01/02/2026
He estado enfadado durante mucho tiempo.
No hablo de perder el control ni de estallidos de cólera a lo Michael Douglas en Un día de furia. Hablo de un enfado de fondo, sostenido, casi estructural. Mi estado natural.
No lo notaba todo el mundo, claro. Si no, esto habría acabado mal… quizá con una turba persiguiéndome por las calles de Bilbao.
¿Te imaginas?
El enfado no siempre se muestra de forma evidente. A veces se disfraza de ironía, de exigencia constante o de una tensión interna que uno acaba llamando “normal” porque lleva ahí demasiados años. Y sé por experiencia a dónde te puede llevar eso.
Durante mucho tiempo pensé que era lógico.
Estrés, exceso de trabajo, frustraciones, disgustos, alguna estafa que otra…
“Así es la vida”.
Hasta que te das cuenta de que el enfado ya no depende tanto de lo que pasó fuera, sino de que ya estaba instalado dentro. Funcionaba en automático.
Y aquí viene lo importante. El enfado, fisiológicamente, es una respuesta breve. Ante una amenaza, la amígdala activa el sistema nervioso simpático, se liberan hormonas de estrés y el cuerpo entra en modo defensa. Es rápido, eficaz… y transitorio. Ese pico dura alrededor de un minuto. Después, el cuerpo se regula.
Si el enfado continúa, ya no lo sostiene la fisiología. Lo sostiene la mente. El recuerdo, la interpretación, el diálogo interno que se repite. Cada repetición reactiva el circuito. Ahí el enfado deja de ser una reacción y se convierte en un hábito. Un aprendizaje. El sistema nervioso responde a lo que la mente le presenta. Pura coherencia biológica.
Y aquí se nos acaba la excusa. Ya no se trata solo de “lo que pasó”, sino de lo que hacemos después. Nos entrenamos para estar enfadados.
Cuando comprendes esto, el enfado deja de ser una identidad y vuelve a ser lo que siempre fue: una respuesta puntual, que no está hecha para gobernar una vida.
Y yo, años entrenándome para estar enfadado…
si es que…