22/11/2025
Muchas adolescentes no se callan por timidez. Se callan porque aprendieron que hablar trae consecuencias: alguien se molesta, alguien las juzga, alguien dice que exageran. Y cuando eso pasa suficientes veces, el silencio se vuelve una estrategia. No una elección.
Ese silencio no empieza con grandes situaciones. Empieza con cosas mínimas: no contradecir para evitar conflicto, no decir que algo molestó, no pedir ayuda para no “cargar a nadie”. Y de a poco, esa forma de cuidarse a sí mismas se convierte en un hábito que también las aleja de sí mismas.
En muchas familias y en nuestra cultura en general seguimos sin darnos cuenta de cuántas veces les pedimos que bajen la voz, que no hagan lío, que “no se tomen las cosas tan a pecho”.
Y claro… después nos sorprende que no hablen cuando algo les duele.
Acompañar no es vigilarlas ni interrogarlas. Es crear un espacio donde sepan que pueden contar lo que sienten sin miedo a ser regañadas, corregidas o ridiculizadas.
A veces es solo cambiar una frase.
A veces es escuchar antes de opinar.
A veces es mostrar que uno también aprendió a callarse… y que no quiere que ellas vivan lo mismo.