07/04/2026
Me encanta entrenar.
De verdad.
Me gusta moverme, sentirme fuerte, activa, viva.
Y es verdad que ahora está muy en tendencia todo lo relacionado con la fuerza, los HIIT, los entrenamientos híbridos… y ojo, me parecen súper interesantes y necesarios.
El cuerpo necesita estímulo, necesita carga, necesita reto.
Pero hoy, después de impartir varios talleres de técnicas de relajación, me quedaba dándole vueltas a algo.
Vivimos con el sistema nervioso siempre en modo alerta.
Siempre activadas.
Siempre produciendo, corriendo, llegando tarde, haciendo más.
Entrenamos fuerte, trabajamos fuerte, pensamos fuerte…
Y luego nos extraña no poder dormir, sentir ansiedad, irritabilidad, cansancio mental o una tensión que no se va.
El problema no es entrenar fuerza.
El problema es no saber parar.
No tener herramientas para volver a la calma, para regularnos, para bajar revoluciones.
Y ahí es donde el yoga —y las prácticas de relajación— tienen un valor enorme.
No como algo “light” o secundario,
sino como una parte fundamental del cuidado del cuerpo y del sistema nervioso.
Quizá no se trata de elegir entre fuerza o calma,
sino de organizar nuestro tiempo y nuestra energía para que haya espacio para ambas.
Porque un exceso de estrés —por la vida que llevamos y también por cómo entrenamos— acaba pasando factura:
desgaste físico, envejecimiento prematuro, tensión crónica, malestar emocional…
Entrenar está genial.
Pero aprender a bajar el ritmo también es salud.
Y eso, hoy más que nunca, es una necesidad.