20/02/2026
Antes del Chikung sentía que era, literalmente, un miedo con patas.
Y mi cuerpo lo decía todo por mí: encorvada, sin energía… y con dolor en las lumbares cada día.
Yo sabía que tenía que hacer algo. Lo intenté: muchas cosas, muchos métodos…
pero nada era amable con mi situación de aquel momento.
Y cuando algo no es amable, yo no lo sostengo. Lo dejo.
Hasta que un día mi cuerpo dijo: basta.
Me di cuenta de que estaba demasiado en la cabeza… y necesitaba volver al cuerpo.
No por estética. No por rendimiento. Por supervivencia.
Fui a mi primera clase de Chikung con dolor… y salí peor.
Tanto, que pensé: “no vuelvo”.
Y justo ahí me dije: no decidas hoy.
Quédate un tiempo. Practica suave… sin exigencia.
Y volví. Y practiqué casi cada día.
Y en pocas semanas me di cuenta de algo: ya no me dolía la espalda.
Mi postura cambió… y me empecé a sentir más segura.
Hoy, para mí, el Chikung es esto:
un lugar amable donde mi cuerpo y mi mente descansan y se sienten seguros.
Y cuando aparecen desafíos… vuelvo a la respiración, vuelvo al cuerpo, vuelvo a este momento.
Ahí está mi centro.
Chikung es mi refugio.
Es amabilidad.
Es volver a mí, a mi hogar.
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