29/12/2025
FIESTAS DE SANTOS INOCENTES: LA RISA QUE EL TIEMPO QUISO CALLAR
Hubo un tiempo no tan lejano y, sin embargo, casi olvidado en que la risa se tomaba las calles con descaro, picardía y coplas mordaces. Eran los días de Santos Inocentes, cuando el ingenio popular se vestía de payaso, de arlequín o de diablo, y la ciudad entera parecía pactar con la burla como forma de resistencia y alegría.
Los payasos eran los dueños del miedo y la risa. Fingiendo voces aguardientosas, recitaban coplas picarescas que desnudaban verdades sociales con humor filoso. Nadie se salvaba: ni la pobreza, ni el amor interesado, ni la política. La sátira era el idioma común, transmitido de boca en boca, sin micrófonos ni pantallas.
Y entonces llegaba el fin de año. Los “años viejos”, esos monigotes cargados de sátira política y social, nacían en patios, salas y veredas. Eran obras comunitarias, hechas de papel, aserrín y rencor bien disfrazado de humor. Las viudas, entre llantos fingidos y risas reales, pedían limosna “para el viejito”, mientras la ciudad aceptaba el teatro como parte esencial de su identidad.
Nada era individual. Todo se compartía: el dinero recaudado, los disfraces guardados con olor a naftalina, las noches que parecían eternas aunque a las ocho ya se considerara trasnochar. Los bailes en hoteles emblemáticos, las huecas, los caldos, la chicha dulce… cada espacio era un refugio de memoria.
Hoy, las Fiestas de Santos Inocentes sobreviven más en el recuerdo que en las calles. Se diluyen entre pantallas, silencios y rutinas. Pero basta cerrar los ojos para escuchar otra vez las coplas, sentir la persecución del payaso y entender que, en esas risas antiguas, había algo más que diversión: había comunidad, identidad y libertad.