Su vocación por ayudar es parte fundamental de su vida, tanto como su familia y la profesión de la que se enamoró desde que era pequeño, cuando jugaba a ser médico y se ponía los mandiles que su mamá le mandaba a coser.
Con alegría, Manuel Bassanini, de 66 años, nos recibe en su consultorio de la clínica Kennedy (km 2 de la av. Samborondón), donde se desempeña como médico neurólogo desde hace seis años, atendiendo a pacientes de toda clase social con una sola misión: dar ayuda al prójimo. “Yo nunca dejo de atender a nadie; si no están en capacidad de pagar pero han venido por recibir atención, los recibo. Se les dan tarifas económicas para que ellos puedan acceder, y si no tienen cómo pagar la consulta, la han recibido sin ningún costo”, sostiene.
Comenta que en la sala de espera de su consultorio convergen tanto personas reconocidas en diversos ámbitos como otras de escasos recursos económicos que provienen de instituciones benéficas en las cuales realiza labor social.
“Cuando alguien me dice fui al dispensario y no lo encontré, les digo: Bueno, venga”, asegura.
Lleva más de 33 años trabajando de forma voluntaria en el área de labor social en el hospital León Becerra, en la Asociación de Damas Salesianas y con las Damas del Cuerpo Consular. En la casa de salud es jefe de Neurología y en los otros dos lugares atiende a un promedio de 30 pacientes durante la semana.
Divide su tiempo entre las tres instituciones y la clínica Kennedy, mientras que los sábados y domingos atiende a los pacientes en sus casas cuando estos no pueden movilizarse, e incluso si se trata de una emergencia, a altas horas de la noche. “La profesión es mi vida y los pacientes son mis amigos”, afirma con un tono de voz en el que denota pasión y entusiasmo.
“Él los atiende a todos aunque no tengan cita médica. Incluso si alguien no tiene cómo pagarle, también le da la consulta. Es muy solidario, correcto, disciplinado, ordenado. Engríe a sus pacientes y es muy caritativo, al igual que su esposa”, manifiesta Janeth Plúas, quien trabaja con él desde hace 18 años. Su cónyuge, Emma Ramírez, lo acompaña casi todas las tardes y mientras lo espera, acostumbra conversar con quienes llegan para ser atendidos, resalta Bassanini.
“Ella interviene mucho. Hay casos en los que ve que son de escasos recursos económicos y por ello les regalamos muestras médicas”, dice señalando varias cajas de medicamentos que están junto a la camilla donde minutos antes realizó una exploración neurológica y de fondo de ojo a Paola Ruiz, de 28 años, quien es su paciente desde el 2008, cuando atendía en la clínica Alcívar, ubicada en el sur de Guayaquil.
“Es un buen médico y una excelente persona. Muy atento y amigable”, asegura.
Manuel cuenta que entre los pacientes que atiende no solo se encuentran jóvenes como Paola, sino también adultos, ancianos y niños. Cuando habla de los pequeños, sonríe. “Hay muchos traviesitos”, refiere entre risas.
Pero su semblante cambia al expresar que, por el contrario, lo deprime mucho ver casos en los que notificar el diagnóstico de la enfermedad a los familiares es duro por la gravedad del mismo.
En estos casos “es difícil además para los pacientes y sus allegados el enfrentar la realidad de ver cómo avanza la enfermedad al pasar del tiempo y fallecen”, señala.
Comenta que ha tenido casos de personas a las que luego de los estudios se les detecta tumor cerebral y no tienen dinero para continuar un tratamiento. “A veces van prestando para pagar la consulta y luego viene el peregrinar para conseguir la posibilidad de que sea admitido en un hospital”.
Detalla que en esos casos gestiona con otros médicos amigos para que les den la atención adecuada, mientras su mirada, detrás de sus lentes, denota nostalgia.
Ese deseo de poder servir como un vínculo y ayuda es lo que lo motiva todos los días a seguir cumpliendo la vocación de servicio en su profesión. “Estaré hasta que Dios me dé fuerzas”, expresa.
Comenta que se siente satisfecho con su trabajo porque ha cumplido con las metas que se había trazado: “Ejercer la especialidad que escogí y que amo, y brindar servicio a los necesitados”.
Agrega que en sus viajes al exterior admira los países que son ordenados y en los cuales todos los seres humanos son iguales y la justicia es para todos.
La nobleza de su corazón se evidencia también en su amor a los animales. Cada vez que encuentra uno abandonado en la calle, trata de buscarle un dueño que pueda darle alimentación, cariño y cuidado permanente. (I)
fuente : https://www.eluniverso.com/noticias/2015/02/26/nota/4592576/vocacion-servicio