Byron Herrera Nutricionista

Byron Herrera Nutricionista Consultorio Nutricional

Nutricionista - PUCE🇪🇨
Máster en Nutrición Infantil - UEES🇪🇨
Doctorado en Obesidad y Metabolismo - UNINI🇲🇽
Atendemos:
- Nutrición en enfermedades metabólicas (Diabetes-Hipertensión- Hipotiroidismo)
- Nutrición Infantil
(Obesidad - Desnutrición)

02/03/2026

Opinion “Comer por costumbre y no por hambre"por Byron Herrera👉 A muchas personas les ha pasado: terminan de almorzar, se sienten satisfechas, incluso algo llenas, pero al mirar el plato aún queda comida. Aunque el cuerpo ya no lo necesita, la mano sigue llevándose el último bocado a la boca. No por hambre, sino por costumbre. A este comportamiento se lo conoce como síndrome del plato vacío, una conducta aprendida que nos lleva a comer más allá de nuestras necesidades reales y que, sostenida en el tiempo, puede convertirse en un factor de riesgo para el sobrepeso, la obesidad y una relación poco saludable con la comida.
Este síndrome no aparece de la nada. En la mayoría de los casos tiene raíces culturales y familiares profundas. Muchas personas crecieron escuchando frases como “la comida no se bota”, “hay que terminar todo” o “piensa en los niños que no tienen qué comer”. Estas ideas, aunque nacen desde la escasez, el esfuerzo y la buena intención, terminan enseñándonos a ignorar las señales internas del cuerpo. Poco a poco aprendemos que el plato vacío es la señal de que la comida terminó, no la saciedad.
El problema es que el cuerpo funciona de otra manera. El hambre es una señal fisiológica compleja, regulada por el cerebro, las hormonas y los niveles de glucosa en sangre. Puede manifestarse como vacío en el estómago, irritabilidad, cansancio o dificultad para concentrarse. La saciedad, en cambio, es la sensación de satisfacción que aparece cuando el organismo ya recibió la energía suficiente. Cuando comemos respetando estas señales, el cuerpo se autorregula de forma natural. Pero cuando comemos por obligación, por culpa o por hábito, enviamos mensajes confusos al cerebro y debilitamos esta capacidad innata de autorregulación.
Diversos estudios han demostrado que el tamaño de la porción influye más en cuánto comemos que el hambre real. Investigaciones en comportamiento alimentario muestran que tanto niños como adultos tienden a comer lo que tienen servido, independientemente de si lo necesitan o no. En la infancia, esto es especialmente relevante, ya que los niños no dejan de comer cuando están llenos, sino cuando el plato se vacía. Así, sin darse cuenta, aprenden desde pequeños a depender de señales externas para decidir cuándo parar.
Lejos de desaparecer con la edad, este patrón suele mantenerse en la adultez. Comer hasta terminar el plato se convierte en una norma automática que afecta el autocontrol. Por eso muchas personas sienten que no pueden comer solo un poco de chocolate, unas pocas galletas o una porción pequeña de postre. No es falta de fuerza de voluntad, sino un aprendizaje repetido durante años: si está servido, hay que terminarlo.
Salir del síndrome del plato vacío implica reaprender a escuchar al cuerpo. La alimentación consciente o alimentación intuitiva propone justamente eso: volver a reconocer el hambre y la saciedad sin juicios ni culpas. Un primer paso es preguntarse durante la comida si se sigue comiendo por gusto o solo por costumbre. Reconocer la diferencia entre “tengo hambre” y “solo no quiero dejar comida” es clave para cambiar el patrón.
Otro ejercicio útil es dejar voluntariamente un pequeño bocado en el plato. No se trata de desperdiciar alimentos, sino de entrenar la mente a tolerar la sensación de no terminar todo. Al inicio puede generar incomodidad, pero con el tiempo ayuda a romper la asociación entre plato vacío y comida correcta. También es importante trabajar la culpa. Guardar lo que sobra para otra comida, compartir porciones o pedir envases para llevar son estrategias simples que permiten respetar la saciedad sin desperdiciar.
Finalmente, es fundamental recordar que dejar comida no es una falta de respeto ni un error. Es una forma de autocuidado. Comer cuando hay hambre y parar cuando aparece la saciedad es una habilidad que todos tenemos, pero que muchas veces hemos olvidado. Recuperarla no solo mejora la relación con la comida, sino que también protege la salud física y emocional a largo plazo.

26/02/2026

🍯 ¿Consumes miel todos los días? Cuidado con lo que estás comprando.

No todo lo que parece miel realmente lo es.
Muchas opciones en el supermercado tienen como primer ingrediente **azúcar añadida**, y eso puede afectar tu peso, tus niveles de glucosa y tu salud metabólica.

👉 Revisa siempre la etiqueta.
👉 Busca que sea 100% miel orgánica.
👉 Evita productos con azúcar como ingrediente principal.

Pequeñas decisiones al comprar hacen una gran diferencia en tu salud.

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23/02/2026

Opinión “Malos hábitos para bajar de peso: lo que te frena sin que te des cuenta" Byron Herrera 👉 Cuando una persona decide bajar de peso, casi siempre lo hace con buena intención: comer menos, dejar ciertos alimentos o empezar una dieta “rápida”. Sin embargo, en el camino aparecen hábitos que, aunque parecen ayudar, en realidad dificultan el proceso, generan frustración y muchas veces llevan al abandono. Uno de los errores más comunes es saltarse comidas, especialmente el desayuno o la cena. Muchas personas creen que comer menos veces al día hará que bajen de peso más rápido, pero ocurre lo contrario: el cuerpo entra en modo ahorro, disminuye el gasto energético y aumenta el hambre más tarde, lo que favorece atracones o elecciones poco saludables. Un buen hábito es mantener horarios regulares de comida, incluso cuando se quiere bajar de peso, priorizando calidad antes que cantidad.
Otro mal hábito frecuente es eliminar grupos completos de alimentos, como los carbohidratos o las grasas. Quitar el arroz, la papa, el pan o el aceite sin criterio puede provocar cansancio, ansiedad, déficit nutricionales y una relación negativa con la comida. Los carbohidratos no engordan por sí solos; el problema está en las porciones, la frecuencia y el tipo que se elige. Lo mismo ocurre con las grasas: las saludables, como el aguacate, el maní o el aceite de oliva, son necesarias para el metabolismo y la saciedad. El objetivo no es prohibir, sino aprender a elegir y equilibrar.
Comer muy rápido es otro hábito que juega en contra. Cuando se come apurado, el cerebro no alcanza a registrar la saciedad y se tiende a comer más de lo necesario. Además, comer frente al celular o al televisor desconecta a la persona del acto de comer, lo que facilita el exceso. Un tip sencillo es dedicar al menos 20 minutos a cada comida, masticar bien y prestar atención a las señales del cuerpo. Comer con calma ayuda más que cualquier dieta extrema.
Muchas personas también subestiman el impacto de las bebidas. Jugos, colas, bebidas energéticas, cafés con azúcar o alcohol aportan calorías “invisibles” que no generan saciedad. Incluso los jugos naturales, aunque suenen saludables, concentran azúcar y pueden frenar la pérdida de peso si se consumen en exceso. El agua sigue siendo la mejor opción. Un buen consejo es empezar el día hidratándose bien y revisar cuántas calorías líquidas se consumen sin notarlo.
Otro error común es pensar que solo la dieta importa y dejar de lado la actividad física. Bajar de peso sin moverse puede hacer que se pierda masa muscular, lo que a largo plazo dificulta mantener los resultados. No se trata de pasar horas en el gimnasio, sino de moverse más en el día a día: caminar, subir gradas, bailar, hacer ejercicios de fuerza algunas veces por semana. El movimiento no solo quema calorías, también mejora el ánimo y reduce la ansiedad.
Dormir poco o mal es un hábito silencioso que afecta directamente al peso. La falta de sueño altera hormonas relacionadas con el hambre y la saciedad, aumentando el apetito y las ganas de alimentos altos en azúcar y grasa. Dormir menos de seis horas de forma habitual dificulta cualquier intento de bajar de peso. Establecer horarios de sueño, evitar pantallas antes de dormir y respetar el descanso es parte del proceso, aunque muchas veces no se lo considere.
Finalmente, uno de los peores hábitos es buscar resultados rápidos y compararse con otros. Las dietas milagro, los retos extremos o los productos “quemagrasa” generan expectativas irreales. Bajar de peso es un proceso individual, que requiere constancia y paciencia. Un buen tip es enfocarse en cambios pequeños y sostenibles: mejorar una comida al día, aumentar un poco la actividad física, tomar más agua o dormir mejor. Estos cambios, mantenidos en el tiempo, dan resultados reales y duraderos.
En resumen, bajar de peso no depende solo de comer menos, sino de identificar y corregir hábitos que sabotean el proceso. Comer con orden, elegir mejor, moverse más, dormir bien y tener expectativas realistas marca la diferencia entre intentar bajar de peso muchas veces y lograrlo de forma saludable. Si quieres resultados que duren, trabaja en tus hábitos, no solo en la balanza.

19/02/2026

🩺 ¿Te diagnosticaron diabetes y no sabes por dónde empezar?

No tienes que enfrentar este proceso solo.
Con el acompañamiento adecuado, controlar tu diabetes es posible.

El tratamiento farmacológico es importante, pero la **alimentación es clave** para mantener tus niveles de glucosa estables y prevenir complicaciones.

Con un plan adecuado aprenderás a:
✅ Saber qué comer y qué evitar
✅ Controlar tus porciones
✅ Reducir picos de glucosa
✅ Mantener constancia en tu proceso

La diabetes no significa dejar de vivir, significa aprender a vivir mejor.

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09/02/2026

Opinión “Hambre real vs. ansiedad: cómo aprender a diferenciarlas"Byron Herrera👉 Muchas personas dicen “tengo hambre” cuando en realidad lo que sienten es ansiedad, estrés o aburrimiento. Aprender a diferenciar el hambre real del hambre emocional es una de las claves más importantes para mejorar la relación con la comida, evitar el aumento de peso innecesario y cuidar la salud física y mental. No se trata de fuerza de voluntad ni de “comer menos”, sino de entender qué está pidiendo realmente nuestro cuerpo.
El hambre real es una necesidad fisiológica. Aparece cuando el organismo necesita energía y nutrientes para funcionar correctamente. Suele desarrollarse de manera progresiva: primero una sensación leve de vacío en el estómago, luego ruidos intestinales, disminución de energía, dificultad para concentrarse o incluso un ligero dolor de cabeza. Este tipo de hambre no es exigente; cualquier alimento puede satisfacerla, especialmente una comida completa y balanceada. Además, una vez que comemos lo suficiente, la sensación desaparece y aparece la saciedad, es decir, la señal natural de “ya es suficiente”.
En cambio, el hambre por ansiedad o hambre emocional aparece de forma repentina y suele estar relacionada con emociones, pensamientos o situaciones específicas. No nace en el estómago, sino en la mente. Puede surgir después de un día estresante, una discusión, una preocupación económica, el aburrimiento o incluso la costumbre de comer a ciertas horas frente al televisor. Este tipo de hambre suele ser muy selectiva: provoca antojos de alimentos específicos, generalmente ricos en azúcar, grasa o sal, como dulces, pan, frituras o snacks. A diferencia del hambre real, comer no siempre genera satisfacción; muchas veces aparece la culpa o el deseo de seguir comiendo.
Una forma sencilla de empezar a diferenciarlas es detenerse un momento antes de comer y preguntarse: “¿Hace cuánto fue mi última comida?” Si han pasado más de cuatro o cinco horas, es probable que exista hambre real. Otra pregunta útil es: “¿Comería algo simple como una fruta, arroz o una sopa?” Si la respuesta es sí, probablemente sea hambre fisiológica. Si la respuesta es no y solo apetece un alimento específico, es más probable que se trate de ansiedad. Este pequeño ejercicio de pausa ayuda a tomar decisiones más conscientes.
La ansiedad alimentaria también suele estar acompañada de comer rápido y sin atención, mientras que el hambre real permite comer con más calma. Cuando una persona come ansiosa, muchas veces no percibe las señales de saciedad y termina comiendo más de lo que necesita. Por eso, comer despacio, sentarse a la mesa y evitar distracciones como el celular o la televisión son hábitos que ayudan a reconectar con las señales naturales del cuerpo.
Es importante entender que sentir ansiedad no es un error ni una debilidad. Comer por emociones es una conducta aprendida desde la infancia y reforzada por la rutina diaria. El problema no es ocasionalmente comer por gusto o por emoción, sino hacerlo de forma constante sin reconocerlo. En estos casos, la comida se convierte en una forma de aliviar emociones que deberían manejarse de otra manera, como el estrés, la tristeza o el cansancio.
Para reducir el hambre emocional, es fundamental mejorar la estructura de las comidas. Saltarse tiempos de comida o comer muy poco durante el día aumenta la probabilidad de ansiedad en la tarde o noche. Una alimentación regular, con proteínas, fibra y grasas saludables, ayuda a mantener estables los niveles de glucosa y a reducir los antojos. Dormir bien, hidratarse adecuadamente y realizar actividad física también cumplen un rol clave en el control del apetito y el estado de ánimo.
Aprender a diferenciar el hambre real de la ansiedad no es algo que se logra de un día para otro. Es un proceso de observación y práctica. Escuchar al cuerpo, respetar sus señales y entender nuestras emociones nos permite comer de forma más consciente y saludable. Al final, no se trata de prohibir alimentos, sino de comer con intención, entendiendo cuándo el cuerpo necesita alimento y cuándo lo que necesitamos es descanso, calma o apoyo emocional. Esta conciencia es uno de los primeros pasos hacia una relación más sana con la comida y con nosotros mismos.

04/02/2026

⏱️ En solo 90 días, el cambio fue real.

Una paciente logró bajar 44 libras en 3 meses, no con dietas extremas, sino con un proceso de adaptación alimentaria diseñado según su cuerpo, su rutina y su estilo de vida.

👉 Aquí no nos enfocamos solo en la balanza.
👉 Nos enfocamos en el proceso, los hábitos y la salud a largo plazo.

Si no se cambia la alimentación, la obesidad puede desencadenar:
⚠️ Problemas de lipidemia
⚠️ Hígado graso (esteatosis hepática)
⚠️ Enfermedades cardíacas
⚠️ Riesgo elevado de diabetes

La obesidad es una condición crónica y la solución real está en cambiar hábitos, no en soluciones rápidas que no se sostienen.

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Nutricionista en Clínica Latacunga.

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Los hábitos se construyen día a día. Yo estoy aquí para ayudarte.

26/01/2026

🛒 ¿No sabes qué elegir en el supermercado para comer mejor?
Como nutricionista, estas son algunas opciones inteligentes y saludables que sí recomiendo para tu día a día.

💧 Para hidratarte mejor:
Evita bebidas azucaradas. Opta por kombucha (con probióticos) o agua de coco, opciones naturales que sí aportan beneficios reales.

🥛 Lácteos que sí suman:
El yogur natural sin azúcar, alto en proteína, ideal para desayunos o refrigerios que generan saciedad.
En quesos, elige ricota (baja en grasa) o queso fresco, perfectos para una alimentación equilibrada.

🍞 Panes y alternativas:
Revisa siempre la etiqueta nutricional:
✔️ Buena cantidad de fibra (≈6 g)
✔️ Bajo contenido de azúcares (≈2 g)
Si no consumes pan, puedes optar por tortillas de maíz, integrales o de espinaca.

🥕 Snacks prácticos:
Las zanahorias baby son ideales para llevar al trabajo. Lo crujiente ayuda a controlar la ansiedad y aporta sensación de llenura.

👉 Comer saludable no es dejar de comer, es saber elegir.
Y para eso, necesitas una guía profesional.

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Byron Herrera, nutricionista en Clínica Latacunga.

📲 Empieza hoy a mejorar tu alimentación con un plan adaptado a ti.

26/01/2026

Revisa nuestra opinión “¿Por qué se te hace tan difícil bajar de peso? "Byron Herrera 👉 A muchas personas les pasa lo mismo: hacen “dieta”, se esfuerzan, comen menos, intentan cuidarse… y aun así el peso no baja como esperan. Y cuando baja, se estanca rápido. Esto no siempre significa que estés haciendo todo mal, ni que te falte voluntad. La verdad es que bajar de peso se vuelve complicado porque no depende solo de comer menos, sino de varios factores que se mezclan: cómo funciona tu cuerpo, tu rutina, el estrés, el sueño, el tipo de comida que consumes y hasta ciertos problemas de salud que pueden estar influyendo sin que lo notes.
Uno de los motivos más comunes es que el cuerpo se adapta cuando percibe que estás comiendo menos. Al inicio puedes ver una bajada rápida, pero muchas veces esa pérdida no es solo grasa, sino líquidos. Luego aparece el famoso “estancamiento” porque tu organismo intenta ahorrar energía: te sientes con menos fuerza, te mueves menos durante el día y tu apetito puede aumentar. Es una respuesta natural del cuerpo, como un mecanismo de supervivencia. Por eso, cuando una dieta es muy estricta o demasiado baja en calorías, se vuelve difícil sostenerla y tarde o temprano aparecen los atracones, la ansiedad o el cansancio extremo.
Otro punto clave es que hoy vivimos rodeados de alimentos que parecen inofensivos, pero son una trampa silenciosa. Los productos ultraprocesados, como galletas, snacks, embutidos, cereales azucarados, panes industriales, postres y bebidas dulces, están diseñados para que comas más sin darte cuenta. Son ricos, fáciles de comer, y no llenan igual que una comida real. Puedes sentir que “no comiste mucho”, pero en realidad consumiste muchas calorías en poco volumen. Y lo peor es que te dejan con hambre rápido, así que terminas comiendo otra vez. Cuando estos productos se vuelven parte de tu día a día, bajar de peso se vuelve una pelea constante.
También pasa que muchas personas creen que están comiendo poco porque dejaron el almuerzo “pesado” o eliminaron la cena, pero sin darse cuenta empiezan a picar durante todo el día. Un cafecito con azúcar aquí, un pan allá, un “solo un pedacito” mientras cocinan, un jugo en la tarde, un yogur con azúcar, una colación que se supone saludable pero viene en porción grande. Todo eso suma, y muchas veces esas pequeñas decisiones diarias pesan más que el plato principal. Por eso, no se trata de pasar hambre, sino de tener un plan más ordenado y realista.
Hay otro factor que casi nadie toma en serio: dormir mal. Cuando duermes pocas horas o tu descanso no es de calidad, el cuerpo aumenta las señales de hambre y disminuye las señales de saciedad. En pocas palabras: te da más ganas de comer, especialmente cosas dulces o harinas, porque el cuerpo busca energía rápida. Y si a eso le sumas el estrés, el panorama se complica más. El estrés no solo te puede llevar a comer por ansiedad, también puede hacer que el cuerpo retenga líquidos, que tengas más antojos y que pierdas motivación para moverte o cocinar mejor.
Además, hay casos donde el problema no es solo de hábitos. Algunas condiciones médicas como alteraciones hormonales, resistencia a la insulina, problemas de tiroides, apnea del sueño o incluso ciertos medicamentos pueden hacer que el peso baje más lento. En estos casos, no es cuestión de culparte, sino de evaluarte bien y ajustar el plan con ayuda profesional para que sea seguro y efectivo.
Entonces, ¿qué puedes hacer desde hoy para empezar de verdad sin complicarte? Lo más importante es comenzar con cambios simples pero constantes. En lugar de querer hacerlo perfecto, enfócate en hacerlo sostenible. Primero, arma tus comidas principales con estructura: que la mitad del plato sean verduras, una parte sea proteína (pollo, pescado, huevo, legumbres) y otra parte carbohidratos en porción moderada (arroz, papa, verde, yuca). Segundo, reduce lo que más te sabotea sin que lo notes: bebidas azucaradas, jugos, postres frecuentes y ultraprocesados diarios. Y tercero, muévete todos los días aunque sea un poco: caminar, subir gradas, bailar o hacer fuerza dos o tres veces por semana. No necesitas matarte en el gimnasio, necesitas constancia.
Bajar de peso no es castigarte ni vivir con hambre. Es aprender a comer mejor, ordenar tu rutina y hacer cambios que puedas mantener. Cuando entiendes esto, el proceso deja de ser una lucha y se vuelve un camino más claro, más tranquilo y mucho más posible.

21/01/2026

⚠️ ¿Sientes sueño después de comer?
⚠️ ¿Ansiedad constante por dulce?
⚠️ ¿Manchas u oscurecimientos en la piel, sobre todo en el cuello o comisuras?

Estos pueden ser signos de resistencia a la insulina.

Cuando tu cuerpo ya no utiliza bien la insulina, empieza a acumular grasa (especialmente abdominal), aparece el cansancio constante y bajar de peso se vuelve cada vez más difícil.
Malos hábitos, exceso de azúcares, grasas y el sedentarismo agravan el problema y aumentan el riesgo de diabetes a mediano plazo.

👉 Tu cuerpo te está dando señales.
👉 Ignorarlas solo empeora el proceso.

Si presentas sobrepeso, obesidad, cansancio frecuente o dificultad para bajar de peso, lo más recomendable es una valoración nutricional profesional y un plan alimentario adaptado a ti, no dietas genéricas.

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📲 Da el primer paso hoy y evita complicaciones futuras.
Tu salud empieza con una decisión.

19/01/2026

Revisa nuestra opinión “Salud empieza en el intestino" Byron Herrera 👉 La microbiota intestinal se ha convertido en uno de los temas más comentados en salud y nutrición en los últimos años, y no es una moda: es ciencia. Hoy sabemos que dentro de nuestro intestino viven millones de microorganismos, principalmente bacterias “buenas”, que forman un ecosistema conocido como microbiota. Aunque muchas personas creen que las bacterias siempre son dañinas, la realidad es que una gran parte de ellas cumple funciones esenciales para nuestra salud. De hecho, la microbiota actúa como un órgano invisible que influye en la digestión, el metabolismo, el sistema inmunológico e incluso en el estado de ánimo.
Por eso, cuidar la microbiota no es solo una recomendación general, sino una estrategia real para mejorar la calidad de vida. Una microbiota saludable ayuda a descomponer ciertos alimentos que nuestro cuerpo no puede digerir por sí solo, como algunas fibras, y a partir de ellas produce sustancias beneficiosas, como los ácidos grasos de cadena corta, que protegen la pared intestinal, reducen la inflamación y favorecen el equilibrio metabólico. Además, participa en la síntesis de vitaminas como la vitamina K y algunas del complejo B, contribuyendo a procesos importantes como la coagulación y el funcionamiento del sistema nervioso.
Uno de los roles más importantes de la microbiota es su relación con las defensas del cuerpo. Aproximadamente el 70% del sistema inmunológico se encuentra en el intestino, y la microbiota actúa como una barrera protectora que impide el crecimiento excesivo de microorganismos dañinos. Cuando esta flora intestinal se altera, se produce un desequilibrio conocido como disbiosis, que puede manifestarse con síntomas digestivos como gases, distensión abdominal, estreñimiento o diarrea, pero también con señales menos evidentes como fatiga, problemas de piel, cambios de humor y mayor susceptibilidad a infecciones. En la actualidad, incluso se investiga su relación con enfermedades crónicas como obesidad, diabetes tipo 2, hígado graso, hipertensión y trastornos inflamatorios. Esto demuestra que la salud intestinal no solo se trata de “tener buena digestión”, sino de mantener un equilibrio interno que impacta en todo el organismo. La buena noticia es que la alimentación tiene un poder enorme para fortalecer la microbiota. Lo que comemos cada día alimenta no solo a nuestro cuerpo, sino también a esas bacterias beneficiosas.
Una dieta rica en fibra, frutas, verduras, legumbres y cereales integrales favorece el crecimiento de microorganismos saludables. Por el contrario, una alimentación alta en ultraprocesados, azúcares añadidos, exceso de grasas saturadas y bajo consumo de fibra tiende a reducir la diversidad bacteriana, lo cual se asocia con mayor riesgo de inflamación y problemas metabólicos. Dentro de los alimentos más recomendados para cuidar la microbiota están los prebióticos, que son fibras especiales que sirven como “alimento” para las bacterias buenas. Se encuentran en alimentos como la avena, el plátano, la cebolla, el ajo, el puerro, los espárragos, la yuca y las legumbres. También están los probióticos, que son microorganismos vivos presentes en algunos alimentos fermentados como yogur natural, kéfir o chucrut, y que ayudan a reforzar el equilibrio intestinal cuando se consumen de forma regular. Sin embargo, es importante aclarar que no todas las personas necesitan suplementos de probióticos, y que en muchos casos la mejor estrategia es mejorar la dieta global antes de pensar en productos comerciales. Otro punto clave es el estilo de vida. El estrés crónico, el mal dormir y el sedentarismo también afectan la microbiota.
Dormir pocas horas altera la regulación del apetito y modifica la flora intestinal, mientras que el estrés puede aumentar la inflamación y afectar el movimiento intestinal. Por eso, cuidar la microbiota implica un enfoque integral: alimentación saludable, buena hidratación, actividad física y descanso adecuado. En resumen, hablar de microbiota es hablar de salud en su sentido más completo. Un intestino saludable significa mejor digestión, mejor inmunidad, mejor control del peso y mayor bienestar general. La recomendación para los lectores es clara: incluir más alimentos naturales, aumentar la fibra de manera progresiva, consumir fermentados con moderación y reducir ultraprocesados puede marcar una gran diferencia. La microbiota se construye día a día con cada elección, y cuidar el intestino es, sin duda, una de las mejores decisiones nutricionales para vivir con más energía, equilibrio y salud.

14/01/2026

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12/01/2026

Revisa nuestra opinión “Cuidado con las Dietas de Moda" Byron Herrera 👉 En los últimos años, y especialmente cada inicio de año, las llamadas dietas de moda han ganado popularidad prometiendo resultados rápidos, pérdida de peso acelerada y cambios “milagrosos” en pocas semanas, mensajes que resultan muy atractivos para personas cansadas de intentar sin éxito mejorar su alimentación. Sin embargo, detrás de estas propuestas llamativas se esconden riesgos importantes para la salud que muchas veces no se visibilizan lo suficiente. Las dietas extremadamente restrictivas, que eliminan grupos completos de alimentos, reducen de forma drástica las calorías o se basan en reglas rígidas sin sustento científico, pueden provocar deficiencias nutricionales, fatiga persistente, alteraciones hormonales y problemas metabólicos que a mediano y largo plazo terminan afectando seriamente la calidad de vida. Es común que estas dietas prohíban carbohidratos, grasas o incluso frutas, cuando en realidad todos estos grupos cumplen funciones esenciales en el organismo. El cuerpo humano necesita energía, vitaminas, minerales, proteínas y grasas saludables para funcionar correctamente, y cuando estos nutrientes faltan, las consecuencias no tardan en aparecer. Entre los efectos más frecuentes se encuentran el cansancio extremo, mareos, caída del cabello, pérdida de masa muscular, estreñimiento, irritabilidad y dificultad para concentrarse. Además, muchas personas experimentan cambios en el estado de ánimo, ansiedad y una relación conflictiva con la comida, marcada por la culpa y el miedo a comer ciertos alimentos. Uno de los mayores peligros de las dietas de moda es que suelen alterar el metabolismo, ya que el cuerpo, al percibir una restricción severa, entra en un modo de ahorro energético que dificulta la pérdida de peso y favorece el temido efecto rebote. Esto explica por qué muchas personas bajan de peso rápidamente al inicio, pero lo recuperan con igual o mayor rapidez una vez que abandonan la dieta, generando frustración y un ciclo constante de intentos fallidos. Otro aspecto preocupante es que estas dietas no consideran las diferencias individuales: edad, s**o, nivel de actividad física, estado de salud, antecedentes médicos y contexto social, factores que son clave para una alimentación adecuada. No existe una dieta única que funcione para todos, y seguir recomendaciones genéricas sin supervisión profesional puede agravar problemas como anemia, trastornos digestivos, alteraciones de la tiroides, diabetes o hipertensión. En el caso de adolescentes, adultos mayores y personas con enfermedades crónicas, el riesgo es aún mayor, ya que una mala alimentación puede comprometer el crecimiento, la inmunidad y el control de la enfermedad. Frente a este panorama, es fundamental promover un enfoque equilibrado, sostenible y basado en evidencia científica. Comer bien no significa dejar de disfrutar ni vivir en constante restricción, sino aprender a elegir alimentos de calidad, respetar las porciones, mantener horarios regulares y escuchar las señales del cuerpo. Una alimentación equilibrada incluye frutas, verduras, cereales, proteínas de buena calidad y grasas saludables, adaptadas a las necesidades de cada persona. Además, debe ir acompañada de hábitos como una adecuada hidratación, actividad física regular y buen descanso. Aquí es donde el rol del nutricionista cobra un valor esencial, ya que es el profesional capacitado para evaluar el estado nutricional, identificar deficiencias o excesos y diseñar un plan personalizado que sea realista y seguro. El acompañamiento profesional no solo busca cambios estéticos, sino mejorar la salud integral, prevenir enfermedades y fortalecer la relación con la comida. En un contexto donde la información abunda en redes sociales y muchas veces carece de respaldo, aprender a ser críticos y priorizar la ciencia es un acto de autocuidado. Antes de iniciar cualquier dieta que prometa resultados rápidos, es importante preguntarse si es sostenible, si aporta todos los nutrientes necesarios y si está respaldada por profesionales de la salud. Cuidar la alimentación es una inversión a largo plazo, y el verdadero éxito no está en bajar de peso rápido, sino en construir hábitos que se mantengan en el tiempo y nos permitan vivir con más energía, equilibrio y bienestar.

Dirección

Sanchez De Orellana Y Marquez De Maenza (Clinica Latancunga)
Latacunga

Horario de Apertura

Lunes 16:30 - 20:00
Martes 16:30 - 20:00
Miércoles 16:30 - 20:00
Jueves 16:30 - 20:00
Viernes 16:30 - 20:00
Sábado 09:00 - 12:00

Teléfono

+593995887155

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