09/03/2026
Hoy leía en redes sociales a algunas “colegas” decir que acompañar a víctimas y sobrevivientes de violencia es un “privilegio” y un “honor”.
No pretendo tener la última palabra, pero me preocupa. Hablar de privilegio implica, inevitablemente, hablar desde una posición de poder. Y las víctimas y sobrevivientes de violencia no necesitan a alguien que vuelva a ocupar ese lugar.
Tal vez con la palabra honor tengo menos conflicto. Pero, en mi experiencia clínica, acompañar a víctimas y sobrevivientes de violencia es, sobre todo, un compromiso.
Un compromiso con la formación continua: teórica, clínica y también interdisciplinaria. Por ejemplo, comprender el marco legal que atraviesa estos procesos. No solo desde la psicología, sino también desde estudiar las causas estructurales de las violencias, las dinámicas de género, las masculinidades y los micromachismos —muchos de ellos todavía naturalizados, incluso por terapeutas.
Implica también un trabajo personal constante:
no confundir nuestros propios contenidos con los de quienes acompañamos, revisar nuestras posiciones, sostener espacios de supervisión y seguir elaborando lo que escuchamos.
Porque escuchar relatos de violencia agota, conmueve y confronta.
No por las víctimas, sino por la realidad de las historias, porque pueden repetirse y poque la violencia es mucho más frecuente de lo que quisiéramos.
Acompañar estos procesos también implica reconocer y trabajar el trauma vicario, para no perder la humanidad ni la sensibilidad cuando acompañamos.
En la clínica, quienes así lo decidimos sostenemos a personas que están intentando reconstruirse: aprendiendo nuevamente a confiar en sí mismas y, muchas veces, también en el mundo, mientras elaboran el trauma y sus consecuencias.
Para mí no es un privilegio.
Es una decisión que implica formación , responsabilidad, ética y humana. ER.