23/05/2025
La salud no es un premio fruto del azar , sino el resultado silencioso de decisiones repetidas. La suerte puede influir, pero no gobierna: somos arquitectos de nuestro propio bienestar a través de lo ordinario. Cada día, en cosas pequeñas como lo que comemos, cómo descansamos, si escuchamos al cuerpo o lo ignoramos, firmamos un pacto con la vida o con su deterioro.
La dificultad radica en que la tentación del camino fácil es constante. La sociedad celebra lo inmediato: el placer efímero, la pereza disfrazada de descanso, la intoxicación como escape. Elegir la salud, en cambio, exige lucidez: es un acto de rebelión contra la inercia, un cultivo paciente que no siempre da frutos visibles.
Pero hay una paradoja: aunque la salud sea elección, también es fragilidad. Nadie está a salvo de lo imprevisto como enfermedades, accidentes, genes rebeldes. Por eso, más que obsesión, debe ser un diálogo consciente: cuidar sin angustia, aceptar sin rendirse. Al fin y al cabo, la verdadera salud acaso no sea solo del cuerpo, sino de esa voluntad que, aun en la adversidad, elige no traicionarse a sí misma.
"El hombre es dueño de sus días en la medida en que es dueño de sus hábitos. Y en ellos, esculpe su libertad o su esclavitud".