08/03/2026
El 8 de marzo es el día de la Mujer Trabajadora.
Y el trabajo del que hablamos no es solo el que aparece en la nómina.
Hay cosas que no se pactan en una familia.
Simplemente se instalan.
A veces parece que las madres dejamos de ser una persona
y pasamos a venir en pack con nuestros hijos.
Como los yogures, que vienen en pack indivisible
y nadie se plantea separarlos.
Si hay un plan, vamos juntas.
Si hay una cita, también.
Si hay que mover un día de trabajo…
ya veremos cómo,
pero se da por hecho que lo moveremos nosotras.
Y mientras eso ocurre, al otro lado muchas veces no pasa nada.
No porque no importe.
Sino porque si alguien ya lo está pensando y resolviendo,
la vida del otro puede seguir intacta.
No se negocia la jornada.
No se interrumpe el trabajo.
No se descuadra la agenda.
No porque no pudiera hacerse,
sino porque no hace falta: alguien ya lo hizo antes.
Y no hablamos solo de pediatras o tutorías.
Hablamos de esa cabeza que siempre va dos pasos por delante
para que todo encaje.
De quién elige el disfraz.
Quién piensa el fin de semana.
Quién organiza las vacaciones.
Quién recuerda cumpleaños.
Quién guarda las fotos.
Quién carga con la responsabilidad silenciosa de que la familia
no solo funcione,
sino que tenga recuerdos bonitos cuando mire atrás.
No suele haber mala intención.
Pero las costumbres deciden quién carga más.
Nuestras criaturas son prioridad, claro.
Pero eso no debería convertirnos en la persona
a la que se le interrumpe la vida por defecto
para que la del otro siga igual.
Quizá también de esto habla el 8M:
de todo el trabajo que sostiene lo cotidiano
aunque casi nunca se nombre como trabajo.
Hay cosas que funcionan así durante años…
hasta que alguien se para y las nombra.