11/12/2025
Abuso reactivo. Cuando alguien provoca deliberadamente a otra persona, a sabiendas de que puede hacerla estallar, y después utiliza esa reacción para victimizarse.
Esta técnica se identifica como una forma de manipulación especialmente dañina porque, no solo consigue que la persona manipuladora quede libre de culpa, sino que además deja a la víctima con un fuerte sentimiento de vergüenza y confusión. Se trata de una inversión de roles muy calculada para que quién realmente ha provocado la situación se presenta como el perjudicado, y la persona afectada termina creyendo que ha reaccionado de forma desproporcionada.
Hay una diferencia importante entre exagerar ante un conflicto menor y que alguien conozca tus puntos débiles y los utilice de forma repetida. Esa presión constante y dirigida termina generando un momento de quiebre, y es justo ahí cuando el manipulador se presenta como el ofendido. De ese modo, obtiene el poder de tomar represalias desde una posición de aparente superioridad moral.
Pero lo más grave, es el impacto que esto tiene en quien sufre este tipo de abuso. La víctima, al estallar, puede empezar a pensar que ha sido realmente su culpa. Esa duda interna es el terreno perfecto para que la manipulación continúe. “No hay nadie más
que aquel que duda de sí mismo”.
Ese sentimiento de culpa bloquea muchas veces la posibilidad de pedir ayuda. La persona no denuncia, no reclama, ni siquiera comparte lo que está viviendo, por miedo a que los demás le digan que efectivamente fue culpa suya. Este aislamiento refuerza el y hace aún más difícil salir de él.
Llevar a una buena persona al límite y después señalar su reacción es perverso y egoísta. Para que la pueda salir de ahí, necesita dar un paso fundamental que siempre funciona. Y es, nada menos, que hablarlo. Contar lo que se está viviendo a alguien de confianza que valide las emociones es esencial para empezar a romper ese círculo vicioso. Y así, poder recuperar la claridad necesaria para poner límites y protegerse.