Byron Herrera Nutricionista

Byron Herrera Nutricionista Consultorio Nutricional

Nutricionista - PUCE🇪🇨
Máster en Nutrición Infantil - UEES🇪🇨
Doctorado en Obesidad y Metabolismo - UNINI🇲🇽
Atendemos:
- Nutrición en enfermedades metabólicas (Diabetes-Hipertensión- Hipotiroidismo)
- Nutrición Infantil
(Obesidad - Desnutrición)

30/03/2026

Opinion “¿Cena ligera o no cenar? Lo que dice la evidencia"por Byron Herrera 👉 La cena es, sin duda, una de las comidas más polémicas cuando se habla de salud y pérdida de peso. Muchas personas creen que “dejar de cenar” es una estrategia efectiva para bajar de peso rápidamente, mientras que otros defienden la idea de una cena ligera como parte fundamental de una alimentación equilibrada. Pero, ¿qué dice realmente la evidencia científica? ¿Es mejor cenar poco o simplemente no cenar? La respuesta, como en muchos temas de nutrición, no es tan simple y depende de varios factores.
En primer lugar, es importante entender que el cuerpo humano no funciona como una calculadora que simplemente suma y resta calorías en función de la hora del día. Sin embargo, sí existe algo llamado ritmo circadiano, que regula procesos metabólicos y hormonales a lo largo de las 24 horas. En términos generales, nuestro organismo está más preparado para digerir y metabolizar alimentos durante el día que en la noche. Esto significa que consumir grandes cantidades de comida en horas muy tardías puede favorecer un peor control del azúcar en sangre, mayor almacenamiento de grasa y alteraciones en el descanso.
Ahora bien, esto no significa que saltarse la cena sea la mejor opción. De hecho, omitir la cena puede tener efectos negativos, especialmente si durante el día no se ha llevado una alimentación adecuada. Muchas personas que dejan de cenar terminan presentando más hambre al día siguiente, lo que puede llevar a comer en exceso, especialmente alimentos ricos en azúcar y grasa. Además, en ciertos casos, no cenar puede generar hipoglucemias nocturnas, ansiedad, irritabilidad e incluso afectar la calidad del sueño.
La evidencia actual sugiere que lo más recomendable no es eliminar la cena, sino ajustar su calidad y cantidad. Una cena ligera, equilibrada y consumida en un horario adecuado (idealmente entre 2 a 3 horas antes de dormir) puede favorecer tanto la salud metabólica como el control del peso. Este tipo de cena debería incluir proteínas de buena calidad, una porción moderada de vegetales y, dependiendo del caso, una pequeña cantidad de carbohidratos complejos.
Por ejemplo, una cena saludable podría ser un filete de pollo a la plancha acompañado de ensalada de verduras y una pequeña porción de arroz o quinoa. Otra opción podría ser una tortilla de huevo con vegetales o incluso una sopa ligera, siempre evitando excesos de grasa y porciones muy grandes. Lo importante es que la cena no sea ni demasiado abundante ni completamente inexistente.
Otro aspecto clave es el estilo de vida de cada persona. No es lo mismo alguien que entrena en la noche, una persona con diabetes, un adulto mayor o alguien con horarios laborales irregulares. En estos casos, eliminar la cena podría ser incluso contraproducente. Por ejemplo, en pacientes con diabetes, una cena adecuada puede ayudar a mantener niveles estables de glucosa durante la noche. En personas que realizan actividad física nocturna, la cena cumple un papel importante en la recuperación muscular.
También es importante considerar el componente conductual. Muchas veces, la cena no es el problema en sí, sino lo que se consume en ese momento: comidas ultraprocesadas, frituras, snacks altos en calorías o cenas muy tardías frente al televisor. En estos casos, el problema no es cenar, sino la calidad de la cena. Cambiar estos hábitos puede generar un impacto mucho mayor que simplemente eliminar esta comida.
En conclusión, la evidencia científica no respalda la idea de que dejar de cenar sea una estrategia saludable o sostenible para bajar de peso. Por el contrario, lo que se recomienda es mantener una cena ligera, equilibrada y en un horario adecuado, adaptada a las necesidades individuales de cada persona. Más que eliminar comidas, el enfoque debería centrarse en mejorar la calidad de la alimentación a lo largo de todo el día. Porque al final, no se trata de comer menos, sino de comer mejor.

16/03/2026

Opinion “Cómo organizar una semana de alimentación saludable"por Byron Herrera👉 Organizar la alimentación semanal es una de las estrategias más efectivas para mejorar la salud, ahorrar tiempo y evitar decisiones impulsivas que generalmente terminan en comidas poco nutritivas. En la vida cotidiana, entre el trabajo, el estudio y las responsabilidades familiares, muchas personas terminan comiendo lo primero que encuentran o recurriendo con frecuencia a comida rápida. Sin embargo, dedicar unos minutos a planificar la alimentación de la semana puede marcar una gran diferencia en la calidad de la dieta y en el bienestar general.
El primer paso para organizar una semana de alimentación saludable es planificar el menú. Esto no significa que todos los días deban ser exactamente iguales o estrictos, sino tener una idea clara de qué se va a consumir en cada tiempo de comida. Lo recomendable es incluir al menos tres tiempos principales: desayuno, almuerzo y cena, y uno o dos refrigerios saludables. Una planificación equilibrada debe incluir alimentos de todos los grupos: proteínas, carbohidratos complejos, grasas saludables, frutas y verduras.
El desayuno debe ser un momento clave del día, ya que aporta energía para iniciar las actividades. Una opción saludable puede incluir una fuente de proteína como huevo, yogurt natural o queso, acompañada de carbohidratos complejos como avena, pan integral o granola sin azúcar. También es recomendable incluir fruta fresca, que aporta vitaminas, minerales y fibra. Un desayuno equilibrado ayuda a mejorar la concentración y evita el consumo excesivo de alimentos durante el resto del día.
En el almuerzo, que suele ser la comida principal, es importante aplicar lo que se llama el “plato equilibrado”. La mitad del plato debe estar compuesta por verduras, preferiblemente frescas o ligeramente cocidas; un cuarto del plato debe ser una fuente de proteína como pollo, pescado, huevos, legumbres o carne magra; y el cuarto restante puede incluir carbohidratos complejos como arroz integral, quinoa, papa o yuca. Este tipo de distribución permite cubrir las necesidades nutricionales sin excesos calóricos.
La cena debe ser más ligera que el almuerzo, pero igualmente nutritiva. Muchas personas cometen el error de saltarse la cena o, por el contrario, consumir alimentos muy pesados antes de dormir. Lo ideal es optar por preparaciones sencillas como ensaladas con proteína, tortillas de vegetales, combinaciones de verduras con pescado o pollo. Comer de manera moderada en la noche también favorece una mejor digestión y descanso.
Otro aspecto importante al organizar la semana es preparar una lista de compras. Una vez que se tiene el menú aproximado, es recomendable revisar qué alimentos se necesitan y adquirirlos con anticipación. Esto ayuda a evitar compras impulsivas y facilita mantener una alimentación saludable. En mercados o ferias inclusivas que se pueden encontrar frutas, verduras y productos frescos a mejor precio, lo que también contribuye a una alimentación más natural y menos procesada.
La preparación anticipada de algunos alimentos también puede ser una estrategia muy útil. Por ejemplo, se pueden lavar y cortar verduras para varios días, cocinar legumbres o granos como arroz o quinoa en mayor cantidad, o incluso preparar algunos refrigerios saludables. Tener alimentos listos o parcialmente preparados reduce el tiempo de cocina durante la semana y disminuye la tentación de consumir comida rápida.
Los refrigerios saludables cumplen un papel importante para mantener niveles de energía estables durante el día. Algunas opciones recomendadas incluyen frutas, yogurt natural, frutos secos en pequeñas cantidades, o combinaciones sencillas como manzana con mantequilla de maní o un puñado de nueces o almendras. Estos refrigerios ayudan a evitar periodos prolongados de ayuno y previenen el exceso de comida en las comidas principales.
Además, al organizar la alimentación semanal es importante considerar la variedad de alimentos. Consumir los mismos platos todos los días puede generar aburrimiento y abandono del plan. Por ello, se recomienda alternar diferentes fuentes de proteína, cambiar tipos de frutas y verduras según la temporada y probar nuevas preparaciones saludables. Esto no solo mejora la adherencia a una dieta saludable, sino que también garantiza un mejor aporte de nutrientes.
Finalmente, es fundamental recordar que una alimentación saludable no debe ser rígida ni generar estrés. La planificación semanal es una herramienta flexible que permite tomar decisiones más conscientes sobre lo que se come. Incluir ocasionalmente alimentos de preferencia o disfrutar de una comida especial también forma parte de una relación equilibrada con la comida. Lo importante es que, en la mayoría de los días, la alimentación esté basada en alimentos naturales, frescos y nutritivos.
Organizar una semana de alimentación saludable no requiere ser experto en nutrición, sino tener intención, planificación y constancia. Con pequeños cambios y una buena organización, es posible mejorar significativamente los hábitos alimentarios y contribuir al bienestar y la salud a largo plazo.

09/03/2026

Opinion “Día Mundial de la Obesidad: pequeños cambios que pueden mejorar nuestra salud"por Byron Herrera 👉 Cada 4 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Obesidad, una fecha que busca generar conciencia sobre una de las enfermedades crónicas que más ha crecido en las últimas décadas. Aunque muchas veces se la asocia únicamente con la apariencia física, la obesidad es en realidad un problema de salud pública que incrementa el riesgo de desarrollar enfermedades como diabetes tipo 2, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares, hígado graso, problemas articulares e incluso algunos tipos de cáncer. En Ecuador, las cifras reflejan la magnitud del problema: aproximadamente el 25,7 % de los adultos presenta obesidad y más del 60 % de la población tiene algún grado de exceso de peso entre sobrepeso y obesidad, lo que evidencia que cada vez más personas viven con esta condición.
La obesidad es una enfermedad compleja que no depende de un solo factor. Influyen los hábitos alimentarios, el nivel de actividad física, el entorno social, el estrés, el sueño y hasta factores genéticos. Sin embargo, uno de los elementos más determinantes es el cambio en los patrones de alimentación que se ha producido en las últimas décadas. Hoy en día existe un mayor consumo de alimentos ultraprocesados, bebidas azucaradas, comida rápida y productos con alto contenido de grasa, azúcar y sodio, mientras que el consumo de frutas, verduras, legumbres y alimentos frescos ha disminuido. A esto se suma el sedentarismo, el uso prolongado de pantallas y el ritmo acelerado de la vida diaria que muchas veces dificulta planificar una alimentación equilibrada.
Desde el enfoque nutricional, es importante entender que la prevención y el manejo del sobrepeso y la obesidad no dependen de dietas extremas ni de soluciones rápidas, sino de cambios sostenibles en el estilo de vida. La alimentación saludable no significa dejar de comer o eliminar todos los alimentos que nos gustan, sino aprender a equilibrar las porciones, mejorar la calidad de lo que consumimos y volver a escuchar las señales naturales de hambre y saciedad del cuerpo. En muchos casos, el problema no es solo lo que comemos, sino cuánto comemos y con qué frecuencia.
Una recomendación sencilla para empezar es organizar mejor los tiempos de comida. Saltarse comidas, especialmente el desayuno o el almuerzo, suele provocar que más tarde se consuman porciones más grandes o alimentos menos saludables. Mantener tres comidas principales y uno o dos refrigerios saludables puede ayudar a controlar el apetito y evitar excesos. Otro aspecto importante es aumentar el consumo de alimentos naturales. Incluir diariamente frutas, verduras, cereales integrales, legumbres y proteínas magras como pescado, pollo o huevos contribuye a mejorar la calidad nutricional de la dieta y a generar mayor sensación de saciedad.
También es fundamental reducir el consumo de bebidas azucaradas, uno de los principales aportes de calorías vacías en la dieta moderna. Muchas personas consumen refrescos, jugos industrializados o bebidas energéticas sin considerar que pueden aportar grandes cantidades de azúcar. Reemplazarlos por agua, infusiones o bebidas naturales sin azúcar es un cambio sencillo que puede marcar una diferencia importante en la salud.
Otro hábito clave es aprender a controlar las porciones. En la actualidad, las porciones de comida han aumentado significativamente en comparación con décadas anteriores. Utilizar platos más pequeños, servir cantidades moderadas y evitar repetir sin tener hambre son estrategias que ayudan a regular la ingesta calórica. Comer despacio y masticar adecuadamente también permite que el cerebro reciba a tiempo la señal de saciedad, evitando comer más de lo necesario.
La actividad física es otro pilar fundamental. No es necesario empezar con rutinas intensas; caminar al menos 30 minutos al día, subir escaleras, bailar o realizar cualquier actividad que implique movimiento ya genera beneficios para la salud. Lo importante es encontrar una actividad que resulte agradable y que pueda mantenerse en el tiempo.
El Día Mundial de la Obesidad nos recuerda que este problema no debe abordarse desde la culpa o el estigma, sino desde la educación, la prevención y el acompañamiento profesional. Cada pequeño cambio cuenta: elegir alimentos más naturales, moverse más, mejorar la calidad del sueño y reducir el consumo de ultraprocesados son pasos que pueden marcar una diferencia significativa en la salud de las personas y de la sociedad en general.

02/03/2026

Opinion “Comer por costumbre y no por hambre"por Byron Herrera👉 A muchas personas les ha pasado: terminan de almorzar, se sienten satisfechas, incluso algo llenas, pero al mirar el plato aún queda comida. Aunque el cuerpo ya no lo necesita, la mano sigue llevándose el último bocado a la boca. No por hambre, sino por costumbre. A este comportamiento se lo conoce como síndrome del plato vacío, una conducta aprendida que nos lleva a comer más allá de nuestras necesidades reales y que, sostenida en el tiempo, puede convertirse en un factor de riesgo para el sobrepeso, la obesidad y una relación poco saludable con la comida.
Este síndrome no aparece de la nada. En la mayoría de los casos tiene raíces culturales y familiares profundas. Muchas personas crecieron escuchando frases como “la comida no se bota”, “hay que terminar todo” o “piensa en los niños que no tienen qué comer”. Estas ideas, aunque nacen desde la escasez, el esfuerzo y la buena intención, terminan enseñándonos a ignorar las señales internas del cuerpo. Poco a poco aprendemos que el plato vacío es la señal de que la comida terminó, no la saciedad.
El problema es que el cuerpo funciona de otra manera. El hambre es una señal fisiológica compleja, regulada por el cerebro, las hormonas y los niveles de glucosa en sangre. Puede manifestarse como vacío en el estómago, irritabilidad, cansancio o dificultad para concentrarse. La saciedad, en cambio, es la sensación de satisfacción que aparece cuando el organismo ya recibió la energía suficiente. Cuando comemos respetando estas señales, el cuerpo se autorregula de forma natural. Pero cuando comemos por obligación, por culpa o por hábito, enviamos mensajes confusos al cerebro y debilitamos esta capacidad innata de autorregulación.
Diversos estudios han demostrado que el tamaño de la porción influye más en cuánto comemos que el hambre real. Investigaciones en comportamiento alimentario muestran que tanto niños como adultos tienden a comer lo que tienen servido, independientemente de si lo necesitan o no. En la infancia, esto es especialmente relevante, ya que los niños no dejan de comer cuando están llenos, sino cuando el plato se vacía. Así, sin darse cuenta, aprenden desde pequeños a depender de señales externas para decidir cuándo parar.
Lejos de desaparecer con la edad, este patrón suele mantenerse en la adultez. Comer hasta terminar el plato se convierte en una norma automática que afecta el autocontrol. Por eso muchas personas sienten que no pueden comer solo un poco de chocolate, unas pocas galletas o una porción pequeña de postre. No es falta de fuerza de voluntad, sino un aprendizaje repetido durante años: si está servido, hay que terminarlo.
Salir del síndrome del plato vacío implica reaprender a escuchar al cuerpo. La alimentación consciente o alimentación intuitiva propone justamente eso: volver a reconocer el hambre y la saciedad sin juicios ni culpas. Un primer paso es preguntarse durante la comida si se sigue comiendo por gusto o solo por costumbre. Reconocer la diferencia entre “tengo hambre” y “solo no quiero dejar comida” es clave para cambiar el patrón.
Otro ejercicio útil es dejar voluntariamente un pequeño bocado en el plato. No se trata de desperdiciar alimentos, sino de entrenar la mente a tolerar la sensación de no terminar todo. Al inicio puede generar incomodidad, pero con el tiempo ayuda a romper la asociación entre plato vacío y comida correcta. También es importante trabajar la culpa. Guardar lo que sobra para otra comida, compartir porciones o pedir envases para llevar son estrategias simples que permiten respetar la saciedad sin desperdiciar.
Finalmente, es fundamental recordar que dejar comida no es una falta de respeto ni un error. Es una forma de autocuidado. Comer cuando hay hambre y parar cuando aparece la saciedad es una habilidad que todos tenemos, pero que muchas veces hemos olvidado. Recuperarla no solo mejora la relación con la comida, sino que también protege la salud física y emocional a largo plazo.

26/02/2026

🍯 ¿Consumes miel todos los días? Cuidado con lo que estás comprando.

No todo lo que parece miel realmente lo es.
Muchas opciones en el supermercado tienen como primer ingrediente **azúcar añadida**, y eso puede afectar tu peso, tus niveles de glucosa y tu salud metabólica.

👉 Revisa siempre la etiqueta.
👉 Busca que sea 100% miel orgánica.
👉 Evita productos con azúcar como ingrediente principal.

Pequeñas decisiones al comprar hacen una gran diferencia en tu salud.

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23/02/2026

Opinión “Malos hábitos para bajar de peso: lo que te frena sin que te des cuenta" Byron Herrera 👉 Cuando una persona decide bajar de peso, casi siempre lo hace con buena intención: comer menos, dejar ciertos alimentos o empezar una dieta “rápida”. Sin embargo, en el camino aparecen hábitos que, aunque parecen ayudar, en realidad dificultan el proceso, generan frustración y muchas veces llevan al abandono. Uno de los errores más comunes es saltarse comidas, especialmente el desayuno o la cena. Muchas personas creen que comer menos veces al día hará que bajen de peso más rápido, pero ocurre lo contrario: el cuerpo entra en modo ahorro, disminuye el gasto energético y aumenta el hambre más tarde, lo que favorece atracones o elecciones poco saludables. Un buen hábito es mantener horarios regulares de comida, incluso cuando se quiere bajar de peso, priorizando calidad antes que cantidad.
Otro mal hábito frecuente es eliminar grupos completos de alimentos, como los carbohidratos o las grasas. Quitar el arroz, la papa, el pan o el aceite sin criterio puede provocar cansancio, ansiedad, déficit nutricionales y una relación negativa con la comida. Los carbohidratos no engordan por sí solos; el problema está en las porciones, la frecuencia y el tipo que se elige. Lo mismo ocurre con las grasas: las saludables, como el aguacate, el maní o el aceite de oliva, son necesarias para el metabolismo y la saciedad. El objetivo no es prohibir, sino aprender a elegir y equilibrar.
Comer muy rápido es otro hábito que juega en contra. Cuando se come apurado, el cerebro no alcanza a registrar la saciedad y se tiende a comer más de lo necesario. Además, comer frente al celular o al televisor desconecta a la persona del acto de comer, lo que facilita el exceso. Un tip sencillo es dedicar al menos 20 minutos a cada comida, masticar bien y prestar atención a las señales del cuerpo. Comer con calma ayuda más que cualquier dieta extrema.
Muchas personas también subestiman el impacto de las bebidas. Jugos, colas, bebidas energéticas, cafés con azúcar o alcohol aportan calorías “invisibles” que no generan saciedad. Incluso los jugos naturales, aunque suenen saludables, concentran azúcar y pueden frenar la pérdida de peso si se consumen en exceso. El agua sigue siendo la mejor opción. Un buen consejo es empezar el día hidratándose bien y revisar cuántas calorías líquidas se consumen sin notarlo.
Otro error común es pensar que solo la dieta importa y dejar de lado la actividad física. Bajar de peso sin moverse puede hacer que se pierda masa muscular, lo que a largo plazo dificulta mantener los resultados. No se trata de pasar horas en el gimnasio, sino de moverse más en el día a día: caminar, subir gradas, bailar, hacer ejercicios de fuerza algunas veces por semana. El movimiento no solo quema calorías, también mejora el ánimo y reduce la ansiedad.
Dormir poco o mal es un hábito silencioso que afecta directamente al peso. La falta de sueño altera hormonas relacionadas con el hambre y la saciedad, aumentando el apetito y las ganas de alimentos altos en azúcar y grasa. Dormir menos de seis horas de forma habitual dificulta cualquier intento de bajar de peso. Establecer horarios de sueño, evitar pantallas antes de dormir y respetar el descanso es parte del proceso, aunque muchas veces no se lo considere.
Finalmente, uno de los peores hábitos es buscar resultados rápidos y compararse con otros. Las dietas milagro, los retos extremos o los productos “quemagrasa” generan expectativas irreales. Bajar de peso es un proceso individual, que requiere constancia y paciencia. Un buen tip es enfocarse en cambios pequeños y sostenibles: mejorar una comida al día, aumentar un poco la actividad física, tomar más agua o dormir mejor. Estos cambios, mantenidos en el tiempo, dan resultados reales y duraderos.
En resumen, bajar de peso no depende solo de comer menos, sino de identificar y corregir hábitos que sabotean el proceso. Comer con orden, elegir mejor, moverse más, dormir bien y tener expectativas realistas marca la diferencia entre intentar bajar de peso muchas veces y lograrlo de forma saludable. Si quieres resultados que duren, trabaja en tus hábitos, no solo en la balanza.

19/02/2026

🩺 ¿Te diagnosticaron diabetes y no sabes por dónde empezar?

No tienes que enfrentar este proceso solo.
Con el acompañamiento adecuado, controlar tu diabetes es posible.

El tratamiento farmacológico es importante, pero la **alimentación es clave** para mantener tus niveles de glucosa estables y prevenir complicaciones.

Con un plan adecuado aprenderás a:
✅ Saber qué comer y qué evitar
✅ Controlar tus porciones
✅ Reducir picos de glucosa
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La diabetes no significa dejar de vivir, significa aprender a vivir mejor.

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09/02/2026

Opinión “Hambre real vs. ansiedad: cómo aprender a diferenciarlas"Byron Herrera👉 Muchas personas dicen “tengo hambre” cuando en realidad lo que sienten es ansiedad, estrés o aburrimiento. Aprender a diferenciar el hambre real del hambre emocional es una de las claves más importantes para mejorar la relación con la comida, evitar el aumento de peso innecesario y cuidar la salud física y mental. No se trata de fuerza de voluntad ni de “comer menos”, sino de entender qué está pidiendo realmente nuestro cuerpo.
El hambre real es una necesidad fisiológica. Aparece cuando el organismo necesita energía y nutrientes para funcionar correctamente. Suele desarrollarse de manera progresiva: primero una sensación leve de vacío en el estómago, luego ruidos intestinales, disminución de energía, dificultad para concentrarse o incluso un ligero dolor de cabeza. Este tipo de hambre no es exigente; cualquier alimento puede satisfacerla, especialmente una comida completa y balanceada. Además, una vez que comemos lo suficiente, la sensación desaparece y aparece la saciedad, es decir, la señal natural de “ya es suficiente”.
En cambio, el hambre por ansiedad o hambre emocional aparece de forma repentina y suele estar relacionada con emociones, pensamientos o situaciones específicas. No nace en el estómago, sino en la mente. Puede surgir después de un día estresante, una discusión, una preocupación económica, el aburrimiento o incluso la costumbre de comer a ciertas horas frente al televisor. Este tipo de hambre suele ser muy selectiva: provoca antojos de alimentos específicos, generalmente ricos en azúcar, grasa o sal, como dulces, pan, frituras o snacks. A diferencia del hambre real, comer no siempre genera satisfacción; muchas veces aparece la culpa o el deseo de seguir comiendo.
Una forma sencilla de empezar a diferenciarlas es detenerse un momento antes de comer y preguntarse: “¿Hace cuánto fue mi última comida?” Si han pasado más de cuatro o cinco horas, es probable que exista hambre real. Otra pregunta útil es: “¿Comería algo simple como una fruta, arroz o una sopa?” Si la respuesta es sí, probablemente sea hambre fisiológica. Si la respuesta es no y solo apetece un alimento específico, es más probable que se trate de ansiedad. Este pequeño ejercicio de pausa ayuda a tomar decisiones más conscientes.
La ansiedad alimentaria también suele estar acompañada de comer rápido y sin atención, mientras que el hambre real permite comer con más calma. Cuando una persona come ansiosa, muchas veces no percibe las señales de saciedad y termina comiendo más de lo que necesita. Por eso, comer despacio, sentarse a la mesa y evitar distracciones como el celular o la televisión son hábitos que ayudan a reconectar con las señales naturales del cuerpo.
Es importante entender que sentir ansiedad no es un error ni una debilidad. Comer por emociones es una conducta aprendida desde la infancia y reforzada por la rutina diaria. El problema no es ocasionalmente comer por gusto o por emoción, sino hacerlo de forma constante sin reconocerlo. En estos casos, la comida se convierte en una forma de aliviar emociones que deberían manejarse de otra manera, como el estrés, la tristeza o el cansancio.
Para reducir el hambre emocional, es fundamental mejorar la estructura de las comidas. Saltarse tiempos de comida o comer muy poco durante el día aumenta la probabilidad de ansiedad en la tarde o noche. Una alimentación regular, con proteínas, fibra y grasas saludables, ayuda a mantener estables los niveles de glucosa y a reducir los antojos. Dormir bien, hidratarse adecuadamente y realizar actividad física también cumplen un rol clave en el control del apetito y el estado de ánimo.
Aprender a diferenciar el hambre real de la ansiedad no es algo que se logra de un día para otro. Es un proceso de observación y práctica. Escuchar al cuerpo, respetar sus señales y entender nuestras emociones nos permite comer de forma más consciente y saludable. Al final, no se trata de prohibir alimentos, sino de comer con intención, entendiendo cuándo el cuerpo necesita alimento y cuándo lo que necesitamos es descanso, calma o apoyo emocional. Esta conciencia es uno de los primeros pasos hacia una relación más sana con la comida y con nosotros mismos.

04/02/2026

⏱️ En solo 90 días, el cambio fue real.

Una paciente logró bajar 44 libras en 3 meses, no con dietas extremas, sino con un proceso de adaptación alimentaria diseñado según su cuerpo, su rutina y su estilo de vida.

👉 Aquí no nos enfocamos solo en la balanza.
👉 Nos enfocamos en el proceso, los hábitos y la salud a largo plazo.

Si no se cambia la alimentación, la obesidad puede desencadenar:
⚠️ Problemas de lipidemia
⚠️ Hígado graso (esteatosis hepática)
⚠️ Enfermedades cardíacas
⚠️ Riesgo elevado de diabetes

La obesidad es una condición crónica y la solución real está en cambiar hábitos, no en soluciones rápidas que no se sostienen.

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Nutricionista en Clínica Latacunga.

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Los hábitos se construyen día a día. Yo estoy aquí para ayudarte.

26/01/2026

🛒 ¿No sabes qué elegir en el supermercado para comer mejor?
Como nutricionista, estas son algunas opciones inteligentes y saludables que sí recomiendo para tu día a día.

💧 Para hidratarte mejor:
Evita bebidas azucaradas. Opta por kombucha (con probióticos) o agua de coco, opciones naturales que sí aportan beneficios reales.

🥛 Lácteos que sí suman:
El yogur natural sin azúcar, alto en proteína, ideal para desayunos o refrigerios que generan saciedad.
En quesos, elige ricota (baja en grasa) o queso fresco, perfectos para una alimentación equilibrada.

🍞 Panes y alternativas:
Revisa siempre la etiqueta nutricional:
✔️ Buena cantidad de fibra (≈6 g)
✔️ Bajo contenido de azúcares (≈2 g)
Si no consumes pan, puedes optar por tortillas de maíz, integrales o de espinaca.

🥕 Snacks prácticos:
Las zanahorias baby son ideales para llevar al trabajo. Lo crujiente ayuda a controlar la ansiedad y aporta sensación de llenura.

👉 Comer saludable no es dejar de comer, es saber elegir.
Y para eso, necesitas una guía profesional.

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Byron Herrera, nutricionista en Clínica Latacunga.

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26/01/2026

Revisa nuestra opinión “¿Por qué se te hace tan difícil bajar de peso? "Byron Herrera 👉 A muchas personas les pasa lo mismo: hacen “dieta”, se esfuerzan, comen menos, intentan cuidarse… y aun así el peso no baja como esperan. Y cuando baja, se estanca rápido. Esto no siempre significa que estés haciendo todo mal, ni que te falte voluntad. La verdad es que bajar de peso se vuelve complicado porque no depende solo de comer menos, sino de varios factores que se mezclan: cómo funciona tu cuerpo, tu rutina, el estrés, el sueño, el tipo de comida que consumes y hasta ciertos problemas de salud que pueden estar influyendo sin que lo notes.
Uno de los motivos más comunes es que el cuerpo se adapta cuando percibe que estás comiendo menos. Al inicio puedes ver una bajada rápida, pero muchas veces esa pérdida no es solo grasa, sino líquidos. Luego aparece el famoso “estancamiento” porque tu organismo intenta ahorrar energía: te sientes con menos fuerza, te mueves menos durante el día y tu apetito puede aumentar. Es una respuesta natural del cuerpo, como un mecanismo de supervivencia. Por eso, cuando una dieta es muy estricta o demasiado baja en calorías, se vuelve difícil sostenerla y tarde o temprano aparecen los atracones, la ansiedad o el cansancio extremo.
Otro punto clave es que hoy vivimos rodeados de alimentos que parecen inofensivos, pero son una trampa silenciosa. Los productos ultraprocesados, como galletas, snacks, embutidos, cereales azucarados, panes industriales, postres y bebidas dulces, están diseñados para que comas más sin darte cuenta. Son ricos, fáciles de comer, y no llenan igual que una comida real. Puedes sentir que “no comiste mucho”, pero en realidad consumiste muchas calorías en poco volumen. Y lo peor es que te dejan con hambre rápido, así que terminas comiendo otra vez. Cuando estos productos se vuelven parte de tu día a día, bajar de peso se vuelve una pelea constante.
También pasa que muchas personas creen que están comiendo poco porque dejaron el almuerzo “pesado” o eliminaron la cena, pero sin darse cuenta empiezan a picar durante todo el día. Un cafecito con azúcar aquí, un pan allá, un “solo un pedacito” mientras cocinan, un jugo en la tarde, un yogur con azúcar, una colación que se supone saludable pero viene en porción grande. Todo eso suma, y muchas veces esas pequeñas decisiones diarias pesan más que el plato principal. Por eso, no se trata de pasar hambre, sino de tener un plan más ordenado y realista.
Hay otro factor que casi nadie toma en serio: dormir mal. Cuando duermes pocas horas o tu descanso no es de calidad, el cuerpo aumenta las señales de hambre y disminuye las señales de saciedad. En pocas palabras: te da más ganas de comer, especialmente cosas dulces o harinas, porque el cuerpo busca energía rápida. Y si a eso le sumas el estrés, el panorama se complica más. El estrés no solo te puede llevar a comer por ansiedad, también puede hacer que el cuerpo retenga líquidos, que tengas más antojos y que pierdas motivación para moverte o cocinar mejor.
Además, hay casos donde el problema no es solo de hábitos. Algunas condiciones médicas como alteraciones hormonales, resistencia a la insulina, problemas de tiroides, apnea del sueño o incluso ciertos medicamentos pueden hacer que el peso baje más lento. En estos casos, no es cuestión de culparte, sino de evaluarte bien y ajustar el plan con ayuda profesional para que sea seguro y efectivo.
Entonces, ¿qué puedes hacer desde hoy para empezar de verdad sin complicarte? Lo más importante es comenzar con cambios simples pero constantes. En lugar de querer hacerlo perfecto, enfócate en hacerlo sostenible. Primero, arma tus comidas principales con estructura: que la mitad del plato sean verduras, una parte sea proteína (pollo, pescado, huevo, legumbres) y otra parte carbohidratos en porción moderada (arroz, papa, verde, yuca). Segundo, reduce lo que más te sabotea sin que lo notes: bebidas azucaradas, jugos, postres frecuentes y ultraprocesados diarios. Y tercero, muévete todos los días aunque sea un poco: caminar, subir gradas, bailar o hacer fuerza dos o tres veces por semana. No necesitas matarte en el gimnasio, necesitas constancia.
Bajar de peso no es castigarte ni vivir con hambre. Es aprender a comer mejor, ordenar tu rutina y hacer cambios que puedas mantener. Cuando entiendes esto, el proceso deja de ser una lucha y se vuelve un camino más claro, más tranquilo y mucho más posible.

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Sanchez De Orellana Y Marquez De Maenza (Clinica Latancunga)
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