28/07/2025
En la calle con la máquina y yo.
Estoy en la calle. No sé cómo llegué aquí, ni por qué hace tanto frío si llevaba puesta mi bata de casa. A mi lado, mi vieja máquina de coser. Esa sí, no se me despega. La arrastro conmigo como si fuera un perro fiel. La gente me mira raro. Algunos cruzan la calle, otros fruncen el ceño, pero nadie dice nada.
—¿Dónde está mi casa? —pregunto en voz alta, esperando que el viento me conteste.
Un niño me lanza una mirada curiosa. Su madre lo jala del brazo.
—No mires, mi amor. Vamos.
¿Y por qué no? ¿Por qué no mirar a una señora con su máquina de coser? No estoy haciendo nada malo. Solo estoy buscando... algo. O a alguien.
Me siento en la vereda, resguardando a mi máquina como si fuera de oro. Acaricio la palanca como si fuera una pata de gato.
—¿Te acordás cuando hicimos aquel vestido verde para la comunión de la nena? —le susurro—. Qué bien te portaste ese día. Ni un salto de puntada. Como nueva, aunque te dolía el pedal.
Un hombre de uniforme se me acerca. ¿Es un policía?
—Señora, ¿se encuentra bien?
Lo miro con desconfianza. No me gusta que me hablen como si tuviera cinco años. No lo conozco. O quizás sí.
—Estoy esperando a mi marido —le digo, aunque no recuerdo su nombre.
—¿Cómo se llama él?
Me muerdo el labio. Me doy cuenta de que no lo sé. Se me escapa como agua entre los dedos.
—¿Y su nombre, señora? ¿Cómo se llama usted?
Eso sí lo sé. O al menos creo que lo sé.
—Soy... soy... ¿María? No. ¿Teresa?
La máquina de coser, en cambio, sí tiene nombre. Se llama Catalina. Se lo puse cuando tenía... cuando tenía... no importa. La abracé fuerte, como si fuera mi ancla.
—¿Hay alguien que podamos llamar? ¿Algún teléfono que recuerde?
Cierro los ojos. Una imagen fugaz: una cocina con una ventana abierta. Una risa de niña. Un delantal colgado. Pero se va. Se va como todo lo demás.
—¿Señora?
—¿Usted sabe coser? —le pregunto.
El policía me sonríe, pero triste.
—No, señora. Pero mi mamá sí. Tenía una máquina parecida.
—Entonces entiende. Uno no se separa de lo que le ha dado de comer, ¿vio? De lo que le ha salvado los días.
Asiente. Saca su radio y dice algo. Yo no presto atención. Estoy tarareando una canción que no sé cómo conozco.
Un rato después, una mujer corre hacia mí. Tiene lágrimas en los ojos. Se arrodilla a mi lado.
—Mamá... Ay, mamá, por favor...
La miro. No sé quién es. Pero su voz... su voz me suena a casa.
—¿Me buscabas?
Ella asiente, temblando. Me abraza fuerte. Yo no sé si abrazarla también, pero me dejo llevar. Me dejo envolver por ese calor.
—Vamos a casa, mamá. Ya estás bien.
—¿Y Catalina?
—La llevamos también. No la vamos a dejar, te lo prometo.
Me levanto despacio. Me tiemblan las piernas, pero no suelto mi máquina. Ella me ayuda. Caminamos juntas. A lo lejos, creo que escucho una canción de cuna. Y por un momento, solo un momento, recuerdo todo. Su primer vestido. Su primer llanto. Mi nombre. El suyo.
Pero se va.
Y solo queda el murmullo de la máquina, que aún me recuerda quién soy.