebros normales? 🤔
Estoy cursando psicopedagogía. En primer año, en la materia Diagnóstico 1, comenzamos a estudiar los criterios del DSM-5 para identificar trastornos del aprendizaje. En segundo año, en Diagnóstico 2 y Psicopatología, profundizamos en protocolos de evaluación, baterías de tests, y procedimientos para derivar estudiantes a tratamiento farmacológico. Lo irónico es que mientras más aprendo sobre estos diagnósticos, más me pregunto si estamos siendo entrenados para identificar trastornos reales o para etiquetar como patológicos a niños que simplemente no encajan en sistemas educativos disfuncionales.
Y hablo así porque acá está lo que nadie dice en voz alta en esas aulas universitarias, cada año, millones de estudiantes reciben un diagnóstico de Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Cada año, las prescripciones de metilfenidato y anfetaminas aumentan en poblaciones escolares. Y cada año, nadie se detiene a preguntar lo obvio: ¿y si el problema no son los cerebros de los niños, sino el diseño de nuestras aulas?
El educador brasileño Paulo Freire acuñó el término "educación bancaria" para describir un modelo pedagógico donde los estudiantes son recipientes vacíos en los que los profesores depositan conocimiento. Sentados en filas, quietos durante horas, absorbiendo información fragmentada sin conexión con su realidad, evaluados mediante su capacidad de regurgitar datos memorizados.
Freire lo llamó deshumanizante. Hoy podríamos llamarlo neurotóxicamente incompatible con cómo funciona el aprendizaje humano.
Acá está el experimento mental: toma a un adulto sano, colócalo en una silla durante seis horas, prohíbele moverse libremente, pedile que preste atención a información que no solicitó ni tiene relevancia inmediata para su vida, fragmenta esa información en bloques de 45 minutos sin conexión entre sí, castígalo si su mente divaga, y luego evalúa su capacidad de recordar datos descontextualizados. ¿Qué porcentaje de adultos "normales" tendría un rendimiento óptimo en ese entorno? ¿5%? ¿10%?
Sin embargo, cuando un niño de ocho años no puede cumplir estos criterios arbitrarios, no cuestionamos el sistema, diagnosticamos un trastorno.
A este respecto, el psiquiatra Peter Breggin, crítico vocal de la sobremedicación infantil, señala en "Hablando de nuevo a Ritalin" que los síntomas del TDAH son prácticamente indistinguibles de los síntomas de un niño aburrido, subestimulado o colocado en un ambiente pedagógicamente inadecuado para su temperamento. "Falta de atención sostenida en tareas", y esto me lleva a preguntar: ¿trastorno neurológico o respuesta adaptativa a tareas intrínsecamente poco interesantes? "Dificultad para permanecer sentado", y esto me hace preguntar: ¿patología o necesidad biológica normal de movimiento en organismos en desarrollo?
Los datos epidemiológicos revelan algo fascinante, las tasas de diagnóstico de TDAH varían drásticamente entre países con poblaciones genéticamente similares. Estados Unidos diagnostica TDAH en aproximadamente el 10% de niños en edad escolar. Francia diagnostica menos del 0.5%. ¿Experimentó Francia una mutación genética que protege cerebros infantiles? ¿O acaso tienen sistemas educativos con diferentes tolerancias al comportamiento infantil normal y diferentes relaciones con la industria farmacéutica?
Cito ahora al filósofo Byung-Chul Han, que argumenta en "La sociedad del cansancio" que vivimos en una era de autoexplotación donde hemos internalizado la lógica productivista capitalista. Los niños son ahora objetos de esta lógica, deben "rendir", estar "enfocados", ser "productivos" según métricas diseñadas para trabajadores de fábrica del siglo XIX, no para cerebros humanos en desarrollo del siglo XXI.
Y cuando sus cerebros, diseñados por cientos de años de experiencias para aprender mediante exploración, juego, movimiento y relevancia contextual, rechazan este modelo antinatural, los medicamos para que se ajusten.
Aclaro que con esto que digo no estoy negando que exista el TDAH como condición neurobiológica real. La neurociencia documenta diferencias en función ejecutiva, regulación de dopamina y control inhibitorio en algunas personas. Pero existe una diferencia abismal entre reconocer que algunos cerebros funcionan diferente y afirmar que el 10% de todos los niños tiene un trastorno que requiere anfetaminas médicas.
Todo esto me lleva a preguntar: ¿cuántos de esos diagnósticos son cerebros divergentes que necesitan tratamiento, y cuántos son cerebros normales que están siendo forzados a funcionar en entornos educativos patológicos? Sir Ken Robinson, investigador de creatividad y educación, señalaba que nuestros sistemas educativos fueron diseñados durante la Revolución Industrial para producir trabajadores estandarizados. "Educamos a los niños en grupos por fecha de fabricación", decía, "como si lo más importante de ellos fuera su fecha de manufactura".
Los cerebros que no se adaptan a este modelo de manufactura son etiquetados como defectuosos.
Ahora consideremos la alternativa, escuelas en Finlandia tienen recreos de 15 minutos cada hora. Las escuelas Montessori permiten movimiento autodirigido y aprendizaje basado en interés. Los modelos de educación democrática como Sudbury permiten que niños diseñen su propio currículo. En estos entornos, los "síntomas de TDAH" frecuentemente desaparecen sin medicación, porque nunca fueron trastornos, eran respuestas racionales a ambientes irracionales.
El filósofo Harari nos recuerda en "21 lecciones para el siglo XXI" que los sistemas educativos actuales preparan personas para un mundo que ya no existe. Memorizan datos que Google recupera en milisegundos, practican atención sostenida en tareas arbitrarias cuando las carreras futuras requerirán pensamiento adaptativo y creatividad. Mientras tanto, medicamos precisamente las características, curiosidad inquieta, cuestionamiento constante, necesidad de movimiento, que podrían ser ventajas en economías creativas.
La industria farmacéutica no tiene incentivo para cuestionar este modelo. Las ventas globales de medicamentos para TDAH superan los 17 mil millones de dólares anuales. Los sistemas educativos sobrepoblados y subfinanciados no tienen incentivo para rediseñar pedagogías, es más barato diagnosticar y medicar. Los padres agotados, presionados para que sus hijos "rindan" en sistemas competitivos brutales, aceptan la pastilla que promete calma y concentración. Y mientras tanto, una generación entera de niños aprende que cuando tu entorno es insoportable, la solución no es cambiar el entorno, es cambiar tu química cerebral para tolerarlo.
En mis clases de psicopedagogía, nos enseñan a aplicar tests, interpretar manuales diagnósticos, identificar "desviaciones de la norma". Pero rara vez nos preguntan: ¿quién definió esa norma? ¿A quién beneficia mantenerla? ¿Qué pasaría si en lugar de entrenar profesionales para adaptar niños a sistemas rígidos, formáramos profesionales capaces de cuestionar y transformar esos sistemas?
Eso no es educación. Es domesticación química al servicio de sistemas obsoletos que nos negamos a reformar.
Si realmente nos preocupara el aprendizaje en lugar de la conformidad, si diseñáramos escuelas alrededor de cómo los humanos realmente aprenden en lugar de cómo las fábricas necesitan que trabajadores se comporten, me pregunto cuántos de esos diagnósticos simplemente se evaporarían.
Pero esa conversación requeriría cuestionar estructuras de poder, modelos económicos y jerarquías institucionales. Es mucho más simple medicar a los niños y llamarlo tratamiento. Y es mucho más simple entrenar psicopedagogos para administrar ese sistema que para cuestionarlo.
Julio César Cháves