03/03/2026
Hoy alguien me ha llamado para comenzar un proceso de terapia y me decía que saber por mi blog de mis enfermedades “me daba más conocimiento y preparación”.
Le he explicado que creo esas experiencias no me capacita más y que es fundamental no confundir la experiencia personal con la competencia profesional.
Haber atravesado enfermedades, duelos, trauma o crisis puede brindarnos a los psicólogos una comprensión íntima del sufrimiento humano, pero esa vivencia no sustituye la formación académica, el entrenamiento ni la supervisión constante que requiere esta profesión.
La experiencia personal aporta sensibilidad, empatía y cercanía. Me recuerda que antes que profesionales somos personas. Sin embargo, la competencia profesional implica algo muy distinto: la capacidad de evaluar con criterios, formular hipótesis, elegir intervenciones, sostener encuadres, manejar límites y actuar bajo principios éticos. No se trata solo de “haber pasado por algo parecido”, sino de poder comprender la complejidad psíquica de otro sin reducirla a la propia historia.
Si un psicólogo confunde su experiencia con su competencia, corre el riesgo de proyectar, sobreidentificarse o intervenir desde lo que a él le funcionó, en lugar de desde lo que el paciente necesita. La experiencia personal puede enriquecer la práctica, pero solo cuando está trabajada y puesta al servicio del proceso terapéutico, no al revés.
Reconocer esta diferencia no quita valor a lo vivido; al contrario, lo integra de manera más madura. La experiencia humaniza. La competencia profesional encuadra, orienta y protege. Ambas son importantes, sí pero no equivalentes. En psicología, la responsabilidad ética nos exige saber distinguirlas e intentar explicárselo a un posible paciente.