20/01/2026
Creemos que nuestra seguridad depende de la solidez de nuestras estructuras.
Diseñamos andamios mentales, agendas impecables y roles definidos, pensando que, si logramos sostener todo en equilibrio, finalmente estaremos a salvo.
Sin embargo, hay un momento en el que el alma se siente cansada de sostener tanto peso.
Es ahí cuando descubrimos que la estructura nos sostiene, pero el Ser nos libera.
Venimos de una inercia donde "hacer" es la moneda de cambio. Si no estamos construyendo algo tangible, parece que estamos perdiendo el tiempo.
Pero a veces, los frutos más reales no siempre son los que se pueden tocar con las manos, sino aquellos que florecen en el espacio sagrado de nuestra presencia.
Cuando decidimos soltar, ya sea un proyecto que no resuena, una rutina rígida o una auto-exigencia, lo primero que suele aparecer es el vértigo.
Nos preguntamos: ¿quién soy si no estoy ocupada?
Ese vacío no es ausencia de vida; es espacio fértil.
La estructura intenta controlar el caos externo, pero el Ser conoce un orden superior: el orden del alma.
Es ese ritmo natural que nos dice cuándo es momento de retirarse y cuándo de florecer, un ritmo que la mente, en su afán de estructura, suele ignorar.
Habitar el Ser es confiar en que, aunque el andamio caiga, el suelo que pisamos es firme porque está hecho de nuestra propia esencia.
Sentimos que, si dejamos de sostener los hilos de control, nos desmoronaremos. Pero es en esa aparente fragilidad donde reside nuestra verdadera fuerza.
La vulnerabilidad no es debilidad; es dar lugar a lo que ya no necesita armaduras para protegerse de la vida, porque se siente parte de ella.
Como la semilla que debe romper su cáscara para poder brotar, nosotros también necesitamos quebrar nuestras rigideces para expandirnos.
Hay una humildad y belleza profunda en decir "no sé", "no puedo" o "necesito silencio".
En ese vacío que deja la estructura al caer, no aparece la nada, sino la totalidad de lo que somos…
Te resuena? Te leo!
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