28/03/2026
Muchas veces, cuando decimos que somos psicólogas, alguien responde:
“yo también soy un poco psicólogo”.
Porque trabaja con personas.
Porque escucha.
Porque la gente le cuenta cosas.
Pero no.
No eres psicólogo.
Aunque la gente te cuente su vida.
Aunque te escuchen.
Aunque confíen en ti.
Eres fisio.
Y en la intimidad de una consulta, mientras alguien te habla de su dolor, a veces aparece otra cosa.
Una preocupación. Una historia. Algo que pesa.
Y escuchas.
Claro que escuchas.
Pero ahí no eres psicóloga.
Eres humana.
Eres peluquera.
Y entre corte y corte, alguien se abre.
Te cuenta lo que le pasa. Lo que no dice en otros sitios.
Y escuchas.
Pero ahí no eres psicóloga.
Eres humana.
Eres camarero.
Y hay mesas donde no solo se cena.
Se habla. Se descarga. Se intenta ordenar algo.
Y tú estás ahí.
Pero no eres psicólogo.
Eres humano.
Eres taxista.
Y en un trayecto a veces cabe una vida entera.
Porque es fácil hablar con quien no te conoce.
Y escuchas.
Pero no eres psicólogo.
Eres humano.
Eres maestra.
Y trabajas con niños, familias, emociones.
Regulas conflictos, nombras lo que sienten, paras una clase cuando alguien no puede más.
Escuchas, contienes, acompañas.
Y haces lo que puedes.
Pero no eres psicóloga.
Eres humana.
Porque que confíen en ti, que la gente te cuente sus cosas, que te escuchen, ser sensible y tener empatía es ser humano, no ser psicólogo.
Y eso está bien. Es suficiente y necesario.
Pero no es lo mismo.
Hay cosas que, cuando aparecen,
necesitan algo más que escuchar.
No todo acompañamiento
es intervención psicológica.
Y no todo lo que aparece
puede sostenerse sin marco.