29/05/2026
Este fin de semana he estado de formación: SUMANDO MIRADAS.
Una formación en la que la Asociación de Logopedas de España sigue intentando concienciar y conectar a logopedas con otros profesionales sanitarios para no olvidar la importancia del trabajo en equipo. Pero en equipo de verdad. Desde una perspectiva horizontal, sin profesionales por encima ni por debajo de otros, trabajando por el paciente, respetando el trabajo de cada disciplina y siendo conscientes de nuestros límites.
Porque saber de otra especialidad no significa intervenir desde ella. Significa saber detectar, comprender cuándo algo se sale de nuestro ámbito de actuación y derivar al profesional adecuado.
A veces, tanto en Logopedia como en el resto de profesiones sanitarias, tendemos a observar al paciente desde la ventana de nuestra propia disciplina.
Imaginemos un niño de 7 años que llega a consulta porque no pronuncia la "rr".
Durante la anamnesis descubrimos que tuvo dificultades con la lactancia desde el nacimiento. Tras varias visitas a la matrona y diferentes intentos para mejorar el agarre, la familia decidió pasar al biberón.
También sabemos que desde los 3 años presenta congestión nasal frecuente y varias otitis al año, por lo que lleva seguimiento por Otorrinolaringología.
Desde los 4 años acude al traumatólogo por pies planos y utiliza plantillas.
Además, recientemente el odontólogo ha recomendado tratamiento ortodóncico por mordida cruzada y apiñamiento dental.
Tenemos, por tanto, a un mismo paciente siendo atendido por distintos profesionales, cada uno realizando correctamente su trabajo desde su área de conocimiento.
Durante la evaluación logopédica detectamos una anquiloglosia que limita la movilidad lingual necesaria para producir la vibración de la "rr".
Pero observamos algo más: la lengua permanece baja en reposo, existe respiración oral y aparecen alteraciones funcionales que nos llevan a preguntarnos:
¿Podría esta restricción lingual haber contribuido a parte de las dificultades observadas?
¿Podría estar relacionada con ciertos patrones respiratorios?
¿Podría haber influido en el desarrollo craneofacial?
¿Merecería la pena haber explorado estas conexiones funcionales antes?
No tenemos respuestas absolutas para todo. La ciencia todavía sigue investigando muchas de estas relaciones. Pero sí sabemos que la función influye en el desarrollo y que el cuerpo funciona como un sistema integrado.
Y aquí es donde cobra sentido la verdadera transdisciplinariedad.
¿Qué habría pasado si la dificultad en la lactancia hubiera llevado a una valoración funcional temprana?
¿Qué habría ocurrido si, tras detectarse una restricción lingual, los distintos profesionales hubieran trabajado coordinadamente?
Quizá el resultado habría sido el mismo.
O quizá no.
No lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que el paciente es uno.
No tiene una boca para el logopeda, una nariz para el otorrino, unos dientes para el odontólogo y unos pies para el traumatólogo.
Tiene un solo cuerpo y una sola forma de funcionar.
Por eso necesitamos seguir sumando miradas.
Porque cuando dejamos de trabajar por parcelas y empezamos a conectar conocimientos, quien realmente gana es el paciente.