Instituto Poiesis

Instituto Poiesis Aporta un enfoque innovador e integral que une artes, ciencias y somática.

El Instituto Poiesis nace del recorrido y trayectoria profesional de Sección clínica de Artes Aplicadas a la Salud y Rehabilitación Social (SCARS 2008-2019), y actualmente se conforma como un centro de investigación, formación y experiencia, con reconocimiento por parte de la comunidad internacional. El instituto Poiesis ofrece programas de formación y capacitación en torno a los siguientes ejes troncales: Trauma y Embodiment; Cuerpo, Arte y Salud -investigación somática y artística; y, Artes basadas en la Naturaleza, con una orientación expresiva-somática y arteterapéutica. Apuesta por una pedagogía activa y clínica, una metodología arteterapéutica transdisciplinaria e integrada con aplicación a diferentes contextos de actuación: socioeducativa, preventiva, comunitaria, salud y desarrollo humano. Pone el valor en la experiencia personal y (inter)humana al servicio del impulso creador y del cambio social.

Por todos los amores que la historia quiso callar, por los cuerpos que no pudieron elegir, por los deseos que se escondi...
14/02/2026

Por todos los amores que la historia quiso callar, por los cuerpos que no pudieron elegir, por los deseos que se escondieron en sombras y silencios; por los afectos regulados por normas invisibles que dictan qué cuerpos pueden amar, qué pasiones son legítimas y cuáles deben permanecer ocultas; por los amores que la ley, la moral y la sociedad intentaron someter, por los besos robados, los abrazos negados, las caricias vigiladas.

Por los amores de las personas mayores, cuyas pasiones se arrugan con la edad pero nunca mueren; por los cuerpos diversos, los géneros disidentes, las sexualidades que incomodan y los vínculos que desafían la norma; por quienes la historia persiguió: racializados, colonizados, criminalizados.

El amor no puede ser dictado ni prohibido. No es espectáculo, ni calendario, ni escaparate. El amor es un río que fluye donde quiere, un fuego que no se apaga ante la lluvia del mandato. El amor es elección, libertad y dignidad. Amar libremente no es capricho; es un acto ético y político, y también un acto espiritual: abrirse al misterio del otro, sentir el latido compartido de los cuerpos, reconocer la sacralidad del deseo y la fragilidad de la vida.

Celebramos la multiplicidad, la diversidad, la audacia de los afectos que resisten lo normado. Honramos a quienes amaron en secreto, a quienes resistieron, a quienes sostuvieron vínculos invisibles como hojas que se doblan sin romperse. Este manifiesto es para todos los amores invisibles, prohibidos, negados; para los cuerpos y deseos que se atrevieron a existir a pesar del mandato. El amor prohibido es resistencia, el amor no normado es memoria, el amor libre es justicia, y el amor espiritual es trascendencia: un canto que atraviesa la historia y el miedo.

Amar es valentía, amar es humanidad, amar es revolución. Amar es reconocer lo sagrado en la libertad de sentir, es tocar la eternidad en un instante, es desafiar los mandatos del mundo y sostener lo que importa.

El amor no es único ni obediente.Nuestros cuerpos, deseos y afectos transitan un mundo que dicta qué vínculos son válido...
14/02/2026

El amor no es único ni obediente.
Nuestros cuerpos, deseos y afectos transitan un mundo que dicta qué vínculos son válidos y cuáles se reprimen, invisibilizan o castigan.
Algunos amores se celebran, reciben elogios, flores, aplausos.
Otros se esconden, se silencian, se consideran desviados o peligrosos.

Pero el amor verdadero no se somete.
Es múltiple, diverso, indomable.
Se manifiesta en vínculos que no se jerarquizan, en deseos que no se miden, en la capacidad de acompañar sin poseer, de cuidar sin condicionar.
Su ética se funda en la libertad y en la atención: sostener lo frágil, respetar la autonomía, reconocer la finitud de los cuerpos y los afectos.

El desapego no es ausencia; es responsabilidad ética.
Es reconocer que nada nos pertenece por derecho y que todo vínculo se construye en cuidado y respeto.
Es resistir la lógica que mide, clasifica o reduce la afectividad a normas, mandatos o consumo simbólico.
Es abrir espacio para que el amor exista incluso donde no es esperado ni permitido, incluso donde desafía lo normado.

En este tránsito hacia nuestra finitud, nuestra soledad y nuestra peoría, amar sigue siendo posible.
No como mandato, ni como espectáculo, ni como obligación.
Amar es acto de valentía y resistencia.
Amar es reconocer la diversidad, sostener la multiplicidad y ejercer la ética del cuidado con intensidad y libertad.
Ese amor, discreto y profundo, es el que realmente nos hace humanos.

Cada día, el amor pasa desapercibido.Se esconde en gestos silenciosos: un café compartido, una mirada que sostiene, un a...
14/02/2026

Cada día, el amor pasa desapercibido.
Se esconde en gestos silenciosos: un café compartido, una mirada que sostiene, un abrazo que llega sin aviso.
No hay luces, flores ni mensajes preparados. No hay obligación de sentir ni de demostrar.

Y luego llega un día señalado.
De pronto, el amor que habitualmente se esconde en la rutina se convierte en mandato: debe mostrarse, debe medirse, debe ser perfecto.
Exige regalos, fotos, palabras grandilocuentes, como si el amor solo existiera en escaparates y pantallas.
Y en ese gesto forzado, muchos sienten ausencia, comparación, culpa, insuficiencia. El amor se vuelve deber, y su falta, dolor.

Este mandato no es inocente.
Es parte de un sistema que dice quién amar y cómo, que establece qué relaciones son “normales” y cuáles son invisibles, no reconocidas o sancionadas.
Reproduce desigualdades y violencia de género, al imponer roles, expectativas y jerarquías afectivas que limitan la libertad de sentir y de estar con quien se elige.

Pero el amor real habita en lo silencioso, lo cotidiano, lo pequeño.
En la paciencia, en la escucha que permanece, en los gestos que no se venden ni se etiquetan.
Se construye en los días comunes, imperfectos, donde nadie toma fotos ni escribe posts.
Ese amor cotidiano, discreto y resistente, desafía los mandatos, los calendarios y las normas que intentan dictarlo.

Amar no es cumplir un calendario ni un escaparate.
Amar es sostener la vida compartida, en lo pequeño, en lo silencioso, en lo cotidiano.
Ese amor, libre y constante, es el que realmente importa.

Vivimos tiempos atravesados por guerras que desplazan cuerpos y sentidos, por orfandades afectivas y sociales que dejan ...
14/02/2026

Vivimos tiempos atravesados por guerras que desplazan cuerpos y sentidos, por orfandades afectivas y sociales que dejan vacíos imposibles de llenar, por un trauma ecológico que anuncia la fragilidad de la vida misma. La velocidad de lo digital, la hiperconexión y la lógica de eficiencia parecen colonizar incluso nuestros espacios de reflexión y cuidado.

En este contexto, la esperanza no es ingenuidad ni optimismo vacío. Es principio ético, gesto cotidiano, práctica de resistencia. Se manifiesta en los actos de cuidado que sostienen la vida y los vínculos: en la supervisión que protege al otro y al profesional, en el arte que abre lenguaje donde la eficiencia lo vuelve imposible, en la insistencia de sostener derechos humanos frente a la indiferencia.

La esperanza se encarna en lo pequeño: en cómo escuchamos, en cómo acompañamos, en cómo tejemos comunidad y resistencia frente a la fragmentación y la violencia simbólica. Cada gesto, aunque mínimo, es un acto político y ético. Es un recordatorio de que la práctica humana no puede sostenerse en soledad ni en la ilusión de omnipotencia.

No niega la dureza del presente ni la violencia que lo atraviesa. Pero se mantiene persistente y firme, chispa que resiste en medio de la tormenta, hilo que teje comunidad entre la fragilidad, la aceleración y el dolor. En su delicadeza y constancia, la esperanza se vuelve la forma más radical de humanidad posible.

En los tiempos actuales, donde la velocidad, la productividad y la hiperconexión parecen valores supremos, no es raro qu...
12/02/2026

En los tiempos actuales, donde la velocidad, la productividad y la hiperconexión parecen valores supremos, no es raro que terapeutas como tantos otros profesionales caigan en la ilusión de poder “saberlo todo”. La falta de regulación formal en algunas prácticas y la escasa supervisión estructurada refuerzan esta sensación: si nadie mide, si nadie observa, entonces todo depende únicamente de la habilidad individual.

Pero esta ilusión tiene un costo real. La práctica relacional está llena de matices invisibles: transferencias sutiles, sesgos inadvertidos, emociones proyectadas que el profesional no alcanza a percibir. Sin supervisión externa, la omnipotencia aparente puede producir daño. No solo al otro, sino también a quien acompaña, atrapado en la trampa de la autoexplotación: creer que puede sostenerlo todo, sin descanso, sin reflexión, sin red.

La supervisión externa funciona como un principio ético y un espacio protector. Introduce humildad donde la sociedad moderna insiste en la omnipotencia. Permite ver lo que no se ve, escuchar lo que no se escucha y pensar lo que se ignora. Protege al otro y protege al profesional de sí mismo, recordándole que la ética no es una construcción individual, sino colectiva, sostenida por marcos claros y responsabilidad compartida.

Aceptar la supervisión no limita ni burocratiza. Libera. Reubica al profesional en su humanidad, lo rescata de la ilusión de control absoluto y del desgaste de la sobreexplotación. La supervisión no es un lujo, sino un acto de cuidado ético: un recordatorio de que acompañar requiere humildad, reflexión y estructuras que sostengan la práctica en un mundo que parece premiar justamente lo contrario.

A veces creemos que podemos “saberlo todo”. Que nuestra experiencia, sensibilidad o formación nos protege de errores. Pe...
12/02/2026

A veces creemos que podemos “saberlo todo”. Que nuestra experiencia, sensibilidad o formación nos protege de errores. Pero la práctica del acompañamiento humano es un territorio lleno de sombras: puntos ciegos, transferencias invisibles, emociones que nublan el juicio. Sin supervisión externa, caminamos como navegantes sin faros, confiando en nuestra brújula interna cuando lo que necesitamos es un espejo que nos devuelva lo que no vemos.

La supervisión externa no es un requisito administrativo ni un mecanismo de control. Es un principio ético. Nos recuerda que ningún profesional puede sostener en soledad la complejidad del acompañamiento. Nos protege del riesgo silencioso de la omnipotencia: esa sensación de saberlo todo que puede ser más peligrosa que la ignorancia.

No supervisar no es valentía profesional. Es exponer al otro a decisiones tomadas desde la emoción, a sesgos invisibles, a interpretaciones incompletas. Es abandonar la responsabilidad de sostener la práctica con cuidado y conciencia.

La supervisión externa nos sitúa en un lugar humilde pero profundamente responsable. Nos permite ver lo que no podemos ver, escuchar lo que no oímos, pensar lo que no solemos pensar. Nos recuerda que la ética de nuestra práctica no depende solo de lo que hacemos, sino de cómo nos aseguramos de sostenerla, incluso cuando creemos tenerlo todo bajo control.

Cuidar la práctica es cuidar al otro. Y la supervisión externa es la brújula que orienta nuestra acción, el espejo que nos devuelve lo que no vemos, y el principio ético que sostiene la responsabilidad de acompañar con conciencia, humildad y rigor.

La voracidad no siempre se mide en lo que sabemos o en lo que logramos; a veces es un impulso silencioso que nace del mi...
10/02/2026

La voracidad no siempre se mide en lo que sabemos o en lo que logramos; a veces es un impulso silencioso que nace del miedo, del vacío que el ego terapéutico intenta llenar. Melanie Klein hablaba de la voracidad como una pulsión temprana: un deseo de apropiarse del objeto, de absorber lo bueno, un hambre que nace de la ansiedad y la incompletitud. En la adultez, esa misma dinámica puede aparecer en la práctica profesional: necesidad de abarcar más de lo que podemos sostener, impulso por demostrar competencia, ilusión de omnipotencia que confunde acumulación con cuidado y acción con acompañamiento.

Cuando la voracidad se mezcla con el ego, la ética y la presencia pueden diluirse. El riesgo no es abstracto: intervenciones superficiales, decisiones guiadas por el deseo de reconocimiento, prácticas que priorizan la apariencia de dominio sobre la escucha real. La técnica puede estar presente, pero la atención plena y la sensibilidad desaparecen, y quienes confían en nuestra presencia quedan expuestos al daño silencioso que nace del exceso de ego y de la voracidad mal gestionada.

Reconocer la propia voracidad y el ego no es debilidad; es responsabilidad ética. Mirar el impulso con honestidad, diferenciar deseo genuino de crecimiento de compulsión por llenar vacíos, y cultivar humildad y presencia permite sostener sin dañar. La verdadera excelencia profesional no se mide por la acumulación de logros, sino por la capacidad de acompañar con presencia plena, escucha profunda y conciencia de límites, donde la técnica sirve al cuidado y no al ego.

Hoy, la voracidad desmedida produce un daño silencioso pero profundo: la urgencia de llenar vacíos internos se traduce en heridas externas, dejando al descubierto la fragilidad de quienes confiaron en nuestra atención. La pulsión que Klein describió en el infante se replica en la adultez, y cuando se mezcla con el ego profesional, la voracidad deja de ser interna y se convierte en riesgo real para quienes dependen de nuestra presencia.

No todo lo que se estudia capacita para acompañar. Y el costo de ignorarlo es alto.Vivimos en tiempos de capitalismo for...
10/02/2026

No todo lo que se estudia capacita para acompañar. Y el costo de ignorarlo es alto.

Vivimos en tiempos de capitalismo formativo, donde los títulos se acumulan como medallas y el conocimiento se convierte en moneda de prestigio. Se estudia para demostrar que se sabe, para validarse ante otros, para construir un yo omnipotente capaz de “poder con todo”. Pero saber no equivale a acompañar con responsabilidad, y menos cuando la práctica implica cuidado, vínculo y atención a la vulnerabilidad de otros cuerpos y subjetividades.

El peligro surge cuando el ego guía la práctica, cuando el deseo de mostrar competencia se antepone a la ética y a la presencia. Allí donde el yo quiero se confunde con el yo puedo acompañar, el otro se convierte en escenario, y el daño se produce silencioso, invisible, inscripto en la experiencia y el cuerpo de quienes confiaron en nuestra presencia. Es un daño que no mide la cantidad de títulos, ni la sofisticación de la técnica, sino la falta de humildad y de honestidad en la práctica.

Formarse también debería incluir la posibilidad de decir: “esto no es para mí, todavía no estoy en condiciones de acompañar”.
No es fracaso, ni debilidad. Es responsabilidad. Es cuidado. Es ética en acción. Reconocer los propios límites es un acto de humildad, un gesto profundo de respeto hacia quienes confiaron en nuestra presencia, y hacia nosotros mismos. Acompañar no es un escaparate de habilidades acumuladas; es un compromiso silencioso que exige escuchar, sostener y no apropiarse, acompañar sin imponer, sin controlar, sin buscar reconocimiento.

El verdadero aprendizaje no se mide en certificados ni diplomas, sino en la capacidad de no dañar mientras otros confían en nosotros, en la conciencia de nuestros límites, en la honestidad de nuestra práctica, y en la humildad para aceptar que, a veces, no estamos listos para ocupar ciertos espacios. La ética no se aprende solo en las aulas: se aprende en la observación atenta, en la disposición a reflexionar, en la paciencia y en la constancia del cuidado, en la capacidad de silenciar el ego cuando nuestra presencia importa más que nuestro saber.

El mundo produce miedo, y el miedo se hace carne en nuestros cuerpos. No es un temor abstracto ni pasajero: se tensa el ...
07/02/2026

El mundo produce miedo, y el miedo se hace carne en nuestros cuerpos. No es un temor abstracto ni pasajero: se tensa el pecho, se aprieta el estómago, la respiración se acelera, la garganta se cierra, los músculos se contraen. El miedo atraviesa cada movimiento y cada silencio, recordándonos que la violencia, la injusticia y la destrucción de lo que sostiene la vida no son fenómenos distantes, sino reales y presentes.

Este miedo no es solo individual; es colectivo. Se percibe en las noticias de guerras, en la devastación de territorios y ecosistemas, en la precarización de la vida humana y no humana. El miedo nos conecta con nuestra vulnerabilidad y con la interdependencia que sostiene la existencia, nos recuerda que no podemos aislarnos sin perder sensibilidad y capacidad de cuidado.

El miedo hecho carne también es señal ética y política. Nos interpela: ¿cómo sostenerlo sin endurecernos? ¿Cómo responder a un mundo hostil sin anestesiar la conciencia? ¿Cómo proteger lo vulnerable, en nosotros, en los otros y en los sistemas de vida que nos sostienen?

Este miedo es persistente, crónico, fruto de estructuras que generan violencia sostenida. Reconocerlo no es debilidad, sino evidencia de que estamos vivos, conscientes y capaces de acción. Habitar el miedo hecho carne implica confrontarlo, sentirlo, permitir que nos informe y guíe nuestras decisiones, nuestra atención y nuestro cuidado. Solo así podemos sostenernos a nosotros mismos, a los otros y a la vida que aún es posible.

El mundo contemporáneo se ha transformado en un espacio cada vez más hostil, no solo por la degradación ambiental y la e...
07/02/2026

El mundo contemporáneo se ha transformado en un espacio cada vez más hostil, no solo por la degradación ambiental y la escasez de recursos, sino por la normalización de la violencia, la precarización de la vida y la explotación sistemática de cuerpos, territorios y ecosistemas. Estas formas de violencia no son incidentales, sino parte de un orden estructural que articula la economía, la política y las relaciones sociales en torno a la maximización del beneficio y el control sobre la vida.

Las guerras, en sus dimensiones militares, económicas y simbólicas, son expresión extrema de esta lógica. Poblaciones, territorios y ecosistemas son tratados como desechables, y la vulnerabilidad se percibe como amenaza. La naturaleza, los animales y los espacios vivientes se conciben instrumentalmente, subordinados a intereses económicos inmediatos, lo que evidencia una relación de explotación y dominio que erosiona la habitabilidad del mundo.

La hostilidad del entorno se refleja también en los cuerpos y las subjetividades: el desgaste físico y psíquico, la desregulación emocional y la anestesia de la sensibilidad constituyen adaptaciones necesarias, pero con costos profundos para la vida relacional y afectiva. Vivir en estas condiciones implica soportar la violencia estructural mientras se pierde contacto con la fragilidad propia y la de los otros, con aquello que sostiene la coexistencia y la interdependencia.

Frente a este escenario, la cuestión de la habitabilidad no se reduce a la supervivencia individual, sino a la reconstrucción de condiciones sociales, políticas y ecológicas capaces de sostener la vida en su diversidad y vulnerabilidad. La ética contemporánea exige reconocer la interdependencia con todos los sistemas de vida, replantear la relación con el entorno y con los otros, y construir prácticas de cuidado que permitan vivir sin endurecer la sensibilidad. La hostilidad del mundo no es inevitable; es producida, y solo mediante intervenciones colectivas, conscientes y responsables puede transformarse en un espacio donde la vida, en todas sus formas, sea posible.

El mundo nos atraviesa sin pausa, y los móviles se han vuelto extensiones de nuestro cuerpo. Cada notificación, cada ale...
07/02/2026

El mundo nos atraviesa sin pausa, y los móviles se han vuelto extensiones de nuestro cuerpo. Cada notificación, cada alerta, cada imagen nos conecta con todo lo que ocurre, pero también nos arrastra sin tregua. La información nos colapsa, y la dependencia del dispositivo nos ancla a un flujo constante que impide detenernos, respirar y sostener la presencia.

El impacto se siente en el cuerpo: el pecho se tensa, la respiración se vuelve superficial, la cabeza pesa, el estómago se anuda, los músculos permanecen rígidos. El móvil, prolongación de nuestro cuerpo, amplifica estas sensaciones: nos mantiene en alerta, nos conecta con urgencias externas y reduce el espacio para la reflexión, el vacío y la integración de lo que vivimos.

Vivimos en un colapso constante, normalizado. Lo que antes nos alarmaría ahora se percibe como rutina; la tensión crónica se vuelve parte de nuestra existencia diaria. La saturación informativa mediada por redes sociales y dispositivos tecnológicos hace que la urgencia se perciba como natural e inevitable, mientras nuestra capacidad de detenernos y habitar el presente se erosiona.

Nos interpela lo cotidiano: ¿cuántas veces hoy levantaste la mirada del móvil solo para encontrar otra notificación? ¿Cuántos mensajes sin leer laten todavía en tu bolsillo, recordándote que el mundo no espera? Cuando te acuestas, ¿tu respiración sigue la urgencia del flujo de información o puedes dejarla reposar? ¿Puedes sostener unos segundos de vacío sin tensión, sin mirar la pantalla, sin que tu cuerpo se acelere?

Reconocer que vivimos en colapso constante, mediado por nuestros dispositivos, no es debilidad, sino lucidez. Significa aceptar que nuestros cuerpos y mentes registran la presión del mundo, y que nuestra vulnerabilidad y dependencia son señales de interconexión. Solo al reconocer esta condición podemos crear espacios de pausa, reflexión y cuidado, sostener nuestra vida interior y colectiva, y actuar con conciencia en un entorno saturado, hostil y normalizado.

Vivimos tiempos en que el propio dolor se convierte en capital: simbólico, porque legitima autoridad y visibilidad; econ...
02/02/2026

Vivimos tiempos en que el propio dolor se convierte en capital: simbólico, porque legitima autoridad y visibilidad; económico, porque se traduce en demanda, clientes y oportunidades de negocio.

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