07/11/2025
Shalom, chispas divinas.
Esta semana la Torá nos invita a entrar en una de las porciones más profundas y humanas: Parashat Vayerá — “Y apareció”. En ella se despliega un viaje interior donde la fe, la hospitalidad, el juicio y la misericordia se entrelazan en el alma de Abraham. Esta parashá nos conduce al corazón mismo del camino espiritual: aprender a ver la Presencia Divina en lo cotidiano y reconocer que cada prueba es un llamado a revelar una dimensión más elevada del ser.
El relato comienza cuando Abraham, convaleciente del brit milá, se encuentra en su tienda bajo el calor del día. De repente, “apareció el Eterno ante él” (Génesis 18:1). Pero esa aparición no se da con relámpagos ni truenos, sino a través de tres viajeros a los que Abraham recibe con amor y humildad. La tradición cabalística enseña que cada uno de esos visitantes representa un aspecto de la Luz Divina: Jesed (bondad), Guevurá (juicio) y Tiferet (armonía). La escena nos muestra que Dios se revela a través del acto de servicio, en el gesto de abrir la puerta al otro. Así nos recuerda que la espiritualidad no está en los cielos lejanos, sino en el alma que sabe dar.
El Zóhar explica que cuando el justo realiza un acto de bondad sin esperar recompensa, “la Shejiná mora en su morada”. Esto significa que el alma humana puede convertirse en el templo viviente de la Divinidad. La hospitalidad de Abraham no era un simple acto social, sino un acto de reparación del mundo — Tikún — en el que cada invitado es una chispa de la Luz Infinita disfrazada de necesidad.
Luego aparece uno de los momentos más conmovedores del texto: Abraham dialoga con Dios por las ciudades de Sodoma y Gomorra. No lo hace por rebeldía, sino desde la compasión. Se atreve a interceder por los malvados, buscando un resquicio de misericordia en medio del juicio. El Zóhar enseña que en ese diálogo el patriarca despierta en los mundos superiores la energía de Rachamim, el equilibrio entre justicia y compasión. Aprendemos que el alma que ha alcanzado la verdadera fe no pide castigo, sino comprensión; no exige perfección, sino oportunidad de transformación.
Más adelante, la promesa se cumple: Sara da a luz a Isaac, símbolo de la alegría y del cumplimiento de lo imposible. Cada nacimiento en la Torá representa una expansión de conciencia. Isaac no es solo un hijo biológico, es la manifestación de una nueva sefirá activa en el alma colectiva: la risa de Dios dentro del ser humano, el eco de la promesa que parecía inalcanzable.
Sin embargo, el clímax llega con la Akedá, la atadura de Isaac. Aquí se nos revela el misterio más grande de la fe. Abraham es llamado a ofrecer a su hijo, la promesa misma, y aun así obedece. En la cábala, este acto no se interpreta como un deseo divino de sufrimiento, sino como un proceso interno en el que el ego se entrega al propósito superior. Rabbi Isaac Luria enseña que la Akedá representa el paso del amor condicionado al amor absoluto, donde ya no hay “yo” que recibe, sino un “yo” que sirve a la Luz.
Rabbi Yehuda Ashlag, en su comentario al Zóhar, explica que Abraham no fue probado para ser medido, sino para ser elevado. La prueba no revela a Dios lo que somos; revela a nosotros lo que podemos llegar a ser. Cada dificultad que atravesamos tiene la misma esencia que la prueba de Abraham: la oportunidad de transformar el deseo de recibir en deseo de compartir.
Vayerá nos enseña, entonces, que el verdadero camino espiritual no consiste en escapar del mundo, sino en transformar cada acto, cada relación y cada pensamiento en un vehículo de Luz. Cuando Abraham recibe al extraño, cuando intercede por el malvado, cuando entrega al hijo amado, está realizando tres niveles de unión con lo Divino: servicio, misericordia y entrega total.
Este Shabat es una invitación a mirar nuestra propia vida con los ojos de Abraham. A preguntarnos: ¿a quién necesito abrir mi tienda interior?, ¿por quién debo orar con compasión?, ¿qué debo entregar para ser libre? Cada una de esas preguntas encierra la posibilidad de revelar más Luz en el mundo.
Como dice el Zóhar, Volumen I, 102b: “Cuando el alma se une al propósito del Creador, no hay distancia entre el cielo y la tierra”. En esa unión se disuelven las dudas, los miedos y los juicios, y lo que queda es la certeza silenciosa de que todo lo que ocurre tiene un sentido más alto.
Shabat Shalom, chispas divinas. Que la Luz de Vayerá ilumine nuestras casas y nuestros corazones, y nos recuerde que el amor incondicional es el altar más sagrado donde la Divinidad se revela.
Tony Blanco Con paz, amor y conciencia en expansión para todos.