11/05/2026
Hay decisiones en la maternidad que no son blancas o negras.
Ni fáciles. Ni difíciles.
Son simplemente valientes.
En este acompañamiento he vivido uno de los destetes más singulares de mi recorrido profesional:
dos bebés de casi 12 meses, hermanos,
y la necesidad de destetar a uno de ellos.
Lo habitual en situaciones así suele ser pensar:
“lo más sencillo sería destetar a los dos”.
Pero esta familia eligió otro camino.
El de sostener dos procesos distintos dentro de la misma lactancia.
Y ahí empezó el verdadero reto.
Porque ese bebé que tenía que dejar el pecho seguía teniendo al lado a su hermano mamando.
Un hermano con acceso al pecho.
Un vínculo visible.
Una referencia constante.
Y para un bebé de un año, que observa, entiende y compara más de lo que a veces pensamos, eso convierte el proceso en algo especialmente complejo.
Ha sido difícil para todos.
El reto no era solo acompañar el destete,
sino ayudar a ese bebé a entender que perder el pecho no significaba perder el vínculo con su madre.
Mientras tanto, su hermano continuaba mamando con normalidad.
Durante el proceso hemos ido ajustando rutinas, creando nuevos momentos de consuelo y acompañando muy de cerca las emociones difíciles.
Pequeñas adaptaciones que, sumadas, han ido dando forma al proceso.
Ha sido un acompañamiento intenso y también nuevo para mí en esta forma tan concreta.
Porque no era solo un destete,
sino la convivencia diaria de dos realidades completamente distintas dentro de la misma familia.
Y eso me ha exigido observar mucho, ajustar continuamente y estar muy presente.
La decisión de la madre estaba clara desde el principio.
Y eso ha sido clave para sostener el proceso.
Porque cuando hay convicción, el camino puede ser complejo,
pero no se desordena.
Al final, no hemos evitado la dificultad.
La hemos atravesado.
Yo solo he acompañado el proceso.
El verdadero trabajo lo ha hecho esa familia:
una madre sosteniendo con convicción, un padre implicado en cada paso, una abuela acompañando desde el cuidado…
y un bebé aprendiendo que el vínculo podía seguir intacto incluso cuando el pecho ya no estaba.